domingo, 6 de septiembre de 2009

Memín Pinguín #328-335

Durante las fiestas patrias de septiembre, Memín descubre el vicio secreto de Concha. Con los planes del señor Vargas cada vez más serios en cuanto a contraer matrimonio con ella, Ernestillo queda en una encrucijada, en la que sólo le ayudará la intervención no solicitada del negrito.

Electrocutado al tratar de conectar los cables de luz, Memín no puede zafarse. Carlangas y Ernestillo comparten su destino al tratar de ayudarlo, prendidos los tres. Don Cayetano no puede hacer nada para ayudarles, admitiendo que eso nunca había pasado (pero con Memín todo puede pasar, casi siempre lo más raro e infortunado). Eufrosina se molesta con el parpadeo de las luces, creyendo que Memín está jugando, y sale a investigar, encontrándose con el fatal accidente. Ricardo ha oído que la seda ayuda a cortar la electricidad, y Eufrosina le ofrece la pañoleta que nunca se quita para aplastar sus greñas. Con esto, consigue liberar a Carlangas y Ernestillo. Don Cayetano se ofrece para agarrar él a Memín, ya que se quedó colgado. Pronto, el negrito es tendido en la cama, sumido en la inconciencia, rodeado de Eufrosina y sus preocupados amigos. Don Cayetano va a traer a un amigo cercano, aprendiz de doctor, para que lo atienda. Memín reacciona al escucharlo decir advertencias sobre cuidado con robarle oxigeno, creyendo que hay ladrones. El seudomedico le da una inyección para calmarle los nervios y al preguntar como transcurrió el accidente, Eufrosina le cuenta del método práctico que utilizan ahí para tomar luz eléctrica gratis, y él le advierte que eso es ilegal, por no decir peligroso, y que es mejor solicitar el servicio (se diría que en esos años la gente no era tan quejumbrosa ante los costos de la luz).
Ya cuando su hijo está recuperado, la lavandera le informa del peligro que corrió, y que ahora sabe que es un delito. Memín se justifica con alegatos que le dijo Don Cayetano, pero a Eufrosina le vale, anunciando que solicitarán el servicio. Le sirve el desayuno y le recuerda que hay que ir a escuela, pero como de costumbre, el negrito pone pretextos, solicitando más tiempo para reponerse. Tachándola de ser una desconsiderada, la orilla a tomar la tabla con clavo, y eso basta para que se apure en irse.
Sus amigos comentan sobre el incidente cuando lo ven llegar. Memín confiesa haber olvidado la tarea y le caen los reproches por su falta de responsabilidad. En el salón, el maestro se retrasa y Carlangas sugiere a Memín aprovechar el tiempo y hacerla, pero él no hace caso, y le pregunta a Ernestillo como va la casa con la señora Concha. Ernestillo admite que está bien, disfrutando de los alimentos que prepara, pero con todo, algo le incomoda, haciéndole ver que él no entendería su situación, aunque Memín insista que si. El profesor Romero llega y empieza a hablarles de la tarea que encargará en las vacaciones de septiembre (¿vacaciones? Solo son un par de días), y Memín objeta para proponerle que no les deje nada. Comenta sobre que aprovecha mejor el tiempo en actividades ociosas, rechazando la idea de trabajar porque es “antihigiénico” y “deprimente.” La clase se ríe de la absurdez de las palabras de Memín, y Romero lo reprende. Empieza a dictarles lo de la tarea, pero como Memín se distrae en sus propias reflexiones, le llama la atención con un jalon de orejas y endilgándole un trabajo adicional. A la salida, sus amigos lo critican por ser tan flojo y empeorarse las cosas por sinvergüenza. Él replica molesto y les hace perder la paciencia. Ernestillo sugiere que le den el cortón hasta que cambie su modo de pensar, y dicho y hecho, los tres se apartan, comentando entre si sobre sus planes para la celebración del 15 de septiembre. Al entrar a su casa, que ahora está tan ordenada, Ernestillo se acongoja al pensar en su madre, y Conchita lo saluda, señalándole que aun la trata con formalidad, insinuando que su presencia puede serle molesta. En eso, llega el señor Vargas, y Concha pone la mesa para comer. El señor Vargas propone que vayan al zócalo y Ernestillo sugiere que vayan todos. Concha considera que es mejor que él acompañe a sus amigos porque así lo pasara más a gusto, y se quedan deliberando, hasta concluir en que siempre si vayan los tres juntos.
Memín admira la decoración en su nueva vecindad, que tiene mucho mejor aspecto (lastima que sólo dejan las calles así en tiempos de fiesta, luego es puro cochinero). Eufrosina se encuentra cocinando pambazos, impidiéndole a Memín tomar uno, ya que Don Cayetano se los encargó para la fiesta en la noche. Memín insiste, pero nada consigue y se tiene que aguantar los deseos de probarlos, hasta que Cayetano viene por estos, solicitándolo para que ayude a repartir y permitiéndole servirse uno. Afuera, Cayetano reparte cohetes entre los jóvenes. Le da uno a Memín, pero no sabe como prenderlo. Un muchacho que anda fumando, le aconseja utilizar un cigarro de…. ¿mariguana? Al menos eso dice al final del No. 328, en el resumen inicial del 329, ahora dice que con uno que tenga filtro. ¿Falta de atención a la hora de escribir el guión o intento de retracción?
En su ingenuidad, Memín pide un cigarro con filtro, siendo regañado en su primer intento, y así pasando por otros similares, hasta dar con uno que no tiene miramientos en convidarle. Memín le da una calada, sufriendo las consecuencias del humo al instante. A pesar de todo, insiste en tenerlo en la boca, pero antes de que pueda prender el cohete, Eufrosina, quien sale vestida para la ocasión, se lo quita de un manotazo. Memín se apresura en aclarar que sólo quería prender su cohete, lo que a ella tampoco le parece porque es peligroso. Él le recuerda que debe hacerlo para celebrar que es 15 de septiembre. Eufrosina demuestra una tremenda ignorancia al no saber que tiene de especial el día (y una gran amnesia en cuanto al hilo argumental, ya que antes han celebrado esas fechas y ella estaba un poco más enterada), diciendo que sólo salió a unirse a la fiesta y cuando Memín trata de contarle sobre la importancia de la historia, malentiende que es el nombre de la organizadora del evento. Sin explicación, cambia de parecer y lo deja tronar los cohetes, uniéndose a su entusiasmo, pero luego un buscapiés se mete entre los dos, agitándolos. La celebración aumenta su fervor con los fuegos artificiales, dando pie a los gritos y los bailes.
Después de haberse ido a pasear los tres, el señor Vargas deja ir a Ernestillo a que se una con sus amigos, ofreciéndose a acompañarlo para concertar asuntos con el señor Arozamena, mientras Concha insiste en quedarse sola. Los tres amigos y los dos padres, se reúnen para atestiguar más fuegos artificiales y embriagarse del patriotismo. Ricardo menciona como quisiera acompañar a sus padres en la fiesta del palacio (como el señor Arcaraz es diplomático y eso), lo que seria más adelante si él conserva su importante puesto. Empiecen a preguntarse por el ausente Memín, decidiendo pasar a verlo a su vecindad en donde también están de fiesta.
Memín juega a ser jefe de infantería con unos niños. Como uno de ellos no le muestra respeto, ordena a los otros que lo castiguen por insubordinación, iniciando una percusión que los lleva a tumbar la mesa donde están los pambazos. Don Cayetano cacha a Memín, quien le da una patada para defenderse, pero no puede evitar que lo lleve del brazo con Eufrosina. Después de darle una buena regañiza, y Memín aprovecha para hacer mofa de otra confusión en que Eufrosina malentendido los términos, recibiendo un jalon de orejas en castigo. Sus amigos acuden en ese momento, informando de su vuelta por el zócalo, apuntando que él no fue por el disgusto que tuvieron. Eufrosina exige saber cual fue la causa del disgusto, y ellos casi lo queman, pero Memín se pone abusado con un cuento chino que sólo confunde más a Eufrosina. Ernestillo pide permiso para que al día siguiente lleven a Memín al desfile, y luego vayan a su casa para probar la comida de Concha. El negrito lo consigue sin mucha trabajo.
El 16 de septiembre, los cuatro amigos están en primera fila, a punto para el desfile. Conforme aumenta la concurrencia, para poder ver mejor, Memín opta por apartar a la gente pinchándola con un alfiler, pero Carlangas se lo quita. Comienza el desfile, y cuando pasan los militares a caballo, Memín se dispone a saludarlos, ignorando la advertencia de Carlangas de no exponerse a ser atropellado. Siguiendo el “ejemplo” de su padre muerto, Memín acaba metiéndose entre los caballos, agachándose y preocupando a sus amigos, que temen que haya sido aplastado. Desafortunadamente, el negrito sale ileso y de inmediato le caen los reproches. Cuando Ernestillo le recrimina, Memín le espeta su “maldición” de que Concha se vuelva su madre, enfureciéndolo y haciéndolo amenazar con terminar la amistad. Los otros le preguntan que tiene que ver con su persona y les recuerda de lo que pasó con Venancio (¿le dice eso por despecho y luego trata de solidarizarse? No tiene sentido). Olvidándose de todo, acompañan a Ernestillo a su casa, y les pregunta sí podrán quedarse a comer. Al señalar a Memín, los otros se extrañan de que le invite después de sus groserías, pero Ernestillo lo perdona por ser su amigo (no parecía tan comprensivo momentos antes). En el camino, Memín no deja de molestar a Carlangas y Ricardo, impacientándolos y amenazando con darle cortón otra vez. Carlangas le dice lo que deberían hacerle, y luego acaban riéndose los tres, dejando a Memín sin entender. ¿Qué fue tan gracioso? No se, tal vez la cara de Memín, porque no dijo nada realmente ingenioso.
