lunes, 17 de mayo de 2010

Memín Pinguín #383-385

El grupo de Memín se ve enriquecido por la presencia de un mono muy inteligente, con el que viven ciertos incidentes sin lugar de ser.

Memín despierta para ir a la escuela, brincándose en el camino un área de cemento fresco (no viene al caso ni para ser parte del inicio de esta secuencia). Sin más, nos presentan en la siguiente pagina a un viejo organillero llamado Abraham que sale por primera vez a trabajar con su mono, Guito (pese a que en el numero anterior, ya lo habíamos visto, pero que despistados). Al parecer, es el hijo de una changa con la trabaja antes que murió bajo circunstancias que nunca se dicen. No llevan mucho haciendo la faena de poner la musiquita mientras el mono pide dinero, cuando se divisa un oportuno camión repleto de plátanos. Guito deja de trabajar y se echa sobre el camión, dejándose llevar sólo para que lo deje caer más lejos, quedando a merced de los autos de la calle. Memín lo observa y salta a tiempo para salvarlo, justo cuando dos coches chocan al intentar esquivarlos. Los dueños de los coches se ponen a discutir, lo que Memín aprovecha para llevarse al chango antes de que les reclamen. Sale un policía para exigir que circulen, pero le hacen ver que no pueden por el estado de sus coches (y nada dicen del niño y el mono responsables, otra escena que siento que no venia al caso).
Memín entra a su salón llevando a Guito, y no tardan en llamar la atención, recibiendo la burla de un compañero ocasional, Fermín, que provoca una violenta reacción en Carlangas. Romero interviene y mientras los regaña, el tal Fermín aprovecha la distracción para sacar un plátano (pero no se entiende si para comérselo o para hacer la clásica faena de hacer resbalar al otro con la cáscara, en todo caso, con el maestro encima no es oportuno hacer ninguna de las dos cosas en ese momento), pero Guito se la arrebata, comiéndose la fruta y echándole la cáscara en la cabeza. Todo el salón se carcajea de él y Memín se lleva al mono afuera para que no se meta en líos. Mientras, el dueño busca al mono y trata de seguir trabajando, pero casi no gana nada porque su música no vale sin el chango (creo que seria lo mismo si pusiera un muñeco de chango, ese espectáculo callejero sólo seria interesante si fuera el mono quien tocara). Afuera del salón, Memín se percata de que el mono es muy listo y atiende bien sus indicaciones, por lo que le pide que se quede ahí mientras el vuelve a sus clases. Romero termina la clase sobre los quebrados (¿no habían visto ya ese tema?) y a la siguiente pagina, ya los dejan salir. Los amigos de Memín se le unen para admirar al abusado chango. Adivinan sin querer su nombre al proponer llamarlo Guito por “Changuito” (que originales) y Carlangas comenta que hasta es más inteligente que Fermín. El aludido alcanza a oírlos a distancia, habiendo decidido apoderarse del chango para sacarle dinero. El mono les hace algunas gracias en lo que Fermín anda pensando a quien podría venderle el chango. Después, el chango se apunta otra demostrando saber para que sirve una moneda que la ofrecen, yéndose a la tiendita cercana (¿pero compró algo o no? solo se le ve ofreciéndola a la vendedora). Ernestillo considera que alguien pudo haberlo perdido y Carlangas sugiere que pongan un anuncio en el periódico para ver si viene alguien a reclamarlo. Esa misma tarde van a un celebre periódico y quien sabe si la nota sale el mismo día, pero no es muy clara que digamos, ya que sólo exige que les llame alguien a quien se le haya perdido una mascota (esto propiciaría que cualquiera los llamara, lo que acarrearía chuscas situaciones, pero la verdad es que nadie lo hace, así que no tuvo chiste).
Más tarde, deciden enseñar al chango a jugar béisbol, y aunque al principio se confunde, va aprendiendo rápidamente, tanto, que cuando viene otro equipo a retarlos, aceptan jugar contra ellos con Guito. Fermín no pierde detalle de lo que sucede. El juego termina con los contrarios quejándose de que aconsejaron de más al mono, como los típicos malos perdedores, echando pleito en el que acaban dándose de golpes, dejando al chango al margen, que es lo bastante listo para no meterse. Fermín contaba con que los derrotaran para así entrar y apoderarse del mono, pero ellos salen victoriosos y decide esperar a otra oportunidad. Se dan cuenta que no saben donde podrán dejar a Guito hasta que alguien vea el anuncio publicado, y van considerando un lugar, y es el mono quien les da la pista de que le construyan su casa (al menos eso interpreta Memín). Ernestillo apoya la idea y Ricardo sugiere que la pongan en el árbol que hay en su propiedad. Aprovechando que su padre anda fuera de la ciudad en una visita familiar, los cuatro amigos y el chango se encaminan para allá. Eufrosina se percata de la tardanza de Memín, enojándose pero suponiendo que como suele pasar, se entretuvo haciendo algo. En la carpintería, los cuatro ponen manos a la obra, y hasta el mono les ayuda (no me parece que un chango en verdad tenga la fuerza necesaria para amartillar con la firmeza requerida para una construcción). El ruido que hacen despierta a una vecina que les llama la atención, exigiéndoles que cesen o les echara a su primo. No les queda de otra y van a un lote baldío donde logran terminar la casa. Fermín sigue espiándolos (ya me aburrió este, que haga algo ¿no?). Los padres (excepto el señor Vargas por andar ausente) se preocupan de la tardanza de sus hijos. Isabel y Carlos ya salen en coche a buscar al suyo, Eufrosina le reza a la Virgen por su hijo travieso, y los Arcaraz ya empiezan a hacer llamadas. Ordenan a la criada amarrar a los perros. Rogelio y Mercedes acaban saliendo en el coche, justo cuando Ricardo y los demás ya habían llegado. Empiezan a subir la casita de madera, pero los instintos del mono se activan, presintiendo a los perros, que también lo sienten a él y ya andan gruñendo. Los ladridos no tardan en hacerse escuchar y tratan de subir al nervioso mono advirtiéndole que no se baje, y éste se prepara para una larga noche.
Mientras, Abraham sigue extrañando a Guito, recordando con nostalgia cuando vivía su madre. El narrador hace ver que él nunca verá el anuncio en el periódico, porque no sabe leer ni escribir (y de todos modos no decía mucho).
Memín vuelve a su casa, encontrando a todos los padres reunidos, y les explica lo de Guito. Cuando ya se tranquilizan y se van los demás, Eufrosina anda enojada, pero decide perdonarlo (¡oh que! Desde que inicio esta nueva época no la he visto darle tablazos ni una sola vez). Con Carlangas casi no nos dejan ver como le fue. Ya de nuevo con los Arcaraz, ellos nomás se quejan por los ladridos de Tosca y Goliat, que no toleran la presencia de otros animales. Memín se la pasa estudiando los quebrados (repite unas líneas que son exactas a las que dijo números atrás, ajum). Guito lloriquea al acordarse de su madre y los perros siguen ladrando. Rogelio y Mercedes comprenden que así no podrán dormir, y también los vecinos que se despiertan ante el ruidazo. Afuera, Fermín se ha quedado esperando poder entrar para llevarse al mono, pero no se atreve con el perral ladrando. Los vecinos de los Arcaraz se quejan y no viendo otra opción, autorizan a Ricardo a bajar al chango y meterlo adentro de la casa. Él asegura que no tiene piojos, así que no hay problema. Por fin, la criada puede dejarlos libres mientras Guito duerme muy cómodo a los pies de la cama de Ricardo. Fermín compra unos tacos con los que espera distraer a los perros, pero éstos no son demasiado buenos guardianes como para ignorar la presencia del intruso y dejan de comer para echarse sobre él. Fermín corre desesperado hasta el árbol, pero no encuentra a Guito en la casita, así que sus esfuerzos fueron en vano. Los ladridos incesantes hacen que los vecinos se enojen y llamen a la policía, provocando un pleito del que no vemos muchos detalles, pero Fermín aprovecha la distracción para huir, esperando tener más oportunidades después. Mercedes se pone a consentir al monito, a la vez que Memín se quedó dormido haciendo la tarea, soñando con un Guito parlante que propone echarle una mano. Despierta y aunque es temprano, Eufrosina lo apremia a irse preparando de una vez. Sus amigos pasan por su casa llevando a Guito y después de los problemas de anoche, sugieren que Eufrosina lo cuide. Ella acepta cuando el mono la convence con besos y luego ya le anda ayudando a lavar la ropa. Fermín los escucha comentando en el recreo, tomando nota para acechar ahora en la casa de Memín. Mientras, como Abraham no saca suficiente dinero, no puede pagarle al que le renta el instrumento. Ignorantes de todo, los Arcaraz ya ven el anuncio en el periódico, extrañados de que el dueño no llame (ni que fuera a llamar el primer día y no es cómo si todo el mundo leyera el periódico). Guito, instalado en la azotea de la vivienda, se anda congraciando con Memín y Fermín sigue esperando por la oportunidad de volárselo.
El tiempo pasa y se menciona que Guito se vuelve parte de la pandilla y que tiene habilidad para jugar otros deportes, mostrándolo modelándonos diferentes uniformes, de béisbol, soccer y fooball americano. Muy bien. Primero, Memín y sus amigos jamás han jugado football americano. Segundo, esto ya parece una de esas tontas películas familiares protagonizadas por animales demasiado listos que interactúan con niños, así que entendemos que todo esta trama es un intento patético de imitar este genero.
Como Abraham de nuevo no pudo pagar su cuota, le quitan el instrumento, dejándolo ahora si en la miseria, extrañando más que nunca al querido Guito, y se decide a recorrer las calles sin descanso, buscándolo. Llega una noche en que Fermín por fin iba a hacer su maniobra de llevarse a Guito, pero pierde su oportunidad, ya que por esa vez, Eufrosina acepta que lo dejen quedarse abajo en la casa y lo consienten haciendo de comida platinos con azúcar. Y es la ultima vez que vemos al dichoso Fermín, lo que también va en contra del protocolo normal de esta clase de tramas de mascotas inteligentes, porque se supone que en algún momento, el villano que desea explotarlas se sale con la suya, y éste nomás nos puso dando vueltas a lo tonto, sin justificar en nada su presencia.
Casualmente, los Pinguín y el monito andan viendo la tele durante la cena (y también los Arcaraz y fuera de pagina, los demás, supongo) donde hacen un reportaje en vivo sobre indigentes o algo así, y precisamente toca que entrevisten al viejo Abraham, quien lloriquea, diciendo cuando extraña a su mascota. Guito reacciona señalándolo y poniendose a dar brincos, dando a entender que es su dueño desaparecido. Carlangas y Ricardo hablan por teléfono para comentar y Ernestillo hace lo mismo con su padre. Eufrosina apura a Memín a que vayan rápido a donde crean que se está dando el reportaje. Y así, los cuatro amigos se encuentran en una esquina. Abraham sigue llorando por Guito, justo cuando éste aparece y se le echa encima, jubiloso. La reunión es tan conmovedora que Eufrosina (viendo la tele) y los chicos se ponen a llorar (no es que sea insensible, pero creo que hay reuniones más emotivas que un viejo y un chango reencontrándose). Reanimado, Abraham presenta a su mono y que no necesita la caridad publica ya que volverá a trabajar (pero su trabajo precisamente depende de la caridad). Proponen acompañarlo a su casa y Ricardo aprovecha para informar a sus padres que volverá tarde, justo antes de que corten el reportaje. Al llegar, Memín le pregunta al mono en nombre de todos si irá a olvidarlos, pero éste hace un gesto para indicar que no y siempre están en su corazón, y todo eso.

