lunes, 22 de febrero de 2010

Memín Pinguín #360-362

Después de celebrar el Día de Muertos, Memín acaba cargando con una perra. En el transcurso de una noche y la mañana siguiente, debe cuidarla y ver como devolverla a donde pertenece.

Memín llega a tiempo a casa para ayudar a Eufrosina a arreglar las ofrendas para el Día de Muertos. En cuanto terminan, pide permiso para ir con sus amigos (¿no acababa de estar con ellos?), asegurando que no le entrará a nada del Halloween, expresándose por los mexicanos orgullosos de mantener sus tradiciones (si, bueno, pero de todos modos es 2 de noviembre ¿no? ya ni al caso acordarse del 31 de octubre).
Encuentra a sus amigos contándose entre si, historias de terror que son más risibles que nada. Memín aprovecha el ambiente para pegarles un susto. Lógicamente, se enfadan y lo retan a que los acompañe a seguirse contando historias en el cementerio. El negrito vacila, como siempre, pero los sigue y pronto ya andan sentados sobre las tumbas, contando otro cuento chafa. Una perrita melenuda anda aullando a sus espaldas y como Memín estaba de frente, es el único que no se espanta, burlándose de sus amigos otra vez. Los cuentos siguen para interrumpirse ante la presencia de un ser de ultratumba, y ahora son los tres los que pueden verlo, y salen corriendo, dejando a Memín creyendo que los asustó con su historia. El espanto hace que Memín se desmaye y sus amigos se apuran a regresar por él. Apenas vuelve en así cuando la aparición lo hace desmayarse otra vez. Finalmente, el horrible ser se quita la mascara, revelando ser solo el vigilante del cementerio, que en esas fechas acostumbra disfrazarse porque los niños tienen un gusto malsano de meterse ahí a contarse cuentos de terror, perturbando el descanso de los muertos (¿de verdad hacen eso? se supone que es un día para estar en familia y más considerando que la mayoría de los cuatro tienen parientes que homenajear esa noche). Memín despierta y se vuelve a asustar ante el viejo (la verdad no hace mucha diferencia sin la mascara). Sale corriendo, seguido por la perrita y hasta pasan por un policía que no se explica como se aterra ante el pobre animal. Sus amigos se disculpan con el vigilante y regresan a sus casas.
Sin dejar de correr, el nervioso Memín vuelve a su casa, tratando de disimular su miedo ante ante Eufrosina, y luego reparan en la perra que ya se acomodó muy campante. La lavandera exige a Memín que la eche afuera, y muy a su pesar, no le queda más que obedecer. La perra se aleja pero no tarda en volver para causarle lastima al negrito, quien interpreta que tiene hambre y se vuelve para servirle leche. Ella aprovecha su distracción para treparse en la cama, despertando a lenguetazos a Eufrosina. Irritada, ella cree que Memín la desobedeció y lo manda a la calle junto con la perra. Mientras la ve beberse la leche, se le ocurre llamarla “Botanita” y luego le da por irse a pedir posada con alguno de sus amigos. Va primero a la carpintería de Ernestillo, pero tanto él como su padre se fueron a ver el espectáculo del Día de Muertos en Mixquic (como les gusta hacer referencias culturales, interesantes, pero no vienen al caso, ni siquiera dan detalles para los que no estamos familiarizados con eso ¿ahora la publicidad implica incitar a los lectores a averiguar más sobre las tradiciones en algunas partes del país?). Trata con Carlangas, pero sólo consigue hacer enfadar a uno de los vecinos, mientras que los Arozamena se fueron a la función de medianoche, viendo una peli de terror en honor al día (dudo que alguien vaya al cine a esa hora el 2 de noviembre, más que nada porque actualmente no pasan nada bueno en este genero, ajum). Ya sólo queda ir con Ricardo, justo en el momento en que éste le anda dando buenas noches a sus padres para irse a dormir. Memín llama su atención a gritos, y en eso se mete Botanita, alertando a Tosca y Goliat, que siguen sus instintos territoriales y la obligan a regresarse al otro lado de la cerca con el negrito. Ricardo sale para inquirir el motivo de la visita nocturna de Memín y al notar la forma de actuar de la perra, deducen que quiere llevarlos de regreso al panteón porque el sepulturero podría ser su dueño. Por supuesto, ninguno está dispuesto a ir para allá a esas horas de la noche y después de que tanto sus padres como los perros se han dormido (¿no se supone que mientras los humanos duermen los animales están despiertos? Se que los nocturnos suelen ser los gatos pero los perros igual y montan más guardia de noche que de día), Ricardo invita a Memín y a Botanita a su habitación. El negrito le pide algo de comer, y cuando su amigo vuelve con una caja de galletas, ya se ha acurrucado con la perrita sobre la cama y él opta por acompañarlos.
A la mañana siguiente, Botanita se ha devorado casi toda la caja antes de que Ricardo y Memín despierten. Mercedes entra para recordarle a su hijo que es hora de ir a escuela, por lo que les indica a sus “huéspedes” que se metan debajo de la cama. Ella no deja de notar como quedó la caja de galletas y Ricardo trata de cubrir a la perra, alegando que tenia tanto hambre que comió a lo bestia. Luego, Mercedes nota pulgas sobre la cama, escandalizándose y ordenando a la criada que bañe inmediatamente a Tosca y a Goliat (pero son perros guardianes, en ningún momento se supone que se metan a la casa y ni parece que les den tanto cariño como para que le peguen los piojos a uno). En cuanto ella se marcha, Ricardo decide bañar él mismo a Botanita para después exigirle a Memín darse una ducha, notando como no deja de rascarse. En casa del negrito, Eufrosina también anda rascándose y decide darse un baño antes de lo acostumbrado.
Después del baño, la perrita se queda viendo el clásico adorno de la cruz en el techo, y Ricardo y Memín concuerdan que es otro indicio de que quiere volver al panteón. Deciden volarse las clases y llevarla ahí de una vez, dejando a Carlangas y Ernestillo extrañados por su ausencia y suponiendo que tuvieron pesadillas por lo del día anterior.
En el cementerio, hablan con el viejo vigilante, quien aclara no ser el dueño de la perra, pero que también se la pasaba dándole señas para que la siguiera a algún lado. Al verla acomodarse sobre una tumba reciente, Memín deduce que quiere volver a su casa, que debe ser con los parientes del difunto. Botanita ofrece su pata al anciano en señal de agradecimiento, y ya después Memín y Ricardo la siguen, llegando al cruce del metro, que era el impedimento para que ella volviera a casa. Dejando en claro que era una perra lista, pero no tanto para utilizar el paso peatonal, la guían y al fin están frente a la puerta de su casa. Botanita rasca la puerta ansiosamente y los dos la siguen para tocar, siendo recibidos por la viuda del sepultado, quien de inmediato reconoce a su mascota perdida por su nombre original, Candy. Tiene lugar la feliz reunión entre la dueña y su fiel perra, contando que luego del entierro, la dejaron en la tumba y no se le ocurrió que siguiera ahí, pasando mucha tristeza por su ausencia (si, esa es toda la gran historia y se diría que lamentaba más la ausencia de ella que la de su esposo). También señala la inteligencia de Botanita/Candy, casi como la de un humano, lo que hace que a Memín (y al argumentista, que con algo tiene que salir para dejarnos en suspenso), se acuerde que tienen examen, por lo que se van corriendo de vuelta a la escuela sin haber recibo recompensa alguna aparte del agradecimiento de la señora.

lunes, 15 de febrero de 2010

Memín Pinguín #357-359

La carpintería del padre de Ernestillo está en peligro de perderse por culpa de deudas. Memín intenta ayudarles con la situación, pero mete la pata y complica más las cosas, obligándose a comprometerse a irse por una muy conveniente opción que promete resolver todo.

