martes, 27 de abril de 2010

Memín Pinguín #374-376

Memín y sus amigos van a una excursión por el bosque, pero no tardan en apartarse y perderse, preocupando a todos, para luego acabar involucrándose con una comunidad indígena que vive en los alrededores.

Después de hablar con el director en privado (y con los cuatro amigos tratando de oír tras la puerta), Romero va a comunicarles a la clase que harán una excursión como parte del programa educativo. A Memín no le parece una novedad, pero Romero aclara que consistirá en convivir con la naturaleza, concepto que el negrito parece no entender. Una pagina después, ya han pasado semanas de preparación (¿tanto para una excursión de ese tipo?) y los padres han firmado los permisos, por lo que todos abordan el camión rumbo a su destino. En el camino, Ricardo siente nauseas (ya han viajado en avión ¿Cómo va a sentirse así dentro de un mugre camión?) y Memín le quita la bolsa de comida a un compañero para que vomite en ella. Y es el único incidente remotamente interesante del viaje, porque a la siguiente página ya están en el lugar donde se van a hospedar. Romero empieza a darles indicaciones de lo que deben hacer, y más tarde, el negrito y sus amigos ya se han internado en el bosque.
Buscan plantas para la tarea (¿Cuál es el chiste de eso?), y Memín se lanza corriendo por unas sin medir precauciones, cruzándose con una víbora, y los cuatro ponen pies en polvorosa. Al parecer, Memín la confundió con una rama y así provocó su ira. Por haberse apartado, se dan cuenta que no reconocen por donde van y Ricardo sugiere que tomen cierto camino para regresar. Caminan por horas sólo para llegar al mismo punto, y reconocen que están perdidos. Memín chilla desesperado pero Carlangas lo hace reaccionar de un bofetón. En la residencia de los alumnos, la ausencia de los cuatro no ha pasado desapercibida.
No viendo más remedio, deciden quedarse a dormir en la intemperie y seguir buscando el camino de regreso a la mañana siguiente. Un rugido se los impide, poniendo nervioso a Memín. Hubo un cambio súbito de planes, porque ahora Ricardo aconseja que hagan una fogata y lo manda a recoger leña. Carlangas y Ernestillo ven que no les queda comida en sus mochilas, al tratar de revisar la del negrito, éste trata de proteger sus víveres, envidioso y egoísta como el que más. Lo regañan y se preguntan como estarán los otros.
La policía ha llegado y toma cartas en el asunto para buscar a los desaparecidos. Romero se disculpa con los padres, que ya han sido convocados, pero ellos confían en que sus hijos son lo bastante vivarachos para no correr peligro (no si Memín los acompaña).Memín recoge la leña, cuando distingue unos ojos mirándolo entre los arbustos y sale corriendo de nuevo, diciendo haber visto algo aterrador, pero como no ven nada, sus amigos suponen que fue puro alucine. Ahora si, logran dormirse, con los padres incapaces de hacerlo por la preocupación.
A la mañana siguiente, despiertan y no encuentran a Memín. Empiezan a buscarlo y lo escuchan dando gritos, suponiendo que una fiera lo está devorando en ese momento (¡ojala!). Corren a salvarlo, pero en realidad estaba echándose canguros en un lago que encontró. Se quitan la ropa y se le unen, y así disfrutan de lo lindo, hasta que el prudente Ernestillo comenta que es injusto que se diviertan si sus padres sufren, haciendo llorar a Memín al ponerse a pensar en Eufrosina. Cuando salen del agua, descubren que les han robado la ropa y la comida, para angustia de Memín, que le preocupa la ausencia de lo segundo más que lo primero.
Romero y la policía recorren el bosque, llamándolos por sus nombres, y encuentran la gorra de Memín, por lo que suponen que andan cercas. Utilizando la cobija, logran hacer improvisadas túnicas para vestirse. Ricardo se topa con un zorrillo y les advierte a los demás, pero el negrito atarantado acaba rociado por el apestoso animal. Sus amigos lo arrojan al agua para que se le quite la peste y desde ahí, Memín distingue al “fantasma”, logrando asustar a Carlangas y a Ricardo. Ernestillo si lo vio y no le pareció que lo fuera, dando pie a otra palabra mal manejada por Memín (parapsicólogo). Se acercan a los matorrales para descubrir la identidad del ser que los espía. En realidad, se trataba de un indito llamado Pepe, que para entretenerse, le dio por jugar con ellos escondiéndoles la ropa. Pide disculpas y se las devuelve. Al exponerle que andan perdidos, los invita a quedarse con su comunidad hasta que vengan a buscarlos. Son muy bien recibidos en casa de Pepe, aunque Memín se pone de lo más remilgoso con la comida.