Y fin, una de las veces en que pueden tener un final cerrado sin darnos indicios de lo que sigue, pero no justifica el haber aguantado esta trama tan chafa que normalmente se usa en películas que ni siquiera ganan oscares. Más suerte para la próxima.

lunes, 10 de mayo de 2010

Memín Pinguín #379-382

Memín y sus amigos intentan dar con un tesoro y en su lugar se topan con un fantasma que los lleva a un viaje alucinante hacia el pasado, volviendo al presente para realizar otra misión de amparo (ya cualquier cosa puede pasar en este pasquín)

Tras haberse recuperado de una indigestión, Memín se levanta de la cama para dar con el suelo y hallar bajo la cama unos pantalones que tenia rato sin ponerse. En ellos encuentra el papel con dibujos que anteriormente encontrara en la boca del cochino cuando lo buscaba en el drenaje, percatándose de que es el mapa de algún tesoro. Entusiasmado, decide ir por éste de una vez, pero Eufrosina no se traga el cuentode que va a la escuela a esas horas, y lo manda a la cama. Memín se duerme y su imaginación desvivida lo lleva a un sueño muy bobo en el que se ve como el capitán pirata de una barco, con sus amigos como su tripulación, quienes se ven obligados a respetarlo ya que es su sueño. Los hace remar hacia una isla dándoles ordenes con megáfono y todo, y no tardan en pisar tierra, hallando justo la “X” que marca donde deben cavar. Memín flojea sobre una hamaca mientras ellos cavan, pero todo lo que hallan es un cofre donde solo hay huesos humanos. Enojados por la explotación en vano, sus amigos se le amotinan y lo pasan por la plancha, cayendo al agua al mismo tiempo que Eufrosina lo despierta con un cubetazo. Memín reacciona rápidamente, acordándose de lo que tenia que hacer y ni pierde tiempo desayunando. En el camino, se da cuenta que no sabe leer un mapa y tropieza de frente con Carlangas. Tontamente, le presume el mapa que encontró dándose aires sin impresionarlo para nada, pero de todos modos se lo lleva de la mano para que lo ayude. Carlangas revisa el mapa en lo que se presentan Ricardo y Ernestillo, y los enteran prontamente de lo que pasa. Ernestillo aclara que no se trata de un mapa de tesoro pirata como Memín piensa, sino uno de una zona colonial, apuntando a la posibilidad de llevar a un tesoro antiguo de aquella época. Ante la indignación del negrito envidioso, todos se apuntan para apoderarse de éste y compartirlo, pero como no tienen dinero para pagar el pasaje en el camión, se tienen que colar por la parte trasera. Así llegan a su destino, aunque a Memín se le escapa agradecerle al conductor por el viaje, que luego los corretea por andar de polizontes. Después de la correteada y escuchar algunas tonterías de la boca de Memín, se introducen al vecindario donde se supone que encontraran ese tesoro, llegando a una antigua y deteriorada residencia, pero no encuentran ninguna “X” (eso se los paso en el sueño de un ignorante como Memín, pero ellos ya deberían saber que esa “X” no existe físicamente y es mero señalamiento). Haciendo berrinche, Memín pisotea las viejas tablas del suelo, y los cuatro caen por éstas. Pisotea de nuevo y todavía bajan a otro piso, y al amenazar con hacerlo otra vez, se le echan encima como en una clásica caricatura (con efectos de sonido y una nubecita de humo) y lo dejan amarrado y amordazado. Empiezan a explorar y Ricardo cae por un pasadizo secreto, angustiando a los otros por un momento, pero no tarda en volver para avisarles. Y así encuentran una puerta de madera podrida que abren utilizando la cabeza de Memín como ariete. Se ven dentro de un elegante salón adornado con el retrato en la pared de un vizconde de nombre larguísimo (lo siento, no voy a transcribirlo, pero Memín aprovecha para hacer chistes al respecto sobre el tiempo que tardaría en presentarse). En el retrato, les parece que la mano del vizconde señala hacia abajo donde tienen que cavar para hallar el tesoro y ya se andan emocionando, pensando en lo que harían con las riquezas. Carlangas piensa en pasear a Isabel por el mundo para que deje de trabajar (estos desasjustes de la continuidad, ¡desde cuando que la señora no trabaja!), Ernestillo en comprar una nueva carpintería (¿no acaban de renovarla otra vez?), y Memín en comprar una casa elegante y lavadora eléctrica para su madre. De Ricardo no se ve que ambicione, aunque es normal porque nada le falta, lo que no explica porque se entusiasmaría entonces con el hallazgo de un tesoro valioso, pero en fin. Lo que les sale es un cofre con doblones de oro, que Memín tomaba por monedas de chocolate, pero brinca de alegría en cuanto le explican su estimable valor. El sonido de unas cadenas que chocan los ponen sobreaviso y se vuelven para encontrarse con el fantasma del dichoso vizconde. Después de gritar aterrorizados, el fantasma responde con su propio grito espectral, y a Memín le llega su mal aliento, quejándose abiertamente. Echan a correr despavoridos, y Memín se enreda con una cortina. El fantasma arremete contra el negrito, y éste logra usar la cortina para burlarlo, emulando a un torero y todavía sus amigos lo vitorean, como si esto fuera en verdad una estúpida caricatura donde no se puede tomar nada en serio. Memín presume sangronamente y se distrae, recibiendo un tope del fantasma que lo deja mareado. El fantasma atrapa a Carlangas por las piernas, y como ellos intentan ayudarlo a zafarse, acaban siendo arrastrados con él. A Memín le da por apoderarse de algunas monedas y un portal luminoso se abre, y ahí los echa a los cuatro el fantasma. Memín empeora la tensión sangronatica entonando una cancioncita para despedirse del mundo, y luego los cuatro se hallan flotando en un vacío nebuloso, creyendo que han muerto y eso es el más allá.
De pronto, los cuatro caen duramente en el suelo en medio de una calle. Memín se emociona como si salieran de una atracción y Carlangas lo vuelve a la realidad de un golpazo en la cabeza. Ernestillo advierte que siguen vivos, pero que se encuentran en otra época, a juzgar por la arquitectura, los carruajes y el modo de vestir de la gente. Se introducen a un carruaje donde hayan una carta que confirma que están en 1633, y al poco rato, les sale de nuevo el vizconde, aunque en apariencia menos fantasmal. Éste va al grano, diciendo que necesita que le hagan un favor, pero ellos se ponen sus moños por haberlos traído ahí, en especial Memín. Acaban decidiendo que lo escucharan para que les diga como volver a su época y el vizconde empieza contándoles su historia sin importancia. Aunque es corta (y claro, Memín no pierde oportunidad de interrumpir con sus burlones comentarios), no vale la pena resumirla, basta con decir que el vizconde fue inculpado del robo de unas monedas, y lo condenaron a muerte. Hizo el mapa para alguien pudiera encontrar el cofre que contenía las monedas y así descansar en paz (pero la parte en que es un fantasma que puede viajar en el tiempo y el espacio no se explica nunca). Así que se supone que están en el día en que se realizó el robo para incriminarlo y ellos deben restaurar las monedas perdidas, indicando que Memín ya las ha tomado. Sus amigos lo regañan, culpándolo de haberlos metido en el lío, ya que tomó precisamente las cuarenta que se precisan para resolver el