miércoles, 1 de julio de 2009

Memín Pinguin #13-17

Carlangas sufre por la estadía en la correccional para menores, pasando varias penalidades, mientras sus amigos ven como apoyarlo y ayudarlo a salir de ahí.

Eufrosina despierta a Memín, metiéndolo de cabeza en el lavadero, tras dejarle dormir unas cuantas horas tras su tardía llegada, y lo manda a traer la leche del desayuno. Como es muy tarde, ésta ya se ha agotado, pero al ver un periódico con la noticia de lo que pasó con Carlangas en primera plana, opta por empeñar el dinero en eso. Ahí mismo indica como defendió a su madre e hirió al hombre que le disparó, lo que en consecuencia lo llevó a pasar por el tribunal de menores y acabar en una correccional. Como que algo no está bien aquí. ¿Cómo es que Carlangas es procesado así nada más, mientras que el atacante disparó un arma de fuego en un lugar público, ante varios testigos que podrían aclarar que el chico lo agredió en defensa propia? ¡Ni siquiera mató al hombre y en el mismo periódico dice que lo hizo por su madre, que si fue herida gravemente! Que pésimo trabajo de investigación policiaca. En cambio, los periodistas, que sí hicieron su tarea, los han dejado en ridículo. Vuelve a casa, donde su madre lo reprende por no haber traído lo que debía, pero al explicar el caso de su amigo, desiste de aplicarle el castigo acostumbrado. Memín pide permiso para ir a informar a los demás, y se lo concede. No tarda en llegar a la carpintería de Ernestillo para ponerlo al tanto, y después se les une Ricardo. Entre los tres, deciden ir a pedir ayuda al profesor Romero. Memín insiste en ser él quien cuente lo ocurrido, muy a su especial manera, que es hacerla en episodios deshilados. Sus amigos dan el resto de los detalles para pedirle consejo sobre como conseguir liberarlo, mas Romero, siendo un simple maestro de primaria, no ve que podría hacer al respecto. Compadece a Carlangas por haber caído en un lugar donde impera la juventud corrompida a temprana edad, victima de ataques y malas influencias (mentalidad cívica).
En efecto, eso es lo que está padeciendo en la correccional. Entre los jóvenes delincuentes, uno conocido como “El Greñas”, se da importancia como líder de otros más débiles, surtiéndolos con colillas de cigarros robados y obteniendo un frasco de alcohol para sazonar sus bebidas (pues si que están en malos vicios). Cuando reconoce a Carlangas como “el nuevo”, intenta intimidarlo y hacerle contar el motivo por el cual que acabó ahí, pero éste no quiere comentar ni una palabra. Ante su falta de cooperación y por haber rechazado sus ofrecimientos de cigarro y alcohol, lo golpea, pero Carlangas no tarda en responder e imponerse con sus puños legendarios. Cuando “El Greñas” se recupera, uno de sus achichincles insinúa que el nuevo podría serles de utilidad en su plan de escape. No pierde tiempo y propone a Carlangas que se les una, pero éste no quiere saber ni ser parte de algo que sólo le ocasionaría más problemas. Su negativa no es aceptada y “El Greñas” revela un filoso cuchillo que robó y planea utilizar durante la fuga. Sabiendo de sus intenciones, y aun solicitando el apoyo de sus puños, amenaza a Carlangas a que coopere por las malas. Llega la noche del gran escape. “El Greñas” y sus lacayos sacan a Carlangas de la cama para dar inicio a su plan. Sorprende al primer vigilante golpeándolo y noqueándolo con la empuñadura de su propia arma. Se apoderan del arma y siguen su camino, cuando son descubiertos por otro velador. “El Greñas” le clava el cuchillo en la espalda, hiriéndolo de muerte. Se disponen a saltar la barda, cuando el moribundo da la señal de alarma. En su prisa por huir, “El Greñas” salta al otro lado, aterrizando sobre el cuchillo que aun sostenía, imprudentemente, penetrando en su estomago. Carlangas se queda a su lado, horrorizado pero solidario. Los demás huyen cobardemente, y pronto caen en manos de los guardias (¿Dónde quedó el arma que le habían quitado al primer vigilante? quien sabe). Conciente de que está en una situación comprometedora, Carlangas regresa a su cama, fingiendo estar dormido, pero los otros ya mencionaron su nombre, insinuando que él fue quien asesinó al guardia. Es llevado ante el jefe de celadores para que diga su versión de los hechos. Carlangas intenta explicar que lo obligaron a ayudarles y no tuvo que ver con lo que hizo “El Greñas”, pero el reacio director supone que intenta incriminarlo ya que al cabo el otro puede morir en cualquier momento. Éste empieza a soltarle insultos, nombrándolo “hijo de mujer de mala vida”, lo que lo orilla a defenderse de los ataques verbales a golpes. Llama a los guardias para que se lo lleven, metiéndolo en una celda de castigo. Ahí, más tarde, el jefe de celadores, armado con una vara, le propina una incesante lluvia de golpes, demostrando su sadismo (y su pasatiempo peculiar, al parecer), hasta que Carlangas no puede más y queda tendido en el suelo. Al volver éste a su oficina, una celadora amable de nombre Elisa, le informa que “El Greñas” ha muerto (fuera de cuadro), expresando arrepentimiento antes de su final, asegurando que él mató al guardia y que Carlangas es inocente. Temiendo ser acusado de abuso de autoridad por castigar a quien no lo merecía (y en una forma que ni siquiera está permitida), una vez que Elisa admite ser la única testigo de esa confesión, le indica guardar silencio. Ella insiste, para que Carlangas no tenga que pagar por un crimen que no cometió, pero el jefe la amenaza con despojarla de su empleo, y no le queda más que darle gusto. De ese modo, a Carlangas le toca sufrir más de lo debido, llegando a una conclusión medio filosófica y negativa en que va perdiendo la fe en los principios y valores inculcados por la escuela. Elisa decide entrar a la celda de Carlangas para explicarle su situación. Enterada de su vida, siente compasión y deseo de ayudar. Le pide el nombre de su madre para encontrarle y mantenerla informada.
