martes, 28 de julio de 2009

Memín Pinguín #139-145

Memín y sus amigos se ven involucrados con un expresidiario. A través de un viejo amigo de éste, conocen su historia, dramática y angustiante, que los invita a compadecerlo y echarle una mano.

Después de tantas cosas, la pandilla vuelve a los viejos tiempos, jugando en el callejón. Últimamente, mientras juegan, se percatan de un hombre con facha de indigente que los observa. A Memín le llama la atención, pese a su aspecto desaliñado. Un día, lo encuentra al hacer fila en la tortillería, y se presenta con él. El hombre responde al nombre de Fernando, sin incluir su apellido, que quiere olvidar junto con las desgracias de la vida que lo hicieron caer tan bajo. Viendo las pocas tortillas que compró, Memín le pasa un poco de las suyas. Lo invita a comer a su casa, pero el hombre se muestra renuente. Le pide que espere para preguntarle a Eufrosina si se puede, pero para cuando vuelve, éste ya se ha ido. En la tarde, va al callejón y se reúne con Carlangas y Ernestillo (Ricardo está ausente porque le dio catarro y su madre no lo dejó salir). Empiezan un partido de béisbol, y la pelota se les va por un terreno en que se ubica una vivienda semidemolida. Al meterse para recuperarla, descubren que alguien vive en esa miseria, y es ni más ni menos que Fernando. Se disculpa con Memín por plantarlo, insinuando que no quería que supieran como vive. Deja salir amargos comentarios tipicos de quien ha sido derrotado en vida, y como ellos insisten en preguntar, admite que los malos ratos que pasa porque es difícil conseguir trabajo cuando se es un expresidiario. Memín pregunta la razón por la que dio en la cárcel, y tomando un cuchillo, Fernando afirma que fue por matar a tres chicos entrometidos, dándoles un gran susto.

Memín y Ernestillo echan a correr, pero Carlangas se queda, conciente de que sólo pretendía asustarlos. Fernando le exige que se largue, ya que un expresidiario no puede tener amigos, y el muchacho obedece. Los amigos se reunen y observan a un anciano que se adentra en la inmunda vivienda de Fernando, trayéndole comida. Lo ayudan para que no tropiece con los escombros, y aunque Fernando agradece la atención del anciano, está sumamente deprimido, sin deseos de vivir. Menciona a los tres niños de afuera que intentaban ser amigables con él, pero Fernando no quiere nada con ellos, porque le recuerdan a su hijo, cuya memoria parece ser la razón de su desgracia. El anciano, llamado Nicolás, lo reprende por su pesimismo e incapacidad de dejar atrás el pasado, puesto que ya cumplió su condena, pero acaba accediendo a su deseo de dejarlo solo.
En cuanto sale Don Nicolas, los tres lo abordan y vuelven a ayudarlo en el camino. Le preguntan que pasó con Fernando, y éste les hace saber que fue a prisión por matar a su hijo, y él lo conoció cuando era velador en la cárcel, pero ya está jubilado. Ellos quedan horrorizados, pero Don Nicolás les advierte que no se precipiten, ya que tuvo sus razones, a causa de una existencia trágica, producto de las malas decisiones. Intrigados, le piden que les cuente la historia de Fernando, y el anciano accede, para que así lo comprendan y pongan más empeño en hacerse sus amigos, ya que él es el único que tiene de momento.
Sentándose los tres en la banqueta en torno a Don Nicolás, éste empieza a contarles, llamando a una prolongadísima retrospectiva, que de cuando en cuando, será interrumpida por comentarios de Memín (y como siempre, exasperará a sus amigos, que le gritarán y darán coscorrones para que deje al viejo continuar).