asunto (¿como tuvo tiempo de agarrar tantas cuando los jalaban para llevárselos?). El vizconde los guía al lugar al que deben ir solos, y de algún modo ahí dentro se hacen con ropas típicas para pasar desapercibidos. Unos guardias aparecen y fingen ser estatuas, recibiendo malas críticas en cuanto a la decoración del palacio. Después, encuentran el cofre y ya están por cumplir su misión cuando son descubiertos, y de inmediato los llevan ante el juez, quien no tarda en juzgarlos culpables, condenándolos a morir en la hoguera y hasta llamándolos herejes, termino que Memín no entiende (ni tampoco el argumentista, los ladrones no encajan con la descripción de lo que es un hereje). Y así, atados a unos postes, lamentan su suerte, sobretodo Memín que culpa de todo al cerdo que le regalo el indito al haberlos metido en ese lío por traer el mapa en el hocico. El verdugo enciende las llamas y entonces aparece el vizconde, arrojándoles el cofre, para que le echen las monedas. Memín todavía se pone remilgoso queriendo que se los pida con amabilidad, y luego de que lo regañan, Ricardo, por andar atado a su lado, logra meter las manos en su bolsillo y meterlas al cofre (¿de verdad tiene tiempo de tomar y arrojar tantas monedas en esa precaria situación sin que se le caigan?). Instantáneamente, son enviados de vuelta al presente, en el antiguo salón, y escuchan un desgarrador grito que parece indicar que ahora va a salir la llorona (y en la portada del siguiente número usaron precisamente la imagen de ese famoso espectro, una completa mentira ya que no concuerda con el contenido, pero así son la mayoria de las portadas de la nueva epoca).
Temerosos, deciden subir para ver quien está gritando, y Memín le saca, como siempre. Pisa un tablón podrido y lo reprenden, pero al oír como alguien trata de abrir la puerta, corren y caen encima del negrito. Lentamente, baja una figura, que se revela como una frágil anciana, a la que Memín sigue tomando por una aparición y dice algunas majaderías, pero le dan un coscorrón por su falta de respeto. La anciana ni se entera, suponiendo que cayeron por el agujero del techo, y los invita a que la sigan. Ahora, Memín piensa que es una bruja y se los quiere comer, pero lo obligan a que los acompañe. El negrito se asusta al ver al gato negro de la anciana, prueba suficiente de que es una bruja, según él. Ella sigue sin reparar en sus comentarios y se pone a contarles de las historias del tesoro que no existe. Memín está por contradecirla, pero Ricardo le da un codazo para que se calle. Cambia el tema a los gritos que oyeran y la anciana admite que, en efecto, ella los profirió, pero no puede evitar que la pena la desgarre. A ella le tocó ver al fantasma del vizconde, antepasado suyo, pero que al contárselo a su hijo y su nuera, ellos la tomaron por loca y la abandonaron, negándole tener contacto con la nieta. Memín lloriquea empática y exageradamente, pero calla ante la amenaza del puño de Carlangas. Ellos empiezan a explicar que han visto al fantasma y pueden darle el testimonio, pero la anciana siente que es tarde, porque en breve vendrán a legitimar la venta de la casa y a recluirla a ella en un hospital psiquiátrico (¿no querrá decir en un asilo de ancianos? al menos yo nunca he oido de gente así de anciana en un manicomio). Memín sugiere que hay un modo de convencerlos de que ella no está chocheando, y se juntan los cinco para secretearse y hacer su plan (¿para que? Si están solo ellos en la casa).
Rodolfo, el hijo de la anciana, y su esposa rezongona, llegan a la cita, y la anciana las recibe, invitándolos a acompañarla al sótano por los papeles. En el descenso, la mujer tropieza con uno de los escalones podridos y se ve que tiende a llamar al esposo “Rudolph” porque tiene más categoría (¿Qué tiene que ver este dialogo con la trama?). La mujer halla asiento para empolvarse la nariz y un Memín disfrazado de fantasma sale a sus espaldas, pero es noqueado cuando ella arregla su bolso y lo golpea sin darse cuenta. Sus amigos lo ayudan a reincorporarse para otro intento. La anciana toma los papeles, pero antes de firmarlos, exige sus lentes y vuelve a subir, dejándolos a merced del siguiente ataque “fantasmagórico”. Ahora los amigos han hecho pirámide para intimidar más, dejando a Ernestillo para que le haga al ventrilocuo, y haciéndose pasar por el fantasma del vizconde, asustan a la pareja, exigiendo que dejen vivir en paz a la anciana y la dejen ver a su nieta. Ellos acceden, tragándose la mala actuación, hasta que la mujer pisa un extremo de la sabana y la remueve accidentalmente, exponiendo la farsa. De todos modos, insisten en que si hay un fantasma, y a sus espaldas, aparece el vizconde, aterrando a los dos para demostrar que dicen la verdad y los hace correr. Ellos le dan las gracias y él dice que nomás les devolvía el favor y que finalmente puede descansar en paz, y así como así, desaparece, en un efecto que a Memín le parece chafa como de película mexicana (no achaquen las chafeces de esta revista a otros medios de entretenimiento). Quien sabe si es el mismo día u otro, pero el caso es que en la próxima pagina la anciana les anuncia a los chicos que van a llevársela a vivir con su familia, y ahí vuelven los dos, con la adorada nieta. Por cierto, que nunca dicen como se llama la anciana, ni oportunidad le dieron de presentarse, aunque para salir en un solo número y en trama improvisada, supongo que no hace falta. Se disculpan con ella por haberla tomado por loca y ya luego se despiden de Memín y sus amigos, dándoles las gracias (ya ni comentaron lo del fantasma real). El negrito sugiere que les den una recomensa monetaria, pero el coche arranca y refunfuña que se hicieron que no lo oyeron. Carlangas sugiere que vayan por las monedas del cofre, pero éste ha desaparecido. Ya han emprendido el camino de vuelta a casa, quejándose de la tacañería del fantasma, cuando Memín descubre que le queda una moneda en el bolsillo. Ernestillo se queja de que con eso los hizo volver caminando, pero el negrito excusa que la quería guardar de recuerdo. Divisan un grupo de gente reunida en torno a un espectáculo callejero y la curiosidad los atrae. Al ver que es sólo una función chafa de la maquinita de música con un mono arriba, se alejan, pero el simplón de Memín se queda embobado con el chango y le deja la moneda de oro. Como si hubiera sido un día cualquiera, se despiden, para olvidar deprisa su alocadísima aventura. Memín llega muy cansado a su casa, tanto que ni cenar quiere, y mucho menos comentar sobre los incidentes del día (de nuevo una notable diferencia con el estilo de la autora original que no habría dejado la oportunidad de hacer que Memín insistiera en contarle todo a su má linda para que ésta no le creyera ni una palabra y le diera tablazos por andarla choreando).

En sus sueños, repasa la aventura del día y hasta aparece ese chango, como un presagio funesto de su siguiente aventura (mal presentimiento).

lunes, 3 de mayo de 2010

Memín Pinguín #376-379

Después de un accidente de gas del que Eufrosina se salva por poquito, con Memín y sus amigan, van a la basílica de Guadalupe donde les da por andar de metiches y oír el caso de una pareja que les cuenta la razón de su fervor religioso-compulsivo.

