miércoles, 19 de agosto de 2009

Memín Pinguín #240-246

Un curioso sueño de Memín lo transporta a la China junto a Ernestillo, en donde ambos viven una emocionante aventura al reunir al nieto desaparecido del mandarín con su madre.

Como se mencionó en la entrada anterior, por alguna extraña razón se anula un número completo de la revista, del que sólo se pueden saber los detalles en la versión resumida que ofrece el mismo Memín. Después del inexplicable éxito del concierto por parte del improvisado conjunto de música moderna en el asilo de ancianos, Memín va con Eufrosina a celebrar su santo. Un conocido la felicita, provocando celos en Memín, y más cuando luego la invita a comer, lo que ella acepta de buen agrado. El negrito echa mentiras de que los invitaron en casa de Ricardo, para dejar con un palmo de narices al tipo. Como nadie se encontraba, siguen con la casa de Carlangas, con el mismo resultado, y Memín ya sugiere ir con Ernestillo, cuando Eufrosina espeta que no piensa dar más vueltas. Le confiesa que mintió y ella le hace entender que lo único que quería era comer y no coquetear con ese señor, asestándole un coscorrón por malpensado. Con sus ahorros, él mismo la invita a comer para contentarla. De regreso a casa, después de echarse carbonato para no sufrir indigestión, se meten en la cama para descansar, y a Memín le da por comentar sobre información cultural de China, a raíz de un libro referente que quien sabe de donde sacó. Eufrosina lo escucha por un rato, pero se cansa y lo manda a callar para dormirse. Memín se queda leyendo en libro en silencio, y poco a poco va quedándose dormido. Su imaginación crea un sueño donde ve cumplido su deseo de conocer ese lugar, en una realidad donde el pasado y el presente coexisten. Según esto, él y Ernestillo se embarcaron a China, viajando como polizontes, nomás porque si. Perfecto, aquí no tendremos que señalar la irresponsabilidad de perderse más clases, seria el colmo.
Al llegar, comienzan a recorrer la ciudad de Shangai. Intentan hablar con un “hombre-mula” (Memín no sabe que en China es costumbre que carguen los carros y Ernestillo se lo explica), pero como no comprenden su dialecto ni él el de ellos, se hallan en problemas para encontrar un hotel. Pasan por unos niños que se entretienen jugándole una broma a Memín, al estallar unos petardos cerca de su persona. Enfurecido, les pega para desquitarse, ahuyentado a todos menos a uno, que se le queda mirando. Memín se aleja y el chinito lo sigue, por más que le exige que lo deje. Éste revela hablar español, teniendo conocimiento de unos cuantos idiomas al servir como guía. El chinito dice ser huérfano, viviendo bajo el “cuidado” de un hombre cruel llamado Li-Yung, que siempre lo maltrata. Ha decidido abandonarlo para irse con Memín y Ernestillo sin dar explicaciones de porque le late quedarse con un par de extranjeros que acaba de conocer (es un sueño, así que no importa). Aunque ellos tratan de apartarse, al final acaban aceptando su compañía. El chinito se presenta como Ti-Lin, y los conduce a un buen hotel donde puedan descansar. Les cuenta más sobre lo mal que lo ha pasado en casa de Li-Yung, demostrándolo con horribles cicatrices en su espalda, ocasionadas por los constantes azotes. Ernestillo acepta en que siga con ellos, aunque a Memín ya está temiendo que ese hombre se desquite con ellos por cubrirlo. Al desvestirse para dormir, Ti-Lin exhibe un medallón incrustado con rubíes y esmeraldas, que supuestamente, es algo que ha tenido desde que fue a parar con Li-Yung, quien intentó robárselo, pero él lo recuperó. Memín sugiere que lo vendan y saquen mucha lana pero le hacen caso y se duermen los tres.A la mañana siguiente, al no encontrar sus pertenencias, Memín y Ernestillo andan pensando que Ti-Lin les ha robado, pero en realidad sólo había estado limpiando sus zapatos. Los invita a desayunar, donde tienen problemas a la hora de utilizar los palillos, ya que ahí no existen los cubiertos a los que están acostumbrados. Memín acaba prefiriendo comer como los perros, metiendo la cara en el plato. Ti-Lin menciona que han comido carne de serpiente, para horror de los dos, que ignoraban que les tocaría un platillo tan exótico. Después, salen a recorrer la ciudad. Ti-Lin los lleva por los lugares más interesantes, como el templo de buda. Un gong anuncia la presencia del mandarín, y el chinito les indica que se escondan, porque las tradiciones impiden verlo. Ellos no hacen caso, y distinguen que el mandarín lleva un medallón idéntico al de Ti-Lin. Se lo comentan a su nuevo amigo, con Memín insinuando un posible parentesco, pero éste no cree que siendo tan humilde pueda estar relacionado con alguien tan importante. Mientras andan en eso, el temible Li-Yung se aparece, y de inmediato agrede a Ti-Lin. Memín y Ernestillo se lanzan a defenderlo, pero son fácilmente vencidos y ven como el abusivo se lleva a Ti-Lin. Lo siguen con discreción hasta su casa, observando como lo mete ahí, cerrando la puerta y se ponen a pensar en como ayudarlo. Ven unas barricas pertenecientes al negocio familiar de ese hombre, y deciden meterse en éstas para poder entrar, aprovechando que están descargando. Ti-Lin es azotado sin piedad por Li-Yung, que exige saber donde dejó el medallón. Lo deja amarrado a una barrica, cerca de donde quedaron Memín y Ernestillo, que no pueden salir, en peligro de morir asfixiados. Ti-Lin sugiere a Ernestillo mover la barrica, consiguiendo que se caiga y rompa, liberándolos, aunque con consecuencias severas para sus cuerpos. Ernestillo se repone, para ver que Memín se ha embriagado, a causa del olor a licor de la barrica. Le quita los amarres a Ti-Lin, que luego indica que hay una puerta para salir de la bodega, cuyo acceso se consigue a través de un mecanismo oculto en la pintura de un dragón, según ha visto hacer a Li-Yung, pero no lo ha descifrado del todo. Memín lo descubre sin querer, al picarle los ojos a lo que él considera una lagartija gigante, y de ese modo, encuentran un pasadizo secreto.
En eso, Li-Yung es visitado por Wong-Chan, el hermano del mandarín, quien pide hablar en privado con él para hacerle una confidencia. Le revela que el niño que ha criado al lado de los suyos no es más que el hijo de su sobrina, Flor de Té (ese nombre ni es chino). Pasa a contarle una historia dramática y cargada de detalles demasiado específicos para ser de un simple sueño producto de la imaginación del ignorante Memín. En esa historia, se revela como Wong-Chan se enteró de los amoríos de Flor de Té con Alí, quien era uno de sus sirvientes, por lo que tenían una relación prohibida. Planeaban fugarse para dar rienda suelta a su amor. Wong-Chan habla con Alí para amedrentarlo, pudiendo mandarlo matar cuando se le antoje, pero éste le replica que no podrá, ya que tiene pruebas de que él, disfrazado, participó en un robo de joyas pertenecientes a su hermano. Piensa darle dichas pruebas a cambio de dejarlo partir con Flor de Té, en el momento en que ella esté a su lado, y Wong-Chan accede. Astutamente, Wong-Chan va con su sobrina para contarle mentiras, sobre como Alí sólo jugó con sus sentimientos, dejándole una carta de despedida en que expone su falsedad. Ella queda destrozada ante tal información, contándole a su tío que es muy tarde porque ya hubo consecuencias de su relación y está esperando un hijo de Alí. La convence de que durante el tiempo en que tarde en nacer el niño, lo tenga en un lugar apartado, sin informar al mandarín hasta que nazca, confiando en que no podrá rechazarlo pese a su deshonrosa concepción. En cuanto a Ali, Wong confiesa haberle quitado las pruebas a la fuerza y mandarlo matar. Al nacer el niño, Wong-Chan se encarga de que Flor de Té beba un narcótico que le impide estar consiente cuando sale el bebe. De ese modo, convence a la partera de que se quede con él, dejándolo donde quiera. Ella obedece por miedo, mas no acepta el dinero que le ofrece por cometer un acto tan ruin. Al volver en si, Flor de Té es enterada por su tío de que el niño nació muerto, empeorando su desdicha.
Una historia conmovedora, pero incoherente. Argumentando que Wong-Chan fuera tan ambicioso para ocupar el puesto de su hermano algún día, en primer lugar, debió haber permitido que los enamorados se fugaran, y de ese modo, no habría heredero del que tuviera que temer. ¿Por qué interferiría en primer lugar? ¿Solo por no querer que los demás sean felices? La imaginación desbordante de Memín abordo una mezcla de diferentes tramas telenovelezcas para que no tuviera sentido en algunos puntos.