Fernando Arteaga era un joven aspirante a pintor, que vivía muy enamorado de su novia Alicia, con quien llevaba una relación de cinco años. Ambos humildes, viven un romance típico, lleno de esperanzas y ese rollo. Él estaba algo frustrado porque su trabajo no deja mucho dinero. Queria casarse cuanto antes, pero Alicia le aconseja esperar, aun cuando su madre le sugiere que se case de una vez. Insiste en que será propicio cuando su labor como artista reciba el reconocimiento que merece. Con su apoyo y gracias a unos prestamos, ella se encarga de proporcionarle un estudio, para que se vea más distinguido y así consiga compradores con mayor facilidad. No lleva mucho en eso, teniendo problemas con la renta del lugar, cuando su felicidad futura es amenazada inesperadamente.
Un día, mientras están en una nevería, un par de jóvenes ricachonas frívolas que habían sido compañeras de Alicia cuando estaba en un internado, miran a la pareja y se sientan en su mesa. Una de ellas, Rosalinda, se interesa en Fernando, y ofrece pagar la cuenta, haciendo plática e insinuaciones indirectas muy directas. Finge interesarse en su trabajo como pintor, y los invita a los dos a su auto, para conocer su estudio. Ahí, compra una pintura que ya estaba apartada, soltando la cantidad completa sin miramientos. Fernando queda complacido por la venta que le facilitará el pagar la renta del mes, pero Alicia tiene un mal presentimiento. No pasa mucho para que Rosalinda se presente en su estudio, ofreciéndole dinero para que le haga un retrato, como parte de su plan para seducirlo. Le paga de antemano una cantidad muy exagerada, y así se la pasa, sin éxito al principio, ya que todo indica que Fernando vive entregado a su trabajo y al amor que siente por Alicia. El orgullo de Rosalinda la lleva a insistir, incluso contrariar a su padre que no comprende su interés repentino por el arte de un pintor de cuarta. En cuanto el retrato esta terminado, lo obliga a mirarla fijamente, y así el pintor cae rendido ante sus encantos.
Don Nicolás suspende su historia, puesto que se está haciendo de noche y no quiere que lleguen tarde a sus casas. Memín, en vez de explicarle a su má linda porque se retrasó cuando le pregunta, empieza a hacer comentarios sobre mujeres resbalosas, inquiriendo si ella no pasó por lo mismo con su padre. Eufrosina replica que éste siempre le fue fiel, y como Memín sigue hablando, va contándole lo de Fernando, empezando por el final, que es el haber matado a su hijo. Al escuchar esto, Eufrosina le prohíbe terminantemente volver a hablar con ese señor, sin importarle los motivos, ya que otro tanto haría con Memín como insista en acercársele. Bajo amenaza de tabla con clavo, Memín tiene que obedecerle. Al día siguiente, los tres andan en la escuela, muy picados por la continuación de la historia de Fernando, incluyendo a Ricardo (que en algún momento fuera de cuadro debió ser puesto al tanto), que esta vez si los acompañará. Pasa el día tranquilamente, hasta que llega la hora de salida, y luego la hora normal en que van al callejón. Eufrosina recuerda a Memín que no hable con ese hombre, y él se lo promete, ya que, después de todo, será con Don Nicolás con quien acudirá. Los cuatro se reúnen y ven pasar primero a Fernando. Lo saludan, pero él pasa de largo, ignorándolos. Finalmente, llega el anciano, quejándose de sus problemas de salud que le han venido desde la noche, causando preocupación a Memín de que fallezca sin terminarles la historia. Don Nicolás replica que está bien aun así, y no puede morir sin concluir el relato, reiterando que es para que ellos ayuden a Fernando cuando le llegue su hora. Sigue con la parte en que Fernando inició un romance con Rosalinda, disminuyendo gradualmente su cariño por Alicia, a quien ha dejado de atender. Ella lo presiente, pero es demasiado noble para echárselo en cara, esforzandose por volver a ganar su corazón. Sus intentos son en vano, y apremiado por Rosalinda, cuyos contactos en la alta sociedad han estado sirviendo para levantar su carrera, Fernando le hace comprender que ha dejado de quererla. Desconsolada, Alicia se aleja corriendo a los brazos de su madre, quien le asegura que la mujer que le ha robado su cariño no conseguirá la felicidad por haber destruido la suya (esto normalmente se dice en matrimonios cuando hay infidelidades y divorcios, por lo que está un poco fuera de lugar en esta ocasión).
Fernando y Rosalinda se casan, teniendo un hijo eventualmente, pero el deterioro en su relación no tarda en llegar. Rosalinda vuelve a entregarse a su vida como dama de sociedad, descuidando a su esposo y al niño. Fernando le reprocha su proceder, pero ella no puede dejar sus compromisos. Vuelca su atención en su pequeño hijo, que aun no aprende a caminar. Al intentar ayudarlo, éste llora al apoyarse sobre sus pies. La sirvienta le advierte que notó eso antes y lo comentó a Rosalinda, quien no le dio importancia. Fernando y Rosalinda lo llevan al doctor, quien diagnostica al niño con una deformidad en su espina, la cual restringirá el desarrollo de sus piernas, algo que probablemente se produjo con un golpe, sin dejar de señalar que eso puede deberse al descuido de la madre. Les indica ir a Nueva York donde pueden tratar ese problema, pero van en vano, porque ya es muy tarde. Lo mismo sucede con otros especialistas, alegando que tendrán que esperar años para aplicarle una operación experimental. Rosalinda resiente la culpa del mal de su hijo, y Fernando se lo restriega en la cara constantemente. Se empieza a dar a la bebida, conforme van perdiendo su dinero y su carrera como pintor se va a pique, todo para costear las medicinas del niño. Rosalinda decide acudir con su padre a pedir ayuda económica. Como nunca apoyó su matrimonio, se distanció de él por años, y al ir a buscarle, le espetan que murió y perdió su fortuna, todo desde que ella se largó. Acude con sus amigas, que siendo tan frívolas, no comprenden su situación y le niegan cualquier préstamo. Una incluso le aconseja volver con un antiguo pretendiente y abandonar al esposo borracho que la odia y al niño invalido, pero Rosalinda ya no es ese tipo de persona y se rehusa. Busca trabajo como secretaria, pero por su falta de conocimientos y experiencia, no la aceptan, orillándola a trabajar en un taller de costura, donde apenas gana lo indispensable. Fernando se pasa todo el tiempo bebiendo y despreciando a Rosalinda, recordándole a cada rato que es culpa suya el estado de su hijo, entre insultos y burlas. El niño crece, pero solo de la cintura para arriba, conservando sus piernas, visiblemente deformes. Rosalinda comparte sus penas con una compañera de trabajo, mencionando que está esperando otro hijo de Fernando, temiendo como reaccionará ante la noticia. Fernando va dedicándole más atención a su hijo, y cuando Rosalinda insinúa la posibilidad de tener otro, le asegura que de ser así, antes la mataría, para que no lo descuide del mismo modo.
Consigue un trabajo mejor con la ayuda de una amiga, que la recomienda con su hermano en restaurante, donde serviría de intérprete para clientes americanos. Le va bien, mas Fernando no deja de mofarse de ella, alegando que su trabajo es el equivalente al de una mujerzuela (¿?). El lazo entre Fernando y el pequeño se estrecha, al extremo de que por éste, deja la bebida, invirtiendo el tiempo en entretenerlo sacándolo al exterior y volviendo a la pintura. Un día, descubren una carta de Rosalinda, donde ésta se despide, no pudiendo soportar más el odio y desprecio infinitos de Fernando. Consuela al niño y se compromete a ayudarlo a olvidar el abandono de su madre “irresponsable” (huy, si el mismo técnicamente la echó de la casa).
Trata de volver a ser pintor reconocido, pero nadie quiere comprar sus pinturas, pero se lo oculta a su hijo. Consigue trabajo en una fábrica, dejando a su hijo encargado a una mujer llamada Maura, quien le oculta la verdad sobre lo que hace su padre para no destruir sus ilusiones. Eventualmente, el niño expresa su deseo de convivir con otros niños y estudiar en una escuela. Fernando teme que lo desprecien por su deformidad y lo trata con la directora de la escuela escogida. Ella dice que es normal que haya alumnos inválidos, y sólo seria otro niño en silla de ruedas más. Asegurándose de que sus piernas queden tapadas para que no se las vean, Fernando inscribe a su hijo, quien goza de buena estancia y camaradería en el ambiente escolar, obteniendo buenas calificaciones. Pero todo se arruina un día, en que, accidentalmente, alguien choca con su silla de ruedas y descubre sus piernas bajo la cobija. Al observar el horror con que lo ven, el niño se entristece y no quiere ir más a la escuela. Fernando comprende lo que pasó sin que se lo diga, y acepta seguir educándolo por su cuenta en casa. Memín interrumpe para llorar exageradamente, conmovido por la historia. Don Nicolás siente que se hace tarde y debería irse, mas Memín le ruega que no se vaya porque al próximo día podría morir y no acabarles de contar. Como le falta poco, acepta proseguir. Fernandito (ah, si, creo que no había dicho que se llama igual que su padre) recibe la visita de un amigo, intrigado porque no ha ido a clase, e indirectamente, contribuye a aumentar su pena. Le cuenta que ha visto a su padre trabajando en una fábrica y que una vez bajó a su sótano a recoger una pelota que se le cayó, descubriendo los cuadros sin vender que ha almacenado. La información es demasiada para el niño, que en su afán por corroborarla, se lastima para bajar al sótano. Comprendiendo que es verdad, la impresión es muy fuerte para él, pero cuando llega su padre, al verlo con el dinero obtenido a base de trabajo duro, manteniendo la ilusión de que proviene de su profesión de pintor, Fernandito lo abraza, conmovido.
Pasa el tiempo y Fernandito comienza a sufrir fuertes dolores en su espalda y cadera, pero le pide a Maura que no le cuenta nada a su padre ni que bajó al sótano, lo que debió haber acentuado el daño. Pero ella acaba diciéndole de todos modos sobre esos dolores. El niño insiste en que puede resistirlos, pero igual acaba siendo revisado por doctores. Tras hacerle radiografías, se aclara que su estado es irreversible y que se presenta un tumor maligno en su espina, lo que le acarreará terribles dolores. Lo único que puede hacer es darle medicinas para el dolor, pero éstas demuestran no ser afectivas, y el sufrimiento del niño empeora noche tras noche. El medico le suministra una droga más potente, advirtiéndole no darle más de diez gotas. Cuando se las da al niño, éste pide más, aun sintiendo dolor. En su estado nervioso y alterado, recordando con rabia a la esposa que lo dejó y ocasionó todas sus desgracias, Fernando le echa todo el contenido del frasco. El niño cierra los ojos y sonríe, durmiéndose para siempre. Horrorizado al percatarse de lo que ha hecho, Fernando manda llamar al medico, aunque es inútil, puesto que el niño ha muerto. Admite abiertamente haberlo matado, pero conocedor de su pena, el galeno no quiere denunciarlo. Se entrega a si mismo, cumpliendo su condena de diez años en la cárcel. Don Nicolás concluye su relato, pidiéndoles que ayuden a Fernando a recuperar el aprecio por la vida y que no lo abandonen. Sin más, se retira, dejándolos comentando y pensando que podrían hacer por él.