Al llegar a la carpintería, Ernestillo encuentra a su padre después de recibir una advertencia sobre pagar la renta a tiempo. Le confiesa que tienen un problema entre manos, pero en vez de mencionar la causa de inmediato cambian al escenario del día siguiente. Memín y los demás andan jugando béisbol en el callejón acostumbrado (uno que no es el que ya perdieron números atrás ¿verdad, argumentista anónimo que no parece haber leído con atención todo el material pasado de Doña Yolanda?). Memín anda alegando sobre sus malas jugadas hasta que lo ponchan y nomás porque si le da por quitarle los lentes a Ricardo y ponérselos un momento. Ernestillo excusa que debe irse temprano para ayudar a su padre con el trabajo atrasado (¿si tanto les urge porque perdió el tiempo jugando?). Memín ofrece echarle la mano, pero Ernestillo se asegura de hacer caso la advertencia de Carlangas de no darle alas. Se despiden y el marcha hacia la carpintería sin reparar en que el negrito se le pegó como sanguijuela, y sólo lo nota cuando el señor Vargas lo señala al llegar. Lo deja quedarse y anuncia que irá al mercado, ignorando las protestas de Ernestillo porque ya deben mucho de lo que les fian, animando al chico para que sólo se preocupe por estudiar. El señor Vargas se retira y Ernestillo pone manos a la obra, dándole un zape a Memín en cuanto lo ve tomando un martillo. Rápidamente se disculpa y le expone que su padre hizo un préstamo que deben terminar de pagar para no perder la carpintería y el trabajo encargado es imprescindible para que logren librar la deuda. Después, Ernestillo sale a comprar más clavos, encargándole al negrito no tocar nada hasta que vuelva. Haciendo la choteada imitación del carita de ángel con aureola y todo, Memín de inmediato se propone ayudar a la elaboración de los muebles, creyéndolo muy fácil. Obviamente, el negrito no tiene ni idea de que hacer, olvidando las veces anteriores en que ayudara con el trabajo de carpintería (en el lejano Memín Pinguín #6), y hace todo a lo tarugo, distrayéndose al imaginar que luego lo recompensarán con un pavo relleno. Ernestillo regresa y contempla los desperfectos, mientras Memín ya anda diciéndole que no tiene que darle las gracias y que le bastará con el pavo. Ahorcándolo con furia, Ernestillo le espeta que ha echado a perder todo el material, mostrándole los desiguales cortes de las patas de las sillas, que según el negrito se ven muy “modernas”. Le arroja una de las piezas, provocando que le caiga un balde de pintura blanca encima. Memín pide ayuda para despintarlo o Eufrosina se enfurecerá al verlo (como él siempre andaba intentando “blanquearse”), pero él sólo sigue regañándolo. Ignorándolo, Memín toma un trapo para limpiarse y luego anda usando el mismo para disque para limpiar todo. Le insiste con lo del pavo, haciendo que Ernestillo crea que es un insulto dirigido hacia su padre y ya lo exaspera al grado que el negrito opta por poner pies en polvorosa. Corriendo llega a su casa y se esconde bajo la mesa, pero Eufrosina lo saca y le exige una explicación. Él le cuenta todo y que ahora tienen que pagar los daños, mas ella le aclara que es su responsabilidad el reponer todo ya que fue su culpa. Le da a elegir entre encontrar el modo de ayudar con ese lío o sufrir una dosis extra de tablazos. Memín se compromete y con tabla en mano, su má linda lo corre para que se apure a pensarle como le hará. El señor Vargas encuentra el desastre en la carpintería y Ernestillo, con su nobleza típica, decide no revelar que fue obra de su amigo atarantado, dejando que lo culpe a él. Muy decepcionado, Juan lo apremia a que se vaya y lo deje solo, para lamentarse sobre que ahora si no tienen esperanzar de salvar su negocio. En ese mismo momento viene el licenciado encargado únicamente para darle el aviso de desalojo, el cual, el señor Vargas tarda en captar, ya que al parecer, es medio analfabeta. Le dan una semana para pagar esa deuda, haciendo caso omiso a sus suplicas. Ernestillo vuelve para preguntar que pasa, pero de nuevo le exige que se marche (aunque luego quien se va es el señor Vargas y lo deja leyendo el papel).
Al día siguiente, Carlangas y Ricardo andan comentando sobre el mal semblante que le notan a Ernestillo (¿no deberían ir a preguntarle directo en vez de hablar de él a sus espaldas?). Le preguntan a Memín si sabe algo, y responde mintiendo que no. Amenazándolo con su puño, Carlangas lo hace cantar, pero como siempre, se hace bolas y deben presionarlo hasta que al fin les cuente todo y como él lo echó a perder. El profesor Romero viene a impartir la clase y al siguiente cuadro ya han salido (¿lo hacen salir nomás para anunciar la clase pero nada de contenido? Pffft, así ni caso tiene que lo pongan a cuadro). Ernestillo se fue y la verdad es que en todo el día ni lo vimos, puras habladas de los otros sin su presencia. Carlangas y Ricardo preguntan a Memín si ya ha pensado que hacer y su “brillante idea” es pedir dinero prestado al padre de Ricardo, y éste responde con el clásico sarcasmo de si no quiere algo más (cierto, pero la verdad es que si es una emergencia ¿para que otra cosa están los padres de los amigos? y entre los padres se han llevado bien hasta ahora, que brutos). Carlangas le advierte que se deje de sugerencias absurdas y piense en otra cosa, pero de pronto, el negrito echa a correr hacia donde se ha reunido una multitud de chiquillos y los dos lo siguen. Memín supone que hay una riña y busca colarse para poder verlo en primera fila (que metiche, pero no están en una situación como para distraerse con esas cosas, tsk tsk). Cuando al fin se abre paso entre el gentío, descubre que lo que contemplaban era un cartel en un poste que anuncia una carrera de bicicletas que ofrece premio en efectivo o una bicicleta ultimo modelo. Que coincidencia tan conveniente ¿no? Definitivamente se rompieron la cabeza para pensar en algo cuando nos dejó picados al final del 358. Así es. Puro sarcasmo. ¿Y porque rayos se juntan tantos sólo para ver ese cartel? Ni que fuera el anuncio de un evento especial, sólo una mugrosa y oportunisima carrera, que ni siquiera ofrece más información sobre si es de admisión libre o cuales son los requisitos. Los giros aquí los sacan de la manga de un número a otro, es la nueva formula de la revista, nada que ver con las otrara tramas cuidadosamente preparadas por la autora.