Siguiendo con el relato de Wong-Chan, Flor de Té fue eventualmente puesta al tanto de lo que ocurrió en realidad gracias a Sig-Foo, la matrona, que se convirtió en su dama de compañía. Su tío se defiende, alegando que temía que su padre, al enterarse de su deshonra, la matara tanto a ella como al hijo, pero ella no le cree nada y jura que lo encontrará algún día. Sig-Foo la consuela, indicando que le puso su collar, confiando que con éste, alguien lo reconocería como hijo de persona importante, conservándolo en vez de robarlo, y así seria fácil localizarlo. Habiendo investigado sobre el maltrato que le da a uno de sus hijos Li-Yung, Wong-Chan dedujo que no era más que un recogido, precisamente el hijo perdido de Flor de Té. No le importa el maltrato sufrido, siendo su deseo que desaparezca al niño y recupere el medallón. Le ofrece una bolsa de oro, pero Li-Yung es demasiado ambicioso y pide mucho más, además de un puesto importante para garantizarle una vida de lujos, y Wong-Chan acepta su precio, reconociendo su interés.
Detrás de la pared, Memín, Ernestillo y Ti-Lin han escuchado todo (¿Cómo entendieron los primeros dos si no hablan chino? El sueño de Memín permitió mágicamente a los dos villanos hablar en español, supongo). Como no pueden salir, sabiendo que Li-Yung vendrá a ejecutar a Ti-Lin, la única solución que se les ocurre es incendiar la puerta. Memín se echa para atrás, pero no toman en cuenta su objeción, y consiguen usar los materiales a la mano para prender fuego a la puerta. Es un procedimiento peligroso, y el humo provoca que Memín se desmaye, pero Ernestillo lo saca justo a tiempo. Logran escapar, dejando que toda la bodega se queme, destruyendo el patrimonio de Li-Yung, pero a él no le importa, recordando que pronto será rico.
Los tres llegan lo suficientemente lejos y se reponen. Ti-Lin llora de felicidad, ahora que sabe que tiene una madre que lo busca. Sus amigos lo animan a ir al palacio del mandarín para reunirse con ella, aunque puede ser difícil. Antes de eso, deciden conseguir ropas orientales e ir a comer. Nuevamente, tienen problemas con los palillos chinos. Al acercarse el mesero, Memín le ve cara de Li-Yung (los chinos se parecen), y le avienta una piedra en el pie. Después de que éste le suelta insultos en chino y le da un jalon de orejas, Memín apenas puede comer el arroz por no saber usar los palillos. Se dirigen al palacio, y una vez ahí, cuando Ti-Lin habla con los guardias, les niegan la entrada. Memín cree que él puede convencerlos, pero sólo consigue que lo alejen de una patada. Ernestillo siguiere que use el medallón para identificarse, y Ti-Lin lo saca de su zapato, donde lo tenia bien escondido. Pero cuando lo enseñan a los guardias, estos alegan que es falso, y se ven obligados a retirarse, contrariados. Ellos consideran que pudiera ser una falsificación y entonces la historia de Wong-Chan no corresponde a Ti-Lin, pero una vez que se han alejado, los guardias les salen al paso, queriendo robarles el medallón para venderlo por su cuenta. Memín se les escabulle, y el mismo Ernestillo lo apremia a correr confiando en que luego los ayude. No tarda en toparse con el carruaje que transporta a la princesa Flor de Té, y aprovecha la oportunidad de meterse ahí. Sus amigos son apresados en una mazmorra, no quedándoles de otra que esperar a que venga por ellos. Memín se queda dormido en el carruaje, que ya ha sido introducido a los jardines del palacio. Un gato lo despierta y sale a explorar. Una chinita le sale al encuentro, y aunque Memín no puede entender lo que le dice, es evidente que le coquetea. Ella le enseña las piernas y hasta le da un beso. Él trata de corresponderla bailándole, pero recordando su misión, pretende sacar el medallón para esperar que lo ayude. Pero como lo traía en los pantalones, ella imagina que quiere enseñarle otra cosa y sale corriendo, asustada. Memín divisa unas enredaderas que llegan directo a las habitaciones de la princesa Flor de Té, y decide escalarlas para meterse al interior del palacio. Ahí, ella se encuentra lamentándose en compañía de Sig-Foo, por no poder encontrar a su hijo y por un matrimonio forzado eventual. Al primer intento de escalar, Memín se cae, golpeándose duro abajo, pero vuelve a intentarlo. Esta vez, si consigue llegar, y al verlo en la ventana, ellas le permiten pasar. Como no pueden entender su idioma, Memín saca el medallón para mostrárselos. Flor de Té deduce que él es su hijo, que se ha teñido la piel con tinta china para disfrazarse. Con ayuda de Sig-Foo, proceden a darle un vigoroso baño, esperando despintarlo con eso. Memín se resiste, pero no puede detenerlas, y acaba siendo lavado, enjabonado una y otra vez, sin éxito. Tratan sumergiéndolo en leche, en la que Memín chapotea mientras toma unos cuantos tragos de ésta. Como sigue sin aclararse el color de su piel, mandan llamar a Kukama (ese nombre ni es chino, es japones), el intérprete. Éste si comprende el idioma de Memín, pero siendo cómplice de Wong-Chan, da una traducción falsa a la princesa y su dama de compañía, diciendo que el niño sólo traía el medallón para venderlo. Se lo lleva sin dar explicaciones, directo ante Wong-Chan. El malvado ordena que lo encierren, pensando en que después podría serles útil, y cercas, la chinita que encontró antes, observa como lo meten a un sótano oscuro. Ahí, Memín se reencuentra con Ernestillo y Ti-Lin. Intercambian impresiones y se dan cuenta que están perdidos. En su habitación, Flor de Té sigue sintiéndose desgraciada, y Sig-Foo insinúa la posibilidad de que Kukama hubiera mentido y que el negrito les tuviera información sobre el paradero de su hijo. En su encierro, Memín sugiere a sus amigos acariciarle la pelona, para que les de suerte o algo así, aunque parece que no es más que una excusa para recibir un buen masaje de cabeza. En eso, la puerta y sale la chinita, a quien Memín puso el mote de Kiko, porque siempre tiene esa muletilla. Apenas entra y se echa encima de Memín. Ti-Lin traduce sus palabras en las que ella admite haberse enamorado del negrito y sus deseos de matrimonio. Ernestillo considera que aprovechen para escapar, ignorando a la chinita, que sigue de cariñosa con Memín. Él se impacienta y la descuenta de un trancazo, recibiendo luego el regaño de Ernestillo sobre que sólo los cobardes golpean a las mujeres (y los que no, son sexistas, según las nuevas ondas de hoy en día). Se internan en el palacio, hasta dar con la habitación de la angustiada Flor de Té. Al encontrarla ahí, incitan a Ti-Lin a pasar. Aunque ella se muestra crédula al principio para no ilusionarse y decepcionarse otra vez, acaba creyendo en sus palabras, confirmando que él es su hijo perdido. La enternecedora reunión de madre e hijo hace llorar a Memín, y luego, junto con Ernestillo, son invitados a acompañarlos. Luego, comparecen ante el mandarín, que acepta a su nieto, y manda encarcelar a Wong-Chan y sus cómplices, así como ordenar que aprendan a Li-Yung. Memín y Ernestillo la pasan como invitados especiales en el palacio, dándose abasto en el comedor, donde hasta les dan cubiertos de oro. Ti-Lin los lleva a su habitación, que su madre había preparado anticipadamente, confiando en el regreso de su hijo algún día, y se entretienen jugando con el tren eléctrico. El abuelo de Ti-Lin viene a comunicarles que ya agarraron a Li-Yung y lo mandan a la horca, pero el pequeño interviene, prefiriendo que sólo lo envíen a prisión el resto de su vida, ya que a pesar de sus maltratos, fue gracias a éste que sobrevivió todo ese tiempo. Ernestillo piensa que es algo noble aunque a Memín no le parece después de lo que le hizo (la horca es más generosa que una sentencia de cadena perpetua, no hubo tanta nobleza entonces). Vuelve a aparecer la pequeña Kiko, y Ti-Lin les avisa que es su prima. Revela que en realidad, ella es enana, y no ha podido encontrar hombre debido a su condición. A Memín eso le parece mucho peor y ya presiona a su amigo para que vuelvan a México. Pronto, están despidiéndose de Ti-Lin, a punto de abordar el barco que los llevara de regreso. Pero cuando abren sus maletas, sale Kiko, insistente en quedarse con Memín, echándose sobre él para cubrirlo de besos.
En eso, Memín despierta del sueño que se volvió pesadilla, lanzando insultos contra la chinita, que Eufrosina imagina dedicados a ella. Le da una nalgada para hacerlo reaccionar, y le ordena que se levante. Interesante situación en China, pero siendo un incidente imaginario, con tantas incongruencias, parece algo fuera de lugar, aunque es cierto que no podían argumentar otro viaje al extranjero tan pronto. Además, una buena excusa en caso de que haya meteduras de pata en cuanto a lo que se comprende de la cultura china.
Terminando esto, la historia prosigue con el punto en que quedó antes de la tanteada con el número saltado.

