martes, 11 de agosto de 2009

Memín Pinguín #200-212

Memín y sus amigos consiguen unirse a una expedición al África, en la cual vivirán de todo, entre los peligros existentes en el continente negro, y sus esfuerzos por impedir que la codicia provoque la muerte del señor que les permitió ser parte del inolvidable viaje.

Los cuatro amigos se empeñan en ir a ver la realización de las obras del metro. Memín no comprende muy bien que es eso y sus amigos se lo explican, mencionando que será una mejoría en el transporte publico (si que estaban al tanto de las novedades en ese entonces). Cuando se acercan y piden que les den acceso, se los niegan, ya que apenas han iniciado el trabajo y las instalaciones pueden ser peligrosas. Aprovechando la distracción del obrero, Memín se mete por el túnel, mientras sus amigos divagan sobre otras obras que andan modernizando al país, pero no tardan en seguirlo. Ignorando las advertencias de los obreros que los ven entrando al túnel, se internan en la oscuridad, buscando a su amigo. Al negrito se le ocurre jugarles una broma, saliéndoles de repente para espantarlos. Huyen despavoridos por donde entraron, y un empleado se introduce con una linterna para ir por el que falta. Memín trata de repetir su acto de aparecido pero la luz le hace creer que el faro del metro que viene contra su persona, mas es atrapado antes de poder echar a correr.
De vuelta en el exterior y tras ser regañados, Memín recibe coscorronazos de sus amigos, que lo culpan de echarles a perder su excursión. Persistiendo en su idea de conocer la construcción subterránea (que niños tan metiches), Ricardo comenta que ha escuchado que las obras del metro tienen conexión con el drenaje, por lo que optan por introducirse a una alcantarilla. Memín titubea, pero acaba por acompañar a sus amigos, aun cuando se ponen a contar cosas que escucharon sobre el cadáver de una mujer empapelada que encontraron, algo que repiten constantemente conforme andan en eso (¿referencia a un hecho verídico? Sepa, yo no ando en las noticias morbosas de la historia de México). Durante la exploración en el drenaje, se mofa de Carlangas, señalándole en dos ocasiones que tiene ratas pegadas a la ropa, quien al comprobar la presencia de los roedores, grita de terror mientras se las sacude, para luego alegar que no les teme (si, como no, aunque el verdadero miedo que inspiran son las enfermedades que transmiten). Encuentran una luz que indica una alcantarilla abierta, y como ya están mareados por el mal olor, deciden subir a ésta. Ya en el exterior, descubren que han llegado a una enorme residencia, y haciendo caso omiso la vacilación de Memín, les da por explorarla, aprovechando una puerta abierta. Se internan en otro lugar oscuro e intimidante, que los conduce a una cámara repleta de animales disecados, asustándolos hasta que comprenden que no están vivos (Memín tarda especialmente en entender que significa estar “disecado”). Al perder el miedo, el negrito vuelva a burlarse de Carlangas, y se ponen a discutir sin razón, pero dejan eso al escuchar voces detrás de una puerta cercana. Distinguiendo una abertura por encima, sostienen a Memín para que eche un vistazo. En el otro lado, se presentan a un hombre de edad madura, millonario, que luego presentan como Samuel Hostes, y su sobrino, Lorenzo, que debaten sobe la determinación del primero a realizar una expedición al África. El sobrino trata de hacerle desistir, pero es inútil, demostrando que Don Samuel es apasionado en la carrera de expedicionario, y acaba aceptando acompañarlo. Don Samuel lo lleva a enseñarle su colección de fieras disecadas, y los cuatro amigos se apresuran a esconderse. Ricardo estornuda a causa de las plumas del avestruz tras la que se ocultó, poniendo en alarma a Samuel, que saca su pistola, temiendo la presencia de un ladrón. Lorenzo distingue a Memín, que pretendía hacerse pasar por la cría de un gorila, y lo agarra por la oreja, tomándolo por el cuello para inquirir que hace ahí. Sus amigos salen a defenderlo, aceptando el subsecuente interrogatorio. Lorenzo se muestra agresivo con ellos, guiándolos a la salida después de resolver que no fueron enviados por los enemigos de su tío (¿todos los ricos deben tener enemigos?). Memín se retrasa para despedirse debidamente del veterano, alegando que le cayó muy bien, ganándolo como de costumbre, con su simpatía innata. Al volver con los demás, Lorenzo le da un puntapié por andarse tardando, y luego los echa fuera, bruscamente. Mientras se van caminando, lamentan no haber cumplido su cometido de explorar las obras del metro, comentando sobre lo que escucharon sobre esa expedición, entusiasmándose con la idea de lo que seria participar en algo así. Memín recuerda haber oído que Don Samuel mencionó que necesitaban a más gente y que ellos podrían probar suerte, pidiéndole que los deje unírsele. Se regresan para tratar el asunto. Lorenzo solicita un préstamo a su tío, pero éste lo rechaza, sabiendo que lo despilfarrará, como ya ha hecho en el pasado. Pasa a enumerar como Lorenzo lo ha decepcionado en todo, malos negocios, falta de carácter, y que sólo lo une a él el interés, ya que es su único familiar, que heredará toda su fortuna al morir, aun cuando él niega todo. El criado les avisa de la llegada de los niños, y Don Samuel acepta dejarlos pasar, ignorando la oposición de su sobrino. Expresan su deseo de acompañarlo en la expedición, y Don Samuel les da una negativa, advirtiéndoles de los peligros que enfrentarían, no apropiados para inexpertos y mucho menos, menores de edad. Ellos insisten que son valientes y pueden con todo, exigiendo una prueba. Lorenzo trata de correrlos de nuevo, y Memín se le pone al brinco, recibiendo otra patada. Carlangas se lanza a responder ante la agresión, y pronto los cuatro están atacando al codicioso Lorenzo. Don Samuel los detiene, y aunque con eso probaron de algún modo su valor (¿o alevosía?), sigue dándoles una rotunda negativa. No les queda de otra más que resignarse y volver a sus hogares, desilusionados.
Habiéndose quedado solo, Lorenzo sigue tratando de disuadir a su tío de participar en la expedición, y éste replica que su preocupación es falsa, esperando en el fondo que muera para heredar su dinero y despilfarrarlo en compañía de la vulgar mujer con quien sale, una tal Hilda Noriega, artista, pero no del tipo respetable. Don Samuel le expone que para probar su sinceridad, debe terminar con ella y unirse a la expedición (pero si al principio ya había dicho el mismo sobrino que si ¡decídanse!), algo que no le agrada a Lorenzo, siendo un cobarde por naturaleza, pero considera que tiene las cartas a su favor, para asegurar la muerte de su tío en África y así nadie sospeche nada. Memín llega a casa, y lo primero que hace es comentar sobre lo que vio en la residencia de Samuel, escandalizando a Eufrosina, quien cree que delira otra vez. Le ordena que la ayude a entregar la ropa lavada, comentando que seguirá desempeñando ese oficio, dejando en espera lo de poner su tienda, ya que al no saber de números, podrían engañarla, posponiendo el proyecto hasta que cuente con más ayuda (nunca veremos eso). Memín carga el cesto y la acompaña, dirigiéndose precisamente a la casa de Hilda. Al escuchar que es una especie de actriz, le da interés por conocerla, y mientras Eufrosina anda revisando la ropa lavada con la servidumbre, él se escabulle para verla. Al descubrirla con Lorenzo, le toca ser testigo de los malvados planes que ambos tienen para Samuel. Lorenzo invita a Hilda a unirse a la expedición para que le ayude a deshacerse de su tío, aprovechando que él no la conoce de vista, disfrazándose como periodista. Ella menciona que al no poder dejar sus contratos, deben dejar que su representante, Raúl, también los acompañe, disfrazándose a su vez, a lo que Lorenzo acepta a regañadientes. Memín se queda pensativo y preocupado durante el camino de regreso, no perdiendo tiempo al llegar a casa, para pedir permiso e ir con sus amigos a contarles de lo que se ha enterado. Se reúne con Carlangas y Ernestillo, pero a ninguno le dice nada, queriendo que estén todos juntos. Van con Ricardo, que se encuentra viendo un programa, y los invita a que lo miren con él (algo sobre una persecución en el desierto, pero no dicen cual es exactamente). Cuando éste se acaba, a Memín se le olvida que era lo que iba a decirles, demostrando nuevamente su falta de concentración. Lo ponen de cabeza para que se acuerde y nada. Después pasan a comer, y luego de haberse servido muy bien, el negrito recuerda y les cuenta. Los cuatro deciden que la solución es insistir en que los dejen entrar a la expedición para cuidar las espaldas de Don Samuel (no se les ocurrió simplemente advertirle o no dejar que Lorenzo y su novia participaran en la expedición, tsk, pura excusa para ir de colados).