Carlangas y Ricardo de inmediato concuerdan en que es la mejor solución para el problema de su amigo y ya andan comentando sobre inscribirse. Ricardo informará a Ernestillo para que lo asista, mientras que Carlangas se haya en el predicamento de que ni bicicleta tiene (¿ya perdió la que le regalara su padre y se llevó consigo cuando volvía a irse a vivir con Isabel?). Viendo que participando los dos habrían tenido más oportunidades, Carlangas lamenta que su padre no gane tanto como para afianzarle una. Memín, que al leer el cartel quedó en shock, emocionado por la bicicleta ultimo modelo, repite la palabra una y otra vez, haciendo que Carlangas crea que se refiere a que él tiene una. Con eso, creen que la han hecho, aunque él no tarda en desanimarse ya que tendrá que aguantar al negrito como su asistente. Ricardo lo anima a resignarse y le comunica a Memín que trabajarán juntos. Memín se entusiasma, aunque luego le pregunta sobre en que deberá asistirlo, desesperándolo, y más aun, ya que enseguida vuelve a preguntar que es lo que debe hacer. Sin hacer aclaraciones sobre la nueva metida de pata de Memín, cada quien se va para su casa, y en la suya, Memín presume de su inteligencia al haber dado con la solución para el problema de su amigo (¡pero si ni pensó en nada! nomás se quedó embobado viendo la foto de la bici del premio). Eufrosina la reclama que se ha metido en algo muy peligroso, pero él la convence de que es por el bien de su amigo, y con eso tiene para calmarla.
Pasan a otro día de clases en el que Romero ya parece cualquier maestro sin chiste que ni vale la pena mostrar el desarrollo y pasarse a la hora de la salida. No dejan de comentar como el ambiente se contagia por las expectativas de la carrera (¿entonces es una carrera de puros escuincles de primaria? ¿Cómo esperan saldar deudas con el dinero que ofrezca un evento como ese?). Los cuatro amigos debaten sobre el tema y no dejan de echarle en cara a Memín que todo es culpa suya, aunque el tipazo de Ernestillo sigue defendiéndolo. Se separan para empezar a prepararse en las duplas que han formado. Carlangas y Memín se echan una rutina muy mala de un dúo de comediantes antes de ponerse de acuerdo (le dan muchas largas al asunto y Memín replica con puras tarugadas, en especial menciona que sabe como pueden ganar y Carlangas le insiste a que lo suelte, interpretándolo muy literalmente). La estrategia de Memín es preparar la bici de Carlangas para que quede como nueva, y él queda aturdido, dándose cuenta que eso significa que el negrito no tiene y se han metido en camisa de once varas. Su rutina continua unos cuantos cuadros más en el que ya hasta Memín intenta desviarse del tema hablando de sus zapatos (en verdad quisiera saber quien es el idiota que escribe esto, cierto que Memín es sangronsisimo pero a partir de aquí dice puras estupideces). Al fin, antes de provocarle una severa jaqueca a Carlangas, le viene la idea de que utilicen un depósito de basura para encontrar partes desechadas de bicicleta, con el propósito de armar una. A Carlangas no le parece y menos revolcarse entre los desperdicios, pero en su desesperación, acepta y así se sumergen ambos en el montón. ¿Tienen que sumergirse echándose un clavado? Esto no es una caricatura. Lo que se hace es rebuscar apartando y apilando entre la basura. Muy mal ejemplo para los niños que luego se acaban haciendo daño al intentar hacer lo mismo.
Ernestillo y Ricardo terminen con su preparación y toman un descanso, comentando sobre como será la bici de Memín, que ni sabían que tuviera. En eso, Memín y Carlangas ya andan armando la bici improvisada con la chatarra que encontraron, pese a que es muy improbable que en un solo basurero consiguieran todas las piezas, por no decir que armar ese tipo de vehiculo no es tan sencillo y menos para un par de principiantes. La bicicleta queda espantosa a la vista y a Carlangas no le parece segura, pero Memín, incauto como el que más, asegura que lo es y si no, tendrán que rezar.
Ya es el día de la gran carrera (no, la verdad es que así se llama el evento, no tiene tema ni compañía que lo patrocine, vaya simplonada) y ahí andan tanto el maestro Romero como los padres. Mercedes se queja con Rogelio por dejar a su hijo participar en algo tan peligroso y que mejor hubieran prestado el dinero al señor Vargas. El señor Arcaraz responde que es una causa noble y no pueden darle las cosas en bandeja de plata y las valorará más ganándolas por su cuenta (¿hola? El problema no es de Ricardo ¿recuerdan? así que si se desgracia, será su culpa por no haber aflojado la lana para ayudar al carpintero, quien se supone ya es amigo suyo a esas alturas). Mercedes insiste en que la culpa la tuvo Memín y a Rogelio le parece que con mayor razón, porque así Ricardo ayudará a ambos (o morirá por ambos). Se dirige a Romero para que concuerde con él y por su forma de responder, el maestro demuestra haberse vuelto un idiota o que ni atención puso, limitandose a señalar que ya empezó la carrera. Ernestillo y Ricardo ya están listos y ven llegar a Memín empujando la maltrecha bici de Carlangas. Como buenos amigos, no les hacen burla, argumentando que les parece muy “moderna” (¿Cómo las inservibles patas de silla que hizo Memín?) pero otros participantes no se aguantan las ganas. Carlangas se lanza sobre el primer chistosito y Ernestillo le advierte que no inicie un pleito o los descalificarán. Y entonces, sin más preámbulos, al fin transcurre la dichosa carrera. El pantalón de Memín se atora en los rayos de la bicicleta y Carlangas arranca arrastrándolo. No ve otra forma de ayudarlo, más que levantarlo (¿con un brazo y con la bici en movimiento? ¡guau! si que es fuerte) y hacerlo treparse sobre sus hombros. Memín se siente lo máximo y anima a Carlangas a darle más rápido, para ganarse la bici ultimo modelo (aunque rápidamente lo compone recordando que es por el dinero). Ricardo voltea a ver al negrito montado en el otro, distrayéndose y dando de bruces contra una pared. La bici va cada vez más rápido, logrando cruzar la meta y hasta entonces Memín revela que no le pusieron frenos (¿acaso fue él quien armó la mayor parte o que?). Acaban yéndose de bajada, cruzando justo al lado de Eufrosina, quien casualmente venia del mandado y ni se fijó en quienes eran. Luego, chocan contra un panadero en bicicleta, poniendo un cuadro típico de choque con una nubecita de polvo. Con todo y bicis (y el pan), quedan tirados por la calle. Memín se desorienta al tener la canasta sobre la cabeza, pero Carlangas lo desatonta y recuerdan que han ganado la carrera. El presentador (aunque al parecer no era comentarista porque no se dijo nada mientras hacían la carrera) se acerca para darles a escoger el premio. Memín ya anda diciendo que quiere la bici, pero al mirar hacia Ernestillo y su padre, opta por el dinero. Después, se lo obsequia al señor Vargas, quien le agradece, comentando que sabia cuanto deseaba la bicicleta (¿pues en que momento hablaron Memín y él?). Improvisadamente y quitándole importancia al asunto que en el numero anterior era tan preocupante que deberían celebrar o algo así, Memín se excusa para volver rápido con Eufrosina y ayudarla con la ofrenda del Día de Muertos.