lunes, 17 de agosto de 2009

Memín Pinguín #235-239

Memín empieza a cosechar éxitos como buen estudiante, gracias a Don Nicéforo. La afinidad entre ellos provoca celos en Eufrosina, orillando al anciano a irse de la casa. Memín y sus amigos emprenderán una búsqueda desesperada para traerlo de vuelta.

Memín le explica a una confundida Eufrosina sobre la razón de la presencia de Don Nicéforo en la casa, después de revolverse con los nombres que le da. Al saber que él iba a darle desinteresadamente su riñón, ella considera su acto de bondad y no pone objeción en que se quede a vivir con ellos. Luego la enteran de cómo ha estado trabajando para ayudar a Memín a estudiar, lo que Eufrosina agradece profundamente. Ella advierte que el negrito ya debe volver a la escuela y que aparte, el anciano seguirá instruyéndolo en las tardes, ignorando la petición de Memín de tomarse más días de vacaciones para festejar su regreso a la casa.
Al día siguiente, Memín se presenta con su nueva maestra, a quien no deja de remedar al abusar de los diminutivos en sus palabras, pero ella ni se da cuenta. Excusando sus faltas con lo que pasó con su má linda, ella lo felicita por ser tan buen hijo. Conforme pasan las clases, gracias al intenso estudio al que lo sometió Don Nicéforo, Memín comprende lo que antes no podía. Comparte esa satisfacción a la salida con sus amigos, a punto de irse con ellos a jugar al callejón, pero le recuerdan que debe ir a estudiar con el anciano. En la casa, Don Nicéforo se dedica a hacer los quehaceres, apenando a Eufrosina, que no puede mover ni un dedo hasta que se recupere del todo. Memín llega y saluda a su má linda, para poner toda su atención en el estudio después de comer, mencionando que tienen prueba mañana. Durante la sesión, tocan temas como las leyes se han referido a la tala de árboles indiscriminada y luego Memín comenta que en la Constitución dice que la educación primaria en México es libre, denotando que aun persiste un poco su pereza, mas Don Nicéforo aclara que eso cambió hace tiempo y en realidad es obligatoria. Alega que sólo hay libertad en las creencias religiosas y Memín ya anda insinuando que podría ser budista si quisiera (¿tan rápido desecha a la Virgen en la que tanto confió?), olvidando que Eufrosina está presente y le reclama que él creerá en lo que ella le diga. En el examen oral que hace su nueva maestra, Memín se luce como nunca, y hasta es ovacionado por sus compañeros. Ella está muy complacida con él y se lo hace saber al profesor Romero. Él no puede creerlo, y cuando le vienen a hablar sus tres amigos, expresa su suposición de que el negrito hace trampas. Ellos sostienen que no es así y que ha estado recibiendo clases particulares de un viejo catedrático. Viéndolo así, Romero piensa darle la oportunidad de volver, aplicando el mismo examen general en que Memín respondió puras tonterías que le atribuyeron tantas penalidades. De pasarlo, será readmitido en su salón. Se lo comunican y Memín se emociona, confiando en que ahora podrá hacerlo bien. Le avisa a “Don Semáforo”, comentando de las absurdas respuestas que dio aquella vez, escandalizándolo. Después, siguen estudiando. Memín acaba cayendo rendido, y aunque Eufrosina quiere dejarlo dormir, Don Nicéforo insiste en que siga adelante, ya que debe estudiar el doble de lo normal.
Al día siguiente, Memín hace el examen, concentrado y tardándose mucho (¿si estudió tanto no debería poder resolverlo rápidamente? Ni que fuera examen de admisión a la universidad) y con sus amigos mirándolo trabajar, nerviosos y esperando que haya pasado. Lo entrega al profesor, pero al ver su expresión, cree haber fallado y se empieza a retirar, mas éste lo retiene para decirle que ha pasado con 8, siendo suficiente para que vuelva al salón. Abraza al maestro, muy agradecido, aunque éste le advierte que si vuelve a fojear, ya no le dará ninguna oportunidad (lo que sucederá en los próximos números, cuando vuelva a ser el burro flojo de siempre, pero Romero faltará a su palabra). Al regresar a casa, lo primero que hace es informarle a Don Nicéforo de su triunfo, abrazándolo porque todo fue gracias a sus enseñanzas. Eufrosina comienza a sentir celos, poniéndose algo tosca cuando él sigue para saludarla a ella, que pasa a quejarse de cómo resiente andar sentada todo el día sin poder hacer nada. Don Nicéforo prepara la comida, que es alabada por Memín, aunque a Eufrosina le es indiferente. El anciano le recuerda que lo que había prometido a la Virgen era volverse el primer lugar, por lo que tiene que seguir estudiando con ahínco si quiere conseguirlo. Le parece difícil llegar al diez, pero no protesta, aunque por momentos sigue teniendo un entendimiento retardado de las cosas que le enseña Don Nicéforo. En la ausencia de Memín en la casa, Eufrosina sigue lamentando no poder hacer nada, demostrando que todo lo sabe es trabajar para compensar su falta de estudios y no aguantar como una inútil, y luego Don Nicéforo la pone además como una madre ejemplar, por el equilibrio perfecto que hace entre los mimos que le da a su hijo, y los castigos con tabla de clavo. Cuando llega Memín, informando que ya sacó un 9, recibiendo felicitaciones de Don Nicéforo, que se retira para ir a traer la comida. Se dispone a ayudar a calentar la sopa, pero Eufrosina ya se le ha adelantado. Le recuerda que no debe trabajar, pero ella no le importa si se le revientan los riñones, dejando en claro como está encelada por la atención que le da al anciano, quien sabe de cosas que ella no entiende. Consigue contentarla recordando que todo es por los estudios y no porque lo quiera más que a ella, y luego pide permiso de ir a jugar al callejón. Se lo da, pero antes le sirve de comer. Para cuando llega Don Nicéforo, Memín ya se ha ido y Eufrosina la espeta que ya comieron, dejándolo comer solo y contrariado porque dejó ir al negrito con sus amigos en vez de ponerlo a estudiar con él, ignorando su objeción de que debe continuar, conformándose con lo que ha logrado. Él no ve el caso a insistir. Mientras, Ricardo anda contándoles sobre su experiencia en salto en paracaídas, y andan considerando hacer algo similar, insinuando otro de sus arriesgados juegos, pero esta vez no llegan a hacerlo, porque Memín se acuerda de ir a estudiar, ya que aun con el permiso de su má linda, no puede quedar mal con Don Nicéforo. Pronto está estudiando nuevamente con ayuda del anciano, y a Eufrosina se la carcomen los celos. Cuando terminan, se pone a llorar, admitiendo ante Memín como sufre con el complejo de inferioridad, siendo una analfabeta que sólo le estorba, por más que él asegura que no es así. Don Nicéforo escucha detrás de la puerta, reflexionando sobre lo que ha desatado su presencia. Pasa el tiempo y finalmente, Memín consigue el máximo triunfo, cuando Romero anuncia que ha sacado dieces en todas las materias, otorgándole la medalla al merito y la banda de aplicación, que se las coloca su amigo Ernestillo, quien ahora es el segundo de la clase. Memín pide permiso para traer a Eufrosina y compartir así el goce de sus logros (¿sólo para que escuche como le aplauden en el salón? Ni que fuera una ceremonia escolar o una graduación). Llega a la casa rápidamente, dándole la buena noticia a Eufrosina, que lo abraza y empieza a arreglarse para acompañarlo de vuelta. Don Nicéforo regresa en ese momento, y felicita a Memín, que ahora si ha cumplido su palabra. Le piden que los acompañe, pero él no lo cree necesario, alegando que él sólo fue su maestro, y quien en realidad lo merece es Eufrosina porque todo lo hizo por el bien de ella. En cuanto ellos se van, Don Nicéforo toma su decisión de retirarse, sintiendo que no le conviene permanecer más ahí si pone en peligro la unión familiar. Recoge sus cosas y deja cartas de despedida para ambos. Eufrosina llora de felicidad en el salón, con todos los compañeros aplaudiendo a su hijo y el profesor felicitándola. A la salida, Ernestillo propone que, ya que Don Nicéforo hizo un verdadero milagro por un flojonazo como Memín, podría dar clases a otros que tengan dificultades para estudiar por su cuenta, y que hasta cobraría por este servicio. Los dos van a comprar la comida y al regresar, descubren que el anciano se ha ido, dejando sólo esas cartas. Eufrosina le apremia a leérselas, donde expresa como sintió que su presencia estaba volviéndose nociva para ellos, sintiendo que ya cumplió su cometido y que ahora Memín podrá continuar solo, recordándole no perder nunca su entusiasmo por estudiar (ante con este abandono lo hará, y de ahí sólo irá descendiendo hasta ser el mismo burro del principio). Eufrosina se pone a llorar conforme sigue leyendo, considerando que es culpa suya, por ser tan celosa. Sabiendo que el pobre no tenia hogar, les preocupa lo que pueda pasarle, y acuerdan que deben buscarlo a como de lugar. Los amigos de Memín llegan en ese momento, buscando a Don Nicéforo y son puestos al tanto de su partida. Eufrosina les pida que acompañen a Memín para encontrarlo y traerlo de vuelta, y ellos aceptan, habiendo tenido muy bien planeada su idea de darle trabajo de maestro particular. La única pista que tienen es que él decía que solía pasar las noches en los mesones y se ponen a visitarlos todos, para dar con uno que pueda darles razón de su persona. Lo único que consiguen es uno al que asiste regularmente un amigo del anciano, un tal Nepomuceno que gusta de emborracharse, pero como no se encuentra, les sugieren esperar a la hora en que llega sobrio. Agradecen la información, esperando que sirva de algo.