Durante la comida, Memín se percata de que a Eufrosina le ha dado la gripe, y listo para flojear, como siempre, trata de convencerla de quedarse a cuidarla en vez de ir a la escuela el día siguiente. Los estornudos de su má linda lo despiertan a plena noche pero con todo, en la mañana lo apura a largarse aparentando estar normal. El negrito llega tarde a la escuela, replicando al maestro que señala su tardanza, con un chiste ya muy sobado (el ultimo en llegar y el primero en irse, ajum, un clásico pero desgastado, aunque Romero igual y se tiene que contener la risa ante la respuesta).
En la casa, Eufrosina no puede hacer sus deberes por la gripe y se recuesta, dejando hervir el te para aliviarse. Una ráfaga de viento apaga la lumbre de la estufa (para que eso pase quiere decir que puso el fuego demasiado lento, para ser pobres, no escatiman en el consumo del gas), y el gas se extiende sin que ella pueda detenerlo. Durante la clase, Memín nota que olvidó traer su libro de historia y se regresa, sin reparar en los regaños de sus amigos. Llega y descubre lo que ha sucedido. Apaga la estufa y pide ayuda a los vecinos (incluyendo al olvidado Don Cayetano) para que la saquen en lo que mandan llamar a los bomberos. Eufrosina vuelve en si y lo primero en que piensa cuando le explican lo que pasa es en darle las gracias a la Virgen. Los bomberos se apresuran a asegurar que no queden rastros de gas que pongan en peligro la vivienda y cuando terminan, Memín les pide su autógrafo por ser unos “héroes” (pero si no hicieron nada) justo en su libro de historia, que también es “héroe” por haberle hecho volver a tiempo (el libro hizo más que ellos la verdad).
Eufrosina le dice a Memín que cuando se le pase la gripe irán con la Virgen, pero mientras, él debe volver a clases, sin excusas ni pretextos. El negrito regresa justo a la hora de la salida y al contarles lo sucedido a sus amigos, ellos no le creen nada, y menos al darles la “evidencia” de la firma de los bomberos, que según ellos, pudo habérsela dado cualquier otro adulto. Le hacen burla por ser tan mal mentiroso y toda la cosa, pero unos días (un cuadro) después, ya les confirmó Eufrosina que si pasó de verdad.
Memín casi choca con un policía para reunirse con ellos y contarles de las intenciones de Eufrosina para ir a la basílica, ofreciéndoles que los acompañen (ni siquiera nos dicen que día es, ni porque van a ir así de improviso). Ellos aceptan unirse al “peregrinaje” y así dan una larga caminada para llegar al centro de devoción del dichoso icono religioso. Sentados al lado de una joven pareja, la señora y los chicos se ponen a rezar, agradeciendo por sus bondades (hasta Ernestillo le sigue dando gracias por salvarlo de la pata de mula que ya se grabó como un suceso traumático pese a que duró un solo numero). Memín es el único que no reza, distraído, como de costumbre, poniendo más atención a la pareja, que reza con muchas ganas. Cuando se levantan, decide seguirlos hasta afuera y se presenta ante ellos. Eufrosina y sus amigos van a regañarlo por andar molestando, pero los señores no ven problema, conquistados al momento por su simpatía, como normalmente ocurre con cualquiera que conoce a Memín (cuando no cae sangrón). Ellos se presentan como Lydia y Mario antes los demás, y el negrito les expone el haber notado cuanto le rezaron, y admiten que así es. Eufrosina siente curiosidad y les pregunta el porque, a lo que ellos responde se debe a que la Virgen les ha concedido dos milagros. Y así como así, proponen contarles su historia y empiezan de inmediato. Dicen que son de Chihuahua (el nombre hace suponer a Memín que esa es la ciudad de los perros, sepa si es así o es el puro nombre) y en verdad comienzan por el principio, o sea, cuando eran novios antes de casarse. Estos hechos son poco interesantes y los cuentan con mucha prisa, lo que es conveniente pero de todos modos ocupan espacio valioso, cuando podrían simplemente ir al grano. Memín los interrumpe porque tiene hambre, y Eufrosina lo reprende. Sin embargo, Lydia acepta que ellos tampoco han comido y los invitan a todos a comer unas gorditas con una señora que vende ahí cercas. Mario menciona que esa comida les trae recuerdos y sigue narrando su aburrida historia. Puras tonterías típicas de los matrimonios jóvenes, rayando en lo cursi, que Memín no deja de señalar, y sus amigos acaban dándole la razón. Lydia pasa a la parte en que su felicidad estuvo en peligro, lo que Memín supone rápidamente a causa de la infidelidad que pudo cometer Mario, recibiendo sus merecidos coscorrones de parte de sus amigos, para que la mujer replique que fue por otra cosa. Un día, simplemente Lydia amanece malhumorada, y Mario se la pasa todo el tiempo en el trabajo pensando que le ocurrirá (¿no será que está en sus días?). Memín se manda pidiendo otra gordita en lo que pasan a Mario preguntándole a Lydia lo que le ocurre. Algo muy simple la inquieta: que tras un año de casados no han tenido un hijo. Eso la mortifica y lo toma como un castigo de Dios (vaya tonta, ¿no sabe interpretar una indirecta divina para que adopte? Tantos niños que necesitan un hogar y buenos padres para que se pongan sus moños empeñados en tener los propios). Mario concuerda con ella y que verán que hacer para solucionar ese problema. Memín interrumpe para pedir más gorditas el muy goloso. Volviendo a la historia, Lydia y Mario se someten a estudios, que concluyen que ella está imposibilitada para concebir, aunque el medico sugiere que existe un tratamiento, pero es costoso y no garantiza nada, mas están dispuestos a pagar lo que sea (¡puro tirar el dinero! Niños mueren de hambre y la gente gastando en tonterías para concebir).
Un día, Lydia sugiere a Mario que deberían ponerse al día con la fe e ir a la basílica para que la Virgen les ayude (menos mal que la molestan a ella antes que a Dios para pedir por tonterías como esta, sin ofender, pero una concepción es un milagro que se concede sin ser pedido, no hay que forzar ni desearlo tanto, porque así no tiene chiste). Mario acepta su tonta idea y aprovechan sus vacaciones para ir. Toda una experiencia el viajar hasta allá, supongo, para católicos de hueso colorado. Curiosamente, cuenta como rezaron ante la efigie de la Virgen para pedir lo que no necesita pedirse, y así se la pasan, hasta que un día a la salida, conocieron a una niñita llamada Estela, que vende gorditas afuera de la basílica y rápidamente simpatiza con ellos, en especial con Lydia al mencionar de improviso que le recuerda a su madre fallecida. Cuando vuelven a Chihuahua, ella sigue pensando en la niña y comenta a una amiga sobre la posibilidad de adoptarla, pero como ésta opina que no debería tomar a una pordiosera, de inmediato se enfría esa amistad. Le expone su idea a Mario, quien ya lo había considerado, y así regresan meses después, encontrando a Estela y proponiéndole que sea su hija, pero ella se muestra indecisa. Trata de poner excusas pero como la pareja le insiste, admite que tiene una tía llamada Ramona a la que tal vez no le parezca la idea. La animan a que las deje acompañarla a su casa para hablar con ella, pero apenas llegan, sale la mujer, maltratandola por andar dejando que la carguen. A Lydia le dan unos mareos de pronto y Mario le hace ver que es porque debe estar embarazada por fin. Los dos lo celebran ante el enojo de la mujer, y notan que Estela se mete a la casa, decepcionada porque cree que ya no la necesitan. Desde la ventana, Lydia le hace ver que desean adoptarla de todos modos, pero Ramona se rehúsa a permitirlo. Les cierra la puerta en las narices y cierra la ventana, impidiéndole a la niña salir y advertirle que de ahora en adelante ella la va a acompañar a la venta de las gorditas para que no se la lleven esos ricachones, revelando que es una floja que vive a expensas de la explotación de Estela. La pareja no se da por vencida, y después de confirmar con el medico que Lydia está embarazada, contratan a un detective para que vigile a Ramona y así vean como quitarle a la niña de su custodia. El detective les da los resultados, que indican que ella no es su verdadera tía y la explota sin siquiera tener una tutoría legal sobre la niña. Un día en que la mujer trata de levantar a Estela, vienen los policías, y sin que pueda detenerla, ella les abre la puerta y se la llevan detenida antes de que pueda darse a la fuga. Y ya, ese fue el doble milagro, que adoptaron a Estela y tuvieron a su hijo, al que llamaron Esteban pero no ponen ninguna imagen del chiquillo. Luego, Memín señala a la mujer que les anduvo sirviendo las gorditas, suponiendo que es Ramona que ya salió de la cárcel, preguntándole si no le da vergüenza. Mario aclara que ella no es y la señora admite que si había oído de esa bruja y lo que le hacia a la pobre Estela, que ahora es muy feliz y se los agradece a ellos. Después, les cobra lo consumido, siendo una suma algo elevada, y todo porque Memín se comió catorce gorditas en total, pero de todos modos pagan la cuenta.
Finalmente, Mario y Lydia se despiden, prometiendo traer a la próxima a sus hijos para presentárselos (lo que al parecer, nunca pasara, por suerte). Memín acaba sufriendo una fuerte indigestión y Eufrosina se lo lleva a la casa para darle un purgante. El negrito casi parece haber aprendido la lección, pero dudo mucho que siga el ejemplo de Ernestillo con la pata de mula y vuelva a empacharse a la primera oportunidad.

Una anécdota ajena del reparto regular que ciertamente no vino al caso, parece que nos querían contar alguna trama tipo La Rosa de Guadalupe, con un guión pésimo y carente de emociones. Y así, otra secuencia absurda del negrito termina, iniciando otra carente de sentido para la próxima. Así es como varían en esta revista, se van por alguna simpleza y a la siguiente es una mafufada. Brillante formula…

martes, 27 de abril de 2010

Memín Pinguín #374-376

Memín y sus amigos van a una excursión por el bosque, pero no tardan en apartarse y perderse, preocupando a todos, para luego acabar involucrándose con una comunidad indígena que vive en los alrededores.