Al día siguiente, vuelven a presentarse en la residencia de Samuel, insistiendo que son valientes y capaces de aguantar la dura expedición y Memín hasta se pone adulador. Don Samuel accede finalmente, permitiéndoles que lo acompañen. Sin embargo, les advierte que sólo hay tres lugares en el avión, por lo que Memín no podrá ir, argumentando que por ser tan chaparro estaría en seria desventaja y les seria difícil cuidarlo. Por más que le insisten, es inútil, y los tres acaban declinando, manteniendo su juramento de ir parejos los cuatro. Memín siente pena porque sus amigos se pierdan la expedición, y los convence de que si vayan, resignándose a quedarse. Don Samuel reconoce su nobleza, ofreciendo premiarlo, mas no con un viaje a África como Memín ya estaba pidiendo (necio, si se supone que tenían que salvar al viejo, en verdad que lo están usando de excusa), sino comprarle lo que él quiera para entretenerse mientras ellos parten. Eso no basta y se queda cabizbajo, escuchando los planes de sus amigos para llevar lo que necesitan en la expedición. Sus amigos reparan en su tristeza, y para no desanimarlos, Memín se finge alegre, parloteando sobre como trabajará para volverse un campeón de ciclismo en su ausencia (¿?), asegurando que estará bien. Los tres solicitan en sus casas el permiso de sus padres, consiguiéndolo fácilmente, ya que tanto el señor Arcaraz, el señor vargas y el señor Arozamena concuerdan en que es una gran oportunidad que fomentará su carácter. Recordemos que esto es ficción y ningún padre en su sano juicio, consideraría permitir semejante viaje para sus hijos, menos en lugares tan peligrosos como las zonas salvajes del continente negro, ni la ley lo permitiría. Memín sufre indeciblemente, manteniendo firme en no flaquear ante el entusiasmo de sus amigos, que ya tienen todo listo. En casa, se suelta a llorar desconsolado, berreando ante Eufrosina para expresar como desea ir con ellos al África y la imposibilidad de ello. Logra conmoverla, al grado de que ella se pone de su lado, asegurando que si él lo quiere, viajará a África, le guste o no al viejo Samuel. Se pone a empacar, casi desistiendo de su iniciativa cuando Memín le informa que es un viaje que durará tres meses (no dicen si están en periodo de clases o no, pero…ah, olvídenlo, a estas alturas se entiende que aquí ellos faltan cuanto se les antoja, por eso nunca acaban el sexto año) porque está muy lejos, pero suplicándole, la convence. Memín va con sus amigos a la merienda de despedida, dejando a Eufrosina devanarse los sesos para hallar la manera de llevarlo en el avión. Durante la merienda, ya no tiene que disimular, mostrando visiblemente feliz y conforme, rompiéndoles el corazón a sus amigos, quienes creen que lo está haciendo por ellos. Acaban lloriqueando y pedirle que no finja más, pero Memín hasta les baila el “cuchi cuchi” para que vean que no tiene problema en que viajen sin él. Se despiden de él con gran tristeza, completamente ignorantes de lo que el negrito pretende. Al volver a la casa, Eufrosina se queda en cero al no ocurrírsele nada, y los dos ya se andan metiendo en trabalenguas que no vienen al caso. Finalmente, Eufrosina considera que basta con meterlo al avión, y que ahí se esconda hasta que llegue la hora de partida. Tras rezarle a la Virgen (acuden a ella para todo, pero no es de extrañar, considerando que los valores católicos imperan en este país, y en la autora), van hacia el aeropuerto, donde Eufrosina agrede a un maletero que ya iba a hacerles el favor de cargar sus cosas, creyendo que era un ladrón. Memín pierde tiempo preguntando por un avión que viaje al África, recibiendo luego la aclaración de que ese es el destino de un avión privado, que se encuentra en otro aeropuerto. Una vez allá, a Eufrosina se le ocurre distraer al vigilante, argumentando que quiere comprarle un avión a su retoño algún día, pidiéndole que les permita verlo de cerca. Creyéndolos ingenuos e ignorantes (más de lo que son), el vigilante no ve problema, y los deja pasar. Despidiéndose cariñosamente, Memín se mete al avión con su equipaje, que Eufrosina escondió hábilmente entre su ropa, disimulando con su gordura. Después, engaña al vigilante, haciéndole creer que Memín se echó a correr y lo está persiguiendo, fuera del aeropuerto.
El señor Arcaraz está por conducir a Ricardo y sus amigos al aeropuerto, después de pasar por la clásica escena dramática de preocupación de Mercedes, a quien consuelan con que estarán bien, ya que el señor Hostes los cuidará de cerca. Memín se queda dormido en el compartimiento del equipaje. Don Samuel se despide del señor Arcaraz, llevando a los niños rumbo a la emocionante aventura, argumentado que sólo iran con ellos algunos periodistas, su sobrino y unos viejos colegas suyos. En otro lado, Lorenzo y Hilda andan acordando que deben disimular muy bien, esperando la oportunidad de acabar con Samuel. Al retirarse Lorenzo, sale Raúl, que en el viaje representará al hermano de la periodista, pero en realidad, resulta ser su amante, y junto con ella, quieren quedarse con el dinero que saque Lorenzo. El avión emprende el vuelo, haciendo que Memín despierte. Espera un poco antes de salir, justo cuando los demás pasajeros ya se han puesto a dormitar. Se sienta al lado de Carlangas, que es el primero en despertar. La presencia de Memín lo sorprende, pero no le agrada que haya venido de polizón, siendo irresponsable e incauto si compromete su viaje. Le ordena esconderse detrás de su asiento y va con los demás, que estuvieron soñando con Memín, como resultado de que aun siguen trasteando por su ausencia. La noticia de su persona fungiendo de polizón hace que cambien drásticamente su preocupación hacia él por enfado, pero acuerdan seguirlo ocultando. Don Samuel pasa a saludarlos, admitiendo que si tenían lugar para Memín, pero que no quiso llevarlo porque el color de su piel los metería en problemas si africanos supersticiosos lo vieran, lo que significaría que no lo dejarían regresar. A Memín le dan ñañaras desde su escondite, y sus amigos le insisten que ahí se mantenga, callado y quieto. Deciden castigarlo duramente al no convidarle nada de comida durante las escalas que hace el avión. Memín escucha una conversación de Hilda con Raúl, suplicándole mantener su distancia con ella para no poner en alerta a Lorenzo. En el restaurante en que han ido a comer, Don Samuel intercambia impresiones con sus colegas, volviendo a señalar el interés de su sobrino que es lo que lo hizo unirse a la expedición (y si fuera más listo, comprendería que no dejaría pasar la oportunidad de librarse de él para quedarse con el dinero, que es lo que debió haber augurado antes, pero algunas personas simplemente no quieren pensar tan mal de los demás, sobretodo de su familia). El viaje continúa, y el hambre atormenta a Memín, orillándolo a comerse una mosca muerta que se encontró. Para acabar, sus amigos lo torturan, comentando exageradamente como han disfrutado su comida. No tarda en doblarse, enloqueciendo por el hambre. Sale de su escondite y se pone a cantar en el avión, llamando la atención de todos.
Don Samuel pide que le den algo de vino para reanimarlo, y recrimina la actitud de sus amigos por dejarlo así. Habiendo aclarado que él vino de polizón, y tras los comentarios de los colegas de Don Samuel que no aprueban la presencia de otro niño, decide bajar a los cuatro en la siguiente escala, para mandarlos de regreso. Sus amigos no podrían estar más enojados con Memín, y a él tarda en caerle el veinte de lo que ha provocado, ya recuperado con el vino y unos chocolates que le ofrece Hilda. Memín trata de convencer a Don Samuel de no devolverlos, justo cuando ya están volando sobre las selvas africanas. En eso, los motores empiezan a fallar y el avión efectúa un aterrizaje forzoso. Caen en lo más profundo de la selva, con la nave completamente estropeada y sus ocupantes dispersados en el desorden. Carlangas, Ricardo y Ernestillo salen ilesos, y al revisar el estado de los demás pasajeros, descubren a Memín, a quien creen aplastado al ver sus pies a los lados de su cabeza, pero sólo eran sus zapatos. Lo ayudan a salir y luego se encuentran con Lorenzo, dispuesto a matar con una tabla a su malherido e inconsciente tío. Al ser cachado en su siniestra intención, trata de disimular, excusando que tomó la tabla por un pañuelo con el que iba a atender a Samuel. Memín toma la tabla y le pega en la cabeza, noqueandolo. Después, proceden a ayudar a Don Samuel y los demás pasajeros. La mayoría sufre heridas menores, quedando sólo Raúl lastimado de la pierna, para consternación de su “hermana”. Estando todos más o menos recuperados del choque, sacan sus pertenencias y equipo de acampar. Los colegas de Don Samuel felicitan a los cuatro por haberse desenvuelto tan bien al asistir a los heridos. Tras colocar las tiendas de campaña, ellos comentan sobre como le han agarrado afecto al viejo expedicionario, considerándolo como su abuelo, lo que llega a oídos de éste, quien ya va volviendo en si y corresponde a ese sentimiento. Raúl cavila con Hilda sobre seguir adelante con su plan, que ahora implica acabar con los chiquillos entrometidos, uno por uno.