Concluye otra secuencia bastante ridícula, drama en la primera parte y pura comedia en la segunda. Esta revista se ha vuelto tan extremadamente voluble que ese humor blanco distintivo, ahora es del mismo blanco que el del papel higiénico usado.

lunes, 8 de febrero de 2010

Memín Pinguín #356-357

Mientras realizan una tarea en equipo sobre el descubrimiento de America, Memín tiene una fantasía incongruente y fuera de sentido en la que se ve a si mismo como testigo de ese histórico evento, encontrándose con personajes familiares.

En un día normal de clases, el maestro Romero pregunta a sus alumnos sobre lo que se celebra la próxima semana. Memín atina a responder, como de costumbre, reflejando su ignorancia al mencionar a alguien que celebra su santo y otro alumno cuyo rostro ni vemos supone que es la conmemoración de los Juegos Olímpicos del 68 (como si alguien se acordara de eso en vez de la Noche de Tlatelolco). Es Ernestillo quien da la respuesta correcta (están en sexto de primaria, desde primero se supone que ya deberían saberlo, no necesitan un recordatorio en el ultimo año). Romero pregunta quien la descubrió, y Memín se avienta con otra bobada, donde ahora está confundiéndose con un equipo de soccer residente, provocando una serie de carcajadas por parte de sus compañeros. El maestro aclara que fue Cristobal Colon, dejando al negrito tratando de componerla al decir que sólo estaba haciéndose tonto (más le vale). No tarda en meter la pata de nuevo cuando Romero menciona que estuvo a punto de no descubrirla, haciendo que Memín alegue que eso no seria posible o los libros de historia mentirían, ocasionando aun más risotadas. Finalmente, el maestro va al grano, encargándoles investigar todo lo referente a esa fecha (no da especificaciones ¿quiere un reporte, una exposición en clase o que?), en equipos de cuatro, para alegría del flojonazo de Memín, que se cansa simplemente con pensar en hacer el trabajo sin ayuda. Sobre decir que los cuatro amigos hacen equipo, acordando ir a casa de Ricardo (como siempre, Memín piensa en gorronearle comida), y que cada quien consiga por su cuenta libros de Cristobal Colon. Ricardo tiene suficientes libros en casa, mientras que Carlangas y Ernestillo van juntos a una biblioteca publica. Memín es demasiado ignorante para saber que es una biblioteca, así que le vale todo y se va muy campante a su casa, para hacer lo que hace mejor, andar de arrumacos con su má linda.
Llega la hora en que debían reunirse, comparando notas de los libros que consiguieron. Comentan que Memín se ha retrasado por andar distraído mirando una hormiga o algo así, y casi le atinan, porque en realidad andaba viendo a una cucaracha en la calle (¿Qué hace una cucaracha en la calle? Si normalmente las encontramos en nuestras casas). Ya se andan adelantando a trabajar, con Ernestillo proponiendo que leen en voz alta los libros (ni que fueran niños chiquitos, cada quien debería leer un libro y tomar apuntes para comparar después, que pésimas técnicas de estudio deben tener para tales sugerencias). En eso llega Memín, anunciándose con una excusa deschavetada nomás para hacerse el chistosito, y le preguntan por los libros que trajo. Dándose cuenta que no trajo nada y no se molestó en averiguar que es una biblioteca, deciden poner manos a la obra. Ricardo empieza a leer el primer libro (por la forma en que esta escrito, no parece un libro de historia de verdad, cierto que en las primarias no pueden hacerlos tan difíciles, pero vamos, suena a que esta contando un cuento y no resumiendo los hechos tal cuales). Memín se distrae mirando los libros que tienen los Arcaraz, sólo para preguntarse la razón por la que tendrán tantos, pero le llega la voz de Ricardo, provocando una colisión entre su mente distraída y su imaginación, abriendo alguna especie de entrada a un mundo en que la historia se entrecruza con sus ocurrencias.
Contempla como la reina empeñó sus joyas para financiar el viaje de Colón (representado por el padre de Carlangas), y luego el mismo Memín aparece inexplicablemente en el barco cuando ya empezaban a navegar. El contramaestre (padre de Ricardo) detecta la presencia del negrito, reconociéndolo como un polizón. “Colón” interviene e interroga a Memín, pero no se traga su cuento de que sólo se “apareció” ahí. Mencionan el año en el que están y poco después el día (12 de octubre de 1492) el negrito va comprendiendo de qué se trata, pero a “Colon” y al contramaestre les parece que está mal de la cabeza. Memín se emociona ante la oportunidad de presenciar el histórico momento, estropeándoles la sorpresa de que llegaran a America, pero como “Colón” iba en busca de las Indias, no entiende nada. El encargado de divisar desde el mástil (padre de Ernestillo) anuncia “tierra”, emocionando a los demás, pero se refería a la tierra que le cayó en los ojos. “Colón” lo regaña y luego se viene una fuerte tormenta que los pone en aprietos. El contramaestre chilla como mujer, augurando el naufragio inminente, y “Colón” lo manda callar. Memín supone que si se hunde la “lancha”, el maestro habrá demostrado su punto. La cosa se pone peor, ya que se forma un remolino por encima del mar (¿es eso posible?), y el negrito le echa una mano a uno de los marinos (el maestro Romero) que intentan cambiar desesperadamente la dirección de la carabela. Milagrosamente, las tres salen ilesas y el mar vuelve a estar tranquilo, para que a continuación ahora si, de verdad anuncien tierra a la vista. Así, la historia se cumple y desembarcan por la isla de Guanahani/San Salvador (al menos en referencia histórica geográfica no la riegan). “Colón” y los miembros de la tripulación celebran, desmintiendo con esto la vieja teoría de la tierra plana, y Memín ya le anda diciendo que en México harán una estatua en su honor. “Colón” está nacionalizando la tierra, mientras el negrito ahora anda imaginando que cierto reportero del noticiero de la noche en el Canal de las Estrellas vendrá a entrevistarlo (¿eso que tiene que ver? Lo que sea para hacerle publicidad a la cadena). Los nativos, representados por Carlangas, Ernestillo y Ricardo, acuden a recibirlos, y se hacen bolas cuando Memín pasa a confundirlos con sus “parientes” de la tripulación de “Colón”. Entonces, Ernestillo termina de leer (¿Ricardo ya había terminado y él le siguió?), y le hacen preguntas a Memín de lo que entendió (ni se ve perturbado porque interrumpieran su fantasía), y responde contando los predicamentos que “vivió”, que no vienen al caso, sean parte de la historia de verdad o no. Tachándolo de andar siempre en las nubes y ser un holgazán, lo fuerzan a que lees lea todo en voz alta para asegurarse de que ha puesto atención. Un cuadro después, ya es el 12 de octubre y Romero está pasando las calificaciones tras la revisión (¿no dijeron que iba a caer en fin de semana?). Los cuatro se iban a sacar 10, pero como Memín pegó de gritos para celebrar, el maestro se los baja a 9. A la salida, sus amigos lo regañan por indisciplinado y estropearles la calificación perfecta. Intenta distraerlos proponiéndoles jugar, y luego cada uno suelta excusas para cortarlo, y él se da cuenta de inmediato, echándoselos en cara. Ellos no resisten y lo perdonan, advirtiéndole que a la próxima si lo cortan en definitiva (si, como no). Ricardo trae dinero que le dejó su padre si sacaba más de 8 (¿el incentivo no debería ser dárselo después de que le dieran la calificación en vez de antes?), y los invita a comer. Memín anda sugiriendo que vayan con la tamalera de un arco anterior, pero Ernestillo opina que deberían cambiar a helado. Ya en la nevería, Memín no deja de pedir que lo dejen repetir, y le espetan el ser tan gorrón, pero por supuesto que no puede importarle menos lo que piensen, aunque no dejan de devolverle sus palabras, apuntando que sólo su madre lo acepta así ya que no le queda de otra (golpe bajo). Ernestillo anuncia su retirada para ayudar a su padre con la carpintería, y Memín les recuerda que luego tendrán que jugar al fút, aunque Carlangas opina que cambien al beis para variar (¿Qué caso tiene? Ya pasó de moda, al menos en cuanto a pasatiempos infantiles).