Después de hablar con el director en privado (y con los cuatro amigos tratando de oír tras la puerta), Romero va a comunicarles a la clase que harán una excursión como parte del programa educativo. A Memín no le parece una novedad, pero Romero aclara que consistirá en convivir con la naturaleza, concepto que el negrito parece no entender. Una pagina después, ya han pasado semanas de preparación (¿tanto para una excursión de ese tipo?) y los padres han firmado los permisos, por lo que todos abordan el camión rumbo a su destino. En el camino, Ricardo siente nauseas (ya han viajado en avión ¿Cómo va a sentirse así dentro de un mugre camión?) y Memín le quita la bolsa de comida a un compañero para que vomite en ella. Y es el único incidente remotamente interesante del viaje, porque a la siguiente página ya están en el lugar donde se van a hospedar. Romero empieza a darles indicaciones de lo que deben hacer, y más tarde, el negrito y sus amigos ya se han internado en el bosque.
Buscan plantas para la tarea (¿Cuál es el chiste de eso?), y Memín se lanza corriendo por unas sin medir precauciones, cruzándose con una víbora, y los cuatro ponen pies en polvorosa. Al parecer, Memín la confundió con una rama y así provocó su ira. Por haberse apartado, se dan cuenta que no reconocen por donde van y Ricardo sugiere que tomen cierto camino para regresar. Caminan por horas sólo para llegar al mismo punto, y reconocen que están perdidos. Memín chilla desesperado pero Carlangas lo hace reaccionar de un bofetón. En la residencia de los alumnos, la ausencia de los cuatro no ha pasado desapercibida.
No viendo más remedio, deciden quedarse a dormir en la intemperie y seguir buscando el camino de regreso a la mañana siguiente. Un rugido se los impide, poniendo nervioso a Memín. Hubo un cambio súbito de planes, porque ahora Ricardo aconseja que hagan una fogata y lo manda a recoger leña. Carlangas y Ernestillo ven que no les queda comida en sus mochilas, al tratar de revisar la del negrito, éste trata de proteger sus víveres, envidioso y egoísta como el que más. Lo regañan y se preguntan como estarán los otros.
La policía ha llegado y toma cartas en el asunto para buscar a los desaparecidos. Romero se disculpa con los padres, que ya han sido convocados, pero ellos confían en que sus hijos son lo bastante vivarachos para no correr peligro (no si Memín los acompaña).Memín recoge la leña, cuando distingue unos ojos mirándolo entre los arbustos y sale corriendo de nuevo, diciendo haber visto algo aterrador, pero como no ven nada, sus amigos suponen que fue puro alucine. Ahora si, logran dormirse, con los padres incapaces de hacerlo por la preocupación.
A la mañana siguiente, despiertan y no encuentran a Memín. Empiezan a buscarlo y lo escuchan dando gritos, suponiendo que una fiera lo está devorando en ese momento (¡ojala!). Corren a salvarlo, pero en realidad estaba echándose canguros en un lago que encontró. Se quitan la ropa y se le unen, y así disfrutan de lo lindo, hasta que el prudente Ernestillo comenta que es injusto que se diviertan si sus padres sufren, haciendo llorar a Memín al ponerse a pensar en Eufrosina. Cuando salen del agua, descubren que les han robado la ropa y la comida, para angustia de Memín, que le preocupa la ausencia de lo segundo más que lo primero.
Romero y la policía recorren el bosque, llamándolos por sus nombres, y encuentran la gorra de Memín, por lo que suponen que andan cercas. Utilizando la cobija, logran hacer improvisadas túnicas para vestirse. Ricardo se topa con un zorrillo y les advierte a los demás, pero el negrito atarantado acaba rociado por el apestoso animal. Sus amigos lo arrojan al agua para que se le quite la peste y desde ahí, Memín distingue al “fantasma”, logrando asustar a Carlangas y a Ricardo. Ernestillo si lo vio y no le pareció que lo fuera, dando pie a otra palabra mal manejada por Memín (parapsicólogo). Se acercan a los matorrales para descubrir la identidad del ser que los espía. En realidad, se trataba de un indito llamado Pepe, que para entretenerse, le dio por jugar con ellos escondiéndoles la ropa. Pide disculpas y se las devuelve. Al exponerle que andan perdidos, los invita a quedarse con su comunidad hasta que vengan a buscarlos. Son muy bien recibidos en casa de Pepe, aunque Memín se pone de lo más remilgoso con la comida.
Los adultos andan siguiendo su rastro, ahora con mayor seguridad al descubrir Eufrosina un zapato de Memín.
A la mañana siguiente, Pepe y sus padres van a trabajar muy temprano. Carlangas propone que les echen una mano en pago a su hospitalidad, pero el flojonazo de Memín no quiere y ya se anda quejando de que los pusieron a dormir en un petate incomodo (¡vaya con este malagradecido!).
El negrito ingrato no para de protestar ante todo lo que tienen que trabajar en el campo, y todavía sigue quejándose de la comida tan limitada que les ofrecen. Insiste en apoderarse de una mazorca para variar, pero se la tiene que pelear con un cuervo, irritándolo y ocasionando el ataque de toda una parvada. Pepe les indica donde pueden ponerse bajo techo, que no es más que la escuela a la que asiste después de trabajar, la cual está en muy malas condiciones. El maestro los invita a integrarse, aunque no sirve de mucho ya que la clase la da en náhuatl.
Es hasta entonces cuando escuchan las voces llamándolos y pronto se reencuentran con sus padres. Eufrosina se detiene y se cruza de brazos, ignorando la exigencia de Memín de un darle un abrazo, recordándole lo preocupada que ha estado, pero como él insiste, recoge un palo para pegarle. Romero se presenta con el maestro indígena y al ver las condiciones en que está su escuela, propone ayudarles a remodelar y mejorar las instalaciones. Con la excepción del flojonazo de Memín, todos aceptan colaborar y así empiezan a trabajar, llevando a cabo la idea de Romero en tiempo record. Memín sólo tiene que fregar el piso, pero se queja exageradamente. Después, trata de cambiarle a reparar los techos creyéndolo más fácil, y se cae por uno de los agujeros, golpeándose la cabeza. Se queja de que no deberían poner agujeros en el techo porque se mete la lluvia (idiota) y Romero decide ponerle a hacer algo más seguro. Al anochecer, han terminado y el maestro residente les da las gracias, aunque Memín sigue de remilgoso, pero se compone cuando los invitan a quedarse a descansar. Casi se anima con la comida, pero como son puros frijoles de los que ya se hartó, prefiere quedarse con hambre.
Al la mañana siguiente, se despiden de sus nuevos amigos, volviendo al camión para regresar a la ciudad. Pepe retiene a Memín para darle un regalo de despedida, un cerdito, que el negrito recibe sin mucho entusiasmo. Logran alcanzar a los del camión y comentan sobre todo lo sucedido, hasta que Memín se queda dormido. Una vez que han llegado, Eufrosina agradece a Romero por haber traído a Memín para estrujarlo luego a él por vivaracho (abrazo atrasado por el coraje que tuvo el otro día). Memín tiene que volverse al camión para llevarse a su “mejor amigo”, concepto que sus amigos tardan en entender al ver que se refería al cerdito. Memín aprovecha para hacer un chiste improvisado en que no deben llamar “marrano” a Carlangas, para luego aclararles todo, y ya se despiden. Eufrosina indica a su hijo que irán a la carnicería a vender al cerdo. Ya ahí, Memín se rehúsa pero ella le explica que por andarlo buscando no trabajo y no tiene dinero para pagar la comida, por lo que él acaba accediendo. Sin embargo, al distraerse, el cerdo ya se ha dado a la fuga y le toca ir a Memín a recuperarlo o tendrán que devolver el dinero que el carnicero le acababa de entregar a cambio. El cerdo choca con Carlangas, embistiéndolo y haciéndolo caer de cola (¿no alcanzó a volver a su casa?). Acepta unirse a la persecución, y acaban chocando al tratar de acorralarlo detrás de un cubo de basura. El cerdo se mete por una alcantarilla abierta y tienen que seguirlo ahí. Memín no se salva de aterrizar mal y luego todavía se da un tope mientras recorren los desagües. Carlangas al fin atrapa al chancho, notando que trae un papel con dibujos en la boca y se lo pasa a Memín, quien se lo guarda en el bolsillo. Un plano al papelito en su bolsillo nos da un índice de lo que será una futura secuencia. Regresan a la superficie y entregan el cerdo a su nuevo dueño, quien en realidad no piensa cocinarlo, ya que se especializa en reses y su intención es llevarlo a vivir a su granja. Extrañamente, eso sólo hace que Memín se decepcione y sienta innecesario el haberse tomado la molestia de recuperarlo (ejem ¿olvida que sin el cerdo no podían dejarles el dinero?). Eufrosina lo apremia a tomar un baño y Carlangas se despide para hacer lo mismo.

Y así después de quitarse el mal olor, Memín está listo para su siguiente aventura sin chiste.

lunes, 19 de abril de 2010

Memín Pinguín #371-374

Romero queda amnésico y acaba metiéndose en lo que no debe mientras su familia y amigos lo buscan desesperadamente. Otra trama muy mal hecha tipo telenovelezca.