Pero eso ya se verá la próxima ocasión. Éste apenas es el preámbulo. Por cierto, hay que señalar que, aun siendo una retrospectiva, al ir a la par con la narración del viejo Nicolás, no se entiende como éste metería partes de la historia que no podría saber (como las andanzas de Rosalinda y ese segundo hijo del que no se atrevió a decirle nada, que será fundamental para lo que sigue). Pero bueno, la magia narrativa de la autora creara un tiempo dividido en que él sólo narraba lo que sabia de Fernando, y lo demás eran complementos del pasado en si.

lunes, 27 de julio de 2009

Memín Pinguín #137-139

Memín vive la experiencia de ser mosquetero junto a sus amigos, a través de un alocado sueño. Cuando éste termina, debe afrontar la triste realidad y el castigo que recibirá por su imprudente acción.

Para haberse dormido con tanto pesar, al caer dentro de un sueño, la imaginación de Memín lo hace ver todo muy optimista. Con el pueblo de Francia como escenario, se muestra un paisaje deplorable. Éste se encuentra sitiado por el ejercito enemigo, sus habitantes mueren de hambre, mientras el rey egoísta se la pasa cómodamente en el castillo, alimentándose en demasía e impasible ante lo que sucede. Los que se atreven a protestar son eliminados, y la mayoría sólo puede resignarse ante tan triste situación. Los tres mosqueteros, Memín y sus amigos con los típicos atuendos y largas cabelleras (la de Memín es especialmente ridícula por ser rubia y con bucles), hablando constantemente en verso a lo largo de la fantástica parodia, acuden para ayudar a la gente de Paris. Al ver a los invasores, postrados ante las puertas, que impiden a los habitantes salir a buscar alimentos en el exterior para obligarlos a rendirse, se baten en duelo con estos. Tras matar y desarmar a algunos, encuentran la oportunidad de subir a la muralla, con lo que consiguen entrar e inspeccionar de cerca del pueblo hambriento y debilitado.
Deciden ir con el rey para exigirle hacer algo y empezar a alimentar a su gente. Viendo que éste se encuentra inmerso en su egoísmo y gula, le echan en cara la infamia que comete, enfureciéndolo e impulsándolo a ordenarles que se vayan. Pero apenas le dan la espalda cuando los guardias salen a apresarlos (debieron habérselo esperado), para luego sentenciarlos a la guillotina.
Memín consigue esconderse, y cuando uno de los consejeros comenta que faltó uno, el rey insiste en que no es posible si los mosqueteros son tres, y que al negrito lo imaginaron. Memín piensa que para salvar a sus amigos necesita la ayuda del pueblo. Se mete en una armadura para disfrazarse y así poder salir, lo que aterra a los guardias que se sorprender al verla caminar, aun después de cortarle la cabeza (la cabeza de Memín no llega al yelmo por su baja estatura, aunque eso no explica como sus cortas piernas si consiguieron hacerle andar, ni que fueran zancos). Al tratar de bajar las escaleras tropieza, y sale de la armadura para huir de los guardias. Al introducirse entre los mendigos muertos de hambre, desordena su cabello y tuerce los ojos para verse tan patético como ellos, logrando tantearlos. Pero los ojos se le quedan bizcos, poniéndolo en un aprieto, hasta que un mendigo se los endereza de un muletazo cuando lo importunaba. Memín atrae la atención de la gente gritando que tiene alimentos, y una vez que todos acuden, les hace ver que el rey tiene las alacenas repletas de comida que ellos mismos pagaron, por lo que les pertenece, incitándolos a asaltarlas. Un sujeto que ha enloquecido por el hambre, ataca a Memín, creyéndolo un pavo y está a punto de cocerlo, pero logra escabullírsele. Para ese momento, al rey le comunican que han vaciado sus reservas, y exige que todos sus soldados vayan a rescatar lo que puedan. Habiéndose quedado sin vigilancia el lugar, Memín sólo tiene que pasar por el carcelero dormido para liberar a sus amigos. Después de ver que su plan dio resultado y los soldados del rey no pueden con los pueblerinos enfurecidos, vuelven a convocarlos, ahora pidiéndoles que ayuden a socavar la invasión. Son aclamados y pronto los dirigen a la batalla, que se libra con rapidez, derrotando al ejército enemigo con relativa facilidad.
Llevan a los mosqueteros en hombros ante el rey, quien sufre ante la preocupación de morirse de hambre. Convencen a los pueblerinos de que lo sigan aceptando como su gobernante, y al comprobarlo, el rey se compadece, prometiendo repartir los alimentos justamente de ahora en adelante. En agradecimiento, les ofrece hospedaje a los mosqueteros en su palacio. En cuanto entran a su habitación asignado, a Memín le da por dar de brincos en la cama, y es entonces cuando el sueño termina y despierta a la realidad.
Eufrosina le llama la atención por andar brincando en la cama, para luego recordarle que tiene que ir a la escuela. Al acordarse del desastre que causó en la obra, Memín quiere quedarse, pero Eufrosina le indica ser valiente y aceptar cualquier clase de castigo o reprimenda que le pongan. Pide que ella lo acompañe, mas la lavandera reconoce que el ridículo en que se puso fue aun peor y no tiene caso que vaya (aunque técnicamente fue culpa suya por haber alentado a Memín a meterse a la fuerza). Casi atropellan a Memín en el camino, justo cuando estaba pensando que si eso pasara, a los otros les daría pena y lo perdonarían, pero acaba creyendo que esa no es la manera y se da ánimos a si mismo. En la escuela, sus amigos están furiosos con él, exigiendo que lo castiguen, pero Romero les recuerda que esa es su responsabilidad. Al llegar Memín, las burlas y miradas de desprecio lo bombardean. Romero lo llama por su nombre completo para resaltar su enfado y decepción, preguntándole la razón de su acto que le costó a sus compañeros haber desperdiciado su tiempo de preparación, por no decir la obra entera. Memín no tiene excusa y acepta merecer la horca.
Romero lo aprueba, pero prefiere expulsarlo del salón, mandándolo directamente al grupo de primer año, hasta que aprenda la lección. Memín, llorando y consiguiendo que sus amigos se apenen por él, recoge sus cosas y se despide. Romero se hace fuerte para no demostrar que también le aflige el castigarlo tan severamente, pero así tenia que ser, puesto que él se lo ha buscado. Estar entre niños de primer año, donde se encuentra Chemita (ultima vez que veremos al indito), es humillante para Memín. Un cuadro después, ha pasado suficiente tiempo y esta perdonado y el penoso incidente olvidado, volviendo todo a la normalidad. Todo a tiempo para otro episodio considerablemente largo.