Ernestillo encuentra en la carpintería el inicio de la próxima eventualidad.

lunes, 1 de febrero de 2010

Memín Pinguín #355-356

Memín y sus amigos se disputan un partido de fútbol con muchas desventajas. Si, eso lo dice todo, la verdad es una de las más tramas absurdas, inconsistentes y mal planeadas de esta nueva etapa.

El autobús que casi atropella a Memín era de la escuela a la que pertenece Bruno (único personaje de los nuevos que reaparece en otra secuencia). El chico reconoce a los amigos de su hermana y le ordena al chofer se detenga (pero si es un autobús escolar, los chóferes no están obligados a cumplir las indicaciones de los alumnos, se supone que los transportan y ya). Se baja para saludarlos, pero en realidad sólo estaba interesado en Ricardo, pidiéndole que hablen a solas. Llevándoselo aparte, le expone que su equipo de soccer tiene un encuentro y necesitan un jugador, esperando que él acepte unírseles. Ricardo lo rechaza, disque porque no puede traicionar a sus amigos (¡Oh, vamos! Le están pidiendo el favor de ayudarles en un mugroso partido y ya, no es que vayan a jugar contra sus amigos ¿donde está la traición?). Como siempre, Memín va de metiche, escuchando y aprobando la actitud de Ricardo (él tampoco entendió de qué va la cosa). Pese a que no viene al caso, en vez de explicar con claridad lo que necesitan de Ricardo, Bruno pasa a criticar a sus amigos por ser pobres. Ricardo los defiende, insultando a los de Bruno (ni los conoce, sólo porque sean ricos, no significa que no tengan corazón, y él mismo es un ejemplo ¿o no?). Memín se emociona y abraza a Ricardo, como si hubiera hecho algo noble en vez de exagerar su negativa. Luego, el negrito ya quiere partírsela a Bruno, pero Ricardo opta por desquitarse de otra forma. Regresan con Carlangas y Ernestillo para contarles lo que dijo y lo que se le ha ocurrido y una vez que se ponen de acuerdo, retan al equipo de Bruno a un partido de soccer, seguros de que aunque sean cuatro, vencerán (¿están operados de la cabeza? No ganarán ni están demostrando nada salvo que son unos brutos). Bruno acepta y finalmente se sube al autobús, porque el chofer ya estaba impacientándose. Informa a sus compañeros y ya todos andan anticipándose a su victoria sobre los cuatro desarrapados, confiados en ganar por la superioridad numero (si ¿pero que ganan exactamente? No hicieron apuesta ni nada, no se cual bando es más estúpido). Por cierto, con esto se olvidaron de que Memín iba a dispararles helados con los mil pesos que le regalaron, y ya no vuelven a comentar al respecto. Sabe si al final gastaron ese dinero o no.
Los cuatro comentan sobre la soga que se echaron al cuello. Memín sugiere que consigan refuerzos, pero Ricardo dice que no seria “ético” (lo que no es ético es haber empezado eso en primer lugar cuando simplemente le pedían un favor). Amenazan al negrito por andarse echando para atrás y acuerdan practicar lo necesario en los dos días que les quedan para el partido sin chiste. De regreso a casa, cada uno anda pensando mil y un tonterías respecto a ese absurdísimo encuentro, siendo Memín el único que parece no meditarlo, poniéndose a patear latas, emulando a un verdadero goleador. Eufrosina tiene que agacharse cuando le cae la lata y lo regaña predeciblemente.
En casa de Bruno, durante la cena, le pide a su padre (como es el director de la escuela) que les preste la cancha en la fecha fijada, alegando que es sólo para “practicar” (en realidad, si lo es, ya que no cuenta como partido andarse batiendo con cuatro). Al día siguiente, nos toca ver al equipo de Bruno perdiendo un partido, achacando la derrota a la falta de un jugador y pidiendo la revancha a los contrarios, pero ellos nomás se burlan de sus excusas. A pesar de todo, Bruno confía en que apalearán al equipo de Ricardo y con eso conseguirán que él se les una (¡debiste haberlo apostado en primer lugar, tonto!), demostrando una completa falta de lógica. Además, el equipo de Bruno se llama “Ricardos”, lo que indica que tanto deseaban que se les uniera, que utilizan su nombre o por coincidencia se llama igual y solamente por eso lo querían. Uf, no se que es más patético.
Siguen con cuadros individuales para mostrar el entusiasmo de los cuatro amigos, todos confiados en que ganarán, como si fuera un partido importante como el que tuvieron en Monterrey casi doscientos números atras, y no un disparatado intento de bajarles los humos a unos riquillos que casi ni conocen. Llega el día del partido, que fijaron a la hora en que no hay nadie, ya que según Bruno, es lo conveniente, porque no quiere que su padre se entere, seguro de objetaría por las evidentes ventajas de su equipo sobre el otro. No se dan el lujo de poner abanderados y ponen al chofer haciendo de arbitro (y claro, Bruno se asegura de “comprarlo” para cuando llegue el momento de las tranzas). Los cuatro amigos entran a al campo con los uniformes que les compró la madre de Ricardo. Después del despótico saludo de su enemigo, los cuatro se preparan, aunque Memín sigue de pesimista, y lo regañan. El partido comienza con jugadas…muy aburridas (recuerden que están jugando un grupo de chiquillos y ni que fueran Los Supercampeones). Alguien arregla el marcador, poniéndoles al equipo visitante el nombre de “Pobretones”, que irrita tanto a Memín, que no ve venir un balonazo en su cabeza, pero esto sirve para pasárselo a Ricardo. Los “Ricardos” empiezan a jugar sucio (que rápido se desesperan), y uno trata de barrer con Ricardo, pero consigue esquivarlo. Carlangas responde lanzando el balón contra la cabeza de Bruno, para después pasarlo a Ernestillo, y éste da un cabezazo para anotar el primer gol. Memín ya anda burlándose (apenas empezaron, aunque no se dijo si había limite de tiempo o si gana el que anote primero), pero el arbitro comprado marca para anular el gol. No tardan en caer las reclamaciones, y Bruno les espeta que no cuenta por haberle dado en la cabeza, pero Carlangas señala las partes de la pierna de Ricardo que pudo haber quebrado el otro que se barrió agresivamente. Bruno sigue alegando y Memín lo exaspera fanfarroneando que ni aunque fueran cincuenta les ganarían. Se lanza sobre él, y Carlangas le asaste un golpe para defender al negrito. Los compañeros de Bruno ya van a iniciar la refriega, pero su padre interviene, admitiendo que atestiguó todo el partido y está muy avergonzado (si fue así, ¿porque no lo detuvo desde el principio?). Por alguna razón, Memín lo interpreta como que le fascinó su manera de jugar, y el padre de Bruno señala las ventajas injustas que tenían los “Ricardos”, en especial la ayuda del chofer que hicieron pasar por arbitro, despidiéndolo en ese momento. El “arbitro” trata de retractarse y devolver el dinero, pero el director es inflexible e insiste en la despedida, haciéndolo suplicar para no perder su empleo. A Bruno le advierte que hablaran en casa y luego se disculpa con los cuatro amigos, esperando que en futuro puedan tener un partido interescolar de verdad. Memín agrega que también debería haber publico (¡obvio! Si no, ¿que chiste tiene?). Bruno sufre una conversión de ultimo minuto, disculpándose por lo que hizo, incluyendo una que otra expresión coloquial que no es típica de la clase social que presume ser (su padre es director de escuela primaria, no puede ser tan rico) y admitiendo que se equivocó.
Para quitarse el mal sabor de boca, los cuatro acaban yendo a un callejón (no a “el” callejón porque eso se acabó desde cuando, aunque el nuevo argumentista podría no saberlo, pero en esta ocasión no especificaron si era el mismo lugar o no, así que no importa) a echarse un partido entre ellos. Acaban muy contentos, volviendo a casa a tiempo para la cena.
Un cuadro después, ya es viernes y otra malísima secuencia comienza.