Después de darles una lección de Geometría, Romero les encarga de tarea que dibujen ciertas figuras geométricas (¿Qué clase de tarea para niños de sexto de primaria es esa?), para luego despedirlos. En la casa del maestro, Patricia llama a su madre que parece estar fuera de la ciudad haciendo alguna visita social o vacacionando (¿se suponía que Doña Carmelita vivía con ellos?). Los cuatro amigos sólo piensan en comida conforme corren emocionados a sus casas (Ernestillo todavía recuerda el incidente de la pata de mula, ajum, al menos la misma continuidad de esta serie de absurdeces si es respetada). A Memín se le ha olvidado cual era la ultima figura (paralelepipedo) que debía dibujar y no se percata de ello hasta que entra a su casa. Le da un beso de saludo a Eufrosina y regresa para ir a preguntarle al maestro hasta su casa.
Mientras tanto, un par de malvivientes ven a Romero en su auto, y con gran alevosía se le meten por las puertas (¿tenia abiertas ambas?), y al intentar defenderse, lo golpean en la cabeza, dejándolo inconciente. Los desgraciados conducen y le quitan la cartera para abastecerse de licor. En casa, Patricia tiene al niño enfermo y le extraña que Antonio tarde tanto en llegar. Tocan a la puerta, pero se trata de Memín, y al contarle del retraso, él supone que es por la chatarra que tiene por auto. A ella le preocupa porque tiene una cita con el medico para ver que tiene el pequeño, por lo que Memín se ofrece a cuidarle la casa. Considerando que la ultima vez que lo dejaron solo le robaron al niño, ella se lo lleva,  y asi no tiene reparo en dejar al negrito encargado. Memín se siente como en su casa, viendo la tele y corriendo al primer vendedor de enciclopedias que se para en la puerta.
De vuelta con los ebrios rateros, ellos ya se han alejado de la ciudad, y al ver que todavía tienen a su “benefactor” dentro, lo dejan tirado en una zona de bosques, justo cuando empieza a llover. Las gotas de agua despiertan a Romero, desorientado y angustiado por no poder recordar quien es y no trae más que un mugroso pañuelo en su bolsillo para identificarse.
Los otros ya han sido avisados por Memín y están considerando lo que pudo pasar con Patricia. Al dar explicaciones, el negrito acaba revelando que ni ha hecho la tarea, pero no tienen tiempo para eso. Ricardo llama a la policía para reportar la desaparición del profesor (¿no deberían haber pasado 24 horas? ¿Y porque tiene que ser el alumno el que llame y no la esposa del desaparecido?). Ernestillo sugiere que por mientras lo busquen por si mismos, dejando a Patricia esperando en la casa sin descuidar al bebe.
En el bosque, la lluvia se ha convertido en una tormenta con rayos y truenos, y Romero trata de alejarse los árboles. Súbita e improvisadamente, se presenta a una mujer llamada María que vive por ese rumbo, rezandole a la Virgen por su marido que tarda en llegar, que es justo lo mismo que hace Eufrosina, ya que Memín, como siempre, se le olvidó avisarle de la situación. Conforme inician la búsqueda de Romero, el negrito sugiere que puede ser que le diera “magnesia” y por eso no ha vuelto (una suposición muy acertada ¿pero a la primera? Antes podría pensar que lo secuestraron o lo mataron, al fin y al cabo están en el D. F.). Lo corrigen pero Ernestillo considera que de ser así no les será fácil hallarlo.
Con la tormenta encima, Romero divisa la cabaña donde vive María, pidiendo ayuda con sus últimas fuerzas. Ella se asusta, y trata de atrancar la puerta, pero las suplicas de Romero la mueven a ayudarlo. El maestro desmemoriado acaba por desplomarse, y ella lo mete adentro, dándole de comer y beber para que se recupere. Mientras, los canallas que responden a los nombres de “Roñoso” y “Lombriz”, andan en un bar, bebiendo a costa del dinero de Romero y miran la foto de su familia para burlarse como sólo los desvergonzados pueden (¿tienen que exagerar la maldad de estos ladrones sin clase?).
El tendero de la tienda a la que iba Romero con regularidad indica a sus amigos que no lo vio desde la última vez, justo cuando desapareció. La madre de Patricia es informada por su hija de lo ocurrido con su esposo y después de oírla lloriquear en el teléfono, decide tomar el primer avión para correr a su lado. Romero agradece a María por sus atenciones y pronto se familiarizan, hablando y bromeando como viejos amigos. Romualdo, el esposo, los sorprende juntos y su primera reacción es pensar lo peor. Le da un trancazo a Romero, negándose a creer la historia de que es un tipo sin memoria al que María está ayudando. Le recuerda que ella nunca lo ha traicionado ni cuestionado su autoridad, pero el tipo la ofende tanto al reprocharle por lo que ni pasó, que le exige que se largue de “su” casa (¿no es el marido el que mantiene el hogar?). Romualdo empieza a zarandearla, pero Romero, en el típico acto caballeroso, exige que la respete y le da un buen golpe, para luego echarlo fuera y cerrarle la puerta. El tipo decide no insistir, alegando que ya ni le interesa (¿y así María le andaba rogando a la Virgen por ese remedo de hombre? Pffft). Romero considera el irse, pero María no quiere que la deje sola porque si vuelva, la golpeará, como ya ha sucedido. El desmemoriado le sugiere que lo denuncie y se ofrece a servir de testigo, a lo que accede tras un breve titubeo. Ella le deja unas cobijas para que se acomode en el sofá, considerando mejor descansar y dejar eso para el día siguiente (no habrá ningún romance prohibido, de una vez se los advierto, haciendo esta trama aun más chafa).
Memín y sus amigos están cansados de tanto caminar y toman el metro para volver con Patricia. El negrito ve el lado amable, ya que si el maestro sigue sin aparecer, no tendrán clases. Eufrosina hace lo de costumbre: rezarle a la Virgen, ahora (enterada fuera de página) cambiándole a pedir porque Romero esté bien, y agregando que también cuide a su retoño. Como es devota-compulsiva esta mujer.
En casa de Romero, Patricia les informa a los chicos que no hay novedad. Tocan a la puerta y Memín supone que es el maestro, decepcionándose en voz alta al ver a Doña Carmelita. Ella no pierde tiempo en señalar su grosería y abraza emotivamente a su hija en un cuadro que no necesita palabras (pero como que consume mucho especio innecesario).
Los dos desgraciados siguen bebiendo y amenazan con correrlos del bar. Afuera, una patrulla ya ha identificado las placas del auto de Romero. Los policías salen para inquirir por los “dueños” del auto, y rápidamente se los señalan, apresurándose a llevarlos a la patrulla.
Ricardo está sugiriendo que busquen en otro lado, mientras Memín se divierte con la ironía de que el hijo de Romero no se entera de nada (¿y porque lo ponen llorando en una de las portadas?). Llama la policía para notificar a Patricia que han hallado el auto en Cuernavaca, pero sin su dueño, mas aun necesitan que vaya ella para reconocerlo. Los padres de Ricardo y Carlangas ofrecen llevarlos para seguir con la búsqueda. Memín elogia el nuevo auto del ingeniero Arozamena, que en sus pensamientos admira la inocencia del negrito por no pensar que encuentren muerto al maestro (que extraña secuencia de señalar lo bueno de la ignorancia de los menores).
María y Romero se preparan para ir a la delegación. Ella no deja de agradecerle por darle el animo que necesitaba, ya que ni los anuncios de la tele la animaban a hacerlo antes (que desperdicio de dinero hacen los de publicidad entonces, el valor le vale a la mayoría por más que traten de establecer lo contrario). Uno de los policías recupera en otro bar la foto de la familia de Romero. Mientras, él acompaña a María, preguntándose cual será su verdadera identidad. En la delegación, ella empieza a hacer la denuncia, cuando el poli se acerca para mostrarle la foto, pero Romero no puede reconocer ni a Patricia ni a su hijo. Los demás ya han llegado para entonces, divisando tanto al auto como al maestro. Patricia abraza a su marido, pero le extraña el sentirlo tan reacio a corresponderle. María le explica que tiene amnesia, y Memín se emociona, trayendo a sus amigos para que lo vean. Por más que intentan decirle una y otra vez que se llama Antonio Romero, él sigue sin recordar nada. Memín se pone vivo, ahogándolo con su palabrería en la cual, ciertamente, no hila bien los puntos que deberian devovlerle la memoria, más bien parece que trata de irritarlo (y a sus amigos, señalandolos por motes de poca gracia). Al final, Romero consigue reconocerlo y así a todos los demás. María le da las gracias por lo que hizo por ella, aunque claro que él ya ni le recuerda, pero le asegura que ella nunca lo olvidará. Memín sugiere que celebren comiendo tacos, y Romero acepta invitarlos a todos (el señor Arcaraz y el ingeniero Arozamena se volvieron a México). Como siempre, el negrito come más de lo debido, sin pena alguna en admitir que le enorgullece ser un gorrón sin remedio (otra vez). Romero comenta que le fascinaron los bosques por los que anduvo (¿no se supone que no puede recordar nada de lo que pasó cuando tenia amnesia?) y Patricia apoya su idea de organizar una excursión o algo así para su clase. Hasta entonces, se da cuenta de que no tiene dinero, ya que los malosos le quitaron todo, por lo que terminan lavando platos en el restaurante. Memín se queja, aunque sus amigos le recuerdan que fue su culpa por andar de comelón ya que les pudo haber alcanzado con lo que traía Patricia. Romero lo toma a la ligera, diciéndoles que al día siguiente les dará una gran sorpresa en la escuela (la que acaba de comentar con Patricia, así que no es sorpresa, pero ellos no pusieron tanta atención como los lectores). El dueño les dice que han limpiado suficiente, liberándolos del castigo. Romero los conduce hacia sus casas y en el camino, tratan de que les diga más de la dichosa sorpresa, pero les insiste en que sean pacientes.