Don Nicéforo duerme en una banca de parque, y es despertado por un policía que le recuerda que está prohibido dormir ahí. Jala con él a la delegación, donde, después de explicar que no tiene casa ni familia, es enviado a un asilo de ancianos. Con la promesa de que ahí tendrá casa y comida, Don Nicéforo se muestra conforme, lo que es irregular entre los que suelen ingresar a esos deprimentes lugares, pero como él ya no tiene ilusiones en la vida ni parientes, no ve inconveniente alguno. Ignora como Memín lo extraña y Eufrosina reza por su regreso. En la escuela, Memín no tarda en perder el primer lugar, lo que extraña a Romero, pero el negrito lo justifica con la falta del amigable anciano que lo ayudaba a estudiar. Al terminar las clases, va con sus amigos al mesón, esperando la llegada de Nepomuceno. Cuando éste al fin se presenta, no puede decirles nada, fuera de comentar que le gustaba andar con Nicéforo porque le contaba cosas que él no entendía, pero le aburría que nunca quisiera tomar con él. Lamentan haber perdido el tiempo, sin saber que hacer para encontrarlo.
En el asilo, tres ancianos pasan a saludar al recién llegado, suponiéndolo tan decaído como suelen estar todos al principio. Al ver que está tan contento, Nicéforo inquiere si ellos ingresaron por su propia voluntad. Cada uno de ellos cuenta su historia típica de los que ingresan a los asilos por familiares que no los aguantan. Uno, Simón, es el estereotipo del anciano de hijos malagradecidos que lo veían como una carga y que se la pasa esperando que vengan a visitarlo, pero nunca lo hacen, por lo que está deprimido la mayor parte del tiempo. El otro, Pablo, es un viejo gruñón y fastidioso, al que ingresaron casi obligándolo, porque se resistió bastante, y todo lo quiere arreglar a bastonazos. Y el ultimo, Agustín, es un caso peculiar del que se casó varias veces con distintas mujeres, que fue dejado ahí por sus varios hijos, pero se mantiene indiferente ante el abandono, lamentando sólo la ausencia de presencia femenina entre los viejos ingresados (de lo que los hijos se aseguraron para no tener otro hermano ¿olvidan que las ancianas pierden la fertilidad?).
Nicéforo agradece por haber perdido a su familia y no verse reducido así. Una amable monja pasa a saludarlos y los primeros dos viejos inquieren si no les han llegado cartas de sus familiares. No reciben ninguno y Pablo ya habla de los bastonazos que les dará cuando los vea mientras Simón sólo se pone a llorar. La monja le da la bienvenida a Nicéforo, que como no tiene familia, no la molestará con eso. Pasan a quejarse de uno al que siempre le llegan cartas, que incluso a veces las leen porque él ni sabe y las tira a la basura (¿la vida en esos lugares es tan triste que los orilla a leer la correspondencia ajena? ¿Y que retrasados hay en su familia que le escriben a un viejo analfabeta?). Después de un incidente sin importancia en el comedor, a Nicéforo le viene una idea. Le propone a la monja que le permitan dar clases a los viejos, cualquier cosa para distraerlos y olvidar sus respectivas atribulaciones. A ella le parece bien, y pronto Don Nicéforo se da abasto, enseñando lo que puede a sus compañeros de asilo, en manualidades y otras actividades.
Memín y Eufrosina siguen muy tristes por no saber del anciano. Las calificaciones del negrito continúan descendiendo, pasando de nuevo hasta el 8, pero a él ya no le importa ni se queja. Cuando sale con sus amigos, Ricardo recuerda un comentario de Nepomuceno, que había escapado de la policía que podía llevarlo al asilo, sugiriendo que a lo mejor eso pasó con Don Nicéforo. No pierden tiempo y van a informarse de la localización de ese lugar. Muy pronto están ahí, siendo recibidos por la amable monja. Al hacerles saber que Nicéforo Melquíades se encuentra ahí, Memín ya quiere llevárselo, pero la religiosa advierte que no será posible, porque él la pasa muy bien en ese lugar. Él no le cree nada y ella los deja pasar, en lo que va a avisarle al anciano de su llegada. Don Nicéforo impartía lecciones de pintura, haciendo a su vez un dibujo de Memín, cuando la monja viene a informarle que su querido amigo lo busca. Temiendo que lo convenza de volver, Don Nicéforo piensa evitarlo y dar una excusa, pero al final no puede más, y corre a su encuentro. Después del emotivo abrazo, él sostiene que no se ira de ahí, porque es en donde debe estar. Memín y sus amigos insisten en que pueden sacarlo, aunque sea por la fuerza, pero el anciano asegura que ahí está muy a gusto. Ha encontrado gratificante el enseñar a los demás viejos, que aun a su edad avanzada, el aprendizaje nunca está de más, en especial si ayuda que exista armonía entre ellos y que olviden la tristeza del abandono. Acaban dándole la razón, y sólo les pide que si quieren hacer un bien, vengan a de vez en cuando de visita, para él y los demás. Ellos se lo prometen y en un inesperado giro del guión, aseguran que traerán variedad, decidiendo hacer un grupo musical moderno (así nomás se les ocurrió).
Esta parte ya se siente medio extraña, e incluso parece que el dibujo en la mayor parte de la revista (No. 239), no parece el del señor Valencia tan característico, aunque bien podría deberse también a una falla en el entintado que ocasiona la confusión o no estaba en buenas condiciones a la hora de dibujar y lo hizo deprisa.
Después de que sus amigos consuelan a Memín para que acepte el destino de Don Nicéforo, Carlangas propone su idea de que formen dicho conjunto. Verificando que cada quien tiene instrumentos y alguna facilidad especial para tales y el canto, en pocas paginas se preparan para ir a tocar en el asilo. A Mercedes les toca oír su ejecución que para ella es puro ruido. Memín hace su batería usando cacerolas nuevas que tomó de la casa. Eufrosina le reclama que con eso no podrá hacer la comida, que es en lo que no pensó, pero considera más importante emplearlos para entretenimiento de los ancianos. Para mejorar su imagen moderna, sus amigos deciden dejarse crecer el cabello, que en cuatro semanas, ya se vuelven melenas. Ofrecen su primer concierto de ensayo a los padres de Ricardo, que sólo pueden aplaudirles, aunque en el fondo no entienden nada de la música moderna, e incluso Memín insinúa que están fuera de la onda. Al señor Arcaraz no le parece que se anden dejando el cabello largo, considerándolo antiestético (que anticuado, aunque para ese entonces aun no era tan normal como hoy en día, supongo), Los chicos se defienden, insistiendo que necesitan el cabello largo para tocar bien (nada que ver), exponiendo que los adultos no comprenden las cosas de nueva ola y por eso no dejan a los jóvenes adaptarse, y aunque Memín sea calvo de nacimiento, apoya a sus amigos. El señor Arcaraz no insiste, pero advierte que al menos Ricardo ira directo a la peluqueria después de tocarles a los viejos. Llega el día de la tocada y a Memín le ponen una peluca, que le incomoda y apena mucho. Después de molestarlo con las cosas que le untaron para arreglarla, éste se esconde al ver a Don Nicéforo, avergonzado de que lo vea así. Pero una vez que lo distingue y reconoce, el anciano lo abraza sin importarle su aspecto.
La realización de dicho concierto no llega a verse, debido a un aparente error en la publicación del numero siguiente, que, al menos en la versión a colores, da la impresión de que se lo han “saltado”, por lo que hasta ahí llegan los detalles de este secuencia. Un buen desarrollo hasta la parte en que tan repentinamente deciden hacer el improvisado grupo musical, siendo más incongruente el hecho de que quieran hacerlo tan moderno para entretener a unos ancianos, quienes normalmente, no toleran lo que es “moderno”. Pero en fin, para este punto todo indica que no tenia caso seguir con el drama y había que rellenar con algo ligero y sacado de la manga.