lunes, 25 de enero de 2010

Memín Pinguín #354-355

Memín se encuentra de casualidad un billete de lotería que sale premiado, y luego anda imaginando lo que haría con ese dinero, ignorando que no le pertenece. Sus amigos lo animan a hacer lo correcto al final.

En la última pagina del #354, Memín va con una tamalera, haciendo su pedido, en el que se muestra muy quisquilloso al cuestionar la calidad de su mercancía. Ella envuelve los tamales en periódico y ninguno se fija que se le quedó un cachito de lotería que ella compró. De camino a casa, Memín lo descubre, pensando en que lo habrá metido por error, cuando se detiene en la puerta del vecino, que anda pegando de gritos porque se sacó la lotería. Eufrosina lo agarra de la oreja para que vaya a cenar y deje de estar de mitotero. Antes de dormir, lo guarda debajo de la cama y en cuanto se acuesta (nótese que antes él y Eufrosina solían dormir en la misma cama y ahora están en camas separadas, supongo que ya le tocaba madurar al negrito), entramos a la peor parte de la secuencia.
La imaginación de Memín lo impulsa a tener un alucinado sueño sobre como seria si se sacara la lotería, exagerándolo todo, desde el punto en que se convierte en celebridad por ese simple hecho (hasta carteles pegan para anunciarlo). Va a recoger el dinero y el encargado se lo señala en un camión lleno de billetes, que disque viajara con él a todos lados. Memín se echa un clavado en el mar de billetes e invita a Eufrosina a subirse. Dirige el camión hacia donde están sus amigos, recibiendo la admiración de quienes lo ven pasar, quienes hasta lo encuentran atractivo (por dinero baila el perro). Memín se pone a regalar billetes, dejándolos caer por el camión, y luego hace una parada para comprarle un vestido de princesa a Eufrosina (modelo Blancanieves, que la hace lucir más ridícula que nada, pero es un sueño y se atiene a los deseos de su retoño despilfarrador). Después, sin razón alguna, Memín decide que viajen a Egipto, a bordo de un avión que se apareció de la nada. ¿Por qué a Egipto? No es un lugar turístico, más bien cultural y adecuado para los interesados en historia antigua. Un ignorante como Memín no tiene nada que hacer ahí, pero en su sueño, supongo que todo da igual. Mágicamente, hay una pista de aterrizaje en medio del desierto y por ahí desciende el avión. Luego, salen los camellos para transportarlos y Memín ayuda a Eufrosina a treparse a uno. Pronto llegan a donde están las pirámides y la Esfinge (el narrador se encarga de nombrarlas, olvidando que esto es un sueño muy subido y no una clase de historia, o sea, están perdiendo el control de la trama, aun para ser imaginaria dentro de la imaginación misma). Memín conoce a la Esfinge, conocida como la “Mentirosa” porque cree que “está fingiendo”, y sus amigos lo agarran a coscorrones por ignorante, ocasionando su despertar, y hasta acaba cayéndose de la cama.
A la mañana siguiente, se le ocurre revisar el número en el periódico por si acaso se sacó algo, y se dirige al expendio de lotería. Encuentra el número con el premio mayor y entre gritos y brincos de emoción, corre hacia la escuela. Les cuenta a sus amigos de su buena suerte, pero ellos no le creen, y prefiere dejarlos así. Va con el maestro, para presumirle que ya no necesita estudiar y comprara la escuela (¿con que objeto? No lo dice, tal vez porque si). Se despide de Romero para cobrar su dinero, sin darle tiempo de replicar (no importa, sin los guiones de Doña Yolanda, no podemos esperar de nuevo al Romero que les daba sermones a sus alumnos, ahora sólo es un maestro atolondrado). Fanfarronea con que hará cambio de alumnos y se marcha. Romero apremia a sus amigos a seguirlo, creyendo que algo pudiera pasarle, suponiendo que perdió el juicio. El negrito vuelve con el dependiente, pero sus amigos tratan de detenerlo, hasta que el tipo revela que en verdad se sacó la lotería y no son alucines suyos. Ellos saben que Memín no tiene el hábito de comprar billetes de lotería, exigiendo saber donde lo consiguió, y el encargado dice recordar justamente ese, que le dio como pago a la tamalera. Memín insiste en que el billete le pertenece, ya que ella no se fijó, y sus amigos tienen que darle rodeos para explicarle que le corresponde a la señora, y si él lo cobra para su beneficio, será dinero mal habido. Al negrito no le queda más que darles la razón, pero luego le recuerdan que tienen clases que atender. Se queja de que no le dejen un día libre para consolarse, pero al final acaba pasando el día en el salón, como siempre. A la salida, sus amigos lo siguen, ya que dudan que pueda cumplir su palabra, pero Memín si lo hace, yendo directo con la tamalera, que admite que el cachito era suyo y que aquel señor siempre le paga con eso, lamentando nunca sacarse nada. En cuanto le dice que esta vez si le pegó al gordo, salen sus amigos, confirmándolo, y la señora se desmaya de la impresión. Fuera de pagina, ella cobra el dinero y le da una recompensa de mil pesos a Memín (curiosamente, Ricardo opina que la señora al final fue algo tacaña porque pudo darle más). El negrito está feliz aunque no le gustó que también lo “premiara” con un beso y sus amigos le recuerdan que le prometió tamales gratis de por vida (¿Qué? ¿Va a seguir trabajando en eso en vez de invertir en algo que deje más feria?). Memín anda sugiriendo gastarse el dinero invitándoles a consumir más helado del que deberían, cuando está en peligro de ser arrollado por un autobus.