Los adultos andan siguiendo su rastro, ahora con mayor seguridad al descubrir Eufrosina un zapato de Memín.
A la mañana siguiente, Pepe y sus padres van a trabajar muy temprano. Carlangas propone que les echen una mano en pago a su hospitalidad, pero el flojonazo de Memín no quiere y ya se anda quejando de que los pusieron a dormir en un petate incomodo (¡vaya con este malagradecido!).
El negrito ingrato no para de protestar ante todo lo que tienen que trabajar en el campo, y todavía sigue quejándose de la comida tan limitada que les ofrecen. Insiste en apoderarse de una mazorca para variar, pero se la tiene que pelear con un cuervo, irritándolo y ocasionando el ataque de toda una parvada. Pepe les indica donde pueden ponerse bajo techo, que no es más que la escuela a la que asiste después de trabajar, la cual está en muy malas condiciones. El maestro los invita a integrarse, aunque no sirve de mucho ya que la clase la da en náhuatl.
Es hasta entonces cuando escuchan las voces llamándolos y pronto se reencuentran con sus padres. Eufrosina se detiene y se cruza de brazos, ignorando la exigencia de Memín de un darle un abrazo, recordándole lo preocupada que ha estado, pero como él insiste, recoge un palo para pegarle. Romero se presenta con el maestro indígena y al ver las condiciones en que está su escuela, propone ayudarles a remodelar y mejorar las instalaciones. Con la excepción del flojonazo de Memín, todos aceptan colaborar y así empiezan a trabajar, llevando a cabo la idea de Romero en tiempo record. Memín sólo tiene que fregar el piso, pero se queja exageradamente. Después, trata de cambiarle a reparar los techos creyéndolo más fácil, y se cae por uno de los agujeros, golpeándose la cabeza. Se queja de que no deberían poner agujeros en el techo porque se mete la lluvia (idiota) y Romero decide ponerle a hacer algo más seguro. Al anochecer, han terminado y el maestro residente les da las gracias, aunque Memín sigue de remilgoso, pero se compone cuando los invitan a quedarse a descansar. Casi se anima con la comida, pero como son puros frijoles de los que ya se hartó, prefiere quedarse con hambre.
Al la mañana siguiente, se despiden de sus nuevos amigos, volviendo al camión para regresar a la ciudad. Pepe retiene a Memín para darle un regalo de despedida, un cerdito, que el negrito recibe sin mucho entusiasmo. Logran alcanzar a los del camión y comentan sobre todo lo sucedido, hasta que Memín se queda dormido. Una vez que han llegado, Eufrosina agradece a Romero por haber traído a Memín para estrujarlo luego a él por vivaracho (abrazo atrasado por el coraje que tuvo el otro día). Memín tiene que volverse al camión para llevarse a su “mejor amigo”, concepto que sus amigos tardan en entender al ver que se refería al cerdito. Memín aprovecha para hacer un chiste improvisado en que no deben llamar “marrano” a Carlangas, para luego aclararles todo, y ya se despiden. Eufrosina indica a su hijo que irán a la carnicería a vender al cerdo. Ya ahí, Memín se rehúsa pero ella le explica que por andarlo buscando no trabajo y no tiene dinero para pagar la comida, por lo que él acaba accediendo. Sin embargo, al distraerse, el cerdo ya se ha dado a la fuga y le toca ir a Memín a recuperarlo o tendrán que devolver el dinero que el carnicero le acababa de entregar a cambio. El cerdo choca con Carlangas, embistiéndolo y haciéndolo caer de cola (¿no alcanzó a volver a su casa?). Acepta unirse a la persecución, y acaban chocando al tratar de acorralarlo detrás de un cubo de basura. El cerdo se mete por una alcantarilla abierta y tienen que seguirlo ahí. Memín no se salva de aterrizar mal y luego todavía se da un tope mientras recorren los desagües. Carlangas al fin atrapa al chancho, notando que trae un papel con dibujos en la boca y se lo pasa a Memín, quien se lo guarda en el bolsillo. Un plano al papelito en su bolsillo nos da un índice de lo que será una futura secuencia. Regresan a la superficie y entregan el cerdo a su nuevo dueño, quien en realidad no piensa cocinarlo, ya que se especializa en reses y su intención es llevarlo a vivir a su granja. Extrañamente, eso sólo hace que Memín se decepcione y sienta innecesario el haberse tomado la molestia de recuperarlo (ejem ¿olvida que sin el cerdo no podían dejarles el dinero?). Eufrosina lo apremia a tomar un baño y Carlangas se despide para hacer lo mismo.

Y así después de quitarse el mal olor, Memín está listo para su siguiente aventura sin chiste.

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