domingo, 16 de agosto de 2009

Memín Pinguín #229-234

Memín pasa momentos angustiosos mientras sigue la convalecencia de Eufrosina. Con ayuda de un nuevo amigo, consigue la motivación para continuar, mientras espera los resultados

Después de poner los anuncios para comprar un riñón en buen estado, Memín se la pasa esperando que uno caiga. Un carnicero llega para ofrecerle unos que tiene, pero le aclara que no esos no son del tipo de riñones que necesita. Ernestillo pasa a saludarlo cuando se presenta un anciano que ofrece su riñón. Por su avanzada edad, Memín no cree que le sirva, pero el viejo sostiene que goza de buena salud y está dispuesto a dárselo no por dinero, sino por humanidad, aclarando que es viudo y sus hijos murieron hace tiempo, no teniendo a nadie que vea por él ni hogar siquiera. Conformado con ayudar en lo que pueda antes de que la muerte lo reclame, hace que Memín le tome estima inmediata, ofreciéndole además de los cinco mil pesos que tenia ahorrados, el poder vivir con en su casa. Ernestillo propone que vayan al hospital para tomar consideraciones del medico. Pronto, están con Eufrosina, y Memín le presenta a su “riñón”, que responde al nombre de Nicéforo Melquíades (pero todo el tiempo, estará llamándolo “Don Semáforo” o “Don Cromóforo”, por su hábito de malentender los nombres curiosos), pero ella no entiende nada. Al preguntar a una enfermera por el medico que atiende a su madre, quien se apellida Moreno, ésta replica que está en una junta, discutiendo el caso con otros doctores. Memín agarra a Don Nicéforo y salen corriendo para buscar al doctor “Prieto”. Irrumpen en la junta, y por su forma de expresarse, los otros médicos creen que Memín no está bien de la cabeza. El doctor Moreno escucha pacientemente la proposición de Memín de apresurarse a aprovechar el riñón de “Don Semáforo”, sin hacerle mucho caso y pidiéndole retirarse para que ellos lo consideren. Al salir de ahí, Don Nicéforo se pone triste, porque se había hecho ilusiones de tener un hogar después de su acto desinteresado. Memín le propone que se venga a vivir con él de una vez, ya que de por si se encuentra muy solo, asegurando que cuando Eufrosina salga, no pondrá objeción alguna. Vuelve con Ernestillo a ver su má linda, contándole sobre lo que hará por Don Nicéforo. Su amigo le hace ver que si el anciano se sienta muy a gusto en su nuevo hogar, luego podría negarse a dar el riñón, considera las pocas probabilidades de sobrevivir a ese tipo de operación a su edad. Dejan a Eufrosina y salen con el anciano, a quien Memín propone hacer un pacto de saliva, que a Ernestillo le parece una cochinada, pero Don Nicéforo acepta. De ese modo, se compromete a sostener su palabra de dar el riñón cuando lo requieran. Llevando al nuevo “miembro de la familia” a casa, Memín acaba por confesarle que es culpa suya lo que pasó con Eufrosina, por su flojera de estudiar y que le prometió a la Virgen que se volvería el primero de clase si se salvaba, algo que halla muy difícil de cumplir. Don Nicéforo le asegura que así será y que él lo ayudará, diciendo ser catedrático (pese a que Memín según ya sabia que era eso un numero atrás, se molesta en preguntarle que significa), y que puede darle clases particulares, un servicio que de algún modo pagaría su estancia en la casa. Admite que las penas de la vida le hicieron dejar esa carrera, pero aun conserva el brío y está dispuesto a comenzar las lecciones. Prepara la comida demostrando tener habilidad y luego Memín le muestra sus libros, en los que tiene dibujos por todos lados. Don Nicéforo le advierte que no debe darles ese trato y no tarda en advertir que lo mismo hace con las notas y ejercicios en sus cuadernos. Prosigue haciéndole leer y explicar un texto, pero Memín se lo echa tan rápido, que no le entiende nada. Siguen con la aritmética y resulta mucho peor. Don Nicéforo concluye que Memín está atrasadísimo, y que tendrá que estudiar en serio sí quiere cumplir lo prometido. Por la recuperación de Eufrosina, Memín estrecha la mano del anciano para aceptar el compromiso.
Tras despertar la mañana siguiente, Don Nicéforo apremia a Memín a bañarse por primera vez en la regadera (todo el tiempo se ha acostumbrado a que Eufrosina lo lave en la tina), y se prepare para ir a visitarla en el hospital. En eso, llaman a la puerta, enviando un mensaje de parte del doctor Moreno, para que Memín acuda inmediato. El negrito teme las peores noticias, pero el anciano le transmite confianza, para que recuerde la encomienda a la Virgen. Lo acompaña al hospital, donde están en vistas de operar a Eufrosina, pero necesitaban que él viniera a firmar los documentos, ya que ella no sabe escribir. Memín le avisa a Don Nicéforo que se prepare a soltar el riñón, aunque él no creo que lo admitan, porque ya ha desayunado y de ese modo no los reciben para transplantes inmediatos. Van con el doctor Moreno, que admite que hay grandes riesgos de que se quede en la operación, pero que conserve el optimismo. Memín vuelve a presentar a Don Nicéforo para que le transplanten el riñón, pero el doctor explica que el estado de Eufrosina no llega a ese nivel de gravedad, por lo que es innecesario. El anciano se desmaya por el alivio, porque en el fondo ya le había dado miedo la idea de morir luego de que se lo extrajeran. El medico le da los papeles a firmar, explicándole sobre los que quitan responsabilidades al hospital en caso de muerte, provocando desconfianza en Memín, que firma aunque luego ande diciendo que si la riegan, lo pagarán muy caro (pero según el papel, no será así). Sigue la enternecedora y probable despedida entre ellos. Ella le pide porque se atengan a lo que el destino disponga y que a él no le falten ni la ayuda ni los ánimos para seguir por su cuenta en caso de que ella fallezca. Se la llevan a operar y Memín rompe a llorar, con Don Nicéforo a su lado, tratando de consolarlo. En la escuela, sus amigos están preocupados después de que Ernestillo los ha enterado de la desgracia de Memín. Cuando el profesor se da cuenta de su aflicción, ellos le advierten que tendrán faltar a su promesa de no ver a Memín, para apoyarlo en esos momentos difíciles. Tras contarle lo que pasa, Romero les exige que no esperen más y corran al lado de su amigo. Memín espera con angustia mientras realizan la operación, y muy pronto sus amigos están con él. Intentan distraerlo haciéndole plática sobre otros asuntos, pero Memín no deja de preocuparse. El doctor Moreno sale para informarle que la operación salió bien y que están cosiéndola. Memín toma a mal el concepto, impacientándose y exigiendo verla, mas el medico le dice que no es posible hasta que salga de la sala de recuperación. Tiene que esperar dos horas más, y va con sus amigos a una nevería con Don Nicéforo. A Ricardo y Carlangas les cae bien el anciano al saber de su valiente y noble gesto, aunque no hiciera falta. Finalmente llega la hora en que podrá verla, y van todos de vuelta al hospital. Al ver a Eufrosina conectada con los cables que se utilizan para el suero, Memín cree que le han sacado las tripas y está a punto de arrancárselos, pero sus amigos logran detenerlo antes de que cometa tal imprudencia, explicándole que eso la mantiene viva. La enfermera les pide que se vayan para que la dejen dormir, pero Memín no quiere irse y tienen que llevárselo a rastras. Le ofrecen que se venga a quedar en la casa de alguno de ellos, pero Memín rechaza sus ofertas porque ya tiene a “Don Semáforo” como compañero de vivienda. El anciano opina que está bien que se quede con uno de ellos, argumentando que él puede pasar la noche en cualquier otro lugar, ya estando acostumbrado a la vida en la calle. Pese a todo, él insiste en quedarse en casa en compañía de Nicéforo. Mientras van juntos para ella, éste le explica a Memín sobre lo que estaban haciendo a Eufrosina, pero no consigue hacerle entender nada, quedando clarísimo la gran cantidad de ignorancia del negrito hasta en los más simples términos médicos. Memín sigue creyendo que Eufrosina podría ponerse mala y morir de un momento a otro, y como el viejo le anima a consultar con la Virgen, le parece creer que ésta le ha sonreído desde su imagen, disipando sus temores.
A la mañana siguiente, se arregla bien para ir al hospital, encontrándola aun débil, pero muy mejorada y más lucida. En su necedad por andar con ella y su ignorancia ante los procedimientos médicos, discute con la enfermera, pero Eufrosina lo contenta para que deje eso y agradezca las atenciones de todos los del hospital a los que debe su recuperación. Pasa a ver a sus amigos, primero con Ernestillo que lo apoyó desde el principio, y luego con Carlangas, cuyos respectivos padres le brindan su apoyo, aunque apenas fueron puestos al tanto de la situación. Van a casa de Ricardo, donde, como de costumbre, la gorronería de Memín aprovecha la comida que le sirve, volviendo a mostrar ignorancia al malentender la pregunta de Mercedes de cuando darán de alta a su madre, creyendo que se refiere a la altura. Después, sus amigos lo invitan a jugar béisbol para distraerse, pero se acuerda que dejó a Don Nicéforo esperándolo en la casa. Se dirigen allá, pero no lo encuentran, apresurándose a suponer que se fue y Memín lo lamenta, mencionando lo útil que es para limpiar la casa y cocinar, haciendo que sus amigos lo tomen por convenenciero. Pero en realidad él solo había salido un rato y al llegar, les sirve de comer a los cuatro, aunque Memín objeta porque así no le tocará tanto como quisiera. Deja poco para él, pero asegura que es suficiente y el verdadero alimento lo saca de la satisfacción de compartir. Procede a contar como pretende convertir a Memín en estudiando aplicado, y él concuerda en que así será, sin dejar pasar una vacilación al respecto.
Al día siguiente, mientras el médico revisa a Eufrosina, Memín cae en las manos de un chiflado que se escapó. Éste confunde al negrito con un pollo y lo toma por el cuello. El doctor llega a tiempo para salvarlo, calmando al loco para que suelte a Memín. Luego, le da recomendaciones para su madre cuando salga del hospital, advirtiéndole que no debe realizar ningún esfuerzo y que no debe provocarle más disgustos. Vuelve a la cama de Eufrosina, diciéndole que en dos días volverá a casa (pero unas paginas atrás fue ella quien le dio esa noticia), y los dos agradecen tanto a Dios como a la Virgen. Le da las buenas nuevas a Don Nicéforo, quien le recuerda que tiene que cumplir con lo suyo. Ya tiene preparados los libros y lo insiste en comenzar de inmediato, rechazando las excusas que Memín utiliza para sacarle. Así se la pasan los dos, con Memín siempre confundiendo conceptos y palabras, corregido por Don Nicéforo que se pasa de paciente para aguantarlo. El anciano se queda dormido un rato y Memín le imagina cuernos y cola para expresar como lo siente por ponerlo a estudiar. Trata de escabullirse, pero Nicéforo despierta y lo cacha antes de que huya, prosiguiendo con el estudio. Pasan algunos días, en que los dos trabajan sin descanso. Memín va comprendiendo mejor las cosas y se atreve a pedirle permiso para ir a jugar con sus amigos un rato. Se lo da y va al callejón con sus amigos. Queriendo darse importancia por estudioso, casi hace que le rueguen para jugar, exasperándolos, pero luego ya se entregan los cuatro a una partida de béisbol. Pasan a una nevería, donde Memín admite que le aterra volver a casa para que “Don Semáforo” lo siga obligando a estudiar. Cuando se retiran a sus hogares, acompaña a Ernestillo, quien le ha prometido una silla de ruedas para Eufrosina. Ahí, asiste a su amigo y el señor Vargas para terminar de fijar la destartalada silla. Memín revela ser ignorante hasta para los nombres de materiales de carpintería, confundiendo lo que son la cola y los taquetes. Hacen los preparativos para darle la bienvenida a Eufrosina, que al fin será dada de alta. Sus amigos trabajan en los adornos y cuando ven que Memín se anda comiendo el engrudo, le advierten de la peligrosidad de eso aun cuando él diga que sabe rico, alegando que Don Nicéforo se lo ha hecho con azúcar (posible confusión con la avena). Empiezan a arreglar la casa, exhibiendo la silla ya terminada y lista para ser ocupada por su má linda, que le evitará esfuerzos. En el hospital, Eufrosina ya está de pie, agradeciendo al personal que la atendió y despidiéndose de los otros enfermos que estaban con ella. Memín llega para recogerla y los dos agradecen especialmente al doctor Moreno. Al volver a casa, la ponen en la silla, y Eufrosina llora, conmovida al verse recibida por los amigos de Memín y sus familias. Todos se sientan en la mesa para comer, y en lo que transcurre la reunión, ella no deja de preguntarse por la presencia del anciano desconocido, creyendo que es abuelo de uno de los niños. Cuando todos se han retirado, le extraña que Don Nicéforo siga ahí.
Y así Memín tendrá que explicarle que hay un nuevo miembro en la familia, en lo que se llevará la siguiente secuencia en que concluye en definitiva este arco de la historia.