Más tarde, en el improvisado campamento, preparan la comida. Mientras comen, los colegas de Don Samuel y los pilotos, acuerdan separarse, yendo por diferentes rumbos para conseguir ayuda, quedándose él ahí con los niños, los periodistas y su sobrino. Luego, recuestan a Don Samuel en la tienda de campaña, y Memín se tiende a su lado para acompañarlo, quedándose dormido cuando el anciano empezaba a expresar como siente falso a su sobrino y que con ellos si puede sentir un cariño sincero. Lorenzo sufre por los celos que despiertan las atenciones de Hilda con Raúl, y después de quejarse con ella por eso, reitera su idea de irse deshaciendo de los cuatro fastidiosos. Los amigos de Memín van sacando los sombreros de safari, mientras el negrito despierta en la tienda, al sentir la presencia de una serpiente pitón. Sale corriendo a alertar a sus amigos, pero olvida el nombre del reptil, llamándolo lombriz, por lo que ellos creen que no es gran cosa y puede encargarse solo. Regresa a la tienda, tratando de apartar a la pitón del durmiente Samuel, pero ésta es más fuerte y lo aparta de un colazo. Memín vuelve con sus amigos, explicándose mejor, para que vengan a echarle una mano. Avisan a Lorenzo, que los acompaña, aprovechando la oportunidad. Con la serpiente amenazando a Samuel, pretende dispararle a éste, “accidentalmente”. Adivinando su intención, los chicos lo detienen, y opta por retirarse, indignado y más decidido a eliminarlos después (¿no hubiera sido más fácil aniquilarlos ahí mismo? Si no hay testigos). Viéndose solos por su cuenta, lo único que se les ocurre es usar música para alejar al animal, y se ponen a cantar. Memín se deja llevar, como de costumbre, bailando al ritmo de las canciones. Don Samuel despierta, pensando que están haciéndole un buen gesto, cantando para él, pero al distinguir al animal, no duda en tomar su rifle y matarlo con un disparo certero. Sintiéndose mejor, Don Samuel los invita a acompañarlo a explorar, únicamente los cinco, sin avisar a los demás. Ellos aceptan encantados, y ya todos armados y vestidos, se adentran en la selva. Observan a unos simpáticos monos en los árboles. A Memín le da por abrazar uno pequeño, asustándolo, ignorando que eso no tardará en poner en alarma a los otros, que se lanzan a atacarlo, avisados por la madre. Empiezan a agarrar a Memín, lanzándolo por los aires, ante el espanto de Don Samuel y sus amigos. El anciano advierte que no puede hacer nada, ya que si dispara, provocaría la furia de los simios. Una gorila atrapa a Memín (o al menos, se dice que es una gorila, aunque su cara semeja más a un chimpancé, creo que el dibujante no conoce la diferencia estética de los simios y produjo un extraño hibrido como resultado), tomándolo por su “hijo”, y se lo lleva consigo, perdiéndose de vista, sin que Don Samuel y sus amigos puedan evitarlo. Memín trata de escapar, pero la mona no se lo permite, reteniéndolo a su lado, volviéndolo a subir al árbol cada vez que intenta bajar. Memín le pone el nombre de “Rovirosa”, y acepta los plátanos que le ofrece, pero después de comerse cinco, no quiere saber más.
En el campamento, la ausencia de Memín es notoria, lo que lamentan especialmente sus amigos, mas Don Samuel asegura que estará bien. Lorenzo se deleita con la desaparición del primer estorbo, y pone en práctica una táctica para librarse de los demás. Como Don Samuel insiste en que no se preocupen por Memín, Lorenzo se les acerca cuando éste no anda a la vista, indicándoles que él sabe donde podrán encontrar los monos si se reúnen con él a una hora y lugar propicios, donde sin duda darán con su amigo. Ingenuamente, aceptan reunirse con él sin dar aviso. Lorenzo los guía a una zona donde pueden cazar flamencos. Concentrados en ellos, Lorenzo se aleja, y al notar que han sido burlados, avanzan por la selva, aunque pronto empiezan a dudar sobre encontrar el camino de regreso. Caen en una trampa natural, arreglada por Lorenzo, que los deja atrapados en un boquete en el suelo, del que no hay modo de salir escalando. Lorenzo se burla de ellos, dejándolos a merced de cualquier fiera que pase por ahí y aproveche para darse abasto, volviendo al campamento. De vuelta con Memín, como éste no logra huir de Rovirosa, decide llevarla con él, tomándola de la mano, y ésta lo sigue mansamente. Pero llegan a un punto en que la mona sale corriendo, asustada al percibir a un leopardo, que se lanza sobre Memín. Trepándose a un árbol, Memín cree haber escapado, pero el felino se encarama y alcanza a desgarrarle la camiseta. Rovirosa lo rescata al último momento, llevándolo de rama en rama, poniéndolo a salvo. Cerca de ahí, sus amigos sufren por el calor producido en el agujero donde están forzados a permanecer. Al escuchar la voz del negrito, consiguen llamar su atención. Él acaba cayendo en la misma trampa, y después de que sus amigos lo ponen al tanto, llama a la mona para que ayude. Rovirosa se mete al agujero al sentir el llamado de su “hijo”, consternado a sus amigos, que ahora temen estar todos ahí atrapados, sin esperanzas de salir. Después de observar una escenita de Hilda con Lorenzo, a Raúl se le ocurre una forma de ganar la confianza de Samuel. Le pone sobre aviso de que la periodista es en realidad la novia de su sobrino, y que planean matarlo. Confiesa haber sido parte del plan, pero se ha arrepentido y quiere ayudar. Don Samuel se muestra conforme, pero decepcionado profundamente de Lorenzo. En el agujero, los cuatro tratan de formar una pirámide, con ayuda de Rovirosa, pero ella no se puede estar quieta y estropea el intento de escape. Toma a Memín, y con facilidad brinca fuera del agujero. Tras ufanarse por haber salido, consigue unas lianas para que sus amigos se sujeten a ellas, poniéndoselas a Rovirosa para que los saque. Viéndose libres, se disponen a volver para salvar a Samuel, pero Memín no quiere irse sin aprovechar echarse un chapuzón en un lago cercano. Se lanza al agua, ignorando los chillidos de Rovirosa, advirtiendo la presencia de un par de cocodrilos. Sus amigos alcanzan a ver a los enormes reptiles, y se echan al lago para ayudarlo. Carlangas distrae a uno de los cocodrilos, logrando que lo persiga, mientras Ernestillo se enfoca en el otro, cercano a Memín. Después de una furiosa lucha bajo el agua, empleando un cuchillo y con ayuda del negrito que le pica los ojos, Ernestillo da cuenta del cocodrilo, pero la debacle lo ha debilitado y se empieza a ahogar.
Memín lo salva y vuelvan a respirar aire puro. Ricardo se les une, pese a no trae sus anteojos y no puede ver nada. Los tres regresan juntos a la superficie, distinguiendo a Carlangas, que ha neutralizado a su cocodrilo al ponerle un palo en el hocico, haciéndolo inofensivo. Memín considera usar esa misma táctica cuando su má linda se moleste con él, y le dan sus coscorrones por andar de malicioso. Vuelven a ponerse sus ropas, y Ricardo se alarma al no encontrar sus anteojos. Resulta que Rovirosa se los ha puesto y anda tonteando con ellos, pero pronto se cae del árbol y Ricardo los recupera, sin importarle que se resquebrajado un lente. Como tienen hambre, le piden a Memín que haga que la mona les de algo de comer. Rovirosa hace lo justo, arrojándoles cocos, que tienen cuidado de esquivar. Habiéndose alimentado bien, siguen su camino de vuelta al campamento. Don Samuel sigue lamentando lo que ha descubierto de su sobrino, y al irse a su tienda para dormir, éste se aparece, con pistola en mano, listo para matarlo y quedarse con su dinero. Don Samuel no siente miedo, e intenta disuadirlo, insinuando que no figura en su testamento, pero el interesado Lorenzo revisó el documento antes de salir, así que nada le impide cobrar una vez que lo mate. Está a punto de dispararle, cuando es sorprendido por la espalda, recibiendo un golpe de Raúl que lo deja inconsciente, y luego, entre él y Don Samuel lo amarran. En el camino de vuelta, Memín va quedándose dormido mientras camina, soñando con que es perseguido por un león. Asusta a sus amigos, hasta que se dan cuenta que fue una fantasía suya y se enojan con él. Finalmente, llegan al campamento. Después de haber atado a Lorenzo, Raúl se le voltea a Samuel, apuntándole con la pistola, amenazando con que escriba una carta donde lo nombre su heredero. Don Samuel no puede creer tan vileza y trata de resistirse, pero se da por vencido y empieza a cumplir la orden del truhán. Armándose con palos, los cuatro entran a defender a Samuel, atacando a Raúl. Rovirosa tiene su propio garrote, y cuando la tienda de campaña se cae, golpea entusiasmada todos los bultos que encuentra, sin distinguir a sus amigos de los demás. Le piden a Memín que la detenga, y así, la changa suspende el ataque, agarrando a su “hijo” tras escuchar su voz. Todos tienen moretones en la cabeza, especialmente Raúl, quien se desmaya. Después de recuperarse, los cuatro sugieren a Don Samuel la idea de que se internen en la selva para salir de ésta, ya que ni sus colegas ni los pilotos regresaron, suponiendo que pudo haberles pasado algo y ya no tiene caso seguirlos esperando. Él lo ve como una empresa muy peligrosa para los cinco, pero no parece haber otra opción. Hilda les sale al paso, empuñando una pistola, decidida a quedarse con el dinero del viejo para ella sola. Rovirosa la sorprende y Carlangas le arrebata el arma. Poco después, Don Samuel y los chicos parten, llevándose todo el equipo, con Rovirosa ayudándoles y siguiéndolos fielmente. Hilda, Raúl y Lorenzo son dejados amarrados a un árbol, quedando su destino sujeto a las consecuencias de su desmedida codicia, entre los peligros de la selva y la posibilidad de que acaben matándose entre si (considerando que puedan zafarse antes de morir de inanición o ser devorados por una fiera).

