viernes, 31 de julio de 2009

Memín Pinguín #169-176

Memín y Eufrosina trabajan en un siniestro castillo, soportando a su iracundo dueño que oculta algo. En su curiosidad por descubrir el secreto, quedan a merced de un aspirante a científico loco.

Madre e hijo viajan en ferrocarril, rumbo al castillo de Javier de Suberville, para cumplir el cargo asignado. Eufrosina le explica a Memín porque la solicitaron a ella, además de sus habilidades, por necesidad de personal que hable español. En toda esta parte, ni parecerá que siguen dentro del estado de Nuevo York, aun cuando se supone que así es, comprendiendo un área retirada. En el trayecto, van haciendo indagaciones sobre como llegar a su destino, y al mencionar el castillo, solo encuentran expresiones de miedo y advertencias sobre el posible peligro que hay en ese lugar, ya que los otros que han ido a trabajar, nunca han vuelto a ser vistos. A Memín ya le da miedo e insiste en que regresen a México, pero Eufrosina ya se comprometió y no piensa retractarse. Consiguen a alguien que les de transporte para acercarlos un poco. Se internan en el monte que los llevará al castillo, pero la atmósfera tiene los nervios de Memín a punto de explotar, y consigue contagiar a Eufrosina. La visión de un búho lo asusta y ella lo cubre con su cuerpo, creyendo que vio una fiera, aunque con su peso casi lo mata. Al final, consiguen encontrar el castillo, y entran para entrevistarse con Javier de Suberville, un hombre extraño de aspecto taciturno. Eufrosina es recibida fríamente por éste, dándole las indicaciones de que ella sola dependerá las labores de cocina y el mantenimiento del castillo.

Al descubrir que trajo a su hijo, les ordene a ambos que se larguen. Memín trata de hacerse el simpático, pasando luego a ponerse respondón ante las palabras del hombre, pero no se alejan mucho cuando les pide que regresen, advirtiéndoles que se pueden quedar mientras cumplan sus órdenes sin cuestionar. Los dirige a la cocina y les muestra su habitación, que solo deben abandonar cuando él lo ordene. Eufrosina se pone a trabajar, preparando la cena, con Memín asistiéndola. Luego, le encarga que se la lleve a Javier. Memín decide quedarse a hacerle compañía, amenazando con llevarse la comida cuando éste le dice que se largue. Javier trata de intimidarlo con un látigo, pero es inútil. Acaba resignándose a soportar su compañía y palabrería mientras come, para después reiterarle que no deben salir de su cuarto, sin importar lo que oigan. Memín le comenta a Eufrosina cuando le sirve de cenar, pero ella lo toma todo a la ligera. Al poco rato ya se han acostado y Javier se asoma a comprobarlo, para luego proceder a un asunto secreto y personal que atiende por las noches. Unos gritos se hacen oír, despertando a Memín y Eufrosina, quien supoe que es algnún animal, pero como estos se prolongan, ya van pensando en fantasmas. Eufrosina concluye que los fantasmas no existen, escuchando pasos que indican que alguien anda en la cocina, y en efecto, así es. Memín deja el miedo y cae dormido. Al despertar en la mañana, se le olvida donde están, creyendo que tocaba ir a la escuela, pero Eufrosina lo hace levantarse.
Comentan sobre lo que pasó en la noche, y al llegar a la cocina, ven que las sobras de anoche y un jamón entero, han desaparecido. Al bajar Javier, Memín le indica lo que pasó, y éste duda un momento, antes de alegar que el jamón se lo echó a unos perros hambrientos. Al preguntar por los aullidos, éste no responde, exigiendo que le sirvan en desayuno. Memín vuelve a llevarla la comida, reparando en su látigo, que tiene sangre, como si lo hubiera utilizado contra alguien, lo que no deja de señalar, consiguiendo irritar al hombre nuevamente.

Memín y Eufrosina llevan unos días trabajando, apegándose a una monótona rutina. A Memín le da por salir al exterior un día, y acaba descubriendo una especie de diario que llevó un mayordomo que trabajó ahí, donde describe sus sospechas de lo que sucedía en ese castillo, pero no ve ninguna aclaración porque las últimas páginas fueron arrancadas. Se desata una tormenta y al intentar regresar con Eufrosina, ella le hace ver que Javier salió, encerrándola en la cocina, suponiendo que él también estaba ahí. Aprovechando la ausencia del hombre, Memín decide explorar la planta de arriba, cuyo acceso se les tenia estrictamente prohibido. Se halla con varios cuartos cerrados bajo llave, un antiguo laboratorio, y una pequeña puerta que parece estar clausurada, pero Memín descubre el truco para abrirla. Tras ella hay un escalera de caracol que lleva a una torre, y comienza el ascenso. Siguiéndola, llega hasta una habitación donde encuentra un hombre demacrado, acostado en una cama. Sale corriendo, pero se golpea con la puerta, y el hombre se incorpora, pidiéndole que se acerque.