domingo, 26 de julio de 2009

Memín Pinguín #133-137

Memín y sus amigos son invitados a audicionar para participar en una obra de teatro. Desafortunadamente, Memín no consigue el papel, pero con ayuda de Eufrosina y Chemita, se sale con la suya, sin meditar en las consecuencias.

El profesor Romero les comunica a sus alumnos que de su grupo se solicitan a cuatro estudiantes para participar en una obra de teatro con el tema “Los tres mosqueteros.” Ya que Memín y sus amigos se consideran como tales, se entusiasman con la idea de interpretarlos, pero la condición para los seleccionados es que saquen buenas calificaciones en un examen de conocimientos generales que aplicará. Se dan su tiempo para prepararse y estudiar. Memín, como es de esperarse, tiene más dificultades para conservar los conocimientos generales, siendo las matemáticas su punto débil. Esto lo demuestra especialmente al ayudar a Eufrosina a calcular sus cuentas en el mercado, resultando una cantidad que ella jamás cree haber gastado ni tenido siquiera.
Cuando llega el día, todos están nerviosos, pero entre los cuatro se dan ánimos. El profesor hace preguntas uno por uno de una materia específica. A Ricardo le hace preguntas de geografía, a Carlangas de historia, y a Ernestillo de literatura (algo irregular este ultimo, ya que la respuesta involucraba a Víctor Hugo y la mención de sus obras más importantes, y este es un tipo de literatura es un poco elevada como para que niños de primaria la conozcan siquiera, mucho menos en una escuela de gobierno, pero igual pudiera ser que antes la educación tenia mayor calidad). A Memín le toca su turno dándole en su punto débil al encargarle resolver una serie de ejercicios aritméticos. Superando su nerviosismo, Memín pasa al pizarrón para resolverlos, hablando en voz alta conforme lo hace. Sus amigos se dan cuenta que lo está diciendo todo mal, revolviendo las sumas con las divisiones, pero una vez que se fijan, resulta que lo que Memín decía, no era lo mismo que hacia, y al final, todas sus cuentas están correctas. Se desmaya de la impresión, y después que Romero cuestiona el extraño método que usó, Memín explica que al inspirarse, hace las cosas diciendo lo que se le venga a la cabeza, aunque no tenga que ver, lo que a su vez se relaciona con inspirados versos que hizo para su má linda (por suerte para los lectores, sólo lo dejan recitar uno de los novecientos que dice haber compuesto). Terminado el examen, Romero los manda con el maestro Arizmendi, el encargado de la obra. Además de ellos cuatro, otro compañero, Simón (a estas alturas, queda claro que hay varios compañeros incidentales en el grupo de Memín, aunque al final sólo son cuatro los que siempre veremos regularmente), también sacó diez en su aplicación, por lo que también califica, para consternación de Memín, recordando que sólo necesitan a cuatro para la obra. Para salir de su duda, Memín se regresa con Romero, quien afirma que en efecto, de los cinco sólo se elegirán cuatro. Al presentarse ante Arizmendi, Memín deja salir comentarios por lo bajo sobre su barba (algo se atrae con las barbas, nunca deja de notarlas aunque esta vez no mencionó a Castro). Arizmendi les asigna su papel con tan sólo mirarlos, y así pronto los amigos de Memín consiguen los papeles de Porthos, Athos y Aramis. Quedando sólo el de D´ Artagnán, al mirar de reojo a Memín y a Simón, escoge a este último. Memín protesta y Arizmendi le señala que es negro y chaparro, a lo que replica en forma grosera. Lo exaspera con su insistencia y majadería, haciendo que lo agarre por la oreja y lo saque del aula. Al volver al salón, Romero lo nota tan compungido, aconsejándole que se resigne y apoye a sus amigos. A la salida, ellos intentan animarlo, y Ricardo hasta le ofrece cualquiera de sus juguetes, pero Memín es un necio de lo peor y todo lo que desea es hacer de D´Artagnán, regresando muy triste a casa. Ahí, es chiqueado por Eufrosina, exponiendo la razón de su pesar, y se queda dormido en sus brazos.
En casa de Ricardo, su madre les está sirviendo de merendar. Los tres siguen lamentándose por Memín, cuando Mercedes les avisa que afuera hay una india con su hijo, preguntando por Ricardo. Él no sabe de quien se trata, pero al salir a su encuentro junto a Carlangas y Ernestillo, la reconocen como la mujer que ayudaron a huir de su marido abusivo en compañía de su hijo, Chemita. Ricardo recuerda que le ofreció trabajar en su casa, por lo que va con Mercedes, que se muestra reacia a aceptarlos a ambos, pero por amor a su hijo acaba por acceder. Recordando que Memín se hizo muy amigo de Chemita, piensan que podría animarse cuando lo vea, por lo que deciden llevarlo a la escuela al día siguiente.
Un cuadro después, Ricardo marcha a la escuela con Chemita, en su facha de indio, ya que no tenía ropa que le quedara. Memín sigue deprimido y sus amigos le indican a Chemita que se esconde en lo que ellos van a prepararlo para la sorpresa. En cuanto empiezan a decirle, Memín supone de inmediato que la sorpresa es que consiguieron que él participe en la obra, agradeciéndoles emocionado de antemano y presumiendo de que hará un gran papel. Pero pronto le hacen ver que se equivoca, y le señalan a Chemita, sin obtener la reacción deseada. El indito pregunta que pasó y le espetan que a Memín no le importó, y se echa a llorar exageradamente. Llama la atención de algunos de sus compañeros, que lo arrinconan para molestarlo por su aspecto de indio. Memín, sintiéndose responsable, interviene, y entre esa bolita, estaba Simón, que sin razón alguna se burla de él, alegando que tiene envidia porque lo escogieron a él para la obra (ni al caso). Los otros dirigen sus burlas hacia él, haciéndolo ponerse violento, pero uno más grande lo agarra y lo golpea de cabeza contra el suelo, ocasionando que hasta Chemita se ria. Carlangas sale a defender a Memín, derribando al grandote, y poco después, casi todos en el salón empiezan a pelear (puro desorden producto de la indisciplina, sin bandos fijos). Aprovechando el pleito, Memín incita a Chemita a que lo ayude a atacar a Simón, que contempla la batalla sin intenciones de involucrarse. Al final, Chemita no tiene que hacer, porque Simón se cree demasiado sofisticado para andarse peleando, y Memín se basta solo, jalándolo de los cabellos y dejandolo desmayado en el suelo, para después brincar sobre su estomago. Al aparecer Romero, exige saber cual es la causa de tanto desorden, y así se van culpando entre todos, concluyendo que todo se originó por la presencia de Chemita. El profesor reprende a quienes se burlaron de éste, ya que todos tienen las mismas oportunidades de recibir educación. Descubre al inconciente Simón y pregunta quien fue el responsable. Memín confiesa y Romero le avisa que él ya había arreglado todo para que saliera en la obra, pero después de esto, puede olvidarse de eso. Ante la reprimenda, Memín sale de la escuela aun más deprimido. Sus amigos le hacen ver que él tuvo la culpa por envidioso, y le endilgan a Chemita para que le haga compañía. Memín quiere despegarse de él, pero al observar como corre peligro en la ciudad al no estar acostumbrado, lo lleva hasta su casa por un rato.