sábado, 15 de agosto de 2009

Memín Pinguin #224-229

Creyéndose lo suficientemente preparado para la vida tras su estancia en África, Memín manda los estudios por un tubo. Como consecuencia, Eufrosina enferma de gravedad y convalece en el hospital, peligrando su vida, para la angustia de su hijo irresponsable.

Los amigos de Memín se preparan para el regreso a clases, emocionados. Pero el negrito no lo está, mostrándose flojo cuando Eufrosina lo levanta. En la escuela, cuentan a sus compañeros de su experiencia, y al llegar Memín, menciona como detesta que no le hayan recordado lo que les esperaba al volver a México para quedarse en África más tiempo. El profesor Romero los recibe tan afablemente como siempre, esperando que puedan ponerse al corriente tras haberse ausentado tanto. Memín pide la palabra cuando está por comenzar con la lección de Geografía, presumiendo de saber lo necesario por haber andado en el continente negro, pero no capta ni un solo dato informativo, limitándose a hablar sobre su sueño loco de los pigmeos caníbales. Pasa a contar otras cosas que no vienen al caso, y acaba por declarar que no cree necesario el estudio, porque igual hubiera pasado por lo mismo sin ninguna diferencia. El profesor pregunta a sus amigos si comparten su opinión, pero ellos si se mantienen firmes a los ideales indispensables de recibir educación que los prepararán bien para el futuro. Memín admite que sólo va porque su má linda lo manda, pero con todo, el profesor Romero lo regresa a su asiento para seguir con la lección. Le da por hacer dibujos en su cuaderno mientras el maestro anda dictando, y no tarda en llamarle la atención. Romero le ordena que se retire del salón si no tiene ánimos de estudiar como los demás, y Memín tiene que obedecer, pero sin mucha pena. Le preocupa que Eufrosina lo regañe al volver tan temprano por esa razón, pero se reanima al acordarse de Don Samuel, ocurriéndosele ir a visitarlo y proponerle realizar otro viaje juntos. Va hasta su residencia, pero el mayordomo le comunica que el anciano se ha ido a descansar unos días a su casa de campo y no sabe donde queda exactamente, desairándolo. Memín decide irse al callejón y jugar a las canicas con Torcuato, su amigo imaginario. Una vecina que lo miró al pasar por ahí, le va con el chisme a Eufrosina, quien de inmediato toma la tabla con clavo y sale en su busca. Memín logra divisarla en la distancia y se esconde justo a tiempo.
Sus amigos se preocupan por lo que ocurrió, y abogan por él ante el profesor, pidiendo que le permita volver al salón. Romero considera que el viaje ha perjudicado a Memín, pudiendo convertirlo en una mala influencia sí permanece con esa idea en la cabeza, pero acepta que regrese, con la condición de que vuelva acompañado de su madre. Ellos le prometen que así será y ellos mismos lo ayudarán a estudiar. Al volver Memín a casa, Eufrosina menciona lo que le vinieron a contar, y cuanto se enojó al saberlo. Pero como no lo halló jugando ahí, supone que si fue a la escuela, y Memín no se lo desmiente. Se pone a comer cuando llegan sus amigos, dispuestos a cumplir su cometido. Memín disimula para que Eufrosina no sepa que lo echaron del salón, y ellos le echan en cara su cobardía. Ignorando su petición de no decir nada, cuentan a detalle a Eufrosina lo ocurrido, conscientes de que es por su bien. Memín recibe una buena regañiza y los tablazos bien dados. Al día siguiente, los dos se presentan ante el profesor Romero. Eufrosina pide que lo deje volver, asegurando que ha aprendido la lección y el compasivo maestro acepta, esperando que pueda entrar en razón. Sin embargo, sus esfuerzos resultan en vano y Memín persiste en ser más flojo que nunca. Durante las sesiones de estudio con sus amigos, no deja de distraerse, pensando en otras cosas, y ellos inmersos a su vez en su labor, no tienen tiempo de insistirle más, dejando que luego sufra las consecuencias de su pereza. Eufrosina cree ingenuamente que su hijo estudia duro al verlo cansado, pero no es más que la expresión del aburrimiento que le ocasiona el estudio que ni toma en serio. Llega el día del examen general, donde los cuatro se la ven difícil. Pero a Memín se le ilumina la cabeza, creyendo ser lo bastante listo para responder la preguntas, en una forma que hace homenaje a las comedias mexicanas del ayer y hoy, empleando el vicio del lenguaje.
Presume ante sus compañeros haber terminado la prueba primero, sorprendiendo a Romero, que no se lo esperaba. Al salir de clases, sus amigos dan sus impresiones, admitiendo que no estudiaron lo suficiente por el tiempo que perdieron (vamos, es una prueba de primaria, no está tan difícil como para que una semanita no baste para ponerse truchas), y Memín sólo se da importancia, creyéndose superior a ellos, tanteándolos porque nunca lo vieron estudiar. En su casa también presume haber acabado primero, poniendo muy contenta a Eufrosina, que no entiende que eso no siempre significa que uno sea el más aplicado. El profesor Romero califica las pruebas, y al ver la de Memín, le halla gracia al principio, pero luego se escandaliza ante la demostración de tanta ignorancia y carencia de interés por aprender. Consulta con el director, que comparte su opinión y propone la expulsión del flojonazo. Romero le pide que no tomen esa medida sin darle una oportunidad, asegurando que aun hay tiempo de que el negrito vuelva a tomar en serio los estudios y él se encargará de ello.
Al siguiente día, entrega los resultados de las pruebas y las respectivas calificaciones. Memín sigue hinchado de orgullo, burlándose de sus amigos, que apenas sacaron 7 y 6, siendo advertidos por Romero sobre las consecuencias de haber dejado pasar tantos días sin estudiar. Pero cuando le llega su turno, dejándolo para el final, resulta que él tiene puros ceros. A continuación, el maestro lee en voz alta algunas de sus ocurrentes y completamente fuera de lugar, respuestas, provocando la risa entre sus compañeros. Humillado y regañado por sus amigos, enormemente decepcionados de él, Memín se indigna, poniéndose majadero. Le entregan su boleta para que le firme Eufrosina, y en el camino a casa, se le ocurre alterar las calificaciones, convirtiendo los ceros en dieces. Al entrar, la encuentra tendida en la cama, suponiéndola enferma, pero ella disimula, diciendo que sólo está descansando. Memín le muestra las calificaciones alteradas, y Eufrosina llora de felicidad por sentir a su hijo tan inteligente y aplicado. Los remordimientos atormentan a Memín, pero se esfuerza por dejarlos de lado, atendiéndola para que siga descansando. Al día siguiente, entre clases, Memín sigue lepero con sus amigos, exhibiendo su boleta firmada (por un garabato, ya que Eufrosina no sabe escribir), a pesar de las malas calificaciones, que ya ha corregido para que vuelvan a ser ceros. Pero entonces ella llega a interrumpir las clases, muy contenta y orgullosa, con el propósito de perdió permiso para llevárselo a comprarle un premio. El profesor Romero se da cuenta de la vacilada que le dieron, y manda a llamar a Memín al frente a comparecer. Le muestra las calificaciones a Eufrosina, que pide una explicación al ver que no son las mismas de antes. No teniendo otra opción, el negrito admite que la engañó, rompiéndole el corazón y humillándola ahí mismo.
Más triste y decepcionada que enojada, por sentir que se burló de ella, Eufrosina toma con brusquedad a Memín, sacándolo del salón. Romero indica a sus alumnos que tomen nota del ejemplo de a lo que llevan las mentiras, señalando especialmente a sus amigos, que si mostraron las calificaciones tal por cuales a sus padres, aunque los avergonzaran. Expresan su lamento por lo bajo ha caído Memín.
Después de darle de tablazos, Eufrosina llora amargamente y se tiende en la cama tras tomar unas medicinas. Memín comprende que algo le sucede, pero ella no dice nada, rechazando sus atenciones y diciendo que ha perdido al hijo que amaba. Por más que Memín intenta resarcirse al verla tan destrozada, nada consigue para componer su estado de ánimo. Le sirve la comida, pero ella dice no tener hambre, y luego lo manda a dormir en la silla. El panorama se pone peor para Memín al día siguiente, ya que en cuanto llega, Romero le ordena salir del salón, decidiendo que no lo admitirá más después de lo que ha hecho. Sus suplicas son inútiles y el maestro se muestra inflexible. Entristecido, Memín se despide de sus amigos e intenta una vez más conmover al educador. Romero le dice que podrá volverlo a aceptar si hay un cambio en sus calificaciones, lo que tendrá que demostrar con el tiempo, dándole un poco de esperanza y poniéndolo tan cariñosamente efusivo sin que pueda detenerlo. Esta vez no lo manda a primero, sino a otro salón del mismo grado, donde le toca una maestra entrada en años que habla con puros diminutivos, demasiado melosa, pero a Memín le sienta bien, remedándola sin que lo reprenda. Romero aconseja a sus amigos que por un tiempo, no lo busquen ni lo contacten, ya que así lo harían sentirse forzado a volver a estudiar, como sucedió antes, y la mejor forma de que reaccione, es dejarlo salir adelante por su cuenta. Ellos se comprometen, aunque lo lamentan mucho.
En la casa, la comida ya está servida, pero cuando llega Eufrosina, cargada de medicinas, no quiere comer, todavía muy molesta con él. Memín no lo soporta y le ofrece la tabla de clavos para que le pegue hasta cansarse, con tal de que no siga enojada, pero ella se ha quedado dormida. Reparando en las medicinas, pregunta de que está enferma, mas Eufrosina no quiere decirle nada, únicamente mencionando que le duelen los riñones. Memín saca un libro de texto para informarse sobre que son los riñones, y al leer que son las glándulas secretoras, cree que se refiere a las anginas que no pueden decir los secretos. Recordando como ella lo ha tratado a él, se encarga de preparar todo para curarla. Eufrosina no hace intento de detenerlo, dejando que le administre los inútiles remedios para un mal que no tiene en ese momento. Luego, se pone a delirar, preocupando a Memín al decir que tiene otros cinco hijos, entre otras incoherencias. Preocupado, Memín acude con la vecina, para que le ayude a revisar su estado. Viendo que está muy afiebrada, ella recuerda que la ha notado enferma los últimos días, sugiriéndole ir con el doctor Sánchez (que ya ha salido un par de veces, pero nunca nos dijeron su nombre hasta ahora). Memín va a su domicilio, dejando a la vecina cuidando de Eufrosina. El medico estaba comiendo en ese momento, pero atiende al negrito de todos modos. Cuando éste le cuenta las curaciones que le aplicó, le hace ver su falta de conocimientos al confundir el remedio de las anginas con los riñones, que no tienen relación alguna. Menciona que también hay posibilidad de que su estado se agravara por el fuerte disgusto que él le provocó. Como él se justifica con su necedad de no seguir estudiando, le señala su grave error, para después darle una receta y apuntar a Eufrosina para revisarla a primera hora. Memín corre a casa cargando las medicinas, comentando a la vecina que en vez de darle a tantas horas como indica la receta, se las dará todos de una vez, mas ella le dice que así sólo la mataría. Lo deja solo para irse con su familia y el negrito da rienda suelta a su llanto, sabiéndose responsable del malestar de Eufrosina. Ella sigue delirando, y a la mañana siguiente, después de revisarla, el doctor informa a Memín que su condición es grave, ya que uno de sus riñones está fallándole y requiere atención en un hospital. Promete hacer los arreglos con la institución a la que está afiliado para que la reciban y anima a Memín a ser valiente en caso de que ocurra lo peor. Memín reza ante la Virgen de Guadalupe, pidiendo por la curación de su madre, comprometiéndose a estudiar y volverse el mejor de la clase si se salva. Luego, vienen los de la ambulancia a llevarse a Eufrosina, aunque con trabajo, porque es muy pesada. Ella ya empieza a reaccionar y logra echarle la bendición a Memín antes de que se la lleven. Memín no se conforma y les suplica que lo dejen ir con ella en la ambulancia. Aunque va contra las normas, su insistencia los conmueve y se lo permiten. Así, logra llegar hasta el hospital, escondiéndose debajo de la cama de Eufrosina. Escucha a los médicos que la están examinando, y considera que si la cama no resiste el peso de ella, podría morir aplastado, pero eso seria un honor para él (¿eso amor filial del bueno o que?). Cuando le traen la comida a la anciana enferma de junto, ésta se encuentra muy débil para tomarla, así que Memín se aprovecha, devorándolo todo. Se queda dormido bajo la cama un rato, despertando cuando el doctor y la enferma se disponen a sacarle sangre a Eufrosina, batallando para hallar una vena en su regordete brazo. Memín sale a “defenderla”, ignorando la política de que no se permite a los familiares andar con los enfermos fuera de los días y horarios de visitas. Apremia a Eufrosina para que se vayan, pero ella está muy débil y pronto se desmaya. El doctor se muestra comprensivo y se lleva a Memín para explicarle lo que pasa. Le indica que harán lo posible por salvar el riñón dañado, aunque eso implicará una operación delicada. Ofrece darle un pase para que pueda visitarla diariamente, y Memín se marcha, deprimido. Trata de quedarse fuera del hospital, pero el tiempo pasa y empieza a cansarse y tener frío. Vuelve a la casa, comiéndose un pan duro y se echa una siesta, soñando con él y su má linda, volando con alas sobre las nubes.
Despierta al oír que están cantando las mañanitas, y por unos niños se entera que es día de las madres. Compra unas rosas y se dirige con alegría al hospital, pero encuentra la cama vacía. Supone que ella ha fallecido, echándose a llorar. Viene el medico del otro día, reconociéndole y haciéndole saber que sólo la llevaron a tomarle una radiografía. Lo conduce al comedor para que pueda tranquilizarse, y al entrar en confianza, Memín se pone a contarle de sus aventuras en África, Luego, con Eufrosina de nuevo en su cama, le deja las flores que le compró, y ella le indica en donde guarda dinero ahorrado, para que lo invierta en gastos emergentes. Al preguntarle si ha comido, menciona a la anciana de junto que le “convidó”, y al voltear a su cama, la mira vacía. Le pregunta el doctor en donde se encuentra y lo entera de que falleció en la noche, pero no de hambre como él se apresura en suponer, sino de la vejez, así que es un remordimiento que Memín no cargará. Volviendo con Eufrosina, ella aclara que ya no está enojada con él, pero aun muy apenada por su renuencia a estudiar, pero él promete que se volverá catedrático. Le da más recomendaciones y que vaya con sus amigos, pero Memín aclara que tiene rato sin verlos.
Sus amigos están preparándose para celebrar a sus respectivas madres en su día, confeccionando regalos y concertando un evento como el de las vez pasada (y cuando pasó ese aun estaban en sexto, y así seguirán, me temo). Resienten la ausencia del negrito, suponiendo que esté enfermo o le dieron muy duro con la tabla. Ernestillo tiene un presentimiento y decide pasar a la casa de Memín para ver que le sucede. Una vecina la avisa que Eufrosina está internada, y en eso, divisa a su amigo llegando al barrio. Memín se aferra a Ernestillo, deshogando toda su angustia con su ayuda. Al contarle sobre el tipo de operación que le harán, Ernestillo sugiere que le hagan un transplante de riñón, que es un avance de la ciencia medica en aquel entonces. A Memín le parece buena idea y toma su recomendación de poner un anuncio en el periódico para solicitar a alguien que ofrezca vender su riñón (a pesar de ser más listo, Ernestillo ignora que no es así como se hace el proceso de los donación de órganos y sólo pagan por ellos en el mercado negro, pero en fin).
La espera del riñón para Eufrosina traerá un cambio favorecedor para la situación de Memín.

viernes, 14 de agosto de 2009

Memín Pinguín #218-223

Para regresar a México y dejar atrás África, Don Samuel, Memín y sus amigos deben viajar en un barco, ignorando que la tripulación se compone de traficantes de esclavos. Estará en sus manos liberarlos y proseguir así su camino.