Concluyendo la primera parte de la saga africana de Memín, el siguiente segmento vendrá de la mano con nuevos peligros y la imaginación del ocurrente negrito.
Hay que señalar como va mostrándose un patrón repetitivo, en el punto de que Memín se empeña en hacer algo en que participan los demás, como se lamenta y trata de fingir que no le afecta, para que luego Eufrosina se disponga a ayudarle a lograrlo sin pensar mucho en las consecuencias. Nomás no aprende la lección, tsk tsk.

lunes, 10 de agosto de 2009

Memín Pinguin #187-200

Memín se ve forzado por ciertas circunstancias a participar en un caso de usurpación de identidad, quedándose a vivir en casa de una anciana ricachona ciega que lo toma por su nieto. Los predicamentos por parte de diferentes lados que quieren sacar su propia ganancia no tardan en venir a complicar su existencia.

Quedándoles un mes de vacaciones antes de volver a clases (¿un mes? Memín y Eufrosina dieron la impresión de estar varias semanas en Nueva York, les dan vacaciones demasiado largas en su escuela primaria), Carlangas comenta con sus amigos que aprovechará el tiempo trabajando de repartidor en una farmacia. Ernestillo y Ricardo deciden seguir ejemplo y apoyar en lo que puedan a sus padres. Le espetan a Memín el hecho de ser un flojonazo, animándolo a demostrarles lo contrario. Topándose con algunas señoras que vienen del mercado, ofrece ayudarles cargando su mandado a cambio de una propina. Usando su encanto con unas y la fuerza con otras, saca una buena ganancia, y va a dársela a Eufrosina, sintiéndose muy pagado de si mismo por ayudarla. Después de comer, le asegura que continuará, ahora yéndose a trabajar de cargador en la estación. Ahí se dirige con mucha confianza, pese a que el empleado duda que pueda realizar ese tipo de trabajo al estar tan chaparro. Aun así, le permite unirse a los otros cargadores. Memín se la pasa buscando clientes, pero ninguno lo solicita por su estatura. Parece no tener suerte, pero un par de sujetos sospechosos, notando que no es un cargador calificado, deciden aprovecharse de él para que les ayude a librarse de un “paquete”. Le ofrecen una gran cantidad de dinero de antemano, insinuando que le darán más cuando lo entregue a su destinatario. Sin sospechar nada, Memín carga la pesada maleta, rumbo a una elegante, pero anticuada residencia, que al estar tan retirada, lo obliga a tomar un taxi. Memín se mete a la propiedad, encontrando a una anciana ciega, que al sentir su presencia, le pide que se aproxime, diciendo haber esperado con ansias su llegada. Sus palabras lo confunden, y más cuando le muestra una carta, de parte del hijo de la señora, en la que escribe que envía a su nieto Guillermo para que éste seguro con ella, ya que tiene enemigos que han jurado vengarse de él, matando a su heredero. Así, Memín comenta de cómo tienen el mismo nombre, lo que la anciana toma para llamarlo de esa manera. Sus esfuerzos por aclarar que no es su nieto son en vano, y ella hasta le enseña los lugares en que guarda su dinero, el cual está destinado a ser suyo cuando ella fallezca. Le sirve de comer, y después de consumir un poco, Memín aprovecha su distracción para huir. Tropieza con la maleta, de la que distingue como brota sangre. La abre, descubriendo el cadáver de un niño decapitado, con una nota dedicada al hijo de la señora, exponiendo que sus enemigos cumplieron su amenaza. Memín se horroriza ante el macabro hallazgo, y más porque al ser él quien lo trajo, pueden tomarlo como el asesino. Vuelve con la anciana, encubriendo la presencia del niño muerto, siguiéndole la corriente. Más tarde, sale al patio para enterrar el cadáver, y la anciana se acerca para advertirle que no debe salir bajo ninguna circunstancia. No teniendo otra opción, Memín se queda a dormir, preocupado por el problema que se ha echado encima. Al día siguiente, es despertado por el mayordomo, José, que a primera vista no puede creer que sea hijo de la señora, que se llama Leonides Goyescos. Ella anuncia su deseo de que ese día salgan a dar un paseo, para presumir ante la comunidad que su linaje se mantiene en alto con la presencia de su nieto. Solicita un viejo carruaje y unos caballos prestados, pese a que son de los que sirven en las carreras. Le hace a Memín ponerse un atuendo que alguna vez usó su hijo, de los modelos más ñoños y anticuados, y ella también se pone un vestido viejísimo. El deteriorado vehiculo los espera, con un chofer igual de viejo, que asegura recordar su recorrido acostumbrado, aun cuando no lo han hecho desde hace sesenta años (¿pues que tan vieja es la señora?). A Memín le da pena ajena que lo vean a bordo de eso y vestido de esa manera, sugiriendo que suban la capota, que está toda roída, por lo que los hace lucir mucho peor. La gente que los ve pasar se carcajea, creyendo que son parte de algún excéntrico carnaval pasado de moda. No queriendo prolongar tanta humillación, Memín anima a los caballos, haciéndoles creer que están en una carrera. Arrancan desenfrenadamente, consiguiendo que el chofer y la señora Goyescos se desmayen de la impresión, mientras Memín se divierte de lo lindo. Consigue que los caballos regresen a la casa, extrañándose el mayordomo al hallar inconsciente a la señora, comprobando que sigue viva, al igual que el chofer. Más tarde, Memín la ayuda a reponerse, y ella le pregunta sobre cuanto los admiró la gente. Memín le dice la verdad, que hicieron el peor de los ridículos, haciéndole ver que su ceguera la mantuvo atada al pasado y por eso no comprendió nada. El negrito le sugiere que se modernice un poco, empezando con cambiar el carruaje con un coche ultimo modelo. Después, cuando se va a dormir, el mayordomo lo aborda, exponiéndole su incredulidad ante que sea el nieto de la señora Goyescos, pero le tiene sin cuidado, amenazándolo con exponerlo si se mete en sus asuntos, que luego resultan ser pequeños robos que comete con el dinero de su patrona.
Al día siguiente, Memín no resiste más y llama a una tienda del barrio para que lo comuniquen con Eufrosina. Ella se había quedado dormida, con la tabla bien sujeta para aporrearlo en cuanto volviera por atrasarse más de lo permitido. Al ponerla al habla, le cuenta que está realizando un trabajo que no puede abandonar de momento, escapándosele un comentario sobre “el despescuezado”, pero José se le acerca, y tiene que cortar, dejándola con la duda. Ella le paga al de la tienda por el servicio, conforme con saber que por lo menos se encuentra bien.
Al preguntarle a quien llamaba. Memín se niega a dar explicaciones, amenazándolo con no seguir robándole a la viejita o lo denunciará a la policía.
Los amigos de Memín también están intrigados por su ausencia, y van con Eufrosina para que los ayuda. Ella comenta sobre lo que Memín le dijo, dejándolos tan desconcertados como ella sobre en que andará metido.