Los días pasan y los amigos de Memín van preparándose para la obra, aprendiendo sus diálogos y probándose sus trajes de mosqueteros. El negrito sigue deprimido y pierde interés es los estudios, considerando que de nada le sirven (pero los estudios no tienen que ver con las oportunidades teatrales, que terco). Se arrima de nuevo a Eufrosina, llorando desconsolado y comentando como quisiera estar con sus amigos, mencionando sus trajes y todo lo que harán que él no podrá. Eufrosina alega que si desea ser mosquetero, ello lo ayudará, total, sólo tendrá que ir a la mera hora de la función y hacer el papel sin que nadie pueda impedirlo. Se compromete a confeccionar el traje a tiempo, y que no debe preocuparse por sus diálogos, ya que hay un apuntador que les sopla las líneas a los actores en el escenario. En poco tiempo, Memín tiene todo el material necesario de mosquetero, incluyendo botas recortadas de su padre y un sombrero de ala ancha adornado con la pluma que arrancaron del perico de la casa vecina. Lo único que le falta es encargarse de Simón, para lo que necesita la ayuda de Chemita. Lo encuentra en la cocina de la casa de los Arcaraz, haciendo una tarea típica de alumno de primero de primaria. Al ver a Memín con su extraño atuendo, lo confunde con el diablo y echa a correr. Memín cree que hay un diablo ahí, asustándose (¿no habían usado una escena similar antes cuando iban a rescatar al anciano, varios números atrás?), y se esconde en el mismo lugar que él. Habiendo aclarado la confusión, y pegándole a Chemita por confundirlo, le exige una demostración de sus golpes, que él indito realiza de inmediato. Después, lo convence de que le ayude, diciendo mentiras sobre que Simón hizo comentarios ofensivos sobre su madre, dandole motivos para darle una paliza. En el teatro, ya están listos para comenzar la función. Eufrosina asiste, contenta de que verá a su retoño “actuar”. En los vestidores, los amigos de Memín se percatan de la petulancia exagerada de Simón, que admite que los desprecia, para que no le hablen con tanta confianza, sin importar lo unidos que estarán sus personajes en la obra. Cuando se queda solo, Memín lo derriba con una tacleada, y Chemita le pega en la cabeza con un garrote, aunque la herramienta se le mueve de más, y el negrito también es afectado, pero sólo queda adolorido. Dejando al estorbo inconciente, lo ocultan entre los dos. Entre el publico, están Romero y su esposa, que lamentan que Memín no pudiera participar, mas admiten él se lo buscó. Arizmendi repara en la ausencia de Simón, pero como él no entra en el primer acto, los demás suponen que anda repasando sus líneas. La obra da inicio, y los tres mosqueteros son presentados ante la reina para recuperar sus joyas robadas. Memín espera por su oportunidad de entrar, y así concluye el primer acto. Arizmendi los felicita a los tres, preparándolos para la siguiente escena. Los respectivos padres de los tres se ven entre el publico, saludándose mutuamente, sin reparar en Eufrosina, que espera por la entrada triunfal de Memín. Llega el momento de la verdad, y al oír que Arizmendi llama a Simón desde el escondite del apuntador, a Memín le entran los nervios, pero Chemita lo anima a que salga. Arizmendi, Romero y Patricia se desconciertan al verlo con su facha semi-mosquetero, paseándose por el escenario. Eufrosina aplaude con exceso de entusiasmo, molestando a los asistentes más cercanos a ella. Arizmendi le grita para que se largue, pero Memín cree que esas son sus líneas y las repite, ingenuamente, y el maestro no tarda en desmayarse ahí mismo. Los amigos de Memín, amarrados en un árbol para la escena en que D´Artagnán llega a salvarlos, se sorprenden al verlo, considerando que él no tendrá ni idea de que hacer. Con el silencio de Arizmendi, Memín recita líneas de otra obra de teatro que no viene al caso, provocando risas en el público, que interpreta como elogios a su actuación. Los que interpretan a los bandoleros, se muestran confundidos ante la presencia de Memín, y atacándolos con su espada, les pega más fuerte de lo que debía, derribándolos a todos. Libera a sus amigos, que ya olvidaron que seguía, lo que a su vez causa más burla entre el publico, y comentarios de geste molesta que ha notado como la presencia del negrito echó a perder todo y protestan para que lo saquen. Sus amigos, irritados, lo reprenden sin lograr hacerle entender el grave error que ha cometido. Como no le cae el veinte, Carlangas duerme a Memín de un trancazo. Al escuchar comentarios ofensivos sobre su hijo, Eufrosina se pelea con algunos de los asistentes, exigiendo que se retracten, y eso de pie a una lucha encarnizada entre el publico, donde casi todos aprovechan para desquitarse con quien se les da la gana. Romero se encuentre imposibilitado para mantener el orden. Eufrosina se trepa por el escenario, encontrando al inconciente Memín y tomandolo en brazos. Recupera la conciencia a tiempo para que sus amigos le echen en cara como arruinó la obra y el ridículo en que los ha puesto, advirtiendo que sin duda será expulsado por esto. Eufrosina se lleva a Memín sin haber comprendido lo que desataron, seguidos por incesantes risotadas, de quienes ella supone son por “envidiosos”. En casa, Memín vuelve a ponerse triste al entrar en conciencia sobre el precio de su necedad y que ahora sus amigos lo despreciaran por estropear la obra. Eufrosina trata de animarlo, comentado de las opiniones divididas del publico, entre los que se burlaban y los que querían sacarlo a patadas (las facultades de Eufrosina como madre a veces demuestran ser muy deficientes). Sólo hasta entonces ella repara en el ridículo en que se puso a si misma por andar golpeando gente y encaramándose en el escenario, lo que hace que Memín se sienta mucho peor. Se duerme, triste y preocupado, sintiendo que todo se ha acabado para él, y que al final nunca pudo ser un mosquetero.
Esta trama de Memín se sintió un poco repetida al volver a utilizar casi los mismos patrones que la vez que se empeñó en entrar a los boy scouts, sólo que esta vez con peores resultados. Las consecuencias de esto, junto con un sueño mafufo con la fantasiosa parodia de los tres mosqueteros, será para la próxima ocasión.