En la casa, los muchachos se detienen a saludar al señor Vargas. Memín es atraído directamente a la cocina al percibir los olores. Al entrar, descubre a Concha bebiéndose una botella de licor. Tropieza con un bote de basura, alertándola de su presencia. Memín trata de disimular lo que vio, pero la mujer, para no correr riesgos, le pide que no diga nada, porque el señor Vargas no aprobaría eso. Memín se hace tonto alegando que no entiende porque debería comentar al respecto (no olvidemos que es un chismoso de lo peor), y Concha le dice que puede ser su amiga y darle todo lo que quiera a cambio de su silencio. Viendo una buena oportunidad para disfrutar de su gorronería y desquitarse de sus amigos, Memín consigue que le sirva de comer por adelantado. Sus amigos y el señor Vargas andan comentando sobre él, y sus innumerables defectos, reparando en su presencia. Ernestillo es decomisado para preguntar a Concha si está lista la comida, y la halla sirviéndole a Memín. Empieza a regañarlo, pero ella excusa que él fue a saludarla y por eso ella le sirvió para agradecer su amabilidad. La reacción de Ernestillo es retirarse sin decir nada, apenando a Concha. Ella lo apura a que coma rápido y así se reúna con los demás, pero el negrito se toma su tiempo. Ernestillo entera a los demás de que Memín comió antes que ellos, y le critican su glotonería, aunque no comprenden porque se ganó a Concha tan rápido. Poco después, ya se encuentra todos comiendo, incluyendo a Memín, que no tiene llene. Concha se la pasa sirviéndole todo lo que quiere, y cuando ellos le preguntan el porque, admite que es por guardarle un secreto. El mismo señor Vargas inquiere en que consiste el secreto, y Concha no tarda en intervenir para que no la quemen, diciendo que es del tipo culinario, que atribuye a utilizar licor para sazonar el pollo. Ellos se lo tragan, y a la hora de la despedida, Memín ya anuncia volver al día siguiente a comer más.
En la casa del negrito, Eufrosina lo reprende cuando cuenta que comió un “pollo borracho”, creyendo que estuvo tomando. La saca de su error y se contentan con los arrumacos acostumbrados. Don Cayetano viene a invitarlos a que vayan por el zócalo en compañía de otros vecinos, pero Eufrosina está cansada, y deja que Memín vaya con ellos. En el zócalo, el cielo es iluminado por anuncios festivos (en los que hasta le arregla el nuevo dibujante anónimo para que salga el año 2008, pese a que se supone que aun utilizan los guiones usados anteriormente por los sesenta o setenta). Don Cayetano le advierte que no se separe de ellos o se perderá, y eso es justamente lo que hace Memín al quedarse atontado, viendo la iluminación. No ve a los vecinos por ningún lado y no haya como regresar. En eso, encuentra a Concha, bien briaga después de haber tomado varios tragos, y en su estado tampoco sabe como volver a casa. Le pide a Memín que la ayude, ignorándolo cuando expone que tiene sus propios problemas. Memín acaba llevándola de la mano, y en el camino, se topan con un policía preguntan por direcciones. Al estar tan borracha, Concha acaba diciendo lo que piensa, pero Memín logra disimular para que el oficial no se de cuenta. Después, ella se siente mareada y se abraza a un poste, donde se resigna a esperar a que la casa venga a ella. Con dificultad, Memín la convence de seguir caminando, y después de muchas horas consiguen llegar a la casa de la familia Vargas. Ajenos a todo esto, Ernestillo y su padre pasan a comer tras haber asistido a una función de cine. Comentan sobre la película (agudas observaciones del señor Vergas, lastima que no dicen que peli era), y Ernestillo menciona de las ventajas de dejar a alguien cuidando la casa en su ausencia. El señor Vargas lamenta que Concha no quisiera venir, suponiendo que aun no se siente en confianza. Mientras, Memín deja recostada en la cama de su cuarto a la borracha, quien pronto se queda dormida. Al salir, le salen al encuentro Ernestillo y el señor Vargas, tomándolo por un ladrón, pero no tardan en distinguirlo una vez que prenden la luz. Preguntan que hace en la calle a esas horas de la noche sin supervisión adulta, y Memín responde que anduvo con Concha. Como la dejaron cuidando la casa, ninguno de los dos le cree, pero el negrito sostiene que así fue, pero no se queda para dar más explicaciones.
Don Cayetano entera a Eufrosina de que se separaron de Memín y que debe andar vagando por la ciudad. Angustiada, le exige que lo busque o lo acusará de secuestro (¿?). Cayetano se queja del problema en que lo metió el inconciente negrito, cuando éste entra muy campante a la vecindad. Le da un golpe en la cabeza por atarantado, seguido de un regaño y una discusión que acaba cuando menciona a Eufrosina. Memín corre a la casa, hallándola rezando a la Virgen, por enésima vez. Siguen los tablazos y la muestra de amor filial (esto ya se volvió muy monótono). Al día siguiente, en la escuela, Ricardo y Carlangas comparten impresiones de Conchita, concordando en que parece buena gente. Cuentan de su forma de preparar el pollo, y Memín apunta a que es mentira, insinuando que no era el pollo el que recibió al licor, sino ella. Carlangas lo considera un embustero, y eso hace que Memín se enfade y no quiera contar el chisme completo. Ernestillo se les une, mencionando que desayunaron chilaquiles en su casa, y Memín no deja de mencionar sus propiedades curativas para la resaca que debía tener Concha tras la borrachera. Los tres ya lo andan viendo feo, pero lo salva la campana. Ricardo queda intrigado y pide que Memín le cuente el chisme en el recreo, pero se entretiene pensando en eso en las clases, distrayéndose, y Romero lo castiga obligándolo a quedarse en el salón. A la salida, invita a Memín a comer a su casa, y él insiste que les sirvan de inmediato para luego comer en la suya (es un pozo sin fondo). Ricardo pide que le cuente el chisme en el camino, y Memín procede, después de hacerle prometer que no olvidará la invitación por lo que le dirá. Así, se atasca de comida y Ricardo trata de ver una solución para el problema sin enterar a Ernestillo. Acuerdan reunirse con Carlangas para pensar más a fondo el asunto. Los tres amigos deliberan al respecto, sin dejar de alegar sobre que es algo que no les concierne, y al final, deciden que primero deben confirmar que esa señora sea alcohólica y los incidentes no resulten mera coincidencia.