Van acercándose a una ciudad africana, cuando Memín distingue a una changa que acaba de arrojarle un coco, tomándola por Rovirosa, a quien ya dejaron muy atrás sin haber explicado cuando ni como. Sus amigos le indican que sólo se parece, y al casi recibir un segundo coco, desiste de llamarla. Entran a la ciudad y dan con el hotel. Don Samuel les paga su propia habitación, en donde tendrán que compartir la cama. Memín salta sobre ella, imprudentemente, rompiéndola en breve. Enojados, sus amigos lo mandan a dormir en la silla, mientras se acomodan en el colchón. Un espeluznante aullido se hace oír cuando ya estaban durmiéndose, asustándolos. Concientes de que no podrán dormir con la inquietud, se asoman por la ventana, contemplando a un extraño santón africano, que suelta aullidos mientras se pasea por la solitaria calle. Al verlos, se acerca, presentándose como Majum Dan Dan, infundiendo respeto y ordenando que cierren la ventana porque no se supone que deban verlo en su ritual de bendecir a la ciudad.
Ellos lo ignoran y le hacen preguntas, exasperándolo. Les echa una maldición, apuntando especialmente a Memín, quien como es de esperarse, se pasa de impertinente. El santero se va, dejándo a los cuatro algo preocupados, pero logran volverse a dormir, acomodándose todos en la estropeada cama.
En la mañana, Don Samuel los despierta, conduciéndolos a la posada para desayunar. El mesero les sirve sin cobrarles nada, argumentando que la población entera está de fiesta, por el paso de Majum Dan Dan, a quien tienen prohibido ver cuando “trabaja”, mencionando unos turistas que no hicieron caso y fueron maldecidos en consecuencia, muriendo sin lograr volver a su patria. Los chicos se preocupan por haber incurrido en la ira del santero, pero Don Samuel los tranquiliza, alegando que no deben creer ese tipo de supersticiones. Durante la comida, son observados por el capitán de un barco, que al preguntar por al anciano, se interesa al saber que es millonario. Más tarde, se dirigen al puerto, donde consideran la posibilidad de viajar en barco en vez de en avión. Don Samuel opina que es adecuado porque ya sufrió demasiadas emociones, y después de oír a Memín palabrear con el propósito de apantallarlos y recordarles la “maldición”, van a indagar en los barcos. Preguntan a un marinero borracho, pero éste los ignora. El capitán que los estuvo observado, se presenta, exigiendo saber que necesitan, como quien no quiere la cosa. Él tiene un barco de carga, por lo que finge tener la indisponibilidad de llevar a un anciano con niños, pero lo considera poniendo de precio mil dólares por cabeza. Don Samuel acepta, aunque Memín objeta que es demasiado y sus amigos lo apoyan, pero él está decidido a devolverlos a sus hogares tras tantos predicamentos, recordándoles que esperar a embarcarse en un trasatlántico llevaría más de un mes. Descansan en el hotel, esperando por la hora de abordaje que les dio el capitán. Al llegar al barco, contemplan a los marineros, que suben en estado de ebriedad. Él que cuida la escalerilla, les cierra el paso, rehusándose a creer que el capitán los ha admitido en el barco. Aparta con brusquedad a Don Samuel, lo que enviolenta a Carlangas, respondiendo a golpes. El marinero resulta ser muy fuerte, y ni entre los cuatro consiguen provocarle el menor daño, consiguiendo sólo que se ria de sus vanos esfuerzos. Memín se apodera de una tabla y le da en una pierna (después de golpear accidentalmente a Ricardo en las posaderas). Esta vez si consiguen lastimarlo, y furioso, el marinero los avienta al mar, salvándose únicamente Memín. La presencia de la resaca impide que puedan regresar a tierra, y Don Samuel no puede ayudarles, diciendo que no sabe nadar (¡pero si estuvo nadando hace un par de números!). Pide a Memín que les arrojarle una red, pero el negrito queda atrapado en ésta.No teniendo otra opción, la lanza al agua junto con él, consiguiendo rescatar a los tres, pero ahora es Memín el que se queda a la deriva. Usan de nuevo la red para sacarlo, y ya muy indignados en el muelle, deciden irse. El capitán sale a su encuentro, extrañado porque se vayan y le explican como fueron maltratados por un miembro de su tripulación. Promete castigarlo sí todavia quieren viajar en el barco, y ellos aceptan. El marinero queda expuesto, condenado a un par de días encerrado a pan y agua. Memín le hace burla, pero retrocede cuando el tosco hombre lo fulmina con la mirada.
El viaje en barco comienza. Los cuatro objetan que Don Samuel pagara tanto ya que como "camarote" tienen que conformarse con un espacio en las bodegas. El anciano no quiere repelar, y se acomodan como pueden. Sólo hay una cama y Memín se sale con la suya para compartirla con Don Samuel, dejando a sus amigos dormir en el suelo. Cuando despiertan en la mañana, los cuatro salen a curiosear por el barco. Al distinguir el poste mayor, deciden subirse, para poder probar el catalejo. Se entretienen un poco, pasando por una falsa alarma sobre que divisan “tierra” cuando a Memín se le mete un poco en el ojo. Pronto son efectos del vértigo producido por la altura y los movimientos del barco. Carlangas es el único que no es afectado, y como sus amigos están muy mareados para bajar, él tiene que hacerlo solo, yendo a pedir ayuda a Don Samuel para auxiliarlos. El anciano sube al poste, rescatando a Ernestillo y a Memín. Carlangas lleva a Ricardo, pero apenas ha comenzado a bajar, él también resiente los mareos. No lo soporta y se caen los dos, lastimándose un poco en el aterrizaje. El capitán es testigo de todo y se carcajea. Después de recuperarse, piden perdón a Don Samuel por su imprudencia. Tras fingirse molesto por un rato, los disculpa. Luego, ven al capitán jugando una partida de póker con los marineros, regodeándose por irles ganando. Memín señala que hace “trucos de magia” al descubrir las cartas que va sacando de sus mangas, lo que hace quedar muy mal. El capitán se desquita apartando a Memín por meterse en lo que no le importa, y sus amigos le echan en cara su falta de precaución por andar exponiendo sus trampas, lo que podrían traer consecuencias severas para ellos más adelante.
El barco se detiene en una isla para recoger “mercancía”, la cual consiste en esclavos que comprenden la población masculina del lugar. Don Samuel señala que ese tipo de “comercios” están fuera de ley y época, percibiendo algo turbio en los negocios del capitán (pero si está clarisimo). Memín y sus amigos lo animan a exponer su queja y van ante su presencia. El capitán ni lo disimula, sin preocuparse en nada por la amenaza de denunciarlo, viniendo de parte de un viejo y unos niños. Se retiran y Memín le suministra una buena patada por abusivo. A partir de éste punto, a Memín le aparece mágicamente un gorro de marinero sobre la cabeza, que se limita a un detalle visual del dibujo, sólo para que simpatizara con el ambiente. Don Samuel se arrepiente de haber hablado con él, porque ahora están en peligro de que los maten para que no le cuenten a nadie.
Piensan en una solución, la cual consiste en conseguir la ayuda de los esclavos para tomar posesión del barco. Nombran a Memín primer grumete (él cree que es un titulo importante), para que se ocupe de averiguar en donde los tienen encerrados. Por su falta de concentración, a Memín se le anda olvidando su misión y lo que debe hacer, desesperando a Don Samuel y sus amigos, que ya no están seguros si podrá conseguirlo. Memín da con uno de los marinos, que lo amenaza con meterlo a la mazmorra con los “suyos”, y al pedirle una explicación, acaba dándole señas específicas de donde se encuentran. En otra parte del barco, sus amigos andan lamentando haberlo enviado, pero Don Samuel considera que Memín es lo bastante astuto para conseguir lo que quiere, aunque sea a su estilo tan peculiar. Memín se dirige a las celdas, tratando de hablar con los cautivos, pero no le hacen caso. Empieza a retirarse, cuando el líder de ellos, que entiende el español, lo retiene y le cuenta como fueron engañados con promesas de trabajo, obligándolos a abandonar sus hogares y a sus familias. Memín pide su cooperación si consigue liberarlos, y en eso es sorprendido por el capitán. Es amenazado pero logra disimular la razón de su intromisión.
Vuelve con sus amigos, considerando la siguiente parte del plan. Don Samuel deduce que el marinero que conocieron al principio es el que está a cargo de las llaves, y si le ofrecen una botella sacada los vinos importados de una de las cajas, podrán hacerse con él y quitárselas sin problemas. A Memín se le ocurre como pueden realizar su arriesgada táctica. Se dirigen con ese hombre, que responde al nombre de Tobías (aunque Memín insiste en llamarlo “Tobillo”), que sigue mostrándose brusco y reacio a jugar una partida de la oca cuando se la ofrecen. Al proponer jugarse la botella, el marinero se deja convencer, y al poco rato ya están jugando. Memín se mete demasiado en la partida, ignorando que deben dejar ganar a Tobías para que eche tragos a la botella, y sus amigos no dejan de darle de patadas por abajo. Pese a todo, el marinero no tarda en ser victima de los efectos del alcohol, y cae dormido.Memín se queda jugando, olvidando lo que iban a hacer, mientras los demás se apoderan de las llaves. Percatándose de que sus amigos se han ido, los llama a gritos, despertando a Tobías, que exige saber a donde se fueron, pero vuelve a caer dormido y Memín se aleja. Van a la celda, explicándole su plan de tomar el control al líder, que organiza a los demás para ofrecer la resistencia apropiada. Viéndose libres y furiosos por el engaño sufrido, los isleños toman las armas que les ofrecen y dan cuenta de todos los marineros. Memín se les une, mientras sus amigos inmovilizan al capitán. Habiendo triunfado, los meten a todos al barco, mas pronto se dan cuenta de su descuido, ya que ninguno de ellos sabe manejar el barco. Don Samuel acuerda liberar algunos marineros que no estuvieron de acuerdo con la trata de personas del capitán, y así regresan a la isla. Ahí disfrutan de una estancia agradable en agradecimiento por haber ayudado a traer de vuelta a los isleños. El viaje en barco continúa sin más problemas. Carlangas se declara el nuevo capitán, pero Memín le recuerda que él es el grumete segundo (por sus acciones, fue “ascendido”), provocando una estrepitosa risa en sus amigos. Ellos le demuestran su nivel de ignorancia al no saber que grumete es el puesto más bajo en un barco, lo mismo que un sirviente. Memín se enfurece con ellos, y también con Don Samuel, por no señalarle su error anteriormente. Se aleja de ellos, muy molesto. Don Samuel les hace ver que se pasaron de la raya al hacer quedar como tonto a Memín (no había necesidad) y que deben disculparse. Memín tristea, resentido por la burla, y cuando se le acercan, les da un trancazo a cada uno, y al anciano amenaza con jalarle la barba. Don Samuel ofrece disculpas en nombre de todos, conmoviendo lo suficiente a Memín para que los perdone.
Pasados unos días, viajan en un jet rumbo a México, ansiosos por volver con sus familias. Don Samuel les agradece por su compañía, argumentado que ha sido el más emocionante de todos los viajes que ha hecho. Comenta que considera muy posible que los demás que dejaron atrás, también se salvaron y han de estar de vuelta, incluyendo a su sobrino, quien confía en que haya cambiado su manera de ser (¡pero si intentó matarlo!). El optimismo del veterano es increíble, pero es la mejor consolación que darán a los lectores que no sabrán nunca que ocurrió con los otros que iban a la expedición. Prometen volver a visitar a Don Samuel y se despiden para llamar a sus padres.
Los padres de Ricardo lo reciben muy emocionados. Mercedes, como siempre, se la pasó preocupada, y su padre sólo puede mencionar lo orgulloso que está, pero sin dejar de recordarle que debe estudiar mucho pues las clases ya empezaron desde cuando. Lo mismo menciona el Señor Vargas a Ernestillo. Carlangas les cuenta a sus padres de las experiencias que tuvo. El señor Arozamena hace ver que a pesar de haber sido rico, fue demasiado mimado como para aventurarse a una odisea así, mientras Isabel indica despues de eso que no piensa darle permiso de irse en el futuro cercano. Memín se pone tan acaramelado con Eufrosina, como es de esperarse, contento de volver a estar en sus brazos. Ella le sirve de comer mientras le va contando lo que sucedió y cuanto la extrañó. Al mencionar a Rovirosa, quien le recordaba a ella de algún modo, el aclarar que era una changa, su má linda lo toma por ofensa y ya le anda queriendo quitar el plato. Un detalle es que ahora la ponen como una orangutana cuando habían dicho que era una gorila, cuando en realidad parecía más un chimpancé sobredesarrollado, denotando que no hubo un acuerdo común en la trama y el dibujo de a que especie pertenecía exactamente el simio. Al verla tan enojada, Memín le cambia el humor, espetando que prefiere volver a los peligros del África si ella ya no lo quiere. Ya contentada, Eufrosina le sigue sirviendo, y luego le señala que las clases empezaron hace un mes y tendrá que ir mañana mismo. Memín considera que después de esas experiencias, la escuela no sirve de nada, proponiendo abandonarla, pero Eufrosina le recuerda que tiene una tabla con clavo que puede cambiar su manera de pensar.
Memín empieza a preferir haberse quedado un año en África. Y con esta mala idea en la cabeza, seguirá otra secuencia en que el negrito meterá la pata en grande, trayendo desgracias y vergüenzas para su madre.