sábado, 25 de julio de 2009

Memín Pinguín #126-133

Memín y sus amigos viajan a Dallas, junto con los tíos de Trifón, dispuestos a terminar con el desempate y ganar. Antes y después del juego decisivo Monterrey Vs. Dallas, Texas, se ven involucrados en problemas legales.


El entrenador Álvarez (aunque ya lo habían presentado como Álvaro) les informa a Memín y sus amigos sobre la decisión de librar un juego de desempate a solicitud de sus contrarios de Dallas, Texas, el cual se llevará a cabo en su territorio. A Memín no le parece, ya que siente que ahí matan a gente importante, como al presidente Kennedy, alegando que lo mismo podría pasarle a él. Pasando de lado su sangronería, el entrenador ofrece llamar a sus padres para convencerles de permitirles el viaje. Así los pone en el auricular a cada uno, y consiguen obtener el permiso. Una vez más, es Memín quien tiene problemas, ya que tras batallar en dar con Eufrosina (que atiende las llamadas a través de una tienda en donde debe tanto que ya andan queriendo negarle el ¨servicio¨), recibe una negativa y le cuelga el teléfono, después de ordenarle regresar de inmediato. Memín lamenta informarles que no se pudo, y siguiendo neciamente su regla de estar siempre parejos, sus amigos deciden que ellos tampoco iran, contrariando al entrenador. Éste sugiere volverlo a intentar, y en ese lapso, Eufrosina ya está recapacitando sobre la poca seguridad que ofrece la idea de que Memín se regresara solo. La mujer de la tienda vuelve a informarle que tiene otra llamada de su hijo, y los dos se ponen a conversar como si nada, en una típica conversación telefónica entre parientes que andan lejos (dejando pasar el costo elevado de las llamadas a larga distancia). Memín le habla tan melosamente como siempre, asegurando que volverá para ayudarla con el quehacer, pero Eufrosina le hace ver que está de acuerdo en que siga con sus amigos, y que cuando resuelva el asunto, regrese sin más. Los cuatro celebran que ahora nada podrá detenerlos, aunque Trifón se queda sin llamar a su casa, mas le recuerdan que él esta con la tía Canuta y ella es quien le debe dar el permiso. Cuando le cuentan sobre la decisión de ir a Texas para el desempate, Canuta lo celebra con otra sesión movida de la redova, que de nuevo obliga a Memín a bailar sin poder detenerse por si mismo. Canuta propone acompañarlos y darles sitio en el elegante hotel en que se hospedará junto con Cleto, además de regalarles quinientos dolores a cada uno (demostrando que los regiomontanos no son tan codos como muchos piensan). Llaman al entrenador para que les de los boletos que ya tenían listos, ahorrándole un poco en gastos a los tíos y viajando con un día de anticipación a Dallas, Texas. Durante el vuelo, los amigos de Memín comentan sobre lo que han oído de la discriminación que se le da a la gente de color en ese lugar, temiendo que él pudiera ser victima de ello. Memín no tiene ni idea de que hablan y por más indirectas que le dan, no comprende y prefieren dejarlo tranquilo en su ignorancia. Una vez que el avión ha aterrizado, solicitan una silla de ruedas para la tía Canuta, que aun sigue con su pie enyesado. Memín y Ernestillo la pasean un poco, pero acaban precipitándose en un área inclinada, lastimándose los tres al chocar con un poste (parece que a cada rato andan sufriendo este tipo de accidentes en la revista). Pasan a dejar sus cosas en el hotel, y luego los cuatro salen, acompañados del fiel Trifón, a hacer compras con el dinero que les obsequiaron. La mayoría lo invierten en ropas nuevas.
A Memín le llama la atención un traje de baño que deja poco a la imaginación, queriendo comprárselo a su madre, pero sus amigos se lo impiden, imaginando lo bochornoso que seria. Ricardo propone que vayan a una neveria, donde sus conocimientos en ingles, le permiten ordenar los helados que sus amigos quieran. Sin embargo, el pedido de Memín es el único que falta, y se lo hacen saber a la mesara, pero ella se va sin decir nada. Memín se impacienta y sus amigos suponen lo que está pasando. Él mismo pasa al mostrador, exigiendo su helado, ignorando que el empleado le dice en ingles que se largue. Memín regresa con sus amigos, contrariado, y estos le hacen ver que están discriminándolo.Mandan llamar a la mesara para confirmar, y en efecto, ella replica en su idioma que en ese lugar no sirven a los negros. Carlangas protesta, arrojando una copia vacía al suelo. Ricardo y Ernestillo siguen su ejemplo, para después echarse a correr sin pagar. Pero el dueño consigue atrapar a Carlangas y tienen que volver por él. Mientras éste se apresura a llamar a la policía, el empleado se desquita con el causante indirecto del desbarajuste, abofeteando a Memín. Éste responde el golpe y sus amigos prosiguen rompiendo mesas, vidrios y todo lo que alcanzan. Llegan los policías para llevárselos presos. Ya que Trifón no se entrometió en ningún momento, limitándose a observar mientras lamia su helado, Memín le pide avisarle a la tía Canuta para que los saque.
Trifón acepta y carga con todas las cosas, regresando al hotel, saludando a sus tíos que se relajaban, sin decirles nada, olvidándose de todo. En le delegación, con la presencia de un interprete, Memín y sus amigos exponen la injusticia cometida que ameritaba su poco sutil forma de protesta. Éste les hace ver que así son las leyes en ese lugar, permitiendo que los dueños de comercios admitan a quienes quieran, sin importar lo anticuado o antisocial que parezca, y siendo extranjeros, deben respetar las leyes regionales como tales. Les dice que la única solución es que paguen la multa por los destrozos ocasionados, pero ellos no tienen nada y sólo esperan que la tía Canuta venga a sacarlos. Al recordar que dejaron a Trifón con el recado, de ahí a que se acuerde, sienten que pueden pasar años.