Memín cree que se trata de un fantasma, y el hombre le aclara que no es así. Diciendo ser el hermano de Javier, presume de ser un gran científico, y es por envidia que Javier lo mantiene encerrado en la torre, apenas alimentándolo y pegándole con el látigo cuando trata de salirse, como la noche anterior. Compadeciéndose, Memín toma el juego de llaves que le ofrece, para poder liberar a Eufrosina y traerle algo de comer. Cuando abre la puerta de la cocina y le explica a Eufrosina su encuentro con el “flaquito de la torre”, pero ella cree que está viéndole la cara, y a falta de tabla con clavo, le da unas nalgadas. Al preguntarle después como encontró la llave, como Memín insiste, tiene que considerar que está diciendo la verdad. Con dificultad, consigue meterse por la pequeña puerta, siguiendo a Memín al cuarto de la torre, donde se encuentra el hombre, presentándose como Rosendo de Suberbille. Pregunta si son negros de nacimiento, comentando que con sus experimentos, ha podido convertir negros en blancos, lo que interesa a Memín, pero tiene cuidado de disimularlo ante la presencia de Eufrosina. Rosendo les comenta del peligro que correr al tratar de ayudarlo si su hermano los descubre, pero ellos están dispuestos, y se les agradece.

Sintiendo el regreso de Javier, se apresuran a volver a la cocina, aparentando dormitar cuando éste abre la puerta para comprobar que estuvieron ahí todo el tiempo. Logran engañarlo y más tarde van a la cama para dormir, con Memín otra vez pidiendo que se regresen, pero Eufrosina advierte que necesitan el dinero para volver.
Al día siguiente, Eufrosina lleva comida para Rosendo, encargándole a Memín la tarea de distraer a Javier. Él hace lo que puede, pero no consigue hacerle platica y ya no sabe que decir. Eufrosina regresa, habiendo cumplido su misión, y se muestra enérgica con él, regañándolo por estar “importunando” a Javier, y así éste no sospeche de su artimaña. Eufrosina comenta que Rosendo le dijo que les daría un millón de dólares si lo ayudaban a apoderarse del castillo, pero Memín creo que sólo deliraba. Ella le dice que él pidió su presencia por considerarlo muy listo, y en la tarde, cuando Javier vuelve a “encerrarlos”, Memín se dirige al cuarto de Rosendo. Lo encuentra utilizando un extraño radio, con el que supuestamente se estaba comunicando con marcianos, pese a que el artefacto no está conectado. Invita a Memín a probarlo, pero él no escucha nada. Rosendo alega que sólo su cerebro superior le permite recibir sus mensajes, y que estos lo han citado a medianoche. Lo invita a que lo acompañe, con la condición de que no le diga nada a Eufrosina, porque si tres cerebros piensan en los marcianos, estos no llegaran (creo que es obvio que no está en sus cabales, pero el ingenuo Memín que va a saber). Al negrito le entusiasma la idea de contactar extraterrestres, y le es difícil guardárselo cuando se reúne con Eufrosina en la cocina. Ella vuelve a comentar sobre la promesa de Rosendoa de darles un millón de dólares, mencionando todas las cosas en las invertiría ese dinero (puro despilfarro, por algo algunas personas deben quedarse pobres, tienen una fortuna y ya quieren darse vida de ricos en vez de invertirlo bien), que luego Memín le hace ver que no les vendrían a ellos, desairándola y advirtiendo también que no pueden confiar en Rosendo les de eso por la forma en que vive (pero si en que pueda contactar a los marcianos ¿no?).
A la hora de la cena, Javier exige que Memín se la lleve, aunque a Eufrosina ya le da miedo que se le acerque, si está tan loco por lo que hace con su propio hermano. Memín no tiene reparo y atienda las sugerencias de Javier de llevarlo consigo cuando va al pueblo por provisiones, pero con el temor que le tiene y lo que debe hacer por Rosendo, asegura estar bien quedándose encerrado en el castillo, acompañando a su má linda. Cambia de tema para inquirir sobre los ruidos que se escuchan en la noche, que Javier atribuye a su imaginación, pero como éste insiste, acaba perdiendo la paciencia, gritándole, haciendo que se retire. Memín se esfuerza por no quedarse dormido hasta que llega la hora de su reunión con Rosendo. Difícilmente lo consigue, pero llega justo a tiempo. Rosendo se pone un atuendo de explorador y lo invita a bajar con él por la ventana, usando una cuerda.

El descenso es precario y especialmente peligroso para Memín, ya que a Rosendo la da por agitar su cuerda desde abajo para que se apure, haciendo que se caiga, pero no se hace mucho daño gracias al pasto. Rosendo corre por el espeso bosque, con Memín siguiéndolo penosamente, llegando a un punto en que se distingue un platillo volador en el cielo. Cuando éste aterriza y van a revisarlo, resulta ser una tapa de tinaco (como no se explica de donde salió, puede suponerse que el orate arregló un mecanismo para que fuese disparado a una hora especifica). Rosendo se monta en él, complacido por establecer el “contacto”, pero Memín sólo se decepciona. Como le indica que están sobre una tapa de tinaco y no un platillo volador de verdad, Rosendo acaba dándole la razón, justo cuando un par de objetos brillantes cruzan el cielo, y salen en pos de ellos.
Al mismo tiempo, Eufrosina descubre que Memín no está en la cama y sale al exterior a buscarlo. Le toca vérselas con un tripulante de los platillos, tomándolo por un individuo extraño y nada más, preguntándole como si nada si no lo ha visto.

