sábado, 4 de julio de 2009

Memín Pinguín #26-32

El padre de Carlangas procede a indagar más sobre su hijo abandonado, ganando la confianza de sus amigos y poniendo al tanto a Isabel de sus intenciones. La pandilla de Memín elige un nombre para dar más reconocimiento al grupo que forman.

Al siguiente día de su debut trabajando de boleros, Memín y Ricardo son incitados por sus amigos a realizar su labor por separado. A Ricardo no le convence, pero para ganar más confianza, hace el intento por un rato.
Memín se encuentra por casualidad con el ingeniero Arozamena, quien trataba de dar con la dirección de Carlangas, aunque no se sentía preparado para revelarle directamente su parentesco. Con su simpatía, lo convence de que acepte que le haga la boleada, y Arozamena le pregunta por la dirección, y el negrito se muestra gustoso de ayudar si le deja darle servicio completo. Mientras se empeña en lustrar innecesariamente los zapatos del hombre, éste prosigue haciendo preguntas, hasta mencionar a Carlangas. Memín recuerda lo que su amigo le había contado sobre el sujeto que lo atropelló y dio mucho dinero a cambio, y lo tacha de “loco” (al parecer, Memín no sabe lo que significa ser dadivoso). Al percatarse de que el negrito puede proporcionarle la información que necesita para conocer más a su hijo, lo invita a tomar un helado para sacársela. Memín declina la invitación para seguir trabajando, pero cuando éste le ofrece cien pesos, decide acompañarlo, aunque al verificar que en efecto es el “loco que regala dinero”, siente desconfianza. Irse con un desconocido que ofrece dinero inspiraría desconfianza a cualquiera, pero lo más prudente debería ser no aceptar nada y marcharse, que es lo que Memín no hace. Mientras van en el auto de Arozamena, Memín se pone a aclarar la cuestión de la pronunciación de su nombre (como ya he explicado con anterioridad), que no viene al caso, pero de algo tenia que hablar para evitar un silencio incomodo. En la nevería, Memín se toma la libertad de pedir varios helados y refrescos, que ayudan a “refrescar” su memoria para contarle al “loco” (o más bien al generoso), todo lo que ha sucedido con Carlangas, ya que éste siente curiosidad. En ningún momento Memín se pregunta el porque, y no tiene reparo en hacer confidencias de la vida de su amigo a un completo extraño. Arozamena va comprendiendo las penurias que su hijo ha pasado por culpa suya. Habiendo quedado satisfecho, Memín pide permiso para retirarse, y cuando el hombre expresa su deseo de conocerlo más a él y sus amigos, le sugiere encontrarlos en el callejón donde suelen jugar por las tardes, una vez que regresen a clases. Memín va en busca de más clientes, preguntandose porque dejarían a un loco suelto en las calles repartiendo dinero. En verdad que se pasa de ingenuo, ya que cualquier otro pensaría lo peor.
Carlangas entrega a Isabel las ganancias del día, discutiendo otra vez con su necedad de seguir trabajando en vez de estudiar, pero acaba aceptando lo que ella le dice. Al día siguiente, se reúne con los demás y el profesor Romero, quien anuncia que tanto Ricardo como Carlangas han logrado quedar inscritos, además de notificar que volverán a ser asignados a su clase para el sexto año. Los anima a prepararse y al reparar en la decepción de Carlangas, le asegura que la situación en su casa mejorará y no debe preocuparse más que por el estudio. De ese modo, los cuatro amigos dejan sus oficios de boleros y papeleros para volver a ser alegres estudiantes de primaria.
Llega el primer día de clases. Carlangas y Memín reciben la bendición de sus madres (de nuevo Memín luce una indumentaria ridícula, que al parecer es su estilo peculiar para eventos importantes). Ernestillo se despide de su padre, quien reitera lo orgulloso que está por su preparación académica, a lo que él replica con su admiración hacia lo bueno que es en su oficio de carpintero. La madre de Ricardo insiste en conducirlo hasta la escuela de niños ricos, ignorando que él ya se ha puesto de acuerdo con su padre, que media hora más tarde, lo recoge para llevarlo a su verdadera escuela. Los cuatro ya están presentes en el salón de clases, y el maestro Romero les da la bienvenida. Memín, que no puede dejar de darse importancia, tiene la ocurrencia de dar un discurso en nombre de sus compañeros, soltando un inecesario parloteo en que basicamente está comprometiéndose a entregarse a los estudios, y que él se convertirá en el primero de la clase (y después las vacas volarán), bla bla. A esto le sigue una sucesión de escenas y discursos para apreciar la sencillez e importancia de las escuelas publicas, pero pasemos a algo más interesante.