No pasa tanto tiempo, cuando Cleto ha salido y entre las preguntas que Canuta le hace a su sobrino sobre lo que anduvieron comprando, acaba por informarle del pleito que se armó por no servirle su helado a Memín. Indignada, la tía Canuta se apoya en él para salir, tomando un taxi. Pronto está dando de gritos en la delegación, exigiendo que liberen a sus sobrinos (para este punto ya los considera a todos como tales). Discute con el intérprete, quien le advierte que se apegue al cumplimiento y respeto de las leyes. Canuta lo ignora y se pone a repartir un montón de dólares a las autoridades, tratando de sobornarlos. Ninguno recoge los billetes y se limitan a mirarla con extrañeza. El interprete le hace ver que ahí no pueden comprarse las autoridades (¿Cómo no? Si en cualquier lado la corrupción es igual, quizá en esos tiempos no habían decaído tanto). Unos policías se acercan para apresarla, después de que el interprete traduce sus amenazas e insultos, pero ella se zafa, golpeándolos y sacando su pistola.
Una tremanda balacera se produce en la delegación, obligando a todos a esconderse en sus escritorios, mientras la mujer grita como loca, recobijándose de tenerlos angustiados. Pero las balas se le acaban, (aunque siguen siendo inofensivas salvas) y no puede evitar que la apresen, pero exige que recojan el dinero que tiró si no lo quieren. Obedecen en el acto y ya satisfecha, se deja conducir a la celda. Ahí, los cuatro la esperan ansiosamente, reanimándose al verla, mas la impresión no les dura mucho cuando la meten con ellos y cierran con llave. No les queda más que confiar en que Trifón traiga al tío Cleto y él ayude a resolver la situación. El entrenador Álvarez se reúne con el encargado del equipo de Dallas, dejando que él se ocupe de hospedar a los otros jugadores. Después, pasan al hotel a saludar a los demás jugadores, pero sólo encuentran a Trifón, que no sabe que hacer al no ver rastros del tío Cleto. Les informa que tanto sus amigos como su tía están prisioneros, y los dos se apresuran a ir, a ver como los liberarán. En la cárcel, Canuta y los muchachos se distraen jugando rayuela, justo cuando los dos entrenadores llegan a tratar con las autoridades. Tienen facilidad de sacar a los cuatro, pero a la tía no porque a ella le pusieron una multa muy alta por el desorden que causó, aunque como no les importa, los tiene sin cuidado. En cuanto les abren la reja, los cuatro salen emocionados, pero se detienen al ver que la tía Canuta seguirá presa, por lo que exigen que vuelvan a meterlos con ella, sin importarles si se pierden el juego por eso. Frustrados, a los entrenadores no les queda de otra que usar sus esfuerzos para sacarla a ella también, mediante un abogado y un extenuante proceso legal de tramites para pagar las multas y demás. Ya con todos libres, Canuta promete al entrenador que ella misma repondrá esos gastos. De vuelta en el hotel, se reúnen con Trifón, que se durmió durante la espera. Sigue sin haber hallado señales de Cleto, y salen otra vez a buscarlo, e incluso el entrenador Álvarez se ofrece a ayudar. Mientras exploran las calles, a Memín le da hambre y es atraído a un expendio de hot dogs. Se sorprende al ver que Cleto está trabajando ahí, preparando y sirviendo la comida. Supone que ha vuelto a perder la memoria, volviendo a convertirse en Honorato. Llama a sus amigos y al entrenador para que le hablen con sutileza, para darle confianza, pero en realidad Cleto sigue consciente de su identidad y no entiende a que se refieren. Alega que al ver que solicitaban ayudante, se ofreció a trabajar, e incluso pagó para que lo admitieran. Todos se desconciertan, pero luego disfrutan de los hot dogs que prepara Cleto, empeñado en seguir en su puesto hasta que termine su turno. El entrenador se retira para informar a su esposa y más tarde, los cuatro vuelven al hotel, acompañados por Cleto. Canuta está contenta al ver que no le pasó nada, pero no comprende su nueva actitud de darle por preparar y surtir comida rápida, que es a lo que Cleto piensa dedicarse en cuanto regresen a Monterrey.
Llega el día del partido, y el entrenador Álvarez, en vista del incidente anterior, ya anda temiendo que vuelva a pasarle algo a los cuatro y no alcancen a llegar. Pero estos pronto están ahí, con Trifón y la tía Canuta, a quien han quitado su pistola, por lo que no podrá volver a echar porras a balazos. Se ponen el uniforme y salen al estadio. No dejan de señalar la falta de entusiasmo entre el publico asistente de los americanos, a diferencia de los mexicanos que siempre andan haciendo escándalo para demostrar su apoyo. ¿Qué esperaban? Para los americanos el soccer carece de la importancia de otros deportes, por lo que no puede esperarse que se tomen tan en serio su afición y menos en juegos en que participan puros escuincles.
El entrenador los pone a cargar la bandera de México, llevándola por el estadio para después formarse y escuchar el himno nacional, que tiene un efecto nostálgico sobre ellos, despertando su sentimiento patriótico (no le hagan, la competencia deportiva no tiene nada que ver con la patria). Lo mismo hace el equipo americano, y ya después da comienzo al partido. Los contrincantes esta vez juegan con mayor rigor, poniéndoselas difícil desde el inicio, pero Memín consigue anotar el primer gol con un oportuno cabezazo. Queda atontado pero pronto vuelve en si. El juego sigue con tácticas realmente rudas por parte de los americanos, pero consiguen frustrar todos sus intentos de anotar gol. Entre el publico, la tía Canuta fuma como desesperada, formando tanto humo que algunos protestan, y el primero en exigirle que apague su pipa, le responde echándole humo en la cara. Se ven obligados a abanicarse con periódicos para ahuyentar el humo, ya que no pueden detenerla. Memín consigue dar un pase a Carlangas para lograr otro gol y luego se van a medio tiempo, optimistas porque esta vez llevan la ventaja. El entrenador los anima a seguir así. Al reanudarse el juego, los de Dallas se ponen más agresivos, cometiendo falta tras falta. Ernestillo quiere responder, pero sus amigos le recuerdan que ellos deben jugar decentemente para demostrarles como lo hacen los mexicanos. Realizan una extraña jugada de pases de cadera, que resulta efectiva para que Ernestillo anote el tercer gol, y poco después, termina el partido. Sus contrincantes no guardan rencor y los felicitan por su contundente triunfo.