jueves, 13 de agosto de 2009

Memín Pinguín #213-218

Memín y sus amigos continúan sus aventuras en África. Caen en manos de una tribu de pigmeos, que consideran a Memín como su gobernante enviado por los dioses. El dilema entre gozar de esta posición y salvar a sus amigos de ser devorados en la ceremonia de coronación no tarda en llegar.
Dentro de la tienda de campaña, los cuatro amigos despiertan, todavía en compañía de Rovirosa. Una vez que han comido, disfrutan un rato nadando en el lago. Memín distingue a un pigmeo que los espía a distancia, pero cuando les dice a sus amigos, ellos consideran que vio su propio reflejo. Al contarle de esto a Don Samuel, éste alega que los pigmeos pueden ser peligrosos, ya que practican el canibalismo, un concepto que Memín desconoce, pese a que soñó con esto varios números atrás. Luego, van a cazar, con Rovirosa siguiéndolos, pero de una pagina a otra, la changa desaparece, sin dar explicaciones de adonde se fue, aunque seguirán mencionándola de vez en cuando. Memín dispara el rifle contra una zebra, cerrando los ojos para errar el tiro, pero le apunta perfectamente. El haber matado al animal lo pone malo, aun cuando Don Samuel trata de hacerle comprender que a veces para vivir hay que matar (otra vez el negrito se pone amnésico, si varios números atrás pudo acabar con tres conejos para alimentarse, no hay mucha diferencia con esta clase de equinos que ni pueden domarse). Después, encuentran un pequeño elefante, que se pone a jugar con Memín, abrazándolo con su trompa. Don Samuel consigue que el animal lo suelte, y siguen su camino, verificando que el animal va detrás de ellos (pero en algún momento lo olvidaran al igual que a Rovirosa y no hará nada en especial). Los pigmeos vigilan desde los matorrales. Memín habla sobre como piensa llevar al elefantito a México, y sus amigos se mofan de él, alegando que le basta con su fealdad para hacer un circo exitoso. Luego lo ponen a cargar leña, poniéndolo respondón e irritable, fanfarroneando que algún día será rey y se desquitará con ellos por tratarlo así. Los pigmeos vigías vuelven a su aldea, acudiendo ante su gran jefe, contándole de la presencia de Memín, cuyos rasgos lo hacen ver como uno de los suyos, pero "perfeccionado", deduciendo lógicamente, que es el enviado de los dioses que tanto habían esperado. Mientras, en su campamento improvisado, los expedicionarios se atragantan de carne de zebra, y luego van a cazar patos. Memín vuelve a enojarse con sus amigos, que no quieren darle ya que no cooperó con la cacería. Insiste en que se vengará de ellos, pero siguen burlándose de su persona. Llega la noche y los pigmeos acechan la tienda de campaña, introduciéndose uno mientras duermen. Memín despierta, asustado al ver al pigmeo y alerta a sus amigos. Ellos creen que lo ha imaginado o soñado y siguen durmiendo. Memín vuelve a advertir la presencia del pigmeo, y ahora si se levantan. Los pigmeos se lanzan contra ellos, superándolos en número y contando con mayor fuerza. Ellos se defienden como pueden, pero acaban siendo inmovilizados. Memín es el único al que no le hacen nada, por lo que los golpea sin problemas, pero al ver a Don Samuel y sus amigos capturados, desiste. Se lo llevan cargando hasta su aldea, y a los demás colgados y atados, al estilo típico de los cazadores. El gran jefe recibe a Memín, pero como él no entiende ni papa de su lenguaje, manda traer a una interprete, de otra raza, la cual le explica su situación. Lo entera de que es el rey de los pigmeos, teniendo autoridad sobre ellos, pero al exigir que liberen a sus amigos, le explica que no es posible, ya que es la tradición devorar a los blancos, y si intenta impedirlo, su “gente” se volvería en su contra. Arreglan a Memín, pintándole la cara, cambiando sus ropas roídas por un taparrabos, y poniéndole una arracada en la nariz, además de darle el sombrero de copa del gran jefe. Le sirven de comer, y al preguntar de donde produjo carne tan deliciosa, la interprete aclara que es de un aviador, haciendo que Memín se ponga enfermo, pero luego adopta la postura de “Ya que”. Lo obligan a beber el vino sagrado, que produce un efecto típico en Memín, haciéndolo ponerse a cantar y bailar, hasta caer desmayado. El gran jefe en el fondo desconfía en que Memín sea en verdad un enviado de los dioses, jurando que encontrará la forma de exponer su falsedad. Al recobrar la conciencia, Memín ordena que lo lleven ante sus amigos, que han quedado prisioneros en lo que llega el día fijado para la ceremonia en que morirán y serán devorados. Al ver a Memín en esas fachas, sus amigos se ríen de él. Enojado, Memín ordena que les den de bofetadas a los prisioneros, con excepción de Don Samuel.
Apoyándose en la autoridad que tiene, alardea con que chupará sus huesos, y lo llaman antropófago. Devuelve el “insulto”, ignorando su significado. Don Samuel le dice que sólo él puede salvarlos, y Memín concuerda, aunque antes quiere gozar con el desquite. Hace que sus amigos se inclinen ante él, y se retira, muy satisfecho de si mismo. El gran jefe ha pensado una forma de demostrar que Memín es un impostor. En una aldea cercana, sus habitantes sufren los efectos del piquete de la mosca tse-tse, y siendo Memín un enviado de los dioses, es su responsabilidad el curarlos. La intérprete la deja en claro que si fracasa en su intento de curarlos, será el fin de su reinado, ya que eso significaría que no es un enviado y por lo tanto, lo matarán. Al ver a los enfermos, cuyos síntomas principales se limitan a que están dormidos sin poderse despertar, el negrito no sabe ni que hacer. Se le ocurre picarlos con el alfiler de su taparrabos, en forma disimulada, provocando una reacción entre los durmientes, que aunque es temporal, hace creer que han despertado. El gran jefe se retira, viendo que su plan ha fallado, ignorando que, después de quejarse, los enfermos continúan durmiendo.
Dentro de su cautiverio, los amigos de Memín se quejan de la forma en que los humilló y el hecho de que siguen ahí, indicando que los ha olvidado, pero Don Samuel aun cree en que los ayudará. Vienen a serviles de comer en abundancia, lo que agradecen, creyendo que es una señal de que su amigo ordenó que los atendieran bien, pero como siguen trayéndoles lo mismo al poco rato, el veterano indica que están alimentándolos para engordarlos todo lo posible antes de comérselos. Durante su estancia en aquella aldea, Memín fue picado por una de las mortales moscas, y cuando se sienta en su trono, empieza a dormir. Sueña con Eufrosina, dándole con la tabla, como siempre, y pasan los días sin que pueda despertar. Sus amigos piensan que los ha olvidado y Don Samuel comienza a darles la razón. Los pigmeos entran para suministrarles un agradable baño, seguido de una muy brusca forma de raparlos, despojándolos a los cuatro de todo su cabello, quedando tan calvos como Memín. Aunque se molestan, Carlangas, Ernestillo y Ricardo acaban hallándole gracia a la ironía, considerándolo un castigo por burlarse de la pelona del negrito.
El día señalado ha llegado. Memín sigue durmiendo, pero la intérprete consigue despertarlo, al mencionar que sus amigos serán freídos. Vuelve a intentar impedir que los devoren, y la intérprete sostiene que no hay nada que pueda hacer, porque es una tradición que no se puede faltar, sin que él sufra el mismo destino. A Memín se le prende el foco, alegando que los dioses le ordenan bailar en torno a los prisioneros, atados en unos postes.
Carlangas cree que sólo está haciéndole al tonto y lo patea. No tardan en apuntarle varias lanzas, pero Memín los detiene, tomando un cuchillo mientras se pone a bailar el “cuchi cuchi”. Disimuladamente, usa la hoja para cortar las cuerdas, cantando con palabras insertadas que indican lo que ha hecho, para que aprovechen para zafarse en cuanto vean la oportunidad. Les dice a los pigmeos que los dioses han vuelto a “iluminarlo”, ordenándoles ir todos a la laguna. De ese modo, no queda nadie en la aldea y como sus amarres han sido semicortados, Don Samuel y los chicos se liberan y escapan. Al regresar los pigmeos, luego de que Memín informara que los dioses lo engañaron, se descubre que los prisioneros han huido, cancelando el banquete. El gran jefe le hace ver a los demás que han sido engañados, comprobando que es un impostor. La interprete le explica a Memín que lo han descubierto y será derrocado de inmediato.
El negrito sale corriendo, tratando de perder a los pigmeos al treparse en los árboles, pero ellos tienen esa misma facilidad, y no tardan en apresarlo. De vuelta en la aldea, lo arrojan a una olla de aceite hirviendo, sin prestar atención a sus suplicas de piedad.
Memín empieza a sentir el calor cuando despierta de su sueño, producido por comer tanta carne de zebra, aclarando que todo era fantasía, desde el punto en que los pigmeos, por lo general, no son caníbales, y que el piquete de la tse-tse, es algo más grave que sólo quedarse dormido. Sin embargo, hay una incoherencia aquí desde que ya habían sido vigilados por los pigmeos desde antes de irse a cazar zebras, confundiendo la realidad con la fantasía de modo que el lector ya ni sabe desde que momento lo tantearon con que todo fue otro sueño mafufo de Memín, que acabó igual que el anterior (pero al menos ahí si sabíamos que era un sueño desde el principio).
Les cuenta a sus amigos de su loco sueño, y ellos le encuentran gracia. En eso, aparecen los pigmeos de verdad. Memín entra en pánico, pero le explican que los pigmeos son gente amable y hospitalaria, que han venido a ayudarles. Los conducen a la aldea, pese a que Memín se muestra desconfiado en todo momento, seguro de que no tardarán en echárselos al plato. Irónicamente, en la aldea de los pigmeos, el patriarca es idéntico al gran jefe del sueño de Memín, incrementando aun más su desconfianza, al grado de ni atreverse a probar los alimentos de carne que les ofrecen. Son bien atendidos, y ya con más confianza, Memín les concede el “honor” de verlo realizar el “cuchi cuchi”.
El patriarca ofrece dejarles algunos miembros como cargadores, guiándolos a la población más cercana, y Don Samuel acepta de buen agrado. El viaje prosigue, llegando a un punto peligroso. Para tomar un camino que los acerque más a su medio para volver a casa, deben cruzar el desfiladero de una alta montaña, demasiado angosto, en el que un paso en falso significa la muerte. Uno de los pigmeos no tarda en dar una demostración, cayendo al vacío. Esto pone nerviosos a los cuatro muchachos, que vacilan cuando les toca el turno de cruzar. Don Samuel los anima, recordándoles el valor del que tanto presumían, y así van pasando uno por uno. A Memín es a quien le cuesta más trabajo, preocupando y poniendo nerviosos en extremo a los demás, pero finalmente, gracias a las porras de sus amigos, consigue cruzar a salvo. Todos se desmayan, habiendo sufrido mucho por su culpa, y al volver en si, le hacen ver que estuvo a punto de caer más de una vez por insistir en caminar con los ojos cerrados, provocando que él también se desmaye momentáneamente. Habiéndose aproximado lo suficiente a una población, los pigmeos se retiran, ya que no les va bien en las ciudades, despidiéndose de los expedicionarios. Aprovechando un río cercano, Don Samuel y los chicos deciden meterse a éste para relajarse tras tantas emociones. La pasan muy bien, pero a Don Samuel le da un calambre y al sumergirse, queda atrapado en unas plantas acuáticas. Memín advierte del peligro, y se sumergen para ayudarlo. Desesperado por el ahogamiento, Don Samuel se aferra a Ernestillo y Carlangas, negándose a soltarlos. Memín toma una roca y lo golpea en la cabeza, dejándolo desmayado para que suelte a sus amigos y facilitar el liberarlo. Ya en tierra, Don Samuel vuelve en si y les agradece por haberle salvado la vida nuevamente. Memín dice uno de sus comentarios fuera de lugar y recibe los coscorrones acostumbrados, pero esta vez se los devuelve a los tres.
El viaje de regreso del África será más difícil de lo que pensaban, pero ya es algo que se verá la próxima vez.