Los días pasan e Isabel vive envuelta en deudas, a causa de tener una clientela reducida que no le paga a tiempo. Le debe a la casera y sigue sin completar el pago de la maquina de coser, que amenazan con incautar en cualquier momento.
Un día en que Memín y sus amigos andan jugando en el callejón, les sale al encuentro Arozamena, y los invita a una nevería (como que no saben de otro establecimiento para ir a comer). Ahí, conviven con el desconocido, contándoles de sus asuntos escolares entre otros temas frívolos. Al retirarse los niños, les obsequia cincuenta pesos a cada uno, por lo que Memín se emociona, comentando en voz alta de la tendencia del señor a andar regalando dinero, pero éste finge no haber oído nada.
Ricardo vuelva a casa, donde su madre se disculpa porque no podrá llevarlo más a la escuela por atender ciertos compromisos (ir al yoga y el salón de belleza, pfft), y consigue engañarla muy bien con ayuda de su padre para que no sospeche nada de que seguirá asistiendo a la escuela de gobierno.
Debo señalar un tropezón de cronología por aquí. Considerando que ésta escena de la familia Arcaráz aparenta transcurrir tras el primer día de clases, contrasta con lo que se mencionó antes en los recuadros, sobre el transcurso de los días. Lo que significa que esta fue una escena atrasada.
Arozamena sigue contentando a los amigos de su hijo, regalándoles artículos de béisbol de calidad, y dándoles más dinero (al que Memín ya se ha malacostumbrado y está siempre preparado para agarrar la feria). Empiezan a cuestionar el porque ese señor es tan generoso con ellos, y señalan el aprovechamiento de Memín, que se defiende en que si a ese señor le estorba el dinero, no puede negarle el gusto de separarlo de éste. Vaya lógica.Más tarde, Ernestillo, Ricardo y Memín le cuentan a sus padres sobre los regalos que les hace ese hombre, y a cada uno le advierten que tengan cuidado, ya que nadie regala nada a cambio de nada, y que puede tener intenciones ocultas. ¿Es todo? A esa edad, se supone que los padres deberían indagar más en el asunto o prohibirles a sus hijos el volver a juntarse con un adulto desconocido, en especial si le regala cosas nomás porque si. ¡Eso si que es ser desatendidos! A la próxima que se vieran con el señor...¡los padres podrían no volver a verlos más! Por otro lado, también es mucha desconfianza, aunque no habría manera de que supusieran lo que en realidad se trae el “loco”.
La advertencia de Eufrosina es la más débil, expresándose más en lo que haría para proteger a su retoño si fuese secuestrado. Memín le promete defenderse con el bat que el mismo “loco” le regaló si intenta algo sospechoso.
Isabel también tiene deudas en la tienda de abarrotes, pero consigue que el dependiente le de algo, prometiendo pagar después. Una amiga del vecindario la saluda, y aprovecha para comunicarle sobre una oportunidad de trabajo como ama de llaves. A Isabel le parece bien, pero se niega al saber que no seria aceptada con su hijo y tendría que internarlo, por lo que prefiere seguir en lo suyo como pueda para no separarse de él. Pero, ¿que no había propuesto ella misma antes que Carlangas fuera a un internado después del sexto año de primaria? Ya se le olvidó. Al llegar a casa, el chico vuelve a exponerle que está al tanto de sus deudas y de que necesitan que él siga trabajando para cooperar con los gastos. Le habla sobre una posibilidad de empleo que ha investigado, pero ella vuelve a decirle que no. Se suelta a llorar ante su necedad en dejar los estudios y Carlangas se disculpa y promete seguir en la escuela.