Memín descubre que se están llevando los muebles de la casa, y se lo señala a la señora Goyescos. Ella le aclara que ha tomado en serio sus palabras, ordenando cambiar los muebles por otros nuevos, entre otras cosas. Le anuncia que esa noche iran a la opera, pero antes atenderán a los reporteros, luciendo ropas nuevas y modernas. A Memín no le va mal ponerse un nuevo traje que al menos esta vez si le favorece, pero la idea de que lo retraten y salga en el periódico, le preocupa. Y no es para menos, Carlangas descubre la nota en que ponen a Memín como el nieto de la señora Goyescos y corre a informárselo a los demás. Queriendo recibir una explicación de lo que sucede, Ricardo invierte su dinero para que ellos también asistan a la opera y a la salida le pregunten. Durante la sesión de opera, Memín comete cada metida de pata, importunando al publico, sin que la señora Goyescos repare en ello. Cuando ésta termina, al ver a sus amigos, que se acercan hablándole con confianza, para que no lo desenmascaren, se hace fuerte para fingir que no los conoce, despreciándolos. Ofendidos, lo dejan ir, ignorando que él sufre por no poder saludarlos como quisiera. A la mañana siguiente, la señora Goyescos le entrega a Memín una carta de su hijo, en que éste comenta a raíz de la carta que recibió de ella, donde menciona su extrañeza al descubrir a Guillermo en una forma que no va a cuerdo a su personalidad. Memín trata de pensar en que hacer para salir de eso, cuando José vuelve a echársele encima, chantajeándolo con un millón de pesos si no quiere que revele lo del cadáver, el cual ya ha descubierto. Memín le cuenta la verdad, pero al mayordomo no puede importarle menos, insistiendo en que entregue el dinero, poniéndole un plazo. Aceptando que necesita la ayuda de sus amigos, Memín usa el dinero que le dan de domingo para tomar un taxi, dirigiéndose al callejón, donde trata de explicarles su situación. Pero ellos no olvidan como los desprecio aquel día, ignorándolo, y desquitándose al surtirle un buen golpe cada uno. Entristecido, Memín insiste en llamar su atención y ellos se ponen a jugar béisbol. Carlangas envía la bola directo a la cabeza de Memín sin querer, haciéndolo caer antes de poder reaccionar. Creyéndolo muerto, los tres temen las consecuencias, y sólo se les ocurre enterrar su cuerpo para no cargar con éste. Empiezan a cavar cuando Memín se despierta, haciéndoles creer que es un muerto viviente. Salen corriendo asustados, y Memín con ellos, pensando que había un muerto detrás de él, hasta que se aclara todo. Finalmente le permiten que se justifique, y les hace saber la encrucijada en que se encuentra. A ellos no se les ocurre nada, pero le prometen ir más adelante en lo que piensan que hacer. El día sigue su curso normal, y Carlangas se ocupa de su trabajo. Una de sus entregas, lo lleva por coincidencia a la guarida de los maleantes que le endilgaron a Memín el cadáver del niño. Ellos ya se han enterado de la usurpación, y comentan sobre lo que deben hacer para asegurarse de que no los delate, decidiendo secuestrarlo. Carlangas escucha detrás de la puerta y luego les da su pedido, disimulando, para luego echarse a correr, mandando a volar el trabajo para poder advertirle a Memín sobre los siniestros planes dirigidos a su persona. Entera a Ricardo y Ernestillo, resolviendo los tres que no pueden denunciar a los criminales, puesto que no tienen pruebas. Lo único acertado seria dejarlos secuestrar a Memín, y entonces llevar a la policía a su guarida. Mientras, él procuraba evitar al mayordomo para que no le insistiera con el dinero, asistiendo a la señora Goyescos a la hora de tejer. Ella se queda dormida y él termina todo enredado. Recibe a sus amigos, quienes le comentan sobre su arriesgadísima estrategia. Memín teme acabar sin cabeza con el otro niño, pero logran convencerlo de lo que haga, asegurando que tienen todo cubierto para rescatarlo en el momento propicio. Al irse ellos, se queda muy preocupado, consolándose con el cariño de su “abuelita”. Percatándose del aprecio que su patrona le tiene al impostor, a José se le ocurre secuestrarlo y pedir una fuerte suma para devolvérselo. Va con su amigo, “El cojo”, solicitando su ayuda para realizar el secuestro esa misma noche. Memín acompaña a la señora Goyescos a rezar, encomendándose a todos los santos para que salga con vida después de permitir que lo secuestren. Llega la noche y dos amenazadoras sombras se aproximan. Reconociendo al mayordomo, Memín se resiste, ya que no eran ellos a quienes debía dejar que se lo llevaran. “El cojo” lo deja inconciente con un tremendo golpe y el mayordomo se lo lleva cargando. Los amigos de Memín van al día siguiente a la residencia de la señora Goyescos para ver que pasó. Como el nieto original venia de Estados Unidos, consiguen que Ricardo se haga pasar por un amigo americano suyo, hablando mal español con pésimo acento. José los recibe, esperando que su presencia ayude a la anciana a convencerse de pagar el rescate, ya que se ha negado a leer la carta que dejaron los secuestradores. Ellos la saludan y le leen la carta, en que se exigen tres millones de pesos que debe entregar con el mayordomo. Piden permiso para revisar el cuarto de Memín, donde encuentran huellas de lucha, lo que les parece sospechoso, porque el plan era que no opusiera resistencia. Con todo, deciden acudir a la policía, guiándolos hasta el lugar en que se ocultaban los criminales. Pero estos ya se han movido a otro sitio, y obviamente no hay ni rastros de Memín ahí. Son reprendidos severamente por los oficiales, que los consideran trastornados por meterse demasiado en tramas de novelas policíacas. Regresan con la señora Goyescos, y cuando el mayordomo les sirve te y galletas, Ricardo se percata que le falta un botón a su saco, del mismo tipo que encontró en el cuarto de Memín. Cuando éste se retira, les informa a los demás y a la señora la identidad del secuestrador. La señora Goyescos no puede creerlo, confiando plenamente en él, pero no objeta demasiado cuando ellos le proponen darle el dinero al mayordomo, asegurando que ellos lo seguirán de cerca para regresárselo junto con su adorado Memín. La anciana les ofrece ciertas pistas y códigos, permitiéndoles el acceso a una cámara secreta donde guarda el dinero, en monedas de oro puro. Reuniendo lo que necesitan, se lo dan a José, cuya expresión no disimula su codicia, confirmando que es el autor de todo. Esa noche se disponen a seguirlo, trayendo consigo la escopeta de Ricardo para defenderse si hace falta.
En un establo, Memín ha sido dejado atado y amordazado. “El cojo” se compadece de él, y lo libera de sus ataduras para que pueda comer. Le explica que él no quería participar en el crimen, pero la necesidad lo obligó, ya que por su pierna faltante no puede conseguir trabajo. Memín intenta escapar, pero al escuchar su advertencia de que si huye significaría su sentencia de muerte cuando su cómplice descubra que no cumplió con lo suyo, regresa obedientemente. Memín promete estarse quieto, y “El cojo” le asegura que una vez que entreguen el dinero le permitirán volver con la señora Goyescos. Esa noche, discretamente, los tres siguen a prudente distancia a José. Como el sube a un coche de alquiler, tienen que tomar un taxi para no perderle la pista. Al no llevar suficiente dinero para pagar el trayecto, al final Ricardo tiene que empeñar su escopeta. Se adentran en el establo, tomando precauciones. José intenta engañar a su cómplice, alegando que no le dieron el dinero, pero éste lo miró guardarlo, y exige su parte. José saca una pistola, dispuesto a matarlo para no compartir el dinero ni darle la oportunidad de delatarlo. Los dos forcejean y el arma se dispara. Afuera, los amigos de Memín ven salir corriendo al “Cojo”, y al entrar, encuentran al mayordomo herido. Aunque éste dice que la bala sólo lo rozó, sufre una repentina conversión que lo hace mostrarse arrepentido de haberse dejado llevar por la ambición, admitiéndoles a ellos que nunca sigan ese camino. Acaba desmayándose y ellos lo dejan ahí, sin pararse a verificar si está muerto o no, y Memín les sale al encuentro. Se muestra feliz ante la mala suerte de José, aun cuando ellos le recuerdan uno no debe alegrarse de las desgracias de los demás. Conforme salen y se dirigen de vuelta a casa de la señora Goyescos, al saber sobre las monedas de oro que llevan, Memín se deja llevar por la codicia, pensando en que cosas se compraría con el dinero y sugiriendo engañar a la anciana cambiándole las monedas.