No recibe respuesta, y el curioso ser desaparece, para más tarde despegar en su nave, sin haber aclarado nada del porque de su presencia. Javier le sale al encuentro, ordenándole que regrese a su habitación. Rosendo y Memín ya no consiguen ver a los alienígenas, y al presentarse relámpagos en el cielo nocturno, se apresuran a volver. Roseando sube a la torre y quita la cuerda, obligando a Memín a entrar por otro lado. Es descubierto por Javier, que ha caído en un estado eufórico, atacándolo con el látigo.

Eufrosina llega a tiempo para detenerlo, y una vez habiendo dado el escarmiento, Javier les advierte que no vuelvan a desobedecer sus órdenes o les pesará. De vuelta en su cuarto, Memín le cuenta lo que pasó que le hizo salir tan de noche, pero Eufrosina está muy cansada para castigarlo, comentando de su encuentro con el extraño personaje. Memín ve la posibilidad de que se tratara de un marciano, pero a Eufrosina le da igual, insinuando que deben hacer algo para rescatar a Rosendo de Javier.
A la mañana siguiente, Eufrosina prepara un té especial para dormir, mandando a Memín a servírselo a Javier. Éste sufre un cambio de humor que contrasta con el de la otra noche, mostrándose amistoso con el negrito, e intercambiando impresiones de sus respectivas madres.
Al beber el té, se queda dormido. Madre e hijo ven la oportunidad de liberar a Rosendo. Memín sube a la torre para darle la noticia mientras ella se ocupa de amarrar a Javier. Le comunica a Rosendo que ya no tiene que temer a su hermano, y èste se pone a bailar de alegría, corriendo emocionado hasta su laboratorio, donde se pone a revisar su equipo. Como Eufrosina no está, Memín acepta probar esa formula que puede hacer blancos a los negros, y Rosendo se la da gustoso. El sabor es horrible y no se atreve a ingerirla. Eufrosina se reune con ellos y Memín miente diciendo que era un tónico para crecer el cabello.
A ella se le ocurre preguntarle al científico loco si tiene algo para ayudarla a bajar de peso rápidamente. Rosendo le indica meterse en una autoclave, donde recibirá suficiente vapor para quedar delgada y bella en breve. Mientras ella recibe el “tratamiento”, Rosendo delira sobre liberar unas moscas que infligirán a la gente un extraño cáncer, matándolos en pocos días para luego reemplazarlos con sus creaciones. Al percatarse de sus planes diabólicos para destruir a la humanidad, Memín confirma su locura. La maquina en que está Eufrosina se empieza a calentar peligrosamente, y exige a Rosendo que la saque, pero a él no le importa, burlándose de que pronto disfrutarán de “mantequilla negra”. Memín trata en vano de sacarla de ahí, escuchando los comentarios sádicos de Rosendo. Pierde la paciencia, gritándole que está loco, y eso basta para que se ponga violento.

Rosendo persigue a Memín, dispuesto a eliminarlo, y lo atrapa por el cuello. Javier recupera la conciencia y se libera de sus ataduras, llegando a tiempo para salvar a Memín y controlar a su hermano chiflado.

Rosendo, ensimismado en su demencia, cree poder volar, y salta por la ventana, matándose en la caída. Javier instruye a Memín sobre la forma de sacar a Eufrosina de la autoclave. Tanto calor la puso al borde desmayo, pero una vez libre, no tarda en reponerse. Ya más tranquilos, Javier les cuenta que su hermano había sido un científico brillante, pero al concentrarse demasiado en la materia acabó por enloquecer, y siguiendo la última voluntad de su madre, él tenía que cuidarlo, pero al aislamiento también le afectó, provocándoles sus súbitos cambios de humor y desconfianza hacia la gente. Los anteriores empleados simplemente eran despedidos cuando descubrían a Rosendo, y él los hacia irse por otra dirección, por lo que se malentendían que desaparecían. El mayordomo de quien Memín halló las notas fue herido por el demente, pero Javier lo salvó. Más tarde, entierran a Rosendo. Eufrosina dice estar agradecida con él por haberla hecho rica, aunque fuera sólo en su imaginación, y Memín suelta algunas palabras por el difunto, echándose un discurso en que agradece que, por lo menos al principio, no atentara contra su persona y que fuera un loquito tan simpático.

Ya habiéndose amistado con Javier, Memín al fin puede explorar libremente la planta alta del castillo, pero al toparse con Eufrosina que no le gusta que ande de metiche, empiezan a discutir sin razón. Sin más incidentes fuera de lo común, Javier los lleva en su auto a la estación de trenes, habiendo dado la paga convenida. Le regala a Memín un fino anillo que pueda portar cuando sea mayor. Despidiéndose efusivamente de ambos, Javier los ve partir, rumbo a su tierra natal.

El regreso no será sencillo, pero viene a poner punto final a estas peculiares aventuras de Memín y Eufrosina.

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