Un incidente bastante aburrido que sucedió tan rápido, pero de ser más lento, habría sido peor. Y el transcurso sin descanso de esta revista sigue, como confirmará la próxima entrada, con lo de la excursión planificada muy precipitadamente justos después de que Romero fuera localizado acabando de recueperar la memoria (no hay quien para a un educador acomomedido, ¿o deberia decir a una mala elección de argumentos?)

lunes, 12 de abril de 2010

Memín Pinguín #370-371

Durante la clase, Memín tiene una loca y desorbitada fantasía en la que él y sus amigos son astronautas y viven las experiencias “típicas”.

Memín llega tarde a clase, pero Romero se la deja pasar y empieza a darles una lección sobre la historica fecha en que el hombre pisara la luna por primera vez. Por alguna razón, el negrito se va quedando dormido, y entre lo que su subconsciente capta de lo que cuenta el maestro, comienza a soñar y fantasear. Romero ni se percata de ello y sigue, conforme Memín va visualizándose a él y sus amigos, convertidos en astronautas de la MASA (aparentemente, una subdivisión mexicana de la NASA, que no podría existir desde que anda mandando a cuatro niños al espacio). Una importante misión se les ha encomendado y abordan la nave, siguiendo el clásico conteo del despegue, la presión atmosférica y el efecto de la microgravedad.
Al producirse una avería afuera de la nave, deciden jugar a ver quien saca el número más chico para que salga a repararla, y Memín es tan tonto que trata de sacar algo más chico que 1. Extrañamente (o más bien gracias a la magia de la fantasía), el negrito logra reparar el daño, pero una de las herramientas se le va volando por la microgravedad, y ya se imagina que ésta llegue a la Tierra y le caiga a Eufrosina en la cabeza. Después, viene el punto clave de la misión, que era reparar un satélite artificial, y otra vez hacen que Memín se encargue, ahora indicando que lo haga el más valiente y el tonto no deja de apuntarse el titulo. Luego se desquita, asomándose por la ventana para asustarlos al hacerles creer que es alienígena. Lo regañan pero no llegan a darle sus clásicos coscorrones, entusiasmados por volver a casa ya que han cumplido la misión, mas la aparición de un aerolito que se dirige hacia la nave los pone en un predicamento. El choque es inminente, pero de repente, desaparecen. Suponen que han sido capturados por un hoyo negro (los cuales se supone que se producen por las explosiones de las estrellas o algo así, y como ahí todo se ve muy calmado, es muy ilógico, pero como es un sueño mafufo….). Las cosas empeoran cuando empieza a fallar un motor. Le toca a Ricardo ser el que lo repare, y ya luego se las arreglan para impulsarse al máximo y salir antes de caer en el centro del agujero. Desde la base, los supervisores de la misión, que han estado monitoreando todo, se sorprenden de su imposible escape (en realidad no hacen naves espaciales lo suficientemente avanzadas como para repeler la fuerza de un agujero negro, así que es un milagro y más por ser de la “MASA”).
Los chicos celebran el haberse librado. Una pausa muestra como Romero sigue su lección hablando del sol como el centro de su sistema solar, lo que se agrega a la fantasía de Memín. Un momento. ¿De donde sacó el negrito la información de cómo funcionan y que son los agujeros negros? Si Romero estaba hablando de la luna, no tiene sentido que se fuera hasta lo de los agujeros, eso ya es otro tema que tocaría después del sistema solar. Que pésima clase, puros datos aleatorios…
En el sueño los problemas no terminan. Ahora, vislumbran como Mercurio y Venus se han alineado anormalmente (y en unos instantes) acercándose al sol. Memín hace un chiste muy malo al señalar que sus amigos deben ver a un “ojologo” (oftalmólogo), pero ni le hacen caso, notando que los demás planetas toman el mismo rumbo. Según Ernestillo, el fenómeno que observan es un “aceleramiento colosal del universo”, que sigue a la dichosa teoría del universo que se acelera hacia dentro, lo que significa que están en peligro (¿solo ellos? Todo el planeta Tierra morirá). Tontamente, tratan de escapar de esa fuerza de atracción, luego de ver desaparecer a Mercurio. Los de la MASA, ven todo y esperan que se salven (¡si no se salvará nadie!), mientras que entre los habitantes del D.F., Eufrosina, Isabel y Trifón, resienten los efectos del intenso e inesperado calor que se abate por la cercanía del sol. Venus es consumido del mismo modo, y los cuatro astronautas se andan sofocando de calor. Memín se quita el traje a pesar de las advertencias de Carlangas, mas Ernestillo asegura que no les hará falta, siguiendo la Tierra su marcha hacia la erradicación. El negrito despierta, pero en consecuencias del vivido sueño, se anda quitando la ropa en plena clase, provocando la burla de sus compañeros y un regaño de Romero, aunque él también se anda riendo. Memín le cuenta lo que pasó en su sueño, y el maestro le hace ver lo absurdo de que manden niños al espacio (lo verdaderamente preocupante es que lo manden a él al espacio, con su mera presencia si seria capaz de provocar ese dichoso aceleramiento colosal planetario, por su tendencia a que le pasen las más inesperadas desgracias). Un compañero pelirrojo se ríe apuntando lo volado que está Memín y Carlangas por poco y se la parte, cuando sueña la campa del recreo. Romero les advierte que no pelean y al quedarse en el salón, piensa que seguramente Memín mezcló su imaginación con lo que decía (noooooo ¿en serio? Deveras que el nuevo argumentista ha convertido a Romero en el educador más mediocre que ha habido). En el recreo, sus amigos siguen riéndose de que casi acaba de desnudarse por completo (¡por favor, no!).

El regreso al salón ya viene dirigiéndose hacia una nueva secuencia que protagonizará el mismo Romero. Nada bueno resultará de ello, les diré.

martes, 6 de abril de 2010

Memín Pinguín #368-370

Un nuevo amigo se introduce en el grupo de Memín, pero no tarda en provocar problemas con sus raterías. Memín acaba siendo inculpado de sus robos y se compromete a descubrir la verdad al estilo Sherlock. Un caso muy choteado y mal manejado, debo decir.