Al día siguiente, Carlangas anda con los ánimos bajos, y se resiste a participar con sus amigos en un encuentro de béisbol con otra pandilla. Pero ellos le insisten y termina participando en el juego, en el que se entable un gran pleito al cometer una infracción en las reglas por parte de sus rivales. Consiguen superar a sus rivales y Memín se pone a presumir de su desempeño en el juego, insinuando ser primo hermano de Pelé (¿Qué no era un jugador de soccer?). Cambia de expresión al ver acercarse a Arozamena, que pasó de ser el “loco” al “robachicos”. Siguiendo los consejos de sus padres, lo rodean en forma amenazadora y exigen que les diga porque les hace tantos regalos. Arozamena argumenta que lo único que quiere es su amistad y compartir tiempo con ellos porque representan la infancia feliz que él no tuvo, pero que si su presencia molesta, los dejará en paz. Si en verdad tuviese malas intenciones, esa seria buena psicología inversa. Memín y sus amigos se convencen de sus palabras y piden disculpas por andar de malpensados. Arozamena las acepta y no tarda en darles el dinero acostumbrado, que Memín toma tan efusivamente como siempre. Poco después, Isabel recibe en su casa a Arozamena, tardando un poco en reconocerlo como el antiguo amor que la abandonó. Una vez confirmado, intenta correrlo, pero éste rápidamente le explica del encuentro con su hijo y su deseo de ayudarlo. Le pide que le otorgue su custodia, y a cambio recibirá suficiente dinero para subsistir, pero ella no quiere ninguna limosna ni entregar a su hijo. El ingeniero se despide, pidiéndole que lo piense muy bien. Isabel toma la resolución de que hará lo que sea para salir adelante, no importa la pobreza que enfrente. Sus palabras son puestas a prueba en el siguiente cuadro, cuando vienen a incautar la maquina de coser. No puede hacer nada para evitarlo y deja que se la lleven. Carlangas acaba de regresar cuando descubre lo que está pasando y procede a aporrear a los cargadores. Isabel lo detiene, diciéndole que sólo cumplen con su deber y no hay nada que puedan hacer más que resignarse.
La impotencia de la pobreza en que viven comienza a afectar a Carlangas. Isabel opta por seguir otro trabajo de encargo, lavando ropa ajena, esperando que eso estabilice su situación un poco. El cumpleaños de su hijo se acerca e Isabel quiere preparar una merienda especial. Lo deja ir a que invite a sus amigos, que al día siguiente ya se presentan con sus respectivos obsequios. Ernestillo le fabrica un rompecabezas de madera, Ricardo le consigue algo de ropa, y Memín le ofrece flores de calabaza y jabón de olor (agarró lo que tenia más a la mano). Saludan a su madre, y mientras ella va preparando todo, Ricardo pide permiso para que los acompañe a su casa, donde quiere probar con ellos una bicicleta que su padre le acaba de comprar. Prometen volver a tiempo, y antes de irse, Memín, al enterarse de que Isabel desempeña el mismo trabajo que Eufrosina, pretende darle consejos para que lo efectúe ejemplarmente, pero se enreda tanto en sus palabras que da la impresión de que le está diciendo todo para que le salga mal. Al llegar a casa de Ricardo, resulta que éste no sabe andar en bicicleta y espera que sus amigos le enseñen, pero ellos tampoco tienen ni idea. A pesar de eso, deciden hacer el intento juntos, y por turnos, cada quien va montando la bicicleta, siendo Carlangas el único que consigue mantener el balance a la primera, mientras Ricardo y Ernestillo se caen cómicamente. Memín insiste en que le dejen montarla, aunque por su baja estatura no parece conveniente. Trata de hacer actos de circo en la bicicleta, que termina impulsándolo y arrojándolo de cabeza contra una palmera. Sus amigos le vendan la cabeza, y toman un descanso para tomar refrigerios. Después, vuelven con la bicicleta. Memín cree que estar más seguro pretendiendo hacer de policía de transito, pero acaba siendo golpeado sin querer por Ernestillo al perder el control. Prefiere quedarse encerrado en la biblioteca, leyendo, mientras sus amigos siguen entretenidos, pero apenas logra leer una pagina y se queda dormido en medio de un montón de libros. Así lo encuentran ellos despues y le recuerdan que aun deben ir a merendar a casa de Carlangas. Él insiste en llevar la bicicleta de su amigo, con la que ha quedado fascinado, para enseñársela a su madre (andar mostrando las cosas de los demás como que es algo irregular). Tienen que irse a pie, llevándola consigo, pero al darse cuenta que hace más lento su avance, Memín sugiere que la monten todos juntos. Sus amigos apoyan su idea, dejando que Carlangas la maneje con ellos encimados, pero llegan a un punto de declive que los hace precipitarse por la calle, cruzando un semáforo en rojo. Un camión pasa cerca de