En casa de Ernestillo, sus tres habitantes están comiendo juntos, cuando el señor Vargas menciona que Conchita ya lleve un mes con ellos, y quiere saber si se ha acoplado y desea continuar. Ella asegura que si y se ha sentido como en su casa con aparente modestia. El señor Vargas empieza a insinuar la propuesta matrimonio para estrechar el lazo, pero Ernestillo no puede evitar ponerse de pie con brusquedad, orillando a su padre a exigirle que pida perdón por su grosería. El chico obedece, pero cuando está solo, se echa a llorar, no queriendo que ocupen el lugar de su madre (no es para tanto, si sus padres estuvieron divorciados ahí si tendría motivos, pero si no, se ve muy raro). Memín llegaba en ese momento, a seguir la sugerencia de vigilar a la mujer, y no pierde oportunidad de consolarlo, negándose a dejarlo cuando le exige que se vaya. Ernestillo lo entera de que su temor se ha cumplido y su padre pretende casarse con ella, expresando su egoísmo de que Concha es buena pero no por eso podrá reemplazar a su madre. El negrito ofrece sugerencias que Ernestillo encuentra descabelladas. Entonces, Memín insinúa lo que descubrió sobre Conchita y él exige que se lo diga. Pero en eso llegan los otros dos, que quieren invitar a Ernestillo a jugar, y como Memín dice una de sus ocurrencias, a él le toca recibir coscorrones. Ernestillo les confirma lo de las intenciones de su padre, y entre los cuatro sigue otro interminable debate al respecto, con una que otra tonta sugerencia por parte de Memín. A sabiendas de la posibilidad de que ella sea alcohólica, Memín piensa que deben enterarlo para ver si así la acepta, pero Ernestillo no lo cree prudente. Va a pedir permiso a su padre para salir con ellos, encontrándolo hablando con ella. Él le propone tratarla un poco más de tiempo antes de casarse y Ernestillo se esfuerza por aceptarlo, pero sigue afligido, y la misma Concha apoya la idea de su padre para dar de su parte. Al volver con sus amigos, todos ellos lo consuelan como pueden. Se ponen a jugar lotería, pero eso no logra distraer a su amigo ni cambiar su estado de ánimo. Después de despedirse, Memín asegura que él solo puede arreglar el problema, pero Ricardo y Carlangas le advierten que ya no se meta. En su casa, Eufrosina le pregunta por la tarea, y Memín excusa que tiene cosas más importantes en que pensar, apuntando al problema de Ernestillo. Memín se pone a contarle, haciéndose bolas en cada oración, lo que acaba con Eufrosina jalándole las orejas por no atinar a explicarle mejor, pero todo apunta al caso de su amigo, que con todo, el vicio del alcohol no permitiría a Concha encajar en su familia. Ernestillo encuentra un día a Concha sugiriéndole a su padre tomar un trago, el remedio para las penas, pero por fortuna, él lo rechaza. De todas formas, el chico se interpone, logrando afligir a Concha. Juan arremete contra su hijo, y éste dice que no puede evitar recordar aquellos días tristes en que ambos sufrieron por el alcoholismo. Lo abraza para admitir que casi faltó a su palabra, pero que no lo hará más. Concha los mira desde la puerta, sintiendo que por culpa suya pone en riesgo la estabilidad familiar, considerando la idea de irse. La platica de padre e hijo continua, ahora tomando otro enfoque, en que Juan explica su necesidad de casarse para no quedarse solo cuando él se vaya, ya que es inevitable, por más que el chico diga que nunca lo hará. Ernestillo reafirma su conformidad con lo que pase y aceptará lo que él decida. Sin embargo, el tiempo pasa y sigue recelando la presencia de Concha. Un día, la escucha cuando habla con su amiga que vino de visita, contándole su necesidad de ocuparse en algo que la distraiga cuando está sola. Ella le aconseja que trabaje cosiendo o tejiendo, comprometiéndose a ayudarle con la venta de lo que confeccione. Y así lo hace Concha, pero Ernestillo se percata de que el dinero que gana, lo basta en la botella, quedando muy decepcionado por su falta de voluntad. El señor Vargas llega con hambre a la casa, y Ernestillo se ve obligado a servir, ya que Concha está ebria y se ha encerrado en su cuarto, algo que se volverá costumbre para que no exponer su vicio. Le oculta esto a su padre, alegando que ella está muy cansada, y el señor Vargas no lo pone en duda, confesando que está enamorándose de Concha.
Ernestillo siente pena por su padre, y otra vez afligido, más tarde se encuentra a Memín en la calle. El negrito supone lo que le pasa, diciendo haber visto a Concha llevando su “medicina” más de una vez, y culpa a Ernestillo por no haber atendido sus sugerencias anteriores de deshacerse de ella. Los dos se ponen a discutir, desviándose del tema por un trabalenguas que se avienta Memín, cuando Ricardo y Carlangas se les unen. Empiezan debatir de nuevo sobre el problema, y Ernestillo insiste en que no quiere que su padre sepa en lo que ella anda. Así, no encuentran la solución, pero el metichón insiste en que él sabe como arreglarlo todo.
El señor Vargas llega con flores para regalarle a Conchita, invitándola a comprar ropa y zapatos. Ella acepta encantada, y Ernestillo y sus amigos los ven irse. Después, como Memín sigue queriendo entrometerse, acaba hartándose de que sus amigos lo critiquen por eso, y opta por largarse, lo cual si le aprueban. El siempre buen Ernestillo lo retiene un poco, admitiendo que él si sabe lo que está sintiendo y que agradece su apoyo desinteresado. Después de las compras, Juan y Concha encuentran a Ernestillo, quien se quedó en la mesa, reflexionado todavía sobre su problema. Ahora sí, su padre quiere hablar en serio sobre su idea de casarse con Concha, pero que no puede, porque siente que él no es sincero y no está dando su consentimiento. Ernestillo promete hacer lo posible, y se retira.
En la escuela, Memín nota que su amigo sigue desanimado por lo de Concha, y sugiere que sigan hablándolo con los demás, pero él ya no quiere insistir, aceptando que no hay solución. Pero el negrito no comparte esa decisión, y se pone presto a intervenir a su manera. En casa, vuelve a tener problemas con Eufrosina cuando ella le exige que atienda sus deberes escolares en vez de meterse en lo que no le importa. Pero es inútil y Memín no logra concentrarse en eso, y de pronto, se le viene una idea. Grita emocionando al recibirla en su vivaracho pero despistado cerebro, provocando que a Eufrosina se le caigan los frijoles, riñéndolo y jalándolo de la oreja (parece que ya le da más por hacer eso que darle de tablazos). En cuanto ella se retira, dejándolo “estudiar”, Memín persiste en cumplir su plan, viendo un inconveniente para conseguir una botella de licor. Al encontrar una manera, sale corriendo, directo a la tienda de Don Venancio, quien vuelve a ser como era antes, olvidando completamente los conflictos que hubo entre ellos (¿casi ser arruinado por Memín y ser molido a golpes por Eufrosina? Lo último debió causarle amnesia). Le pide al español que le regale una botella de licor para una vecina para tratarle un dolor de estomago, pero éste pregunta si más bien no será para Eufrosina. Creyendo acertadamente que así será más fácil que se la suelte, por su relación pasada (¿cual? si la pretendia por puro interes), Memín afirma que si, y el español se la da sin miramientos, comentando que lamenta que las cosas no funcionaran entre ellos, pero que pueden seguirlo contando como amigo, confesando haberse casado con la otra mujer (la tal Cuca, que aquí cambia su nombre a Refugio), con quien no la pasa muy bien que digamos. Dándole las gracias, Memín corre hacia la casa de Ernestillo. Encuentra sola a Concha, y le ofrece la botella para que beban juntos. Ella pregunta en nombre de que, pero Memín no alcanza a decirle nada concreto, cuando ella cede ante la tentación y deja que le sirva vaso tras vaso. Pronto, la mujer acaba embriagándose, y le exige que él también tome. Como se pone necia, Memín accede, pero a la primera le empieza a arder la garganta. En eso, llegan Juan y Ernestillo, y Concha sale a recibirlos, expresándose vulgarmente a causa de su estado, mientras el negrito se apura a esconderse. El señor Vargas está increíblemente decepcionado, y ella admite sin tapujos que le encanta la bebida y que está harta de la forma aburrida en que ellos viven. Ernestillo descubre a Memín, que se había tratado de esconder, deduciendo que todo es obra suya, y él lo admite, pero lo regaña porque esto dañará mucho a su padre. La amiga de Concha viene en ese momento, y estando ésta tan briaga, se indigna y hace sus maletas para irse a vivir con ella de nuevo. Ernestillo expresa a Memín su temor de que esta decepción haga a su padre volver al vicio. Eso es exactamente lo que sucede, yendo directo a sus compras en bebida alcohólica. Las dos mujeres se van sin despedirse siquiera, observadas por Memín y Ernestillo, y cuando llega el señor Vargas, le hacen saber de su partida tan maleducada.
Distinguiendo el alcohol que trae, Memín confirma que Ernestillo supuso bien, y ahora éste lo anda corriendo para que los deje solos. El negrito lo considera ingrato por no agradecerle el haber conseguido librarse de la mujer, pero Ernestillo le insiste en que se vaya.Irritado, vuelve a casa, donde suelta maldiciones que Eufrosina acalla con otro jalon de orejas. Ya cuando le sirve de comer, la entera de lo sucedido, y ella opina que aquella mujer hizo mal en irse así, ya que el señor Vargas es un buen hombre que le hubiera dado todo.
Sumido en la desesperación, Juan le ordena a Ernestillo que le sirva, y muy a su pesar, el chico lo hace, pero luego le echa en cara que antes se justificaba en tomar por el recuerdo de su esposa fallecida, y que ahora ya no hay razón. Juan confiesa que se hizo ilusiones con formar un hogar con Concha, pero después de eso, sólo quiere olvidarse de todo, y para eso tiene que beber. Ernestillo lo comprende, y le exige que lo deje tomar a él también, para que los dos estén juntos en esa errática ruta. Ante esto, Juan toma la botella, y la estrella contra el suelo, siguiendo a un abrazo de padre e hijo, en que éste pide perdón, que es más efectivo para empezar a disipar las penas.
Ernestillo despierta más animado en la mañana, comprometiéndose a ayudar a su padre a seguir adelante ahora que Concha no les ayudará más. Se retrasa un poco, ocasionando comentarios entre sus amigos del porque de su ausencia, lo que es tomado por Memín para confundirse en términos de palabras que no comprende. Ernestillo por fin llega, y le cuenta a Memín que las cosas empiezan a arreglarse, dándole las gracias y diciendo que luego podrán comentar de esto entre los cuatro. Cuando lo hacen, Memín cuenta como consiguió la botella.