Memín divisa a alguien conocido y se va corriendo a informarles a sus amigos. Los factores climáticos y el esfuerzo lo hacen desmayarse y sus amigos andan viendo como reanimarlo, asegurando que no será dándole respiración de boca a boca. Carlangas le arroja un balde de agua y el negrito reacciona para decirles que vio a….Si, así acaba el 368 para dejarnos en suspenso vanamente.
El siguiente numero, para variar un poco con las sangronadas a las que nos quiere acostumbrar el pésimo argumentista, presenta a Carlangas intentando resumir los acontecimientos del anterior, ya que Memín está indispuesto (pero no lo suficiente para habernos dejando en suspenso, ¿no?) y luego lo releva Ricardo. Después de esta mafufada, Memín proclama haber resuelto un misterio, dándole muchas vueltas e impacientando a sus amigos, para recordarnos el incidente del circo y el muchachote con que se toparon cuando “coincidentemente”, a Ricardo se le perdió la cartera. Memín se refiere a él como “Chaparrito”, un mote contradictorio, por su altura y corpulencia, pero así le tendremos que llamar, porque en ningún momento le dejan decir su verdadero nombre. Sus amigos lo reconocen al verlo y tratan de hablar con él. Ricardo quiere saber si él vio quien tomó su cartera pérdida (que tarados), pero “Chaparrito” tiene prisa por irse. Ellos se ponen bien insistentes, invitándolo a la casa de los Arcaraz a ver lucha libre y por si acaso se acuerda de algo de la cartera, y al final, el grandulón accede. Apenas lo conocen y ya lo andan considerando un amigo más, en especial Memín. Ricardo pide a todos que lleven algo cuando se reúnan allá más tarde, pero el negrito nomás piensa en llevar su hambre, por lo que decide que ni comerá en su casa para que rinda (vaya sacrificio).
“Chaparrito” se pone a hablar en voz alta para dejarle en claro a los lectores que le preocupa que ellos descubran que él robó la cartera, pero aun así no declina la oportunidad de hacer amigos. Al llegar a su casa, es recibido por su cruel padre, produciéndose una escena chafa de telenovela. De inmediato nos dejan en claro todo: el padre es un abusivo que lo golpea, insistiéndole a que robe para él, y a pesar de su tamaño, al chico no se le ocurre rebelarse, limitándose a complacerlo, con ocasionales episodios de lloriqueos y quejas de que si su madre viviera las cosas serian distintas, bla bla bla.
Los cuatro y su nuevo amigo se reúnen finalmente y empiezan a ver las luchas. Memín emula a su luchador favorito, “Mano Negra”, brincándole encima a Carlangas. Una tontada que no viene al caso. “Chaparrito” pregunta donde está el baño, y en cuanto les dan las indicaciones, se retira, pero es evidente que tiene otras intenciones. Memín sigue molestando a sus amigos que sólo quieren seguir el aburrido evento coreográfico.
Un intermedio que ni al caso, con el único propósito de mostrar lo descarado que es el padre de “Chaparrito”, riñendo con uno de sus amigos que hacia una broma sobre como gana el dinero que su hijo le consigue, durante una partida de póker. Desperdicio de páginas.
Los cuatro amigos siguen emocionados con las luchas (ni nos dejan ver la tele para ver como está, aunque no es difícil imaginarlo). Ernestillo repara en la ausencia de su nuevo amigo, y ya anda diciendo que le parece raro, lo que hace a Memín sacar suposiciones extrañas de que desapareciera escurriéndose por el drenaje (¿?).
Por supuesto que “Chaparrito” anda explorando la casa, buscando algo que volarse para su desgraciado padre. Al descubrir las joyas de la señora Arcaraz, se embolsa unas cuentas, pero de pronto se escuchan voces para indicar que ella y el esposo han regresado. Memín tiene que ir al baño a hacer del uno, topándose con “Chaparrito”, que aprovecha una distracción para meterle las joyas en el bolsillo. En cuanto el negrito regresa, le informan que se perdió el final de la pelea con la milagrosa victoria del tal “Mano Negra”. Al rato, ya se están despidiendo y agradeciendo la hospitalidad de Ricardo, cuando Mercedes se pone a gritar, informando sobre la desaparición de sus joyas (¿en cuanto llega a su casa lo primero que hace es checar sus joyas? Eso parece más una compulsión que nada). Llorando, pone al tanto a su hijo y sus amigos. Ellos la animan con que luego las encontrará. Carlangas le pide a Memín cambio para el camión y cuando éste revisa en sus bolsas regularmente vacías, saca las joyas de Mercedes. El negrito se desconcierta, pero eso no lo salva de que lo tachen de ladrón, ignorando su historia de no saber de donde salieron. Sus amigos se lo echan en cara, mientras Rogelio comenta sobre lo decepcionado que está y Mercedes que le arrebata sus joyas. Memín espera algo de apoyo por parte de “Chaparrito”, pero éste finge que él no existe. Llorando y vetado de por vida de esa casa, el negrito se marcha. A su vez, el ladronzuelo vuelve a su casa, preocupado por no haber conseguido nada. Llega su padre y se produce un cuadro con los diálogos invertidos, que haría a uno suponer que el chico le anda faltando el respeto. Le exige el dinero que se haya “afianzado” en el día, pero “Chaparrito” confiesa que no obtuvo nada, y el castigo que recibe, se deja a la imaginación del lector. En tanto, Memín oculta los hechos del día a Eufrosina, quien en el fondo supone su aflicción, pero no dice nada. Durante su sueño, el negrito tiene pesadillas en las que roba joyas y éstas se convierten en serpientes que lo persiguen. Despierta resintiendo el peso de la incriminación (aunque es demasiado tonto para saber que eso es lo que le han hecho).
Al día siguiente, el maestro le llama la atención por dormirse en clase, para después informar que un maestro de otro grupo está indispuesto, y mientras tanto, tendrán nuevos compañeros entre los que conformaban su clase, entre los cuales se encuentra “Chaparrito”, quien sonríe maliciosamente al ver a Memín (creí que robaba por necesidad, no por querer perjudicar al enano orejón) y le toca sentarse a su lado. A Memín no le entusiasma nada verlo y se lo dice con un sarcasmo, consiguiendo que Romero lo vuelva a regañar por distraer a su compañero. Sale a una junta con el director (¿Qué clase de director cita a los maestros en plena clase?) y los deja copiando de la lección. Los alumnos se mantienen tranquilos como angelitos hasta que se ha ido, para luego empezar a hacer barullo, al indisciplinado estilo de los mocosos de primaria.
“Chaparrito” aprovecha de inmediato la distracción de los demás para tomar la cartera de Romero en el escritorio, y cuando éste regresa, no tarda en descubrir el robo. Aunque no le gusta hacerlo, empieza a revisar las mochilas de todos los alumnos. Memín deja que hurgue en la suya con confianza, ignorando que su nuevo amigo ya le echó la cartera ahí. Muy decepcionado, Romero agarra a Memín para llevárselo a la dirección. Sus amigos no pueden creer que haya robado, pero aun siguen recordando lo del otro día. El director manda llamar a la madre de Memín, pero él implora que no lo hagan. Romero le indica que no puede ignorar la veracidad de las pruebas, y como éste insiste en su inocencia, propone darle dos días de plazo para probarla, de lo contrario será expulsado y llamaran a Eufrosina. Memín se preocupa, pero pronto se reanima cuando Romero lo apoya asegurando que logrará demostrar su inocencia, y ya anda pidiendo como recompensa que lo pasen un año sin hacer exámenes. El director está por perder la paciencia con sus confiancitas y lo echa de la oficina, dejándose guiar por el instinto de Romero.
Los amigos del negrito deciden darle el beneficio de la duda y vuelven a hablarle. Viendo que ya no lo odian, les presume que va a convertirse en detective para resolver el misterio de los robos, creyéndose al nivel de “Sherloco Holmes”. “Chaparrito” aparece para inquirir que hacen todavía en la escuela, para luego mandarlos a volar e irse por otro rumbo. Ernestillo, finalmente, deduce que desde que se toparon con “Chaparrito”, empezaron a robarse las cosas (técnicamente, no han robado nada, salvo la cartera de Ricardo”), y que deberían seguirlo para cacharlo in fraganti.
Al día siguiente, ya los están esperando los cuatro y Memín tiene ansiedad por practicar un movimiento de lucha libre en él. Pero acaba considerando lo contrario al dejarse intimidar por la estatura de “Chaparrito” (que importa la estatura si hasta ahora se ha mostrado bien manso, si fuese de naturaleza agresiva seria otra cosa). Sus amigos tratan de seguirlo, y acaban llevándolo casi a rastras porque ya se anda echando para atrás. Memín saca su “Lupe” (típica lupa, como la del “Sherloco”, según él), sacándola sólo para darse aire. “Chaparrito” se ha subido a un segundo piso desde el que puede usar una caña de pescar para robarse la lonchera de los despistados alumnos que andan comiendo en las bancas de abajo. Memín intenta impedirlo agarrando la lonchera y “Chaparrito” acaba jalándola con todo y el negrito. Agarra la lonchera y echa a correr, lamentándose en el camino que después de esto ya no podrá ira la escuela y que ha perdido la oportunidad de hacer amigos. Los cuatro lo van siguiendo, auspiciándose de la lupa de Memín que permite distinguir las enormes huellas del ratero. Llegan a su casa, en donde el padre ya está furioso al ver que en la lonchera nomás trae comida. Oportuna e inexplicablemente, Romero y la policía llegan a tiempo para detener a ese hombre. Romero se vuelve a sus cuatro alumnos consentidos para revelarles que observó su arriesgado maniobra y lo siguió todo el tiempo (¿pero en que momento y porque supo que tenia que llamar a la policía?). Memín asegura que él ya tenia todo bajo control y no lo necesitaban, provocando risas entre sus amigos.
Al día siguiente, llaman a Memín a la dirección, preocupándolo. Ahí se encuentra con su má linda y los señores Arcaraz, quienes sólo querían disculparse por haberlo considerado un ladrón. Romero aclara que a Eufrosina ya le han explicado todo (¿y para que la mandan llamar hasta allá?). Todos le agradecen por su buena acción al descubrir al ladrón, que técnicamente era el padre de “Chaparrito”, quien ya ha sido arrestado, mientras que al grandulón lo han dejado libre de culpas. Al regresar al salón, Memín se reencuentra con “Chaparrito” y éste se disculpa por los problemas ocasionados, aclarando que toda esa incriminación fue coincidente. Con esto, el caso acaba bien, pero nunca dicen que pasara con ese niño si su padre está en el bote. ¿Dónde vivirá y como? No lo sabremos porque después de esto no vuelve a salir (mejor, no tenia mucha gracia fuera de servir para presentar este tonto drama).
En su casa, Memín es consentido y felicitado de nuevo por Eufrosina y duerme muy contento. Sueña recibiendo un nombramiento de la reina de Inglaterra por haber resuelto el caso más difícil de la historia, y hasta aparece el mismo Sherlock Holmes para preguntarle como lo hizo. Memín no alcanza a responderle porque Eufrosina lo despierta a tiempo para ir a la escuela. Sus amigos lo reciben, ya bromeando sobre como se le han subido los humos, acertando al bromear si la reina ya lo condecoró, extrañando al negrito al grado de suponer que han espiado sus sueños. Pero no, Memín ha optado por jubilarse de detective y lo demuestro arrojando la lupa a la basura (una lupa no es un objeto que se pueda andar tirando así como así). En el contenedor, la luz refractaria provoca que no tarde en incendiar la basura (¿ven lo que digo? Al menos esto si lo sabe el argumentista), por lo que el negrito tiene que correr por un balde de agua para apagarla. Llega tarde a la clase y Romero ni repara en su excusa de haber salvado a la escuela de un incendio, iniciando con la lección, misma que abre la próxima secuencia.