Lo que pasa después, en las dos ultimas paginas del #355, pertenece a la siguiente secuencia (una tendencia de esta nueva etapa es que aman tener al lector en suspenso).

lunes, 18 de enero de 2010

Memín Pinguín #352-354

Memín y sus amigos quedan prendados de una chica que conocen en la playa, y luego no dejan de competir en la forma más infantil e inmadura para ver quien se queda con ella.

Mientras los Arcaraz se van con la policía, los cuatro amigos se quedan solos, aprovechando para comprarse trajes de baño y vacilar en la playa. Memín presume especialmente el suyo, un modelo estampado, creyendo que se ve divino pero sólo resalta su facha ridícula. Sus amigos miran algo que los deja impresionados y él piensa que se debe a su “porte”, ofreciendo darles tips pero lo apartan a un lado. El negrito dirige su vista a lo que miran ellos, que resulta ser una linda chica rubia que canta mientras construye un castillo de arena. Carlangas toma la iniciativa y se aparta de los otros, ofreciéndose a ayudarla. Ernestillo y Ricardo siguen su ejemplo, exagerando la caballerosidad en su presencian (y la chica ni les dice su nombre). Carlangas trata de correrlos, pero no tarda en unírseles Memín. A poca distancia, los observa el hermano de la chica, molesto por… ¿Por qué? Quien sabe, pero la presencia de los cuatro lo irritó sin razón, y les lanza una pelota playera para que se esfumen, dándole a Memín justo en la cabeza. Carlangas se le pone al brinco, pero la chica lo detiene, alegando que él es su "novio" y se lo lleva. Hasta este momento, el narrador nos dice que se llaman Diana y Bruno, aunque en el caso de la chica, parece que el negrito y sus amigos lo saben, pese a que ella no parece haberles dicho nada.
Después, pasan a fanfarronear los cuatro sobre como cada quien piensa ser el novio ideal de Diana (cuando le toca a Memín, se carcajean de él por creerse tanto), hasta que Ricardo les recuerda que acaban de ver al novio, así que ni caso tiene discutir.
Diana y su hermano vuelven con sus padres, y ella comenta que sólo con esa excusa podía deshacerse de los cuatro fastidiosos. Memín se desquita con la pelota de Bruno, enviándola al mar, y éste se mete al agua para recuperarla. El viento provocado por el susodicho huracán anunciado el numero pasado le impide regresar a la orilla, y el chico grita por auxilio. Los cuatro amigos creen que finge, pero al poco rato, sólo Memín sigue pensando en eso. Como ven que el salvavidas no está en su lugar, Carlangas decide lanzarse a salvarlo. Memín se queda haciendo castillos de arena, necio en que todo es una actuación de Bruno y ya lo anda hasta nominando a diferentes premios. Diana y sus padres dieron con el salvavidas que estaba comiendo en una nevería (aun en las nuevas tramas, las nevarías siguen siendo populares ¿pero no se supone que los salvavidas no abandonan su puesto sin dejar a otro que los releve?). Carlangas y Bruno se aferran a la pelota, pero no pueden derrotar a la marea. El salvavidas acude en su rescate, advirtiéndole a Bruno que deben abandonar la pelota, y así, se sujetan a sus espaldas para regresar a salvo. Ricardo y Ernestillo explican a Memín que Bruno si peligraba de verdad, haciendo ver que así le importa menos considerando que no les agradaba por ser “novio” de Diana y lo reprochan por su falta de solidaridad. Por conveniencia, Memín corre a consolar a Diana, justo cuando el salvavidas ya volvía con su hermano y Carlangas. Diana se le echa al cuello, diciendo algo fuera de contexto (“¡Al fin te puedo abrazar!” creo que esa no es la frase apropiada cuando alguien estaba en peligro y se salva al poco rato, más bien es para cuando no has visto a la persona o tiene un impedimento para establecer contacto físico). La madre hace lo mismo y ella si dice una frase aceptable, llorando de alegría y toda la cosa, mientras el chiquillo nomás llora por su pelota perdida. Con eso, al fin les aclara que Bruno sólo es su hermano, aunque ni admite que mintió antes para mandarlos a volar. Diana le agradece a Carlangas haber ido por su hermano, y como él aclara que todo fue gracias al salvavidas, ella va con el hombre para darle un beso, dándole ideas a Memín para ir escogiendo su profesión cuando sea mayor (de edad, porque de estatura no creo). El padre les pregunta que quieren en agradecimiento por su ayuda, y Carlangas pide su dirección para ir a visitarlos en la ciudad después. Éste acepta y Memín aprueba la iniciativa del “pelos de borrego” (vaya forma de llamar a su amigo, pero total, si a él siempre le dicen “negro”…). Luego, le pide a Diana que le de un beso en la mejilla como hizo con el salvavidas, ya que no dejó de animar a que Bruno no se ahogara y ella acepta gustosa, pero la madre interrumpe, anunciando que se hace tarde y deben irse. Memín se queda con un palmo de narices y sus amigos lo regañan por alevoso y mentiroso. Se ponen a discutir otra vez sobre quien será su novio, y empiezan a disputarse la posesión del papelito con la dirección de Diana. Memín se lo mete a la boca, y Carlangas lo obliga a que lo escupa, pero Ernestillo se apodera de él. El señor Arcaraz interviene, inquiriendo la razón de su riña (Memín piensa que hablaba de riñones), y Ernestillo le pasa el papelito que le querían quitar. Como Rogelio y Mercedes preguntan de quien es la dirección, Ricardo trata de decir que es de un compañero de clases que hallaron por casualidad, pero se traba tanto que apenas se le entiende. Memín se hace todavía más bolas, diciendo algo del hijo de un extraterrestre (¿?). Como sea, el señor Arcaraz devuelve el papel a Ernestillo y luego Mercedes les ofrece un plato con hot dogs para que coman, advirtiéndoles que después de la comida, volverán a casa. Memín sugiere que se queden en un hotel y sus amigos le reclaman, recordándole que los padres de Ricardo ya han hecho suficiente por ellos con los trajes y a la comida. Lo último el negrito lo aprovecha para comentar que no estaba satisfecho del todo y debieron haberles servido otra cosa, demostrando ser un verdadero ingrato remilgoso.
Un cuadro después, ya están en el auto. El señor Arcaraz les recuerda que tienen clases mañana, y ellos apenas se dan cuenta que no hicieron la tarea. Mercedes los tranquiliza anunciando que ya se encargaron de justificarlos. Luego, cuando a sus amigos los vence el sueño, Memín aprovecha para quitarle el papelito a Ernestillo. Lo dejan en su casa, sin haberle dicho que ya habían avisado a los padres de Carlangas y ellos habían informado a los demás la razón de la tardanza de sus hijos. Memín teme recibir una paliza de tabla con clavo, pero como ya está avisada, Eufrosina sólo lo manda a la cama. Memín celebra por haberse salvado por esa vez (en realidad, siento que en esta nueva época no recibe sus correctivos con tanta frecuencia como en las tramas originales, lastima). A la mañana siguiente, no quiere ni levantarse, pero con tabla en mano, Eufrosina lo apresura a listarse para la escuela. Acordándose de que dejó el papelito en sus pantalones, interrumpe a su má linda cuando estaba a punto de lavarlos. Ella se enoja y se los deja para que él mismo los lave, pero Memín sólo agarra el papel y ya piensa visitar ese mismo día a Diana.
Saltando hasta la hora del recreo, sus amigos se preguntan que pasó con el papelito, pero Carlangas no tiene que romperse la cabeza para deducir quien lo tomó. Memín disfrutaba de su almuerzo cuando inician el interrogatorio. Se hace el que no sabe y ya está alejándose, dejando caer el papel, y Carlangas está por darle su merecido, cuando Ricardo sugiere que mejor todos la copien y así no se hagan más líos.
En el siguiente cuadro, quien sabe si es esa misma tarde u otro día, pero el caso es que todos han coincidido en ir visitarla después de clases. Ernestillo es el más confiado, ya que terminó la tarea, pero a llegar a la casa, descubre que los otros tres andan discutiendo frente a la puerta. Se les une y empiecen de nuevo, según el narrador, hasta a gritar se ponen (¿Qué no hay ni un alma presente que les llame la atención en ese barrio?). Memín detiene todo, sugiriendo que los cuatro toquen juntos la puerta y que Diana decida luego.
Diana y Bruno se escandalizan ante el fuerte sonido que produjeron todos al tocar. Memín para la trompa, creyendo que Diana le dará un beso (no han salido ni una vez ¿pues quien se cree o por quien la toma a ella?), pero sale Bruno y tarda en darse cuenta del error. Todavía agradecido porque ayudaron a salvarlo (o más bien por haberlo intentado), Bruno los deja pasar, aunque no deja de jugarles una bromita, diciendo que Diana andaba con un novio imaginario. Memín ya empieza a insultarlo, y en su distracción, Ernestillo aborda a Diana, no perdiendo tiempo en presumirle que es el más aplicado de su escuela. Bruno les ofrece a los demás algo de beber, comentando en sus pensamientos sobre las expresiones de Memín (¿Qué caso tiene? Y a estas alturas es obvio que carece del más mínimo recato). Ernestillo empieza ayudar a Diana con su tarea, logrando que Carlangas y Ricardo lo detesten por alevoso. Carlangas interrumpe, presumiéndole a Diana lo fuerte que es, enseñándole su conejo y contando algo de un tipo más grande al que derrotó fácilmente (sólo chicas imbéciles que no valen la pena se impresionarían con esto, así que como no sea una de ellas, la está subestimando mucho). Ricardo decide hacer lo mismo, y se pone a contarle de la enorme casa que tiene y su contenido (¿y? que hable uno de su casa no implica hacerlo de si mismo y no hay nada más detestable que alguien materialista). Se supone que Memín se quedó hablando con Bruno, pero ni alcanzamos a oír lo que el otro le dice, porque él no deja de escuchar a sus amigos presumiendo de lo mejor que tienen. Trata de pensar en algo que pueda impresionarla del mismo modo sobre su persona, y al ver una cabeza toro colgada en la pared, se le ocurre una idea muy boba. A Diana la están acorralando los tres al mismo tiempo con sus tonterías, cuando Memín se pone bien salsa, contándole que él es el mejor torero que ha existido. Sus amigos no pueden creer sus patrañas y la chica trata de no carcajearse en la cara de Memín, haciéndole confidencias a Bruno sobre divertirse a costa de su ignorancia. Memín se da taco, contando de enormes toros que ha toreado (aunque fuera verdad, esa profesión no es para vanagloriarse, llámenme amante de los animales, pero aunque sirva la economía de algunos, la fiesta brava es uno de los peores espectáculos que han existido y no deberían mencionarla ni de chiste en una revista familiar). Diana le hace ver a Memín que es muy chico para ser torero, y él excusa que lo hace utilizando zancos, que hasta le permiten brincar cuando el toro se le lanza con todo. La niña sigue preguntándole si rejonea, termino malentendido por el negrito, pero le explica que eso significa torear a caballo, lo que él interpreta como decir que se torea a los caballos, agregando otros tipos de equinos. Sus amigos y los dos hermanos estallan en risas ante tanta estupidez e ignorancia de Memín, y le hacen ver que no se creyeron nada. Memín no tiene excusa, pero de todos modos, por ser tan imaginativo, Diana le da un beso, provocándole un desmayo del gusto, y se cae de espaldas. La madre de Diana, que quien sabe que andaba haciendo que ni fue a recibir a los invitados y andaba en otra parte de la casa, escucha el golpe al caer del negrito y trae echarle sales para reanimarlo. Memín se pone a decir que él y Diana ya son novios, horrorizando a la niña. Se apresura a aclararles que los quiere a los cuatro, pero como amigos y nada más. No les queda de otra que conformarse y se van, resintiendo el chasco. Sigue otra discusión en que se recriminan por haber presumido tan exageradamente lo que cada quien tiene (Memín sólo puede reclamar que lo cacharan en la mentira, aunque está claro que nadie le creyó nada en ningún momento). Al final, Ernestillo indica que paren, pero en el siguiente cuadro, es Ricardo el que está diciendo que no deben perder su amistad por una niña, haciéndoles ver que hicieron mal por andar de presumidos, ya que es fatuidad (termino poco usual con el que ni yo estoy familiarizado, y menos Memín, porque el piensa que se trata de un pato presumido). Ricardo propone que hagan su juramento típico de los tres mosqueteros, pero Memín se pasa de sangrón, y recita el lema de Linterna Verde. Al final les sale tan bonita, que el narrador comenta que esa solemnidad del juramento conmovería a cualquiera. Genial. Ahora hasta al narrador le da por el sarcasmo.
Se despiden y cada quien vuelve a su casa. Memín llega a la suya todavía acordándose del beso que recibió, que le hace perturbarse cuando Eufrosina lo saluda besándole en la misma mejilla, reclamándole que debió preguntarle primero. Ella no lo entiende y él acaba considerando que los besos de su má linda valen más que los de una cualquiera que no se deja impresionar con sus cuentos chinos, abrazándola con emoción. Eufrosina lo manda a comprar tamales porque no tuvo tiempo de preparar comida, y ahí comienza el siguiente incidente, muy breve y bastante mafufo.