Sus amigos están angustiados tras haberse enterado del asesinato del que lo culpan, y Memín, por su ingenuidad, resulta ser el único que pone en duda por un momento que en verdad haya hecho tal cosa, pero los coscorrones de Ricardo y Ernestillo lo convencen de creer en la inocencia de Carlangas. Para ayudarlo, necesitan ir con él para que les de los detalles de lo que pasó y proporcionar la información al profesor y el padre de Ricardo. Por el cumplimiento del castigo, no les permiten la entrada, pero Memín, abusado como de costumbre, encuentra una ruta por el ducto de ropa que mandan los familiares de los prisioneros. Se esconde entre la ropa cuando entran dos empleadas. Están por introducir la ropa con Memín para ponerla a hervir y así desinfectarla, cuando para suerte de éste, les llega la hora del descanso, y se van a comer, dejándolo para después. Memín sale de ahí, llegando al patio en que se las ve con un grupo de jóvenes malvivientes que lo toman por otro prisionero. Cuando lo cuestionan sobre el crimen cometido para acabar en ese lugar, ingenuamente, responde que fue por sacarle la lengua a su madre (lo que es tomado muy literalmente hasta que éste se explica). Mientras le hacen burla, uno comenta sobre el caso de Carlangas, que anda incomunicado en una celda. Memín toma nota de eso y corre a donde se encuentran dichas celdas. En una es atacado y escupido por un furibundo muchacho que imagina que el negrito anda fisgoneando para burlarse de su situación, pero logra eludirlo. Tras seguir revisando, finalmente, da con la de Carlangas, teniendo una reunión tan feliz como triste, a través de los barrotes. Éste lo pone al tanto de lo sucedido aquella noche y Memín le cuenta que su madre salió bien de la operación. Carlangas le agradece y lo apresura a irse antes de ser descubierto, pero es demasiado tarde. Un guardia captura a Memín, quien se niega dar su nombre, y es llevado ante el jefe de celadores. Sabiendo lo que éste le hizo a su amigo, Memín lo desespera con comentarios burlones. Al perder la paciencia, intenta atacarlo con la vara, pero Memín es muy rápido y lo patea en la pierna, para después escabullirse. Llaman a los guardias y Memín se esconde cerca de unas cajas. Escucha por parte de unas empleadas, rumores sobre apariciones de fantasmas, y eso le da una idea. Toma una sabana con la que cubre su cuerpo y calzándose unos zancos que de casualidad estaban ahí (que curioso que hubiera eso en una prisión ¿no? Los habrán confiscado de algún circo). Con estos consigue un convincente disfraz, el cual le permite pasar tanto por los guardias como por el portero, consiguiendo que todos huyan despavoridos, en vez de disparar primero y esperarse para correr luego de ver las balas atravesar el espectro (y no se extrañaron de que la aparición tuviera lugar en las horas del día). Definitivamente pésimos guardianes de la ley. Memín se hace con las llaves y huye por la entrada hacia la libertad.
Isabel sigue convaleciente en el hospital, preocupada por el destino de su hijo. La celadora Elisa va a verla, contándole todo, y simpatizando con ella lo suficiente como para tomar la decisión de arriesgar su empleo y servir de testigo en contra del abusivo jefe de celadores. Tras despedirse de la buena mujer, a Isabel la dan de alta, y más tarde se dirige rumbo a su casa. Al estar frente a ésta, pide ayuda a unos niños para mandar llamar al profesor Romero, confiando en que él resolverá todo. Le cuenta lo que pasó aquella noche y sus intenciones de dejar para siempre aquella profesión denigrante, una vez que todo se arregle. El maestro pone en marcha sus influencias sobre el director, que a su vez acude a funcionarios y así se da el complicado proceso legal, que termina con la liberación de Carlangas y la destitución (y posterior juicio) del jefe de celadores. También el padre de Ricardo pone su parte arreglando trámites legales para que siga bajo custodia de su madre (otra cosa que nunca se ve a cuadro). El muchacho agradece al maestro y a todos sus amigos por haberlo apoyado. Ellos se van con el maestro, dejándolo a solas con su madre para hablar abiertamente sobre lo pasado. Carlangas ya ha superado su primera impresión y comprende lo que ella tuvo que hacer para su sostenimiento, alegrándose cuando ésta le asegura que dejará ese trabajo, una vez realizada la mudanza, para comenzar desde cero. El se compromete a ayudar, consiguiendo a su vez un trabajo durante el resto de las vacaciones.

Una forma de adentrarse en los rollos del sistema legal, tanto en sus fallas como aciertos, con una buena carga de drama. Aunque de todos modos fue algo incongruente el encierro de Carlangas en primer lugar, pero se necesitaba pasar por ello para entrar a lo siguiente. La espectacular actuación de Memín como fantasma será lo más conmemorativo de todo el caso.

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