Sus amigos lo reprenden, arrepintiéndose de haberse molestado en ayudar a alguien tan ruin, pero Memín replica que sólo habla por la desesperación de reunirse de nuevo con su má linda. Lo dejan en la casa para que devuelva el dinero y mantenga un poco más la farsa, ignorando que los criminales los observan, bien dispuestos a ejecutar el secuestro del impostor.
La señora Goyescos recibe a su “nieto” con mucha alegría, y le sirve de comer. Memín siente remordimientos por el engaño y se decide a contarle la verdad. La anciana le revela que ya lo sabia desde hace tiempo, porque no dejaban de hacer menciones del color de su piel, pero que en ese lapso, comprobó que él era digno de confianza y su cariño era sincero, por lo que le siguió la corriente. Memín se siente mejor y más encariñado con ella, pero no se atreve a decirle que al verdadero nieto lo asesinaron. Apenas se mete en la cama para dormir cuando ahora si es secuestrado por quienes tenían pensando tomarlo desde un principio, viéndose incapaz de detenerlos al amenazarlo con matarlo ahí mismo. Al día siguiente, la señora Goyescos recibe a su hijo, Rubén, quien está intrigado por las ultimas noticias. Le aclara a su madre que al final, decidió no mandar a su hijo, por lo que quien está en la casa sólo puede ser un impostor, y ella concuerda que así es, pero no ha sido más que una agradable compañía. Rubén deja salir sus suposiciones de que puede ser un ladrón tratando de ganar su confianza, pero la anciana insiste en haberle dado muchas oportunidades de robarle y nunca las aprovechó. Llegan los amigos de Memín, que otra vez ponen a Ricardo pretendiendo ser amigo del hijo de Rubén, pero les falla y son descubiertos de inmediato. Éste exige saber todo lo que sepan sobre Memín para comprender lo que ha pasado, y le cuentan la verdad. Rubén decide llamar a la policía para que resuelvan la situación.
En la guarida de los criminales, ellos planean robar un banco, dejando a su victima a cargo de “El Manotas”, un individuo corpulento pero de bajo intelecto.
Aunque parece amenazador, Memín se anima a hablar, siguiendo su costumbre de hacerse el simpático, hasta que se lo gana. Lo distrae contándole un cuento repleto de drama de la vida real que se le ocurrió, y luego se ponen a jugar caminando de manos. Le propone que sigan jugando a las escondidas, y después de dejarle el primer turno, cuando llega el suyo, el negrito aprovecha para huir. Sale de la casa y consigue que le den aventón, alejándose lo suficiente. Tras deambular un rato, llega a la residencia de la señora Goyescos, donde la policía ya se encuentra presente. Después de saludar a todos y contarles de su milagroso escape, los oficiales exigen que los guíe a la guarida de los verdaderos asesinos del niño (¿Quién era el niño al que mataron por error? ¡Nunca lo dicen!). Como Memín ya no quiere saber nada, se empieza a despedir, pero amenazan con arrestarlo. Sus amigos lo convencen de que coopere y así accede a conducirlos al lugar. Considerado al “Manotas” como su amigo, Memín ruega a los policías que no le hagan daño, permitiéndole hablar con él para calmarlo. La presencia de los agentes pone nervioso al hombretón, temiendo ir a la cárcel o que lo maten. Memín entra y logra tranquilizarlo, convenciéndolo de entregarse y colaborar para entregar a sus compinches. Los policías bajan sus armas para darle confianza, y así “Manotas” aclara no saber que hacen los demás, porque casi nunca lo ponían al tanto de sus planes. Cercas de ahí, estaban tronando cohetes, y el ruido hace que “Manotas” entre en pánico, y se eche a correr. Es atropellado por un camión que iba pasando, herido mortalmente. A pesar de todo, usa sus últimas palabras para agradecer su buena suerte, que le impedirá pasar el resto de sus días en la cárcel, y muere, para tristeza de Memín, que se siente culpable por haber traído a la policía. Bastándose los oficiales para aguardar el regreso de los demás criminales y apresarlos, permiten que Memín y sus amigos se marchen.
Memín va a despedirse de la señora Goyescos, que vuelve a agradecerle por haberle permitido de disfrutar tanto de su compañía, y le da su bendición. Rubén lo lleva en su coche hasta su casa, ofreciéndole una cantidad como premio por lo que hizo, además de que le servirá de “tapadera” para justificar el trabajo que dijo a Eufrosina que estaba haciendo. Memín toma menos de la mitad de lo ofrecido, alegando que con eso basta y sobra. Habiéndolo dejado, Rubén comenta a los amigos de Memín su deseo de dejarle dos millones de dólares para costear sus estudios superiores, despertando risas entre ellos porque dudan que Memín llegue tan lejos en sus aspiraciones. Reuniéndose finalmente con Eufrosina, Memín previene los golpes con la tabla al mostrarle el dinero que ganó. Después de bañarse y sentarse a comer, le narra todos los incidentes pasados, que al tomar ella tan fantasiosos y al notar la insistencia en que los cuenta, hacen que Eufrosina considera que su hijo está delirando. Preocupada, llama a un doctor, que receta a Memín un purgante y lo obliga a repetir tantas veces que nada de eso sucedió, hasta que se lo crea. Memín empieza a dudar de lo que vivió, pero la llegada de sus amigos, comentando al respecto, confirma que todo el tiempo estuvo en sus cabales. Ellos lo invitan a que los acompañe a ver unas obras del metro, y Eufrosina le permite ir. Mientras está trabajando, se presentan Rubén y la señora Goyescos para saludarla, corroborando que todo lo que dijo fue verdad y le suministraron atención medica innecesaria. Le comentan de lo de dejarle dos millones que retire cuando sea mayor para sus estudios, pero a Eufrosina no le parece buena idea. La rechaza una y otra vez, pero al final lo permite, mientras no enteren a Memín de nada hasta que sea adulto, porque sabiéndose rico, seguro echaría todo por tierra, perdiendo interés en sus estudios y podría repudiarla a ella. Todo lo que pide la señora Goyescos es que él siga visitándola y Eufrosina le asegura que así será (aunque a los lectores no nos tocará ver ninguna de esas visitas eventuales, si es que sucedieron). Un episodio realmente truculento, interesante, pero un poco desconcertante por dejar tantas dudas al aire, como si atraparon a los matones al final o no, y quien fue el niño que Memín se halló en la maleta que parece a nadie le importó. Ni modo, al alargarla tanto no hubo tiempo de resolver todos estos detalles, me supongo.