En ese momento, Eufrosina pasaba por la tienda del español, y éste la saluda, diciendo estar alegre por verla mejor. Le hace saber que le dio a Memín una botella de licor para “aliviarla”, y ella disimula su contrariedad, siguiéndole la corriente. No encuentra ninguna botella y no recuerda haberlo visto borracho, pero de todos modos toma la tabla con clavo y se queda esperando su regreso de la escuela. Memín no acierta a decirle nada (parece que nomás contó de la metida de pata de la alcohólica y no que fue él quien ayudó a exponerla aprovechándose de la generosidad de Don Venancio), y recibe una buena tunda. Después, Eufrosina lo echa a la calle, advirtiéndole que no le dará de comer, pero que de todos modos regrese a la mera hora (¿Como?).

Así, Memín acaba reuniéndose con sus amigos para vivir la más extraña de sus aventuras. Pero no tan extraña como la movida del cambiazo del dibujante, quien difícilmente logra otorgarle “vida” a la imagen como Don Sixto hacia. Los personajes se ven de lo más inexpresivos, caricaturescos, pero no en el sentido “animado” sino el de ilustraciones burdas e inmóviles. Memín es el más vistoso por sus peculiares atributos, que aquí con este trazo no le hacen justicia. Pero si es lo mejor que pudieron conseguir, ni modo, habrá que acostumbrarse.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Memín Pinguín #325-327

Memín y Eufrosina se mudan a una nueva vecindad. El padre de Ernestillo decide invitar a una vieja amiga a mudarse con ellos para realizar los quehaceres domésticos, pero el temor a que eventualmente tome el lugar su madre fallecida, angustia al muchacho y el metiche de Memín se solidariza, dispuesto a apoyarlo, le guste o no.

Eufrosina levanta a Memín para recordarle que se van a mudar. Llega Ernestillo para acompañarlo a la escuela, ignorando la amenaza de Memín de que no diga nada para no ir (flojo, como siempre). Eufrosina le ordena que acompañe a su amigo, considerando que ya tuvo muchos días de “descanso” después de la crisis anterior. Trata de poner excusas, pero es inútil, e irá a escuela quiera o no en lo que ella busca donde mudarse. Ernestillo le recomienda un lugar cerda de su casa donde se alquilan viviendas, y ella toma nota. Eufrosina revisa las casas que ofrecen, y se decide por la más barata y modesta, aunque tenga uno que otro defecto.
El maestro Romero saluda a Memín, advirtiéndole que tendrá que estudiar más, e incluso presentarse en su casa para recibir asesorías extra de su parte. Memín se queja de tanto estudio, pero el maestro le dice que ya verá si algún día le agarra el gusto (como cree en milagros). A la salida, sus amigos lo acompañan a casa, donde Eufrosina notifica que ya tienen donde establecerse. En breve, los dos están bien instalados, pero a Memín le parece tétrica la vivienda, porque está muy oscuro y solo tienen una vela para iluminarse. Un vecino rollizo que se presenta como Cayetano Rodríguez les da la bienvenida, mostrándose amable y simpaticón. Viendo que están a oscuras, les enseña a conectar la luz eléctrica, un procedimiento poco ético que está penado por la ley (pero no les avisa de eso), el cual todos por la vecindad saben aplicar cuando se requiere. A Memín no le agrada ver que toma confiancitas con Eufrosina, y el hombre ya les extiende la mano para lo que necesiten. Al preguntarle en que trabaja, dice tener un coche convertible, haciendo una broma de cómo cambia la mercancía en las tres horas del día (vendedor ambulante de tamales, paletas y tacos). Se ríe de su propio chiste y se despide, dejando buena impresión en Eufrosina, aunque Memín le advierte que no se alborote otra vez.
A la mañana siguiente, Ernestillo viene a visitarlos, y Memín se levanta para salir a dar la vuelta con él. Viendo tan animado al negrito, Ernestillo opina que Don Venancio significó una verdadera molestia, y libre de ésta, vuelve a ser él mismo. Memín comenta que no le desea que a nadie le pase lo que a él. Irónicamente, es lo mismo que está por pasarle a Ernestillo, mientras ellos se entregan a un partido con sus amigos y otros niños.
El señor Vargas encuentra de casualidad a Conchita, una vieja amiga suya y de su fallecida esposa, Lupita. Los dos concuerdan en que no los ha tratado bien la vida; a él desde la muerte de su mujer, y a ella que vive de arrimada con una amiga en un trabajo que no le parece.
Los cuatro amigos comentan sobre el juego que tuvieron, llegando a la carpintería, donde el señor Vargas los saluda. Le habla a Ernestillo del próximo trabajo acordado, y luego que se despiden los demás, él le dice que invitó a Memín a comer porque Eufrosina estará ocupada en la nueva residencia. El señor Vargas contempla el desorden en que se encuentra su hogar, admitiendo que necesitan de las atenciones de una mujer, ya que los hombres no sirven para eso (algunos). Admite haberse cansado de ese ritmo de vida y se retira a otra parte de la casa. Memín le sugiere a Ernestillo que su padre puede haberse enamorado, y el chico replica que no lo cree capaz. El negrito le recuerda su caso, pero Ernestillo dice tener confianza en que su padre nunca pretenderá a otra mujer. El señor Vargas se vuelve y alcanza a escuchar, exponiéndole que se siente solo, y que en verdad necesitan ayuda para mantener la casa, ya que no entre los dos no pueden. Comenta que ha reencontrado a su vieja amiga Conchita, y piensa seriamente en invitarla a que viva con ellos. Ernestillo siente algo de pesar, pero dice que aceptará lo que su padre decida, aceptando que no tiene derecho a negarle la felicidad. Memín sugiere que antes de aceptar, debería conocer a la mujer y Ernestillo le pide que no se meta. El señor Vargas aprueba la idea, proponiendo buscarla y presentarla primero. Memín sigue metiendo las narices, recordándole lo que pasó con Venancio, haciendo que Ernestillo pierda la paciencia y le grite. Después de que el fastidioso se retira, el chico le reitera a su padre que no se opone a sus intenciones. El señor Vargas considera que no puede precipitar su decisión de unirse a ella, dándole tiempo para convivir con ellos para ver que sucede, y Ernestillo da su aprobación.
En su nueva casa, Memín le cuenta a Eufrosina de lo que sucede con el padre de su amigo, y ella concuerda en que necesitan una mujer que los ayude, por lo que no hace nada malo. Mientras, ellos se la pasan arreglando la casa, concluyendo que en verdad es un trabajo difícil y que la asistencia de una mujer es indispensable.
Al día siguiente, Memín sigue preocupado por lo que no debería importarle y llega temprano a la escuela, encontrando solo a Carlangas para hacer correr el chisme. Por supuesto, su peculiar manera de narrar las cosas hace que su amigo tarde en entenderle, y cuando al fin lo comprende, le pregunta que vela tiene él en el entierro, si es algo personal entre Ernestillo y su padre. Carlangas pierde la paciencia y le da un coscorrón. No tardan en venir Ricardo y el mismo Ernestillo, quien arremete contra Memín por andar contando que su padre pretende casarse, aclarando que de momento, sólo buscan a quien pueda ayudarles con los quehaceres del hogar y que es un comentario hipotético. Con todo, Memín insiste en que dijo la “verdad” y entre Ricardo y Carlangas le acomodan más coscorrones para callarlo. El señor Vargas encuentra a Conchita, dándole su propuesta de trabajar para ellos, a cambio de estancia y alimentación. Viendo la ventaja de que no es un trabajo forzado que la acomodará muy bien, ella considera darle una afirmativa respuesta al día siguiente. El señor Vargas se retira contento, esperando que haga buenas migas con su hijo. Más tarde, lo encuentra trabajando en la carpintería, enterándolo de que le hizo la oferta a Concha y es casi seguro que aceptará. Ernestillo se muestra algo contrariado, pero se atiene a los deseos de su padre.
Ricardo y Carlangas se dirigen a la carpintería, comentando del caso, creyendo que no es nada. Al llegar ahí, lo encuentran acondicionando la bodega que pronto servirá de recamara, dándoles a entender que tendrán “nuevo miembro en la familia”. Satisfecho porque esté arreglado el cuarto de Conchita, el señor Vargas deja ir a Ernestillo a pasarla con sus amigos. Los tres se sientan en la banqueta, con Ernestillo preocupado y Carlangas y Ricardo dando sus condolencias (¿Por qué? En verdad que no significa ningún problema, el egoísmo de los hijos de padres viudos si que es tremendo). Memín se les une, pero con el humor que se cargan, le espetan el haber andado de chismoso, exigiéndole que guarde silencio. Ernestillo, más comprensivo, les dice que dejen a Memín quien sólo dijo lo que ya sabia, pero no quería aceptar. El negrito se pone entre ellos para que le cuenten que pasó, pero ellos se levantan y lo dejan, insistiéndoles en que es muy enfadoso y ya no lo soportan por lengua larga. Memín les dice a sus espaldas burlones apodos dedicados a Carlangas y Ricardo, y cuando le piden que se los repita, echa a correr, despidiéndose alegremente. Ernestillo sonríe, admitiendo que a veces el negrito le levanta el ánimo a cualquiera con su simpatía.