martes, 12 de enero de 2010

Memín Pinguín #350-352

La nueva época de la revista da inicio con el encuentro con una sospechosa fachada de cartomancia. Cuando la madre de Ricardo es robada por la pareja de estafadores, Memín y sus amigos les siguen la pista hasta Acapulco, dando lugar a una confrontación ciertamente absurda.

Rompiendo la línea del Memín clásico con el moderno, en lugar de toparse con el adivino que repetía todo de nuevo y para siempre, les sale otro tipo estrafalario y de gran estatura, pero muy intimidante. Memín lo toma por un cadáver reanimado y se le pone enfrente al hombre para importunarlo, ignorando las advertencias de sus amigos. El tipo alto se irrita ante sus peladeces y lo manda al demonio. Carlangas sale a defender a Memín (muy inoportunamente, si el tipo reaccionó con enfadado, pero no con violencia, así que esté acto protector estuvo fuera de lugar), pero el hombre lo hace retroceder con su mirada penetrante, y regresa con los demás, que se alejan con prudencia. Por lo visto, a ninguno le importó o ni se fijaron que Memín persiste en seguir al larguirucho, picado por la curiosidad (¿Cuál? ¿De que cumpla sus amenazas y le parta la cara?). El hombre se mete en un local de Cartomancia (que nombre tan elegante para un puesto de adivinación, lectura del tarot y esas tonterías, aquí montaron todo sin tener una idea exacta, alegando que cualquiera podía pretender hacerlo), un termino entendido por el negrito como “Carta Marciana”.
El tipo alto se llama Roberto y la que atiende es su “discípula” y amante, Zoraya, que han hecho su negocio de Cartomancia para agarrar clientes ricos, a los que les pretenden robarles usando la hipnosis sugestiva. Un plan muy ingenioso pero…. ¿Quien se molesta en poner una fachada tan elaborada para algo que fácilmente conseguirían encontrando y escogiendo blancos en vez de esperar a que toquen tu puerta? Tsk tsk.
Roberto pregunta si ha llegado un cliente, pero Zoraya admite que se fue a comer, recibiendo un regaño porque podría haberles caído un ricachón. Memín escucha desde la puerta, pero Roberto lo sorprende y lo corre. Los amigos del negrito apenas se dan cuenta de su ausencia y suponen que se fue corriendo a comer (pero si se fue siguiendo al larguirucho, no hay modo de que pasara sin que lo notaran, vaya que son atarantados).
Zoraya resulta ser una floja, pidiéndole a Roberto que él se encargue del puesto, pero le replica que sólo las mujeres pueden desempeñar ese trabajo (que sexista, cualquiera puede vestirse de extranjero y fingir que le sabe a la adivinación). Memín es necio y vuelve a la puerta para oírlos, quejándose de que sólo le llegan “garabatos” (no se si esta expresión esta bien o la captaron mal). En eso, llega Mercedes, dejando a su chofer esperando, mientras va a la consulta de cartomancia. Roberto la recibe y la invita a pasar, mientras Memín se las arregla para poder oír mejor. El chofer se queda dormido durante el rato que Mercedes pasa ahí (¿echarse una siesta en el auto a esas horas? deben hacerlo trabajar de más).
Roberto y Zoraya se dan cuenta que es ricachona, así que acuerdan preparar todo para sacarle lo que puedan. Su amante la deja a solas con la ingenua clienta, y empieza a leer las cartas, soltarle un repertorio de tonterías típicas que sacan los farsantes adivinos, las cuales Mercedes se traga completas. Memín se aburre de lo lindo, opinando que la madre de Ricardo no sabe en que gastar su dinero. Le daría la razón, si no fuera tan incoherente. Por la vida que lleva, no tiene sentido que Mercedes acuda con una cartomanciana. Además… ¿Qué no son católicos y se supone que solicitar servicios de esa gente es pecado? En fin, ya no es Yolanda Vargas Dulché quien escribe estas cosas...
Zoraya suspende la sarta de mentiras para ir al grano, moviendo las manos y lanzando las frases típicas de los hipnotistas, sumiendo a Mercedes en un profundo sueño, que también afecta a Memín. De acuerdo, ya están pasandose de lanza. Para que la hipnosis funcione, uno tiene que estar demasiado concentrado, y mirar fijamente un patrón o a la persona que lo está haciendo, así que no es posible que Memín caiga, y más, cuando sólo está escuchando su voz a distancia. Como sea, ambos caen, y Zoraya le exige a Mercedes una de sus tarjetas de crédito de mayor capacidad. Memín, quien aun hipnotizado sigue siendo sangrón, ya anda ofreciéndole el dinero de su alcancía. Mercedes hace lo que le piden y una vez que Zoraya la guarda y le pide su número clave, suspende el proceso, asegurandose de sugestionarla para que no recuerde nada. Continua diciéndole lo que quiere oír (la tonta de Mercedes no deja de repetir “Cuanto me alegra oír eso”, para eso, podría pagarle a cualquiera, como uno de los empleados de su casa para no tener que salir y ser estafada). Le paga por la consulta y Memín lo toma como su señal para retirarse. Mercedes vuelve al auto y arranca con prisa (¿le daba vergüenza que la vieran ahí? ¡Ya lo creo que debería darle!), ahogando a Memín con el humo del tubo de escape.
De vuelta en su casa, a la hora de comer, Memín ya le anda sugiriendo a Eufrosina que se vuelva “carta marciana”, y ella no tarda en irritarse (inconvenientemente rápido, normalmente la mujer es más paciente en este tipo de situaciones) y lo calla, con la clásica amenaza de tabla con clavo. Roberto va a utilizar la tarjeta en una caja, pero al notar las cámaras de seguridad, opta por clonarla y ponerle una clave nueva (con esa clase de conocimientos criminales se ve aun más tonto su plan de usar una fachada de cartomancia). Luego, él y Zoraya se compran un auto de lujo y parten rumbo a Acapulco, para montar otro local.
Después de otro día normal de clases, Memín duda sobre comentarle a Ricardo de lo que atestiguó, y al final, prefiere no decir nada, como si hubiera visto algo que no debía, en vez de algo sin importancia. No dejó mencionar la “carta marciana”, pero los tres se quedan sin saber de que hablaba, creyendo que se trataba de otro de sus locos sueños.
En Acapulco, la pareja de ladrones ya hizo la transacción necesaria para colocar nuevamente la trampa de cartomancia, y luego se van a la playa, disfrutando de los beneficios del dinero mal habido. El dibujante no deja de lucir a la tal Zoraya, poniendo a algún turista admirándola en traje de baño (¿olvidan que esta es una revista para toda la familia y no algo de variedades baratas?).
Mercedes se limaba tranquilamente las uñas, cuando Rogelio entra para reclamarle haber gastado casi un millón de pesos con su tarjeta de crédito. Se ve obligada a confesar que fue con una adivina, suponiendo que ahí perdió la tarjeta y alguien pudo encontrarla, lo que su esposo hace ver muy obvio considerando que es así como él se enteró del gasto. Acuden al local para revisar, descubriendo que lleva días desocupado. De nuevo, Mercedes queda como tonta al suponer que eso significa que han huido, y Rogelio lo sustenta. Coincidentemente, Memín y sus amigos habían salido de la escuela en ese momento y los ven en la calle. El negrito supone que ahora es el señor Arcaraz el que va con la “carta marciana”, y no le entienden ni en la siguiente página, donde los padres de Ricardo les explicaron todo fuera de cuadro. Memín se burla de la “ignorancia” de sus amigos, y lo coscorronean en consecuencia. Como el negrito fue testigo, el señor Arcaraz considera que puede darles un retrato hablado, termino que Memín malentiende completamente. Todos suben al auto (¿A dónde van? Todavía no se hablaba de involucrar a la policía) y Rogelio empieza a explicarle a Memín que es un retrato hablado, pero él está tan a gusto viajando en auto, que se distrae mirando por la ventana. En eso, pasan por una tienda con televisores en el escaparate, donde pasan un noticiero en vivo desde Acapulco, anunciando la proximidad de un huracán. Memín reconoce a la “carta marciana” en la playa, y logra que detengan el auto para señalárselas. Con ella está su amante, y Mercedes los reconoce. Rogelio anuncia que ellos dos irán hasta Acapulco para que la policía los atrape (pero piensan irse directo ¿en que momento los llamaron?). Los niños insisten en ir, pero no los dejan.
Un cuadro inoportuno muestra a Roberto y Zoraya relajándose en la playa, burlándose de los que trabajan. Luego, vuelven a la ciudad, con el auto de los Arcaraz ya saliendo de la ciudad, y hasta entonces se les ocurre revisar en los asientos si los niños no se dejaron algo, y descubren a Memín, que otra vez escapó del rango visual de sus atarantados amigos. Como detienen el carro, los otros creen que significa que al final decidieron dejarlos acompañarlos (¿no dijeron que ya estaban saliendo de la ciudad?). Rogelio y Mercedes le piden que se retire, pero Memín insiste, y como sus amigos no tardan en volver a meterse, no les queda de otra que dejarlos venir. En el camino, el argumentista no deja de exponerse su queja sobre los cuatas en los caminos rumbo a Acapulco, para luego poner a Memín demostrando su ignorancia al no saber lo que significan los señalamientos de los kilómetros que faltan para llegar (lo raro es que en vez de que sus amigos se burlen de él, esto da pie a un silencio incomodo). Se poncha una llanta y tienen que bajarse. Ya que están cerca, los cuatro amigos deciden adelantarse, yéndose corriendo y sin haberle avisados a los señores Arcaraz, que tuvieron que quedarse a esperar un ángel verde, ya que Rogelio demostró ser un desastre para la operación de cambiar el neumático.
Una fuerte ventisca los recibe en la playa, volando la gorra de Ricardo, que Memín agarra nomás para lucirse. Después, divisa a Roberto y Zoraya, que siguen haraganeando y dando sus descaradas opiniones sobre cuanto les encanta la vida fácil. Memín se dirige a ellos, pero lo detienen, formando un círculo para planear muy bien lo que harán. Le ponen a Memín una barba falsa de anciano, y consiguen que un turista les preste sus lentes y una de esas ridículas pelucas multicolor (¿no están pasadas de moda? ¿Y porque traer una peluca en una playa?). Con eso, creen haber dejado irreconocible al negrito, aunque no dejan de reírse por lo chistoso que se ve. Luego, él se dirige a unos turistas, hablando como isleño, y ofreciendo hacerles el baile de mover la panza, pero se equivoca y lo que mueve son las caderas. Lo único que hace es ponerse aun más en vergüenza, pero luego de ese “ensayo”, va con la pareja de estafadores, quienes le hacen ver que son los niños los que hacen ese baile y no los ancianos como el que el negrito pretende ser. Memín da una replica confusa y vaga que sólo los desconcierta. Carlangas se acercaba para tomar el bolso de Zoraya, pero ella lo descubre y retrocede. Luego, le pagan a Memín, y al inclinarse para agradecer, se le cae la peluca, quedando al descubierto. El negrito agarra el bolso, pero luego Roberto lo pone bajo su poder con su mirada hipnótica (ejem, la hipnosis no se supone que haga efecto inmediato, nadie es así de bueno, aunque es verdad que Memín si es así de tonto). Pone a Memín sonámbulo (¿?) y sus amigos corren a ayudarlo. Mientras Ricardo y Ernestillo tratan de impedir que camine hacia el mar, Carlangas ataca a Roberto. Zoraya defiende a su novio golpeando al chico con el bolso. El turista recoge las cosas que prestó, quejándose de que se las mojaron. Rogelio le avisa a Mercedes que llame a la policía, y va con Carlangas, que se quita un zapato, arrojándolo hacia Roberto cuando se disponía a escapar con su cómplice. Llega la policía, y rápidamente apresan a los dos. Mercedes saca la tarjeta clonada, y Carlangas exige a Roberto que libere a Memín del influjo hipnótico, pero éste se rehúsa. Con una buena patada en la pierna, lo convence de hacerlo, y así ponen al tanto a Memín. Los Arcaraz los acompañan a la delegación, comentando del truco que debieron haber utilizado para cometer el fraude (¿Qué caso tiene deducirlo cuando el asunto ya se resolvió?).

Como la primera de las totalmente nuevas historias de Memín, resulta ser un giro muy extraño el haber cambiado el encuentro con el adivino, con un hipnotizador estafador, planteando toda esta chorrada de persecución tan tonta. Y apenas es el principio, me temo. Historias peores y más zafadas nos aguardan.