domingo, 9 de agosto de 2009

Memín Pinguín #181-187

El padre de Carlangas regresa a la ciudad, formalizando oficialmente su unión con Isabel, para alegría de su hijo. Pero un trago amargo se viene después con el fallecimiento de la abuela.

Isabel está a punto de salir de trabajar, cuando sus compañeras de oficina le insinúan de la llegada de un caballero que la busca. Ella no le da importancia, no teniendo otra relación aparte de la que tiene con su hijo, pero una vez que sale, reconoce a Carlos Arozamena, su antiguo amor que ha regresado. Lo lleva hasta la casa y de ahí a un restaurante, donde él le hace saber de las últimas novedades. Malos negocios le han hecho perder toda su fortuna y bienes materiales, que poco a poco van siendo subastados, al punto de que pronto no le quedará nada, además de la salud de su madre ha empeorado, entrando a una etapa terminal. Reitera su oferta de matrimonio, que esta vez ella acepta gustosa, ya que sin dinero y sin su madre, se cumplen las condiciones en que será más que el hombre que ella siempre quiso.
Carlangas ignora todo esto, habiendo llegado a casa, frustrado al ver la nota que dejó Isabel, sin explicar bien a donde fue, encima de escuchar de las chismosas vecinas que la vieron salir acompañada de un hombre. Memín comió mucho en casa, y para digerir, pide permiso a Eufrosina para dar una vuelta. Encuentra a su amigo en la calle, uniéndosele e inquiriendo la razón de su pesar. Carlangas le explica que su madre sale con un hombre, algo que él no puede aceptar, y Memín concuerda con eso, no queriendo que lo mismo ocurriera con la suya. Se quedan a esperar a que regresen, y cuando eso sucede, la oscuridad de la calle impide que distingan las facciones de Carlos. Apenas se despide éste de Isabel, Carlangas arremete a golpes contra él, inconciente de que está agrediendo a su padre. Memín ataca a su vez golpeándole la cabeza con una roca, dejándolo inconsciente. Isabel trata de explicar la identidad del hombre, pero a Carlangas y a Memín tarda en caerles el veinte.
La luz de los faros permite que puedan verle la cara, y los dos comprender el error que han cometido. El ingeniero no tarda en recuperar la conciencia e Isabel se pone a curarlo. Le expone a Carlangas que van a casarse y que a Doña Candelaria le queda poco tiempo de vida. En eso, tocan a la puerta, siendo Eufrosina con tabla con clavo en la mano, buscando a Memín por haberse retrasado. Él sale muy campante con ella para ir a casa, pero no tarda en recibir un golpazo en sus posaderas. Recordando su pensamiento anterior, Memín tiene la ocurrencia de cuestionarla sobre si no está coqueteando con algún hombre, y Eufrosina acaba encontrándole gracia, vacilándolo durante el trayecto hasta llegar a la casa. Le lanza indirectas de que si existe un hombre del que está enamorada, que es chaparro, celoso y flojo para trabajar.
Memín se enfurece y ya está empacando para largarse, pero Eufrosina le aclara que estaba refiriéndose a él, porque no hay otro más en su vida, y con eso ya se contenta. A la mañana siguiente, los dos van a rezarle a la Virgen, agradeciendo por haberles permitido volver sanos y salvos de Nueva York. En el trayecto en el camión, Memín consigue impedir el discreto robo del bolso de una mujer, y en la entrada de la catedral, le echa pleito a un niño que andaba vendiendo gordas, creyendo que se refería a su má linda. Carlangas es conducido por su padre a su antigua residencia, donde se encuentra la convaleciente abuela. No le molesta en absoluta que ahora él sea pobre (aunque aun pueda fungir como ingeniero, y no se supone que quienes tengan esos títulos sean tan pobres, dependiendo del área, pero en verdad que no aclaran cual es exactamente la que comprende el señor Arozamena). Carlos le advierte que rematarán con todo lo que contiene, y que Doña Candelaria no debe saberlo o le haría daño. Así, se reencuentra con la abuela, que aun enferma, conserva su carácter tan fuerte y agresivo. Ella le pide que haga venir a Isabel para hablarle a solas, y también a sus amigos, mencionando especialmente al inolvidable negrito. Regresando de la catedral, Eufrosina deja a Memín ir al callejón con sus amigos. Ante la ausencia de Carlangas, se les ocurre unirse a otros chicos que andan jugando béisbol por ahí. A Memín lo quieren cortar por chaparro, pero él se empeña en mostrar sus habilidades. Apenas ha comenzado a lucirse cuando llega Carlangas, poniendo al tanto a sus amigos y pidiéndoles que lo acompañen para visitar a su abuela. Vuelven a sus casas para comer y luego acudir a la cita. Más tarde, los cuatro están reunidos en la casona. Carlangas comenta lo del remate, que tras explicarle a Memín lo que significa, indica que no lo mencionen ante la abuela, y claro que la advertencia es para uno en particular. Doña Calandria está en cama, demacrada y débil, pero aun con fuerzas para saludar a los amigos de su nieto. Sigue agradándole Memín por su franqueza, dejando pasar sus peladeces insinuadas en sus comentarios (también el hecho de que todavía no puede pronunciar su nombre, persistiendo en llamarla “Calandria” y “Calendaria”, por más que sus amigos lo corrigen), que como siempre, los demás no dejan de reprocharle, y casi se le escapa mencionar del remate, pero eso ya lo veíamos venir. Resignada ante la muerte, se despide de ellos de una vez, porque puede que para la próxima no le sea posible, pidiéndoles que no lloren en su funeral porque ya hubo demasiada tristeza en su casa. Salen del cuarto algo, apesadumbrados, pero Memín no tarda en aligerar la tensión, dándole por deslizarse sobre el barandal, rompiéndose un florero en la cabeza.
Carlangas le pide a Isabel que vaya a ver a Doña Candelaria, pero ella no parece muy dispuesta a ello, conservando el resentimiento que nació por los eventos del pasado. Él le insiste, y al final ella accede. En la casa que pronto no será más de los Arozamena, la anciana moribunda expresa ante su hijo los remordimientos que tiene por haberlo perjudicado tanto al retenerlo con él y hacerlo un títere sin voluntad, reconociendo su egoísmo desmedido, y que su ultimo deseo, es que él pueda ser feliz con su familia, una vez que pida perdón a Isabel. Cuando ella llega, Doña Candelaria le hace ver su arrepentimiento, moviendo lo suficiente su corazón para que dejen atrás el pasado entre ellas. Memín se pone a practicar el equilibrismo para distraerse, y Eufrosina lo apremia a desistir e irse al callejón con sus amigos. Encuentra a todos esperándolos, y Carlangas les da la noticia de la próxima boda de sus padres, que será intima, pero están todos invitados. Después, el negrito se queda escuchando a Ricardo y Ernestillo, que le echan en cara a Memín ser egoísta, por no querer que Eufrosina vuelva a casarse, considerando que al crecer, enamorarse y casarse (perdonen mi escepticismo, pero-ja, ja, ja- tratándose de Memín, de que consiga eso, antes México recuperaría los viejos estados y les perdonarían la deuda externa), la dejaría abandonada, y para entonces seria muy tarde para que pueda conseguir un hombre. Reflexionando sobre esto, Memín reconsidera su manera de pensar.Le cuenta a Eufrosina de la boda, sugiriéndole que se vea bien para pescar algún marido. A ella la confunde, pero le deja muy en claro que aunque vivir sola es difícil, le basta con tenerlo a él y no piensa volver a casarse (demostrará lo contrario dentro de más de cien números en el futuro). Después, le dice que tampoco se quedará para siempre lavando y planchando ropa, ya que con el dinero que ganó en Nueva York, piensa poner su propia tiendita, que facilitará la vida ambos. Tristemente, eso jamás pasará, su falta de conocimientos de administración le hará posponer el proyecto indefinidamente, dando la impresión de que no aprendió mucho. Se realiza la boda y todos están ahí, bien emocionados. Incluso Doña Calandria, pese a su estado delicado, se presenta entre los invitados, ya que no puede perderse la unión que simbolizará el perdón de sus errores de juicio. Llega el juez para formalizar la unión, después de la firma de testigos. Memín se apunta, pero le advierten que los menores no pueden atestiguar en las bodas. Después, brindan con champaña, que Carlos permite que su hijo y sus amigos tomen también. Los cuatro pasan a proponer un brindis, siendo el de Memín él más “movido”. Luego, el negrito empieza a ver doble a los demás. Sus amigos creen que el alcohol le hizo efecto y le echan agua, pero en realidad se había puesto accidentalmente un lente de contacto que se encontró. Consiguen sacárselo y le encomiendan devolverlo a su dueño, el juez, pero en forma discreta. Memín entiende que con eso se refieren a usar un palabrerío innecesario, dándose mucho taco para hacer algo tan simple, pero que el juez le agradece igual. Informan que Doña Candelaria se ha puesto mala y la llevan a sus habitaciones. Isabel, Carlos y Carlangas presencian sus últimos momentos, escuchando sus ultimas palabras en que vuelve a pedir perdón y que la conserven en su memoria. Dicho esto, fallece, y poco después tiene lugar el velorio. Sus amigos le dan el pésame a Carlangas, aun cuando Memín se equivoca, dándole más bien una expresión típica en los cumpleaños en vez de las condolencias típicas. El proceso se prolonga como es habitualmente, y a Memín le da sueño, quedándose dormido en la banca. Sus amigos lo toman en brazos, llevándolo a la recamara de la abuela para que descanse ahí. El gato de Doña Candelaria (que nunca había salido antes, pero la idea general es que las ancianas solitarias siempre tienen cuando menos un gato de compañía) se introduce muy campante en la habitación, metiéndose en las cortinas. Memín despierta y al verlas moverse, supone que ella ha regresado del más allá. El padre de Carlangas entra para calmarlo, y pronto ven al gato salir de entre las cortinas, para alivio de Memín. Habiendo concluido este capitulo, que despide al personake de Doña Candelaria e incorporando permanentemente al de Carlos Arozamena (ni tanto, ahora las apariciones y participaciones de los padres de Carlangas se reducirán notablemente, quizá porque una familia completada sin conflictos ofrece menos oportunidades de inspirar ingeniosas tramas).