Conchita comenta con la amiga que la hospeda de su intención de mudarse con su viejo amigo, Juan. No le importa perder el trabajo que tiene ahora, segura de que desempeñará bien sus labores en su nueva casa. Su amiga le recuerda que tenga cuidado con volver a entrarle a la bebida, pero Concha asegura que ese vicio ya lo dejó atrás. Al día siguiente, se reúne con él para hacerle saber que acepta, y que empezará de una vez. Juan le muestra el interior de la carpintería y la habitación que ocupará, expresando su deseo de que se lleve bien con su hijo ejemplar.
Ernestillo anda afligido en la escuela, inseguro de que actitud tomar ante esa señora cuando la conozca. Memín le sigue dando con lo que pasó con Venancio, y acaba auto invitándose a acompañarlo para servirle de apoyo y así juzgar a la extraña que viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Ernestillo replica que es asunto familiar, pero el negrito es tan necio, que acepta su presencia, siempre en cuando, no diga ni pío. Al ver que Ricardo y Carlangas los llaman, Memín se queja de que son unos chismosos fisgones, y Ernestillo le pregunta que entonces que seria él, y excusa que sólo se mete por representar la voz de la experiencia (como sea, se la voltearon). Carlangas y Ricardo se unen a su amigo, para apoyarlo, pero como Memín sigue de entrometido, acaban molestándose con él. Le desean suerte a Ernestillo y se despiden. Concha y Juan hablan sobre la fallecida Lupe, cuando escuchan a Ernestillo llegar. Él ya se anda despidiendo de Memín, pero como éste quiere quedarse, le recuerda que no diga ni una palabra porque seguro meterá la pata. El señor Vargas le presenta a su hijo a Concha, y se vuelve a presentar a Memín, pero éste se mantiene en silencio, limitándose a hacer una reverencia para saludar. Viendo a su padre extrañado, Ernestillo prefiere darle permiso a su amigo para que hable. Y así se presenta con su palabrería acostumbrada con Concha, y claro, mientras más habla, más la mete, admitiendo que vino a conocerla y a juzgarla. Ernestillo le da un coscorrón, exigiéndole que se largue ya que hizo exactamente lo que no debía. Memín se marcha, desquitándose al advertirle que no tardará en sufrir lo mismo que él, cuando ella se vuelva su nueva mama.
Memín llega muy molesto a su casa, y Eufrosina pide una explicación, tabla con clavo en mano. Él empieza haciéndose líos, enojándola al usar adjetivos que la hacen creer que la está insultando. Acaba dándole un jalón de orejas para que se aplaque. Ricardo y Carlangas deciden visitar a Ernestillo, comentando de su problema y de lo metiche que es Memín, a quien no quieren ni ver. Concha retira la mesa para dejarle espacio donde Ernestillo pueda hacer su tarea, y él se ofrece a ayudar, pero ella asegura que pueda hacerlo sola. Cuando recibe a sus amigos, les explica que antes nunca conseguían a alguien que pudiera ayudarles por falta de dinero, y que ahora su padre podrá concentrarse más en el trabajo. Conchita se mete en la conversación, pidiéndole que no le hable con tanta formalidad. Después, ellos le proponen hacer juntos la tarea, sin dejar de hablar mal de Memín, que además de entrometido es un flojo que espera que los demás le hagan el trabajo.
Eso mismo está haciendo Memín, pidiéndole a Don Cayetano que le ayude a prender la luz eléctrica como hizo antes. El hombre no acepta que no pueda hacer algo tan simple por si mismo, poniéndose enérgico a enseñarle como (en realidad, niños pequeños o con la estatura del negrito no deberían hacer eso). Memín se ve obligado a obedecerlo, sin dejar de quejarse por el tono autoritario y exigente de Cayetano, que no tolera a las personas como él. Lo pone a apilar sillas y cajas para subirse en ellas y llegar a los cables. Memín tontea al estar tan encima y se cae, irritando al vecino, que le ordena apilarlas otra vez y hacerlo como debe ser. En ese momento, sus amigos iban a visitarlo después de hacer la tarea, contemplado el horrible vecindario en que ahora vive, donde una jauría de perros les salen al encuentro, pero logran dominar su miedo para pasar entre ellos. El voluble Cayetano sigue dándole órdenes a Memín, indicándole cuales son los polos para que los conecte a los cables, pero al hacerlo, algo sale mal y la corriente lo envuelve. Memín se queda pegado a los cables, sufriendo el choque eléctrico, y sus amigos alcanzan a verlo. Corren a socorrerlo, pero quedan igual de pegados a él al recibir el electrizante contacto. No es el punto conclusivo de este arco, pero hasta ahí queda, ya que es el final de los días de Sixto Valencia como dibujante de la revista. Por diferencias y cuestiones editoriales, no permiten que continúe dibujando el resto de las tramas que realizara por primera vez décadas atrás. Es una lastima, porque con su partida, es como romper la mitad del “algo” que hizo al personaje tan popular. Pero aun quedan varios números escritos por Yolanda Vargas, que a pesar de los extraños giros que ha tomado y tomará la revista, mantendrán viva la esencia del personaje y sus aventuras por un tiempo más.

Memín Pinguín #322-325

Memín huye de casa al no soportar la relación de Eufrosina con Don Venancio, decidiendo convertirse en “hippie”. Su ausencia le permite a ella abrir los ojos y salir en su búsqueda, para después romper el compromiso en forma memorable.

Eufrosina sale con Don Venancio, dejando a Memín solo. Ella lloriquea por haberlo dejado así, y el español la convence de que ya olvidará todo y a la larga aceptará que estén juntos. Memín recoge sus cosas y deja una carta de despedida para su má linda. Marcha errante, pensando en quedarse con sus amigos, pero no cree que sea buena idea, porque Eufrosina podría ir a buscarlo y arruinaría todo. Aun así, pasa a despedirse. Encuentra al señor Vargas en la carpintería, comunicándole que envío a Ernestillo a un mandado. Al enterarlo de su huida, le ofrece un lugar en su casa, pero Memín lo rechaza y sólo le pide que lo despida de Ernestillo y el profesor. Luego se detiene en casa de Carlangas, pero consciente de su carácter, teme que lo golpee, dejándolo noqueado y así lo devuelva a su casa. La puerta se abre para dejar salir al señor Arozamena, que saluda a Memín, estando en camino de ir al cine a reunirse con Isabel y su hijo. Le pide que lo despida de Carlangas y se va por otro camino. En la residencia de los Arcaraz, el jardinero le hace saber que no se encuentran, y le deja el recado de su despedida.
Al volver a casa, Eufrosina encuentra la carta que dejó Memín, exigiendo a Don Venancio que se la lea. La emotiva misiva está repleta de reproches, y la lavandera llora, sin dejarse consolar por las palabras del español, presintiendo que habla en serio y no regresará. Decide ir a buscarlo, pero Don Venancio le dice que no, aconsejándole que esperen, ya que es muy probable que el chico vuelva cuando se de cuenta de su error. Inconforme, ella acepta esperar hasta el día siguiente.
Memín ha decidido convertirse en “jipi”, un vago sin oficio ni beneficio, según sus entendederas. Distingue a una persona de pelo largo con vestimenta “hippie”, tomándola por una chica, pero en realidad era un sujeto afeminado que por casualidad tiene el look típico. Presentándose como Floripondio Flores de la Florida, horroriza a Memín con sus insinuaciones y ademanes, orillándolo a darle un pisotón, para luego atravesar la calle y alejarse lo más lejos posible. Después de ese mal trago, se encuentra con una anciana, que sin más, lo invita a su casa a darle de comer. Confianzudo, Memín va con ella, resultando una ricachona que lo hospeda y le da atenciones, nomás porque si.
Eufrosina sufre de arrepentimiento por haberse dejado guiar por Don Venancio, rezando porque su retoño se encuentre bien.
En la escuela, sus amigos comparten opiniones de la partida de su amigo, pero deciden que no pueden dejarlo vagando por la ciudad, dispuestos a emprender la búsqueda de su persona.
En casa de Doña Margarita, la amable anciana, Memín le confía su intención de ser “hippie”, y ella confiesa que también está interesada y van juntos a buscar un punto de reunión de esta clase de gente. Encuentran un centro, y rápidamente son interrogados por sus intenciones. Inquieren cuanto pueden aportar a su organización (¿de verdad son hippies estos? Se supone que son una agrupación no lucrativa). Memín no compre bien, exasperando al entrevistador con su ignorancia e ingenuidad. Le advierte que se deje de chistecitos y se apegue a sus estrictas normas, o de lo contrario tendrán que disciplinarlo (temo que en verdad aquí se entendió muy mal el concepto de lo que significa ser hippie). Los “hippies” rodean a Memín para castigarlo, y hasta Doña Margarita se pone en su contra, pero logra escabullirse y salir de ahí, prefiriendo hacerse “hippie” por iniciativa propia. Sus amigos visitan a Eufrosina, algo recelosos con ella ya que la culpan de la huida de Memín. Ella les cuenta de la carta, expresando su angustia, cambiando la impresión que tienen sobre su culpa, que en realidad recae en el interesado español. Don Venancio los saluda, comentando de las diabluras que Memín hizo en su tienda y como tuvo que castigarlo. Carlangas sale en su defensa, espetándole que abusó de él porque esta chaparro, y que si estuviera en sus zapatos, ya lo hubiera puesto en su lugar. Se retiran, prometiéndole a Eufrosina que buscarán a Memín.