Canuta celebra la victoria tocando la redova, que pone a todos los jugadores a bailar. Memín, nuevamente, baila de más, llamando la atención del público americano, hasta que lo aplacan. El entrenador Álvarez los felicita por el triunfo, apremiándolos a reunirse más tarde para el banquete que darán en su honor. A Memín le preocupa que al día siguiente volverán a México a primera hora, por lo que no tendrá tiempo de comprar un regalo especial, una plancha de vapor, para su má linda. Durante el banquete, aprovecha una oportunidad para escabullirse, dirigiéndose a una tienda de electrodomésticos. Trata de darse a entender en vano con una empleada que no le entiende ni papa. Manda a llamar a otra que si habla español y Memín le pide el precio de las planchas. Cree tenerlos al alcance su bolsillo, pero sólo traía cinco dólares consigo y el resto del dinero mexicano no tiene valor ahí. Desilusionado, empieza a retirarse, pero la empleada lo detiene, refiriéndose a que hay una oferta especial en planchas. Aun así no le alcanza, pero ella acepta comprarle una canica que traía, completando la cantidad necesaria. Memín sale muy contento con la plancha envuelta para regalo. Regresa justo a tiempo para una foto del equipo con la copa, y él insiste en sostener y presumir el regalo para que Eufrosina lo vea. Siguen disfrutando del banquete y dedican una porra a los de Dallas por hospitalidad y ser tan buenos perdedores.
En México, los padres se enteran del triunfo de sus hijos, mediante el periódico con la foto en que salen con la copa. No podrían estar menos orgullosos y emocionados, esperando ansiosos su regreso (sobretodo Eufrosina, que intuyó que el regalo que Memín exhibía era para ella).
Memín y sus amigos se despiden del entrenador Álvarez y sus compañeros del equipo de Monterrey, confirmando que al día siguiente partirán. Pasan la última noche con los tíos de Trifón. La tía Canuta se siente triste por su inminente partida, habiendose encariñado mucho con ellos y aun agradecida porque le devolvieron a su marido. Ante su buena voluntad, ellos deciden ser honestos, confesando que los “accidentes” fatales que afectaron a su persona, fueron perpetrados por ellos, y que el dedo de Cleto se lo comió el gato en un descuido. Canuta sólo puede echarse a reír y a llorar al mismo tiempo ante tantas ironías. Durante la cena, vuelve a admitir lo mucho que los extrañará, quedándose únicamente con Trifón (quien ya no volverá a aparecer, al menos no dentro de las tramas elaboradas directamente por Doña Yolanda). Ellos la invitan a que venga a visitarlos cuando quiera y les toma la palabra (por desgracia, no la volveremos a ver). Suben al avión tras despedirse de Trifón y los tíos, emprendiendo el viaje de regreso. Los padres esperan ansiosos su llegada, pero a la vez preocupados, a raíz de la desconfianza de Eufrosina hacia la eficacia de los aviones como medios de transporte seguros. Y tiene algo de razón en su presentimiento, ya que por el camino, enfrentan la turbulencia provocada por pasar sobre nubes de tormenta. La experiencia es aterradora, pero una vez que la libran, recuperan el optimismo. Aterrizan y son bien recibidos por sus respectivos padres, e incluso el profesor Romero y su esposa. Aunque los felicita, Romero no deja de recordarles que por su ausencia tendrán que esforzarse para ponerse al corriente con sus estudios, y ellos aseguran que así será, aunque con Memín siempre hay dudas de que lo consiga. Mientras deja sus cosas y se prepara para que lo bañe, Memín le cuenta a Eufrosina todo lo que vivió en Monterrey y Dallas, brincando entre los detalles más sórdidos, impidiéndole cualquier posibilidad de hilar la historia. Al llegar a la parte en que fue discriminado y que acabó en prisión, Eufrosina concuerda en que habría hecho igual que la tía Canuta para defenderlo, aunque tratándose de ella seguro que seguirían en la cárcel. Luego, se acuerda del regalo que lo trajo, que es finalmente desenvuelto, y pronto hace la primera prueba de la plancha (no estoy del todo enterado sí este avance tecnológico en las planchas aun está vigente o fue algo experimental, supongo que sólo alguien que sepa del trabajo que implica planchar, podría saberlo, nunca he usado una plancha).
Al día siguiente, Memín y sus amigos encuentran que no les permiten entrar a la escuela por un rato. Cuando por fin les abren las puertas, encuentran a alumnos y maestros formados, dedicándoles una porra general a los cuatro (y solo a uno de los otros dos que también participaron). El director los felicita personalmente por haber enorgullecido tanto su escuela como su país (ya, no fue para tanto).
Pasan con el profesor Romero, contándole todo lo que pasó, y él antepone el respeto a las leyes extranjeras al saber el desastre que ocasionaron en la heladería, mas en el fondo, aprueba su actitud de defender a Memín. Habiendo sido puesto al tanto, los incita a tomar sus asientos y ponerse a estudiar.

A mi juicio, está prolongada saga de Monterrey Vs. Dallas, Texas, es una de las mejores que han presentado en la revista. Entre tantos incidentes chuscos y divertidos, apenas hubo tiempo para el futbol, así que al final eso no fue lo más representativo, aunque si una buena excusa para poner a Memín y sus amigos dando vueltas en dos escenarios con peculiares personajes de ocasión.
Algo curioso que debe comentarse, es que al parecer, en la parte en que están en Dallas, la forma de presentación, una vez que llega a manos americanas, ocasionó una oleada de mala fama para Memín, por insinuar que allá son racistas por poner esas cosas. Bueno, obviamente eso no es verdad, y sí se hubieran fijado mejor, entenderían que la revista no está actualizada, retratando una época en que las leyes de igualdad no eran tan fuertes como hoy en día, por lo que los dueños de comercios podían darse lujo de negar servicio a cualquier minoría detectable cuando se les antojara. Ahora debe ser muy difícil hacerlo legalmente, a excepción de pequeñas y atrasadas comunidades de mentalidad cerrada, pero lo que haya sido de Dallas, Texas, era la del ayer, y no la del hoy, por lo que todo se debió a una confusión. Eso pasa por no tomar precauciones al exportar la revista, por su versión a colores, quienes no sepan, no podrían saber que esta representando a una época clásica.