Memín Pinguín #176-181

Memín y Eufrosina regresan a México, no sin antes enfrentar un intento de robo. Los amigos de Memín se preparan para recibirlo, pero tienen problemas cuando él no les indica ni la fecha ni la hora.

A bordo del tren, Memín y Eufrosina se relajan, comiendo unas tortas. Al llamar la atención de los demás pasajeros, a Memín se le ocurre repartírselas. El conductor se acerca, tratando de quitar a Eufrosina de su asiento, para volverlo cama, pero como no sabe ingles, ella no entiende, imaginando que trata de pedir los boletos. Memín ignora eso y lo golpea, creyendo que se está aprovechando. Una pasajera que habla español les hace comprender la intención, y ya después los dos se acomodan en su improvisada cama. Eufrosina cuenta el dinero obtenido con el trabajo efectuado, ignorando que alguien los espía entre las cortinas. Guardando el dinero bajo la almohada, se disponen a dormir. Una mano con un tatuaje con figura de bailarina hawaiana se estira desde arriba para introducirse en la almohada, robando su ganancia discretamente. Memín consigue verla tras haber despertado de una pesadilla con el científico loco, y grita para despertar a Eufrosina. El ladrón ya se ido, y se ponen a revisar a los demás pasajeros, perturbando su sueño y su intimidad. Eufrosina llora con amargura, habiendo perdido el fruto de sus esfuerzos, ahora más pobres porque no tienen dinero para pagar el viaje de regreso. Memín recurre a la señora que les ayudó antes, para que hable con el personal y sepan quien ocupaba la cama de arriba en donde estaba el ladrón. Resulta que no la tenían asignada a ningún pasajero en particular, por lo que quedan en las mismas. Vuelven a acostarse, consolándose mutuamente al recordar que por lo menos están juntos, después de tantos predicamentos que pasaron. A la mañana siguiente, pasan al comedor a desayunar, empeñando el anillo que Javier le obsequió a Memín. Entre los demás comensales, estaba el ladrón, observándolos con disimulo. Reconociéndolo por el tatuaje en su mano, Memín da voz de alarma para que lo agarren, pero como la mayoría de los pasajeros no sabe español, no se les ocurre hacer nada. El ladrón sale corriendo y Memín lo persigue. Eufrosina se une a la persecución, viendo como Memín y el ladrón caen del tren. Como Memín cae encima del cuerpo del ladrón, no se lastima tanto, y se apresura a esculcar sus ropas, recuperando el dinero robado. Termina de descontarle estrellando una roca en su cabeza, pero al ver que el tren lo está dejando atrás, corre desesperado para alcanzarlo. Eufrosina está angustiada, y no duda en detener el tren, jalando el cable de alarma. Así, Memín puede regresar, y luego los dos son regañados fuertemente por los empleados. Como no entienden ingles, les tiene sin cuidado. Ya de vuelta en sus asientos, hacen un solemne pacto para que nada más les impida regresar juntos a México. Vuelven a Nueva York, queriendo aprovechar para visitar a los amigos que hicieron durante su primera incursión. Dan la primera parada en la casa de Silvia, logrando que hasta los inviten a comer. Los padres de Silvia ofrecen a Eufrosina trabajo para que se quede un tiempo, con la posibilidad de que Memín pueda hasta ir la escuela. Como a él ya le anda por volver, deja salir comentarios que hagan ver que Eufrosina no está muy bien de salud y que seria mejor que volvieran cuando ella se haya recuperado. En cuanto se despiden, Eufrosina se desquita con Memín por andarla poniendo como una mujer enfermiza, y él le recuerda su promesa de regresar. Pasan a visitar a Armando con su nueva familia, teniendo otra reunión feliz al ver Memín cuanto ha progresado la situación de su amigo. Éste le regala algunas ropas en agradecimiento, que es otro conjunto medio elegante adornado con un sombrero irregular. Los padres adoptivos de Armando ofrecen también un trabaja a desempeñar si se queda ahí, y sin que Memín pierda clases. Nuevamente, el negrito interviene, excusando que Eufrosina tiene un tumor y que deben operarla porque luego se aloca y rompe las cosas. Al despedirse, ella vuelve a desquitarse por volver a difamar su imagen para que mueva a la lastima, y Memín insiste en que respete su pacto y no se deje llevar por más “ofertas”. Ella acaba dándole la razón.
Memín envía un telegrama a sus amigos para anunciar que pronto estará de vuelta. Ignorando como funcionan los telegramas, acaba escribiendo una carta muy larga, lo cual le saldría bien caro, pero como le explican que lo normal es utilizar un máximo de diez palabras para el mínimo precio, cambia de mensaje. Le queda uno muy vago en que no menciona exactamente cuando volverá. Sus amigos están pensando en él, echándolo de menos. Cuando Ernestillo va con Ricardo a la carpintería, su padre le entrega el telegrama de Memín, y luego lo muestran al señor Arcaraz, muy confundidos por el vago mensaje que les mandó. Así, los tres amigos esperan recibirlo, atendiendo las horarios de llegada en estaciones de camiones, trenes, y hasta el aeropuerto, pero en ninguno consiguen ver bajar a Memín. Acaban cansándose, suponiendo que pudo haberlos vacilado, pero Ernestillo no lo cree capaz de algo así, insinuando que algo pudo haberle ocurrido.
Finalmente, Memín y Eufrosina están de regreso. Al bajar del ferrocarril, vislumbran mariachis y fotógrafos, creyendo que son el comité de bienvenida, pero en realidad, estos venían a recibir a un embajador. Marchan rumbo a casa, con Memín lamentando la ausencia de sus amigos, decepcionado porque no estuvieran esperándolo. De vuelta en el barrio, Eufrosina les cuenta a las vecinas las cosas por las que pasaron. Él se aburre y sale para pasarse por el callejón, aun deprimido. Ahí se encuentran sus amigos, sentados en la banqueta, y con sus ropas nuevas, tardan en reconocerlo. Al verlos, Memín decide pasar en forma presumida para demostrarles su desprecio, alzando la cabeza de tal modo que no ve una alcantarilla abierta y se cae. Ellos se introducen en ella para ayudarlo, explicándole que no fueron a recibirlo porque no les dio indicaciones específicas. Luego deciden hacer una pirámide para salir, poniendo a Memín como base, a lo que él protesta, ya que está chaparro y lo toma como un abuso. Una persecución que implica policías y ladrones tiene lugar, y su pirámide se derriba sin que ninguno logre salir. Una vez que los policías apresan a los criminales, los ayudan a salir, pero como a Memín le toca primero, es absorbido por una barredora que iba pasando. Cuando están todos en la superficie, presienten que Memín fue desintegrado por la barredora. Van a hacérselo saber al conductor, que al revisar, encuentra a Memín, entre un montón de basura. Lo sacan, confirmando que está ileso, y cuando éste recupera la conciencia, al verse lleno de porquería, con su traje nuevo arruinado, procede a golpearlos a los tres, alejándose de ellos.
Aunque a ellos les da coraje por ser tan caprichoso, lo siguen y lo abrazan, disculpándose de nuevo por no haberlo recibido debidamente. Ya los cuatro amigos contentados, van a casa de Ricardo para bañarse. Ofrecen lavar la ropa de Memín y plancharla, para que Eufrosina no sepa lo que le ocurrió. Pero al ponérsela, resulta que se ha encogido, aunque ellos lo consuelan con que a lo mejor no le dará importancia.
Eufrosina traslada sus cosas a una casa mejor, dialogando con la vecina que le hizo el favor de cuidárselas mientras estaban fuera. Éste empieza a criticar los defectos físicos Memín, señalando que nunca crecerá ni le saldrá cabello, consiguiendo contrariar a Eufrosina, casi a punto de pelear, pero acaba mandándola al diablo una vez que acuerda pagarle lo convenido más adelante. Los amigos de Memín tocan a la puerta, tardando en explicarle la ausencia de su hijo no ande por ahí, dejando a Eufrosina angustiarse y suponer lo peor. Por fin sale Memín luciendo el lamentable estado de su traje, pero Eufrosina está demasiado aliviada como para molestarse y los pasa al comedor a todos.Memín narra a su manera por todas las experiencias que vivieron y padecieron, que sus amigos no podrían creer, si no fuera por el respaldo de Eufrosina. Ella cambia el tema, preguntando por la madre de Carlangas, pero en eso ya se centrará la siguiente secuencia, anunciando el regreso de viejos personajes.