Mientras, el negrito sufre de hambre y con dinero de su “caja fuerte” (su zapato), se compra una torta. Se dispone a comerla, pero en un descuido, un perro se la roba, y se deja caer al suelo para sollozar.
Afligida, Eufrosina sigue extrañándolo y Don Venancio le apremia olvidarse de él. Dejando salir maliciosos comentarios y criticando sus facultades, provoca que ella se irrite, y empiecen una fuerte discusión, en la que el español opta por abandonar. Tumbado en el pasto, a Memín le cae un bolso en la cabeza. Al revisar su contenido, ve que tiene mucho dinero. Pero fiel a sus principios, encuentra la dirección de su dueña y pasa a su residencia para devolvérselo. No tarda en llegar ahí y el mayordomo le hace saber que la criada se lo extravió. Se asegura de entregárselo a la señora en persona, y ella acepta darle de recompensa lo suficiente para que se costee la ropa y accesorios típicos de los “hippies”. Muy ufano con su look poco convencional de “hippie”, Memín vaga por las calles, y decide dejar señales de su presencia, escribiendo notas en el suelo que indican que él estuvo por ahí, marcadas con flechas. Sus amigos van encontrándose con los mensajes, creyendo al principio que son de un loco, pero acaban hallando más firmados por el “hippie” Memín Pinguín. Acuerdan reunirse de nuevo más tarde con Eufrosina para ponerla al tanto. Eufrosina sigue rezando, y luego pasa por la trastienda, alcanzando a oír a Don Venancio hablando con Dona Cuca, una de las chismosas que la importunaron hace poco. El español le confiesa a la solterona que nunca pensó casarse seriamente con Eufrosina, excusando que fue puro capricho porque le recordaba a una antigua novia mulata de su tierra. Le dice que únicamente la retiene hasta que su hijo acabe de reponer los estropicios causados a su tienda y cuando se canse de ella, la dejará como si nada. Furiosa al descubrir que le vieron la cara, Eufrosina toma una escoba, cachando a Don Venancio cuando le plantaba un beso galante en la mano de Doña Cuca. Aporrea a la ofrecida y luego le reclama al español que por culpa suya se perdió la estabilidad de su hogar. Don Venancio amenaza con romper el compromiso, pero a ella ya le vale y le da un escobazo, retirándose muy irritada a la casa. Ahí, rompe en sollozos, justo cuando los amigos de Memín llegan. Le anuncian que han encontrado pistas que pueden guiarlos a su paradero y ella se alista rápido para acompañarlos.
Memín ha hecho su vivienda “hippie” en un basurero. Ahí se la pasa dándose la vida de vago sin estudiar ni trabajar. Ignora que sus amigos rondan por la basura seguidos de su má linda. Ricardo demuestra ser algo delicado para andar entre la basura, y Carlangas indica que lo dejen internarse solo y esperen ahí. Divisa la casita improvisada de Memín, y lo encuentra dormido. Avisa a los demás, y Eufrosina no pierde tiempo en ir a su encuentro. El negrito despierta bruscamente, trastabillando, y se sorprende al ver frente a él a su “ingrata” madre. Recordando lo que le hizo pasar, desprecia su intento de reconciliarse, aun cuando ella admite que cometió un error y pagó por él. Pero como le sigue reclamando por no ayudarlo cuando el español le dio una zurra, ella admite que eso sí se lo merecía. Memín alega en su defensa que Don Venancio robaba gramos extras del kilo, y ella replica que ellos no deben juzgar. Sus amigos se ponen del lado de ella, y Memín ya enchilado, los quiere correr a todos. Eufrosina pierde la paciencia. Tomando la tabla que él usó para escribir su “nomenclatura”, agarra a Memín y lo aporrea ahí mismo. Sus amigos se retiran discretamente, dejándolos solos para resuelvan sus diferencias. La golpiza impulsa a Memín a echarse a los brazos de Eufrosina, olvidando lo desagradable.
Mientras, Don Venancio se dispone a tirar a la calle las pertenencias de sus inquilinos, no teniendo más razones para mantenerlas ahí. Doña Cuca le sugiere esperar a que vengan para correrlos formalmente, porque pueden causarle más problemas. Eufrosina se dirige a casa, trayendo de la mano a Memín, que presume su look “hippie”, que ella dice que puede conservar, siempre en cuando recuerda darse un baño, valiéndole que eso sea parte de dicha onda. En cuanto llegan, enfrentan a Don Venancio, quien ahora es malo y sarcástico. Le recuerda a Memín que tiene una deuda pendiente, y cuando Eufrosina sale en su defensa, la apena al revelarle que todo el tiempo estuvo dándole precios especiales. Furioso porque le haga pasar mal rato a su má linda, Memín le reclama, provocándolo hasta que le suelta un bofetón. El español se burla sádicamente y Memín responde echándose un zapateo sobre sus pies, derribándolo. Madre e hijo vuelven a su casa, donde ella le dice que no debió ser tan grosero, todavía reconociendo cuanto los ayudó el hombre, pese a sus desperfectos, pero él dice que sólo por no soportar verla así. En eso, tocan a la puerta, entrando Don Venancio y Doña Cuca. El español les da una orden de desalojo, ya que necesitará el espacio para “algo”, y que ahora la solterona es su nueva administradora. Eufrosina hace ver que no hay que administrar en tienda tan humilde, y la arpía responde con un insulto rascista. Memín arremete con al mujer, atacándola con otra serie de insultos para picarla. Le saca la lengua y echa a correr, dando pie a una persecución en que pretende ver quien de los dos aguanta más. Eufrosina se las arregla con Don Venancio, exigiendo saber que tiene contra su retoño, reconociendo que es travieso pero no ha hecho nada que amerite su desprecio (¿Qué lo dejara al punto de quiebra le parece poco?). El español suelta veladas ofensas tanto para Memín como para ella, y eso basta para que Eufrosina se lo suene a bofetadas. Doña Cuca se cansa muy rápido de corretear a Memín, quien se burla de ella tranquilamente, y se conforma con amenazarlo con coscorronearlo algún día. Don Venancio pide clemencia, y Eufrosina detiene sus ataques, acordando que cumplirán su deseo y abandonaran la vivienda, haciendo caso omiso de las falsas excusas del español de que todo es por negocios que exigen espacio para almacenar más mercancía.

Y así, tras tantas peripecias, los Pinguín tendrán que volver a mudarse a otra vecindad. Lastima que el personaje de Don Venancio sólo aparecerá un par de veces más. Prometió como otro adulto de confianza en el repertorio, pero a raiz de este drastico y casi inexplicable cambio en su personalidad y actitud, ni ganas quedaran de conservarlo entre los regulares. Les fue mejor a Chispitas y a Trifón.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Memín Pinguín #316-322

Por sus propios intereses egoístas, Don Venancio proyecta casarse con Eufrosina, echándose al posesivo Memín como enemigo mortal. Dejando ver pros y contras sobre esta futura unión, Memín decide hacerle la vida imposible al español para impedir que se efectúe el matrimonio.

Un viejo amigo compatriota de Don Venancio viene a saludarlo, aprovechando para advertirle que las autoridades se han puesto muy severas para gente como ellos que no han hecho el papelerío para nacionalizarse. El tendero español admite que no ha procurado nada, y su amigo le avisa que al ya lo pescaron, dando un tiempo limite para deportarlo, y que la única solución, es casarse con una mexicana. Le advierte que las sucias tácticas como sobornos ya no funcionan, y por eso prefiere enredarse con la primera que caiga antes de que se acabe el plazo. Deja a Venancio preocupado, decidiendo seguir su ejemplo. Sin embargo, la única mujer disponible con quien tiene cierto afecto es ni nada menos que Eufrosina.
Después de sonarse a Memín fuera de página tras su berrinche porque no pudo ser estrella, éste se reconforta en su regazo, olvidando lo desagradable.
Al día siguiente, Don Venancio empieza con su tarea de conquistar a la lavandera, hablándole bonito para engatusarla. Eufrosina no comprende sus intenciones, tardando en captar el mensaje, y Memín los cacha cuando el español la tomaba de la mano. Exige una explicación, pero Eufrosina insiste con hacer las compras, ordenándole volver a la casa en lo que ella termina, sin excusa ni pretexto. Más tarde, en la escuela, Memín comparte con sus amigos el disgusto que le causó esa escena, pero ellos le aconsejan no tomarlo en serio y que no ande de malpensado. Venancio sigue esforzándose por conquistar a Eufrosina, pero ella reacciona con indignación, insinuando que la está tomando por una cualquiera. El español le dice que su intención es sincera y está dispuesto a casarse con ella, aunque en sus pensamientos, se trasluce su desesperación, admitiendo que no es su tipo.