ellos y se ven obligados a saltar. Memín es el único que se queda montado en la bicicleta, que por fin se detiene, sana y salvo, pero haciéndolo caer de cola. Sus amigos se aproximan y deciden que es más seguro continuar caminando. Por tantos percances demoran un poco, pero Isabel ya estaba esperándolos, con la mesa puesta. Mientras comen, se les ocurre que el grupo particular que forman, debería tener un nombre, y cada uno va dando su sugerencia, que se debaten entre “Los pieles rojas”, “Los halcones” y “Los intelectuales” (cada uno más ñoño que el anterior). No consiguen concordar hasta que Memín propone el suyo, “Los vikingos bravos”, el cual es bien aceptado. Eso si hacemos a un lado que, aunque es buen nombre para equipos deportivos o una pandilla de vandalos, es un poco raro para un grupo de amigos. No puede negarse que Memín tiene algo de cultura, aunque eso debería incluir el conocimiento de que los vikingos eran unos invasores sanguinarios y brutales. La ignorancia de los niños en la historia completa sobre las culturas del mundo es maravillosa. Al terminar la comida y despedir a sus amigos, Carlangas agradece a su madre por haber arreglado todo tan bien. Pero luego estropea el ambiente al no parar de hablar sobre la bicicleta de Ricardo y cuanto desearía tener una así. Isabel no lo resiste más, y le asegura que pueda tenerla cuando quiera y mucho más, informándole que aquel hombre que lo atropelló semanas atrás, es su verdadero padre. La sorpresa tiene un efecto regocijante inicial en el muchacho, que no comprende porque no vive con ellos, pero Isabel no siente que pueda contarle todos los detalles de su abandono. Únicamente le reitera que al ir a vivir con él, nada le faltaría, pero que ella no podrá vivir con ellos. Carlangas decide que no le importa nada más, y que con tener a su madre lo tiene todo. Unos días después, al salir de la escuela, Carlangas se disculpa por no acompañar a sus amigos a seguir montando en la bicicleta, y se dirige a casa a echarle la mano a Isabel con el trabajo. Arozamena lo intercepta, y ya conocedor de la verdad sobre él, Carlangas lo repudia. El hombre se muestra insistente, y le ofrece dinero, que al principio rechaza, pero al pensar en que siendo su padre que y tiene la responsabilidad, decide tomarlo y acepta su invitación de ir otra vez a la nevería (que populares eran las neverías en aquel entonces). Cuando están los dos en el auto, Carlangas no puede evitar hablar despectivamente sobre la injusticia que existe entre las situaciones de los ricos y los pobres. Le lanza una serie de indirectas, hasta que Arozamena, finalmente, le confiesa que es su padre. Ya no es una sorpresa para Carlangas, y cuando éste confirma lo que dijo su madre, su intención de llevarlo con él para proporcionarle lo que necesita, el muchacho lo rechaza, asegurando que su madre es lo más valioso. A pesar de su necedad, el ingeniero le pide que, por lo menos, vaya con él para conocer su casa y a su abuela. Carlangas acepta, seguro de que no podrá convencerlo. Pronto se ve dentro de la elegante y enorme mansión, supuestamente más grande que la de Ricardo (como si los ingenieros ganaran más que los diplomáticos, pero la verdad ni siquiera se aclara que tipo de ingeniero es Carlos Arozamena). Al conocer a Doña Candelaria, los dos se muestran una antipatía mutua, pero al final la anciana se controla, aparentando dulzura para ganárselo. Lo invitan a comer pastel e insisten en decirle que todo será suyo cuando él lo pida. Carlangas asegura que nunca será así, y ya cuando se despide su padre, le sostiene que el amor no puede comprarse, y por eso él permanecerá con su madre y no volverá a verlo nunca. Al volver a casa, se pone cariñoso y deseoso de ayudar a Isabel con su trabajo, ocultándole lo de su visita a la casa de su padre.
Pasan los días, sin que pase nada. Los “vikingos” siguen jugando en el callejón, pero ya no reciben la visita del “loco”, a quien Memín echa de menos (o más bien a su dinero, que invertía en comida para su má linda). Pasa otro día, y Carlangas se encuentra ayudando a Isabel a lavar, cuando Memín llega a visitarlo. Éste le cuenta de cómo volvió a toparse con el “loco”, que volvió a obsequiarle dinero y le contó que Carlangas ya había ido a visitar su casa (dicho encuentro ocurre fuera de cuadro). Al estar presente, Isabel se entera de todo, intrigada de que no le contara aquello. Carlangas apremia a Memín para que se vaya, y ya a solas, le dice a su madre que no quería hablar de eso porque había decidido olvidarlo. Sostiene que se quedará a su lado y que una vida de comodidades con su padre no tiene comparación.
Otro segmento de drama familiar termina, y apenas van en la mitad.

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