Al volver a casa, Memín encuentra a Eufrosina cantando de alegría, extrañándose. Ella lo manda por tortillas, y al pasar por la tienda de Don Venancio, éste lo saluda, para darle con suma delicadeza la “gran noticia”. Memín se enfurece al escuchar que quiere casarse con su má linda, a quien no está dispuesto a compartir con nadie. Regresa con Eufrosina para quejarse, y ella le dice que es verdad lo la proposición, pero no está segura de aceptar sin que él de su consentimiento. Memín le dice que se acuerde de su padre, y eso hace la lavandera. Saca una nueva versión de retrospectiva de lo que fue su encuentro, un poco distinto al que vimos antes, pero al menos ni ella ni el Sr. Pinguín se salen de sus papeles. Por primera vez se muestra a Memín como bebe recién nacido, seguido por la escena de la trágica y casi cómica muerte de su padre, aplastado por caballos (no cabe duda que era su padre, igual de propensa que su hijo a sufrir accidentes muy raros). Desde ese triste día, ella ha vivido sólo por su retoño, pero expresa su temor de que al enamorarse en el futuro, la abandone (de por si casi lo hace números atrás), y por eso seria apropiado casarse, y más con alguien que ha sido un gran apoyo desde que demolieron su antigua casa. Don Venancio interviene para hablar con Eufrosina, y Memín los deja solos. No avanza mucho el español, ya que ella admite estar cansada y se dirige con Memín, sosteniéndolo hasta que se queda dormido, para luego acostarlo en la cama.
Al día siguiente, Memín va desanimado a la escuela. Sus amigos creen que es porque no hizo la tarea, pero él replica que hay cosas más graves que lo ponen mal, procediendo a compartirles su problema. Mientras, para ganarse a Eufrosina, Don Venancio se avienta una versión trágica, probablemente falsa, de su infancia y desarrollo, logrando conmoverla para que comprenda cuanto ha sufrido y lo solo que se siente, para insistir inmediatamente con su proposición de que acepte ser su compañera. Eufrosina termina llorando, habiéndose creído sus cuentos chinos, y el español vislumbra su triunfo.
Los amigos de Memín reiteran su optimismo de que está sacando conclusiones precipitadas, aconsejándole ser paciente, a ver que pasa, y ellos los ayudarán si los necesita, limitandose por lo pronto a distraerse jugando futbol en el recreo. Otra vez encuentra a Eufrosina muy contenta al volver a casa, y le pregunta si no es por Don Venancio. No tardan en ponerse a discutir, con Memín insinuando que desde antes quería con él. Recibe un jalon de orejas y que lo pongan a poner la mesa y calentar comida. Don Venancio llega al poco rato, pidiendo a Eufrosina que deje a Memín a cargo de su tienda, mientras él se ocupa de otros asuntos. Eufrosina le ordena cumplir y el negrito se retira muy contrariado. Don Venancio confiesa que sólo quería estar a solas con ella, persistiendo en sus siniestras intenciones. Eufrosina pone excusas, como la opinión de la gente si se casa con una negra, pero el español asegura que no importa eso. Sólo queda el consentimiento de Memín, que él está seguro de poder conseguir a basa de mañas. En la tienda, Memín se equivoca en la venta de un producto, y la clienta amenaza con acusarlo con el español, logrando que se enoje y le grite de cosas. Irritado, ve entrar a Don Venancio, que hace gala de sus argucias para tratar de convencerlo. Expone como desea formar un hogar con su madre, y que sí él acepta, podrá viajar con ellos por España, y tener vida de niño acomodado (¿pero que no es dueño de una tienda abarrotes? Eso no significa que sea ni casi rico para tales promesas), sobornándolo con comprarle un coche cuando sea mayor. A Memín le agrada eso último, pero sí no lo tendrá en el futuro inmediato, Don Venancio tampoco. El español pierde la compostura, reaccionando al decir que se casará con su madre a como de lugar, y Memín se marcha, sintiendo que hay algo turbio.
Eufrosina está preparándole la comida cuando viene a preguntarle cual es la razón por la que el español está tan seguro de que se casará con ella (tsk, no captó su intención), insinuando que ella dio el “mal paso.” Molesta porque pone en duda su honra, Eufrosina le da con la tabla, para después confesar que quiere casarse por lo conmovida quedó con su historia, que a Memín ni le importa, pero trata de mostrarse conforme y atenerse a lo que ella decida. Ella se relaja y le recuerda la vida de rey que tendrá cuando se casen, advirtiéndole que no se muestre ingrato con él, teniendo en cuenta lo que ha hecho por ellos. Afligido, Memín trata de distraerse estudiando, pero no deja de pensar en lo que no quiere que pase.
Otra vez en la escuela, sus amigos ven que sigue desanimado, sugiriéndole pedir consejo al profesor Romero. Eso basta para que recupere la alegría, pero apenas llega al maestro, saluda a Memín para repasar inmediatamente la lección del día. Empieza a preguntarle sobre los derechos humanos, de los que Memín nada sabe, y al pedir ejemplos a Ernestillo y Carlangas, el último menciona la libertad de elección de la pareja. Memín pregunta “hipotéticamente” sobre que ocurre si alguien se opone a una unión de esas, y Romero aclara que es una violación a los derechos humanos, típico de alguien cruel y egoísta. El negrito alude al caso de casarse una persona negra con una blanca y Romero le exige argumentar su alegato. Memín acaba compartiendo con toda la clase su drama personal sin darse cuenta, confundiendo al maestro, pero él es paciente y replica que dice disparates y la diferencia del color de la piel no es inconveniente. Memín se emberrincha e insiste en que no aceptará esa relación, diciéndole al profesor como se sentiría sí estuviera en su lugar, pero claro que él no pierde el tiempo considerando en eso, limitándose a hablarle suave para que deje de pensar así. Terminan las clases (¡que rápido! ¿Pues que tanto tardaron sus amigos en preguntarle de su problema para que Romero les diera una lección relámpago que se volvió un foro de las tribulaciones de Memín?), y le aconseja solucionar su problema con calma. De camino a sus casas, sus amigos le sugieren que encomiende el caso a algún santo (¿por nimiedades como esa que se resuelven solas?) o al espíritu de su padre.
En sus respectivos hogares, sus amigos se solidarizan al compartir la situación del negrito con sus progenitores, concordando estar en desacuerdo con la intención de Eufrosina de casarse. Los padres dan diferentes opiniones. El señor Vargas opina que está bien, admitiendo que siendo viudo, a él tampoco le gusta estar solo y que debe conseguir una compañera, angustiando a Ernestillo, para luego decirle que no hablaba en serio (por ahora). Isabel piensa que está mal, y que ella nunca pensó en casarse cuando Carlos la abandonó, aun cuando él seguía vivo, para ella era como si hubiera muerto y vivió sólo para su hijo. Los dos le dan la razón y Carlangas siente tanto lo que pasa a Memín, como el temor de que cometerá alguna locura (y no se equivoca). Mercedes también cree que está mal que la lavandera se case a su edad, y Rogelio considera que sí el muriese, ella se volvería a casar de inmediato, al no poder hacer nada por si misma, mas ella replica que la está subestimando. Ricardo termina llorando por el pesar de su amigo (¡que delicado! no es para tanto), y sus padres lo consuelan. Que reacciones más exageradas en estas familias. Ciertamente, no hay ningún problema en que una viuda quiera casarse con quien quiera a cualquier edad. Como ninguno considere que Venancio busca el matrimonio por interés (y nadie lo hace, ni vuelven a mencionarlo), no tienen vela en el entierro y Memín debería aguantarse.
Memín llega a su casa aun desanimado, rechazando las muestras de afecto de Eufrosina, para comentar como ella quiere más al español. Indignada al ver que sigue en las mismas, ella toma la tabla, pero Don Venancio interviene y lo salva de la paliza (aunque el negrito la preferiría). Le pregunta por la causa de su enojo, y Memín le replica que es toda suya. Un intercambio de palabras entre los tres da comienza, en que Memín lleva las de perder, desde que usa mal las palabras para decir que prefiere quedar huérfano, recibiendo un coscorrón de Eufrosina. El español se ríe de él y lo invita a sentarse para que sigan debatiendo. Entre los dos, le insisten que acepte su unión, y en su necedad por usar palabras grandes en discursos de doble sentido, acaba dando su consentimiento sin darse cuenta. En los días siguientes, Memín y Eufrosina dejan de ser tan unidos. El negrito soporta a un par de chismosas que intentan hacerlo enojar con sus venenosas palabras, y él las acalla al reconocerlas como metiches. Eufrosina también es victima de ellas, soportando sus comentarios de que el español codiciado la escogiera cuando hay gente decente como ellas, a lo que la lavandera replica que el termino correcto es “solteronas”. Memín le toca enfrentar a las chismosas otra vez, tomando la determinación de tomar al toro por los cuernos. Les avisa a sus amigos que hablará seriamente con ella para que abandone esa idea absurda del matrimonio, y ellos le recomienden que cuide sus palabras y no haga o diga nada impulsivo. Cuando llega el momento de la platica, expone sus razones equivocas para no aceptar la unión, y como ella le recuerda que sí se porta mal con Don Venancio, está dispuesta a echarlo de la casa, Memín pierde el control, gritándole que se quede con el “gachupín”. Una tunda de tabla con clavo después, se reúne con sus amigos para hacerles saber como la regó al no seguir sus sugerencias. Ellos hasta proponen invitar a sus madres a que hablen con Eufrosina, pero Memín insiste que es problema suyo, y no les queda más que animarlo a que tenga fe (¿para esto? pfft).
Memín y Eufrosina vuelven a hablar, más calmados, pero aun a punto de estallar por su reciente distanciamiento. Ella le dice que será feliz si él da su consentimiento, y él dice que entonces está bien. Pero como ella replica que lo iba a hacer con o sin éste, sigue otra escena de protestas por parte del negrito, que ella acalla al echarle un balde de agua en plena cara. Lo manda a dormir solo en un catre, y mientras trata de dormir, Memín imagina como serán las cosas cuando ellos se casen. Trata de ver el lado bueno si le llega a salir un hermanito, pero al imaginar uno güero más bonito que él, se incorpora, angustiado, pidiendo un deseo a los astros, que si le sale uno, que salga pinto. Eufrosina lo mira y trata de hacer las paces, pero Memín vuelve a lanzarle sus reclamos, y le recuerda que se eche sobre su catre. Memín brinca sobre éste con ira, y lo parte en dos. A Eufrosina no le queda más que dejarlo dormir en su cama.
A la mañana siguiente, el negrito se levanta de buen humor, pero se le borra cuando Eufrosina lo manda a barrer la tienda de Don Venancio. Poniéndose altanero al espetarle que ella hace lo que él quiere, recibe otro jalon de orejas y le advierte que como siga así, se irá de la casa. En la tienda, apenas se presenta, empieza a enojar al español que no tolera que le falte el respeto, amenazando con cintarearlo. Le recuerda que pronto estará comiendo de su mano y murmura un extraño verso que Memín capta en otro sentido insultante.
Memín se retira furioso, cambiando a desanimado nuevamente al llegar a la escuela. Sus amigos le sugieren que ahora actúe como diplomático, ya pesimista al asegurarles que lo más probable es que fracase. Eufrosina y Don Venancio deliberan en la casa. Ella no soporta la situación con su hijo, sugiriendo que se olviden de casarse, pero el interesado español le insiste, asegurando que se le pasará y acabará aceptándolo como padre. Para picarla, le menciona que es mejor que se casen, ya que Memín no tardará en abandonarla cuando se enamore y forme su propio hogar, pura “lógica” que la pone enojada anticipadamente ante ese improbable abandono futuro. Memín los sorprende juntos, protestando enérgicamente, y le echa sus claras al español. Advirtiéndole que deje se pretender a su madre de una vez. Eufrosina interviene, ordenándole que le pida perdón a Don Venancio, de rodillas. Memín está por obedecer, pero prefiere darle un fuerte pisotón en el pie. Recibe otra dosis de tablazos bien dados, y mira como ella atiende al español, quien sufre por su pie, dejándolo dormir en su cama. Muriéndose de envidia, Memín observa como Eufrosina le da tantas atenciones, mientras éste le agradece y sigue hablando de su próxima unión. Mimándolo y dejándolo en la cama, reciba las llaves para pasar a la suya en lo que él se recupera. Eufrosina indica a Memín que la ayude a limpiar el cuarto del español para que puedan acostarse. Éste se encuentra muy desordenado, con ropa sucia regada por todos lados, y un balde que contiene lo que Memín toma por “sopa” echada a perder, oculta debajo de la cama. Eufrosina no le explica que es exactamente y la tira, después de sufrir un rato con la peste. Se acuestan y el negrito trata de hacerla desistir, al señalar la falta de higiene del hombre, pero ella no hace caso y amenaza con pegarle si no se calla. Memín entra en un estado de divagación en que se ve el clásico enfrentamiento de su “yo diablo” y “yo ángel”, que se disputan dándole consejos y sugerencias. Como el “diablo” es más fuerte, Memín decide seguir sus indicaciones para desquitarse de una vez con Don Venancio, quemándole la tienda. Memín se levanta, dispuesto a cometer tal fechoría, pero a la mera hora, el angelito vuelve para hacerlo desistir. Memín opta por hacer otra diablura, revolviendo la azúcar con el detergente. Reparando en unos gatos hambrientos que merodean, les abre todas las latas de pescado que puede. Luego invita a los perros, dejando a su disposición toda la carne que quieran, repitiendo lo mismo con un par de borrachos a los que les “fía” todo el licor sin limites. Un par de vecinas curiosas entran a la tienda, y Memín les ofrece gratis toda la mercancía que deseen. Pronto, llega mucha más gente, dando cuenta de todo, aprovechando que les dan la mejor oferta posible. El diablillo aparece para felicitarlo por sus crímenes, mientras el angelito expresa su pena, sugiriéndole resarcirse pronto. Memín no tiene tiempo de arrepentirse, ya que viene la clientela se impacienta cuando se acaba la mercancía, exigiendo que los deje pasar adentro para saquear las bodegas. Trata de explicar que regaló todo para vengarse del español, pero no le hacen caso, y decide hacer otra cosa.
Don Venancio se levanta, ignorando lo que sucede, y avisa a Eufrosina que luego le mande a Memín a cuidar la tienda. En cuanto entra, los animales salen en estampida, y descubre su establecimiento casi vacío. La emoción es demasiada y se desmaya, asustando a los clientes aprovechados, que emprenden la retirada. Memín hace un cartel de protesta, y se pone a dar vueltas por la tienda con éste, hasta que ve al español desmayado. No se preocupa para nada y se dispone a ir a la escuela, después de pasar con Eufrosina. Ella lo manda a barrer tienda, pero como él dice que no quiere llegar tarde, se lo deja pasar y le sirve de desayunar. Más tarde, cuando su retoño ya se ha ido, Eufrosina deja caer el desayuno que llevaba para Don Venancio, al verlo desmayado. El hombre vuelve en sí, lamentando lo que ha sucedido, con su trabajo desperdiciado tras el despiadado saqueo. Revisa los desperfectos, enfocándose en las latas vacías de las que comieron los gatos, advirtiendo que no pudieron abrirlas por si mismos. Denota que las demás cosas tampoco pudieron haberlas tomado así nada más y encuentra el cartel de Memín, delatándolo como el culpable. Al referirse a él como el demonio, hace suponer a Eufrosina que lo tome literalmente y le aconseje no meterse con ese ser. Aclarando que se trata del bribonzuelo que tiene por hijo, rabiando, Don Venancio la convence de dejarle castigarlo sin mimarlo para que escarmiente.
En la escuela, Memín entera a sus amigos de lo que hizo, aunque empieza diciendo que Don Venancio murió y ellos ya están pensando lo peor de él. Cuando se enteran de que lo arruinó al regalar casi toda la mercancía de la tienda, su opinión no mejora. Le dan sus coscorrones y le echan en cara que se pasó de la raya. Memín se enfurece con ellos, pero lo disimula cuando el profesor le pregunta el porque de su disgusto. Le aconseja no andarse dejando llevar por la ira ya que luego puede arrepentirse, y Memín alega que ya lo hizo y las consecuencias lo tienen sin cuidado.
Don Venancio atiende a una clienta, dándole azúcar que ha quedado. En el hogar de ésta, su esposo la echa en el café, sabiéndole al detergente que Memín le mezcló. Indignada, la mujer vuelve, tirándosela en la cara al español, amenazando con denunciarlo a salubridad. Don Venancio está que revienta, recordándole a Eufrosina que no debe antevenir cuando él se desquiete con su hijo por sus fechorías. Memín pasa a contemplar la tienda cerrada, creyendo que eso significa que el español murió y se dirige a la casa a consolar a su má linda. Don Venancio aparece a sus espaldas, amarrándolo sorpresivamente de la oreja y llevándolo dentro, donde Eufrosina le recrimina lo que hizo. Furioso a más no poder, el español le advierte que aunque no se case con su madre, igual él trabajará hasta el cansancio para pagarle todo lo perdido. Memín no piensa hacer nada, pero ve a Eufrosina de parte de Don Venancio, confirmando que lo ha autorizado para pegarle. El español le da una última advertencia y oportunidad de que acepte su matrimonio futuro, y como sigue negándose y poniéndose respondón, se enfurece aun más. Don Venancio se quita el cinto y golpea a Memín sin piedad, pero él todavía sigue gritándole que no lo hará desistir. Eufrosina le señala que Don Venancio tiene autoridad sobre su persona y lo respetará o ella no volverá a dirigirle la palabra. Memín sigue protestando, ganándose otra serie de cintarazos, y Eufrosina se hace fuerte para fingirse indiferente, diciéndole que se lo merece. Herido más por dentro que por fuera, Memín solloza y toma la decisión de irse de la casa.
La posterior reconciliación será inminente, concluyendo otro ciclo.